(artículo
publicado en Paseo pintoresco por
la isla de Cuba. Publicado por el
establecimiento litográfico del Gobierno
y Capitanía general en La Habana, año
1841, cuaderno 7, páginas 231 a la 236).
Un
temor religioso sobrecoge el ánimo del
escritor al estampar el solo nombre de S. Dionisio,
mayormente, cuando sin quererlo, por sobre las
almenas de la casa, divisa los pinos del Cementerio.
Aquí la tumba de los dementes! allí
la tumba de los muertos! Qué consonancia
tan terrible! La muerte y la locura juntas! Nosotros
respetamos las intenciones del sabio magistrado
que así lo dispuso, y aún aplaudimos
su filosófico pensamiento. La locura y
la muerte son una misma cosa. El hombre demente
existe en un mundo donde aún no han podido
penetrar los sabios de la tierra: el hombre muerto
reposa en otro mundo cerrado definitivamente para
el hombre vivo. La casa de los locos y la casa
de los muertos deben estar pues, en un mismo sitio.
Si la sociedad tiene un sepulcro debajo de la
tierra para sus muertos, que sirve de asilo a
sus huesos, es cosa muy puesta en razón
que erigiese también asilo sobre la tierra,
para aquellos que, perdiendo el juicio, perdieron
la existencia moral, y demanden una tumba o lugar
apartado, donde sus delirios no exciten a todas
horas, el horror, la lástima y tal vez
el escarnio del hombre sensato. La sociedad en
esto obedece a Dios callando. Desgraciado el hombre
que no encuentra un hueco en la tierra donde descansar
sus huesos! Desgraciado el loco, que no tiene
un asilo donde ocultar a los demás hombres
las miserias de su razón extraviada!
La situación de la casa de S. Dionisio
es al costado oriental del cementerio, entre este
y el hospital de S. Lázaro, al fondo de
la caleta del mismo nombre, dando su frente al
Sud, y bañada en todos los sentidos por
las brisas del mar; casi a las faldas de la célebre
loma de Aróstegui, poco menos de dos millas
del centro de la ciudad, y cerca de una del Castillo
del Príncipe. Esta situación, según
se ve, no puede ser más adecuada al fin
de su instituto, como lo es la de San Lázaro
y la del Cementerio general. Sitio retirado y
silencioso, fresco y puros aires: ved aquí
los requisitos que demanda naturalmente una casa
destinada para los hombres de suyo achaquientos,
y ved los que goza la de S, Dionisio en la Habana.
Su erección fue el año 1827, gobernando
el Sr. D. Francisco Dionisio Vives, de quien tomó
el título; y su apertura el 1ro. de septiembre
del siguiente año. Hízose la obra
a expensas de una suscripción voluntaria
promovida por dicho Exmo. Sr. Con el santo fin
de amparar o recoger a .los infelices dementes
que, o vagaban por las calles hechos la burla
y el escarnio de los muchachos y de la mendiguez
juntamente, o gemían sufridos en los calabozos
de la antigua cárcel sin aire, sin luz
y sin abrigo corporal y espiritual.
El edificio tal como le representa la estampa que encabeza este artículo,
descubre a primera vista una fachada sobreelegante, de firme y sólida
constricción. Su sencillo ante-pórtico de orden corintio, junto
con el enverjado de hierro sobre muros de mampostería, que rodea el pequeño
jardín que tiene la casa delante y los pinos, obelisco, rejas y flores
del Cementerio, que se ven al fondo del cuadro, producen un contraste bello,
que dan a la estampa y al objeto real muy gracioso y pintoresco aspecto.
La puerta de entrada, queda precisamente en medio,
bajo el ante-pórtico, a cuyos lados abren
cuatro ventanas de fuertes rejas de hierro, que
dan luz y aire a otros tantos cuartos ocupados
por el loquero, el mayordomo de la casa y dos
soldados y un cabo, que no montan guardia sino
que están de respeto, para en caso de necesidad.
Sobre el umbral de la citada puerta, en una lápida
de mármol, con letras doradas de relieve,
se lee esta inscripción:
A LA HUMANIDAD
AL SANO JUICIO
Mens Sana in Corpore Sano.
Francisco
Dionisio Vives |
Juan
José Espada |
GOBERNADOR
|
OBISPO |
AÑO
DE 1827
La entrada
es un pasillo de dobles puertas: la exterior o de la calle y la interior, que
además tiene una reja de hierro y cae al primer patio. En este un cuadrilongo
de 28 varas de largo. Y más de 12 de ancho, con pasadizos todo alrededor,
soportados por gruesas columnas de piedra del mismo orden que las del ante-pórtico,
bajo de ellos están las celdas de los dementes pensionistas, que por
todas suman quince, con más de tres calabozos reforzados de fuertes rejas,
de los cuales actualmente solo estaban ocupados dos.
Cuando se abrió la casa en 1828, no tenía
más que este patio y un gran jardín
al fondo; pero posteriormente lo destruyeron para
fabricar otras celdas, con patios correspondientes,
según veremos después. Para entrar
en el segundo que es cinco varas más chico
que el primero y que tiene los mismos pasadizos
y columnas, atravesamos otro pasillo al cual abren
dos puertas, que lo eran de otros tantos salones
corridos a derecha e izquierda, donde se veían
las largas mesas y bancos de pino, en que se sientan
los reclusos blancos a comer, pues los de color
tienen las suyas en los pasadizos. En el centro
de este segundo patio hay una hermosa fuente,
que derrama un choro abundante de agua por la
boca de una bestia marina; y corona la pila el
Dios del silencio, representado en un precioso
niño de mármol ordinario, que se
ve de pie, con el indicador sobre los labios.
