La línea, su dibujo
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Para Juan David y, naturalmente,
también para Graciela


Nunca una línea se transmuta en risa,
tampoco en llanto, en leve
gesto irónico se yergue, se levanta,
alza su trazo y ofrece oculto el contenido.
¿Es elegancia o es acaso criolla galanura,
que ofrece espléndida su magnífico arco?
¡Cuánto tiempo en los rostros,
cuánta historia...
y cuánto prodigioso descubrimiento!
Si alguien fuera a enumerar los seres
prendidos a tus manos para siempre,
sería la galería un laberinto,
una nueva charada, rechazada
por los interesados y por los vanidosos.
—¡Dame el espejo mágico, el que más dice
(dice más porque habla),
el que tiene guardado oráculo en el monte,
el mago o sacerdote más moderno
que explica una sabiduría sin palabras,
mezclada de modestia y de soberbia!
Dame el registro antiguo
del poeta, del pintor o de la bailarina,
del político, del músico, del desdichado,
del viudo inconsolable.
¿Quién es, cómo se denomina?,
danza macabra nuestra,
negación de la estatua.
¿Cómo se denomina?
Dímelo pronto o calla.
¿Callar?, calla quien tiembla, o calla
el que más alto apunta;
pero en la cima, en el silencio,
tu dibujo perpetuo se estaciona
y desde arriba nos descubre
con una nueva dimensión distinta;
y ya se sabe, ya lo sabemos todos:
la tierra se llama Juan.

César López: «La línea, su dibujo», en Quiebra de la perfección. Ediciones Unión, La Habana, 1983, p. 116

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 









 

 

Caricatura de César López concebida
por Juan David