Capítulo
tercero
[…] Pero nada era comparable,
en alegría, en euritmia, en gracia de impulsos, a los
juegos de las toninas, lanzadas fuera del agua, por dos, por
tres, por veinte, o definiendo el arabesco de la ola al subrayarlo
con la forma disparada. Por dos, por tres, por veinte, las
toninas, en giro concertado, se integraban en la existencia
de la ola, viviendo sus movimientos, con tal identidad de
descansos, saltos, caídas, aplacamientos que parecían
llevarla sobre sus cuerpos, imprimiéndole un tiempo
y una medida, un compás y una secuencia. Y era luego
un perderse y un esfumarse, en busca de nuevas aventuras,
hasta que el encuentro con un barco volviera a alborotar aquellos
danzantes del mar, que sólo parecían saber de
piruetas y tritonadas, en ilustración de sus propios
mitos… Alguna vez se hacía un gran silencio sobre
las aguas, presentíase el Acontecimiento y aparecía,
enorme, tardo, desusado, un pez de otras épocas, de
cara mal ubicada en un extremo de la masa, encerrado en un
eterno miedo de su propia lentitud, con el pellejo cubierto
de vegetaciones y parásitos, como casco sin carenar,
que sacaba el vasto lomo en un hervor de rémoras, con
solemnidad de galeón rescatado, de patriarca abisal,
de Leviatán traído a la luz, largando espuma
a mares en una salida a flote que acaso fuera la segunda desde
que el astrolabio llegara a estos parajes. Abría el
monstruo sus ojillos de paquidermo, y, al saber que cerca
le bogaba un desclavado cayuco sardinero, se hundía
nuevamente, angustiado y medroso, hacia la soledad de sus
trasfondos, a esperar algún otro siglo para regresar
a un mundo colmado de peligros. Terminado el Acontecimiento,
volvía el mar a sus quehaceres. Encallaban los hipocampos
en las arenas cubiertas de erizos vaciados, despojados de
sus púas, que al secarse se transformaban en pomas
geométricas de una tan admirable ordenación
que hubiesen podido inscribirse en alguna Melancolía
de Durero; encendíanse las luminarias del pez-loro,
en tanto que el pez-ángel y el pez-diablo, el pez-gallo
y el pez-de-San-Pedro, sumaban sus entidades de auto sacramental
al Gran Teatro de la Universal Decoración, donde todos
eran comidos por todos, consustanciados, imbricados de antemano,
dentro de la unicidad de lo fluido… Como las islas,
a veces, eran angostas, Esteban, para olvidarse de la época,
marchaba solo, a la otra banda, donde se sentía dueño
de todo: suyas eran las caracolas y sus músicas de
pleamar; suyos los careyes, acorazados de topacios, que ocultaban
sus huevos en agujeros que luego rellenaban y barrían
con las escamosas patas; suyas las esplendorosas piedras azules
que rebrillaban sobre la arena virgen de la restinga jamás
hollada por una planta humana. Suyos eran también los
alcatraces, poco temerosos del hombre por conocerlo poco,
que volaban en el regazo de las olas con engreído empaque
de mejillas y papada, antes de elevarse de pronto para caer
casi verticalmente, con el pico impulsado por todo el peso
del cuerpo, de alas apretadas para caer más pronto.
Alzaba el ave su cabeza en triunfante alarde, pasábale
por el cuello el bulto de la presa, y era entonces un alegre
sacudimiento de las plumas caudales, en testimonio de satisfacción,
de acción de gracia, antes de alzar un vuelo bajo y
ondulante, tan paralelo al movimiento del mar como lo era,
bajo la superficie, el vertiginoso nadar de las toninas. Echado
sobre una arena tan leve que el menor insecto dibujaba en
ella la huella de sus pasos, Esteban, desnudo, solo en el
mundo, miraba las nubes, luminosas, inmóviles, tan
lentas en cambiar de forma que no les bastaba el día
entero, a veces, para desdibujar un arco de triunfo o una
cabeza de profeta. Dicha total, sin ubicación ni época.
Tedéum… O bien con la barbilla reclinada en el
frescor de una hoja de uvero, abismábase en la contemplación
de un caracol —de uno solo— erguido como monumento
que le tapara el horizonte, a la altura del entrecejo. El
caracol era el Mediador entre lo evanescente, lo escurrido,
la fluidez sin ley ni medida y la tierra de las cristalizaciones,
estructuras y aternancias, donde todo era asible y ponderable.
De la Mar sometida a ciclos lunares, tornadiza, abierta o
furiosa, ovillada o destejida, por siempre ajena al módulo,
el teorema y la ecuación , surgían esos sorprendentes
carapachos, símbolos en cifras y proporciones de lo
que precisamente faltaba a la Madre. Fijación de desarrollos
lineales, volutas legisladas, arquitecturas cónicas
de una maravillosa precisión, equilibrios de volúmenes,
arabescos tangibles que intuían todos los barroquismos
por venir. Contemplando un caracol —uno solo—
pensaba Esteban en la presencia de la Espiral durante milenios
y milenios, ante la cotidiana mirada de pueblos pescadores,
aún incapaces de entenderla ni de percibir, siquiera,
la realidad de su presencia. Meditaba acerca de la poma del
erizo, la hélice del muergo, las estrías de
la venera jacobita, asombrándose ante aquella Ciencia
de las Formas desplegada durante tantísimo tiempo frente
a una humanidad aún sin ojos para pensarla. ¿Qué
habrá en torno mío que esté ya definido,
inscrito, presente, y que aún no pueda entender? ¿Qué
signo, qué mensaje, qué advertencia, en los
rizos de la achicoria, el alfabeto de los musgos, la geometría
de la pomarrosa? Mirar un caracol. Uno solo. Tedéum.
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