PREMIO NACIONAL DE LITERATURA
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             De Peña Pobre
       

Fragmento 

"VIOLETA subió por primera vez la colina universitaria con el gentío que acompañaba el cadáver de Chibás hasta el Aula Magna. Profundamente emocionada y agotada (habían sido diez días de agonía sufridos fanáticamente, minuto a minuto), cogida del brazo de Lin, sentía el fluido del dolor popular que por todas partes la rodeaba. Hubiera querido ser uno de los estudiantes que, con su brazalete de Comisión de Orden, empezaron a organizar el desfile, tan pronto quedaron colocados el féretro, el escudo, la bandera, los candelabros, el crucifijo, el reclinatorio. Desfiló también ella, cuando pudo, sin que sus ojos nublados pudieran ver más que una cara muda, rígida, remota, hecha sólo de reflejos. Presenció las primeras guardias de honor de los dirigentes del Partido del Pueblo Cubano, y entre aquellos rostros consternados reconoció con especial simpatía el de un joven que había visto en una foto de Bohemia, de pie, la cabeza inclinada, los brazos apoyados en la mesa, rodeado de un nutrido grupo, mirando las cuatro herraduras y las hojas firmadas por los ochocientos miembros de la juventud Ortodoxa, merecido regalo que hicieron a Tony Varona, presidente del Senado, por sus groseras declaraciones sobre la tragedia. Allí estaba, con su saco cruzado, más corpulento de lo que ella lo imaginó, la línea de las cejas impartiéndole una gravedad realmente al nivel de las circunstancias, una gravedad distinta. Violeta sintió confusamente que aquel joven al lado del féretro tenía más carga, más posibilidades, que estaba como en otro plano. La avalancha de emociones lo sepultó en su memoria. Hora tras hora (volviendo siempre, como al fiel de la balanza, a la cara limpia, desolada, aséptica, de Conchita Fernández), se saturó de las expresiones, los gestos y rasgos del pueblo más humilde: las negras viejas con pañuelo a la cabeza que caían desgajadas sobre el cristal del féretro; el lisiado que llegaba a duras penas, con el muñón en la muleta; el guagüero inmutado, gorra en mano; el obrero negro arrodillado ante el cadáver; la mulata toda de blanco que no podía contener los sollozos... Cientos, miles de rostros anónimos, ennoblecidos todos por un dolor que no era el mismo de las damas de su clase, el de las «mujeres ortodoxas», ni siquiera el de las empleadas del comercio, cuya aflicción salía como de más arriba, no de las vísceras, no de las entrañas... Y entre todos ellos, de pronto, como una visión desgarradora, un niño, un niño desarrapado, descalzo, la camisa en jirones dejando ver el pecho casi adolescente, el pantalón roto a medio muslo, haciendo guardia de verdadero honor con una dignidad incomparable, rectas las piernas desnudas, juntos los pies sucios, fino, grave, triste, fiero, imponente de pobreza el óvalo del rostro desvalido, a la altura misma de la muerte, capitán de un ejército invisible todavía. A Violeta se le arrasaron los ojos de lágrimas, a la vez que sentía nacer en ella una fuerza desconocida.

Terminada su guardia, el niño salió despacio del Aula Magna, pisando cuidadosamente las alfombras, sin mirar a nadie. Una vez afuera, recobró sus movimientos de gato y bajó corriendo a saltos la enorme escalinata soleada.

Kunties llegó trabajosamente al pie de la escalinata, abriéndose paso entre la muchedumbre desbordada, cuando ya el carro fúnebre estaría doblando, por 23. Su propósito no era ver nada, sino ir, ir con la multitud, como aquella noche de júbilo de «la jornada gloriosa», a la que esta tarde de luto parecía responder de modo definitivo. Funeral de las ilusiones del 30, funeral de la República, funeral ¿de toda esperanza cívica? Y si aquella muchedumbre de pueblo no creía en nada ni esperaba nada, ¿por qué estaba allí? ¿Por el sensacionalismo del espectáculo morboso? ¿Por el embullo de ejercitar un oposicionismo anónimo que no costaba nada? ¿Por inconsciencia o por conciencia? ¿Para despedir a un héroe inútil, cuyo «último aldabonazo» sonaba a hueco sobre la tumba? ¿0 para demostrar con el homenaje póstumo que lo respaldaba en la vida y en la muerte, que su voz no había clamado en el desierto, que había un pueblo que podía convertirse en un ejército marchando en columnas silenciosas detrás del adalid caído, y que ese pueblo, ese ejército, sería capaz también de recibir en triunfo al que fuera capaz de liberarlo? ¿Era una demostración de impotencia o de fuerza? ¿Qué significaba aquel río crecido, denso, indetenible, rodando lentamente por el kilómetro y medio de la calle 23, contemplado por millares de rostros enmudecidos en las aceras, en los árboles, en los postes, en los muros, balcones y azoteas, como si lo más importante ya no fuera el cadáver que encabezaba el desfile, sino el desfile mismo, la masa que a sí misma se demostraba y se miraba con respeto?

Al lado de Kuntius iba Normita, alumna suya en la Escuela de Maestros, seria y compungida en su uniforme de franjas azules, aunque a veces una distraída y vaga sonrisa se le dibujaba en los labios, que algo tenían de los labios de la difunta Fela. Varias cuadras delante iba Sandino con Lázaro, cuyo paso arrastrado y errático lo obligaba a retrasarse. Muy cerca del cortejo de los más allegados y de la dirigencia ortodoxa, iba Violeta con Lin, llorando sin saberlo como su abuela cuando supo la muerte de Luis Alberto Palma, con un llanto hilo a hilo que le parecía mayor que el suicidio, mayor que el entierro, mayor que la tarde trágica, un llanto incontenible por su casa, por los jarrones de su casa, por la criada con cofia de su casa, por los muebles de su casa, por la verja de lanzas de hierro de su casa, por los jardines y por el jardinero de su casa, por la cara astuta, melancólica y vacía de su padre, por las manos inútiles de su madre, por los ojos buenos de su madre, y por ella misma, por ella misma, que era lo que a través de sus lágrimas estaba mirando sereno y triste el niño desarrapado, haciendo guardia de honor él solo, ausente de todo el abejeo de políticos, personajes, policías, periodistas, correligionarios, curiosos, histéricos, indiferentes o fanáticos, haciendo guardia él solo y mirándola a ella tristemente, fieramente, implacablemente...

Ya en el cementerio, Kuntius pudo oír, muy lejos, entre los nubarrones aciagos del crepúsculo, las salvas remotas, el finísimo toque de silencio, el vozarrón rajado y oquedoso vociferando: "¡juramos... juramos!" Y empezó a regresar entre las tumbas, sumido en una mortal tristeza.

Llegando a los alegóricos arcos de la salida, por donde parecía desangrarse aquel enorme coágulo humano, se encontró de nuevo con Normita, acompañada de Sandino. Ya ella le había hablado de la vuelta de su primo a La Habana. Cuando Kuntius lo vio por última vez, catorce años atrás, tenía la edad que en enero había cumplido su propio hijo. Pero no se despintaba. Era el mismo niño encantador, ahora grande, espigado, atento. Se abrazaron en silencio, y salieron a la calle conversando, intercambiándose noticias de las dos familias...En la esquina de 12 y 23 estaba el ya anciano Campos, que había ido al entierro sin decírselo a nadie, trémulo y conmovido en su traje negro.

       

 Redacción Editorial: José Adrián Vitier

Corrección Editorial: Nora Lelyen

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