Aquí en vez de celdas hay dos salones, de N. a S , de 30 varas de largo
cada uno, con muchas ventanas para su mejor ventilación, que sirven de
morada a los locos que recoge y mantiene la caridad pública: sus camas
son duras tarima y su abrigo una frazada de lana. Antes de pasar al tercer patio,
reparamos sobre el dintel en una lápida de mármol donde se lee
una inscripción del tenor siguiente:
Por el Excmo. Capitán General
DON JOAQUIN DE EZPLETA
Bajo la dirección
Del EXCMO. SR: MARQUÉS DE ESTEVA
Y dirección del Coronel D. Manuel Pastor,
AÑO DE 1839
Este tercer
departamento pertenece exclusivamente a los hombres de color; tiene dos salones
a la derecha, divididos de por mitad, y a la izquierda algunas celdas angostas,
provistas de cepos para encerrar y sujetar a los locos que se muestran inquietos
o desobedientes a la voz del loquero, también tiene dos baños
de agua corriente, con dos llaves cada uno y dos estanques enladrillados de
vara y media de profundidad.
En fin en el cuarto y último patio están el lavadero, la cocina
y la letrina; es el más chico; está rodeado de un alto muro que
tiene dos puerta, la una falsa y grande que sirve para extraer las basuras,
la otra pequeña y da al callejón divisorio entre la casa y el
cementerio. Los salones de los cruceros son muy ventilados; lo mismo que las
celdas, que abren ventanas a todos los aires; y los cinco departamentos, de
que se compone la casa de S. Dionisio, están enteramente divididos entre
sí, porque en todos los pasillos hay dobles puertas, que cierran hacia
el Sud.
Los patos, celdas, calabozos, pasillos, pasadizos
y paredes respiraban tal aseo y limpieza que sobremanera
nos admiró, no menos que el religioso respeto
con que aquellos seres de extraviada razón
miraban a su guardián o loquero, D. Ignacio
Franco, quien tuvo la amable condescendencia de
enseñarnos el establecimiento y darnos
cuantas noticias e instrucciones le pedimos. Mientras
pasábamos de un patio a otro solía
quedarse atrás el loquero cerrando alguna
puerta; entonces los dementes nos rodeaban hablándonos
a un tiempo y cada cual conforme a la tema de
su locura; pero se aproximaba aquel y todos se
alejaban y le abrían paso, atentos siempre
a sus menores acciones, como a sus palabras. La
mayor parte de esos infelices estaban echados
en sus tarimas cuando entramos; mas según
fuimos penetrando en la casa, fueron ellos poniéndose
de pie, por manera que a nuestro retorno, ya casi
todos los 119, que hoy encierra el establecimiento,
ocupaban los pasadizos del primer patio, y comenzaron
a darnos voces e insultarnos desde lejos, porque
nos veían con el lápiz y el papel
en las manos, apuntando las noticias con que redactamos
este artículo.
Desde la edad fresca y lozana de los veinte años,
hasta la débil y madura de los setenta,
vimos allí locos; y es cosa singular que
ninguno furioso; porque si bien es cierto que
hay calabozos y estrechas celdas, rara vez, según
nos dijo el loquero, se han visto en la necesidad
de ocuparlos; y los cepos y los encierros; más
se dan como corrección de pequeñas
faltas, que como medios preservativos contra la
furia de algún demente.
A las seis de la mañana toman ellos un
ligero desayuno, compuesto de pan y café
puro; almuerzan a las nueve; báñanse
(los que lo permite su estado) a las doce; comen
a las dos de la tarde, y a ls cinco meriendan
con lo mismo que desayunan. El esquilón
se halla en el pasillo del primer departamento,
avisa las horas de ponerse a la mesa; y el cañonazo
que disparan en el puerto a las ocho de la noche,
es la señal que les manda a acostarse y
todos lo hacen sin necesidad de apremio, ni de
otro aviso: a las nueve reina en todo el edificio,
el silencio de un convento de religiosos.
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Nosotros
nos retiramos de S. Dionisio al cabo de una buena hora, es decir a las cinco
y más de media de la tarde, Quedando encantados de la amabilidad del
Sr. Franco, a quien los dementes tratan con el respeto de u padre cariñoso,
y él a ellos como a hijos desgraciados. Hoy no hemos olvidado ninguna
de sus cortesanas atenciones, para con nosotros extraños e importunos
visitantes; tampoco se nos borrará nunca de nuestra imaginación
la fisonomía de esa enfermedad que llaman locura, fisonomía espantosa
que inspira lástima, y horror al mismo tiempo. La palidez del rostro,
la vaguedad en los ojos ahuecados, la macilenta expresión del semblante,
y las manías de todos y cada uno de los locos agrupados en torno de nosotros
mirándonos unos como estatua, asustándonos otros con sus contorsiones
ridículas... oh! estas son cosas que no se pueden olvidar jamás.
Dios nos conserve la razón y tenga misericordia de sus pobres criaturas,
porque el hombre demente vive, es verdad, pero no existe en el mundo de los
vivos.
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