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Mi segundo apellido, Mrad, que no es una errata ni una falsificación
del revolucionario francés de apellido similar al oído, es de origen
libanés. Mi otro abuelo había nacido en Siria, de familia árabe
y musulmana, al parecer. A este abuelo, que dejó a mi abuela cubana
con cuatro hijas pequeñas y desapareció del hogar para nunca volver,
lo vi solo una vez, siendo yo un niño. Con el índice resentido me
lo señaló mi abuela materna cuando pasaba, a cierta distancia, por
una calle de Santiago.
Si nací el año 35, realmente debería
haber nacido el año, el mes, el día en que aprendí a leer, lo que
sucedió tarde: era miope y mi familia lo ignoraba. No veía con claridad
las letras en el pizarrón del colegio, y me creyeron tardo, torpe
y morón. El cura del aula descubrió la verdad: una miopía innata,
que dura hasta hoy. Cuando me pusieron lentes, aprendí a leer y
nací entonces en la vida doble, la que se vive y la que se sueña.
En 1947, cuando tenía once años, mi familia me trajo a vivir a La
Habana. Es decir, ellos vinieron y yo tuve que venir con ellos,
naturalmente. A esa edad no podía decidir nada. Si hubiera podido,
habría permanecido en Santiago por más tiempo. Once años son muy
poco para defendernos, con su pobre marca provinciana, del horror
de las grandes ciudades. Pero mi familia se trasladó, y me trasladaron.
Muchos años después, sobre esta corta existencia provinciana, tan
delicado refugio, escribí una novela, la primera, que es tan extensa
como esos años, La caja está cerrada, publicada en 1984, que obtuviera
el Premio de la Crítica del año siguiente.
Ya en La Habana, ingresé en los Escolapios,
donde terminé la primera enseñanza. Realicé el bachillerato en el
Instituto de La Habana, en el de Marianao y en el del Vedado, de
acuerdo con las mudadas de mi familia de un reparto al otro. Desde
niños mi hermana y yo jugábamos felizmente al teatro. Nos disfrazábamos,
colgábamos una sábana blanca de un alambre en la sala de la casa,
y representábamos obras imaginarias. Obligábamos a nuestros padres
y a las visitas a presenciar la representación. A mi padre le encantaban
las zarzuelas, y me llevaba a ver La verbena de la paloma y Los
gavilanes las tardes del domingo, cuando llegaban a La Habana compañías
españolas. Mi padre, aunque cubano, vivió y se movió en un círculo
de comerciantes españoles. Era un gran bebedor y jugador de dominó.
Nunca hizo fortuna, aunque descendía de una familia adinerada, venida
a menos cuando yo nací. Aquel abuelo que nació al llegar a Santiago,
hizo dinero vendiendo huevos en una cesta por las calles santiagueras.
Llegó a ser dueño de una peletería y de una tienda de ropas. Mi
padre nunca lo igualó. Vivió siempre de su sueldo de viajante del
comercio, sueldo exiguo, que bien administrado, le sirvió para educarnos.
Mi vocación por la literatura comenzó
a manifestarse muy pronto. Desde muy niño, ya en Santiago de Cuba,
escribía poemas y piececitas teatrales. En una libreta de clases
redacté una novela, que en una de las múltiples mudadas de mi familia,
se extravió. Estrené mi primera obra teatral en 1957, El caso se
investiga. Mi padre había muerto en un accidente de ferrocarril
el año anterior. Mi madre tres años antes. Me quedé huérfano, y
me puse a escribir con ahínco, hasta hoy. Comencé a publicar en
la revista Ciclón, dirigida por José Rodríguez Feo, que fuera muchos
años codirector de Orígenes. Allí inserté críticas, piezas teatrales,
narraciones y poemas. Viví, tras la muerte de mi padre, en Estados
Unidos. Visité el Canadá. Regresé a Cuba tras el triunfo revolucionario,
en 1959, donde he permanecido hasta hoy. He viajado por Europa,
residido en Londres y París. En 1962 apareció mi primer libro, En
claro, donde se recogen mis poemas de adolescente. Trabajé en el
magazine Lunes de Revolución y fundé y dirigí durante cinco años
la revista Casa de las Américas. En el tardío año de 1979, tras
largos abandonos, terminé mi carrera universitaria, graduándome
en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Guardé
el título en una gaveta y ahí está todavía. Pero fue una victoria
personal concluir esos estudios. Mis piezas teatrales han sido traducidas
al polaco, inglés y francés. Se han estrenado en Estados Unidos,
Venezuela, México, Puerto Rico y Varsovia. He publicado en la revista
Europe, L'Arc, Les Lettres, Quimera, Siempre, Ever green y en casi
todas las revistas cubanas.
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