…Ese latido que me abre a codazos;
ese vientre en borbollones; ese corazón que se me suspende,
arriba, traspasándome con una aguja fría; golpes
sordos que me suben del centro y descargan en las sienes,
en los brazos, en los muslos; aspiro a espasmos; no basta
la boca, no basta la nariz; el aire me viene a sorbos cortos,
me llena, se queda, me ahoga, para irse luego a bocanadas
secas, dejándome apretado, plegado, vacío; y
luego el subir de los huesos, el rechinar, el tranco; quedar
encima de mí, como colgado de mí mismo, hasta
que el corazón, de un vuelco helado, me suelte los
costillares para pegarme de frente, abajo del pecho; dominar
ese sollozo en seco; respirar luego, pensándolo; apretar
sobre el aire quedado; abrir a lo alto; apretar ahora; más
lento: uno, dos, uno, dos, uno dos… Vuelve el martilleo;
lato hacia los costados; hacia abajo, por todas las venas;
golpeo lo que me sostiene; late conmigo el suelo; late el
espaldar, late el asiento, dando un empellón sordo
con cada latido; el latido debe sentirse en la fila entera;
pronto me mirará la mujer de al lado, recogiendo su
zorro; me mirará el hombre de más allá;
me mirarán todos; de nuevo el pecho en suspenso; arrojar
esta bocanada que me hincha las mejillas, que está
detenida. Alcanzado en la nuca, se vuelve el que tengo delante;
me mira; mira el sudor que me cae del pelo; he llamado la
atención; me mirarán todos; hay un estruendo
en el escenario, y todos atienden el estruendo. No mirar ese
cuello: tiene marcas de acné; había de estar
ahí, precisamente —único en toda la platea—,
para poner tan cerca lo que no debe mirarse, lo que puede
ser un Signo; lo que los ojos tratarán de esquivar,
pasando más arriba, más abajo, para acabar de
marearse; apretar los dientes, apretar los puños, aquietar
el vientre —aquietar el vientre—, para detener
ese correrse de las entrañas, ese quebrarse de los
riñones, que me pasa el sudor al pecho; una hincada
y otra; un embate y otro, apretarme sobre mí mismo,
sobre los desprendimientos de dentro, sobre lo que me rebosa,
bulle, me horada; contraerme sobre lo que taladra y quema,
en esta inmovilidad a que estoy condenado, aquí, donde
mi cabeza debe permanecer al nivel de las demás cabezas;
creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la
Tierra, y en Jesúscristo su único hijo, Nuestro
Señor, que fue concebido por obra del Espíritu
Santo y nació de Santa María Virgen, padeció
bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y
sepultado; descendió a los infiernos, y al tercer día
resucitó de entre los muertos… No podré
luchar mucho más; tiemblo de calor y de frío;
agarrado de mis muñecas, las siento palpitar como las
aves desnucadas que arrojan al suelo de las cocinas; cruzar
las piernas, peor; es como si el muslo alto se derramara en
mi vientre; todo se desploma, se revuelve, hierve, en espumarajos
que me recorren, me caen por los flancos, se me atraviesan,
de cadera a cadera; borborigmos que oirán los otros,
volviéndose, cuando la orquesta toque más quedo;
creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la
Tierra; creo, creo, creo. Algo se aplaca, de pronto. «Estoy
mejor; estoy mejor; estoy mejor»; dicen que repitiéndolo
mucho, hasta convencerse… Lo que bullía parece
aquietarse, remontarse, detenerse en alguna parte; debe ser
efecto de esta posición; conservarla, no moverse, cruzar
los brazos; la mujer hace un gesto de impaciencia, poniendo
el zorro en barrera; su cartera resbala y cae; todos se vuelven;
ella no se inclina a recogerla; creen que soy yo el del ruido;
me miran los de delante; me miran los de atrás; me
ven amarillo, sin duda, de pómulos hundidos, la barba
me ha crecido en estas últimas horas; me hinca las
palmas de las manos; les parezco extraño, con estos
hombros mojados por el sudor que vuelve a caerme del pelo,
despacio, rodando por mis mejillas, por mi nariz; mi ropa,
además, no es de andar entre tantos lujos. «Salga
de aquí» —me dirán—, «está
enfermo, huele mal»; hay otro gran estrépito
en el escenario; todos vuelven a atender al estrépito…
Debo vigilar mi inmovilidad; poner toda mi fuerza en no moverme;
no llamar la atención; no llamar la atención,
por Dios; estoy rodeado de gente, protegido por los cuerpos,
oculto entre los cuerpos; de cuerpo confundido con muchos
cuerpos; hay que permanecer en medio de los cuerpos; después,
salir con ellos, lentamente, por la puerta de más gente;
el programa sobre la cara, como un miope que lo estuviera
leyendo; mejor si hay muchas mujeres; ser rodeado, circundado,
envuelto… ¡Oh! esos instrumentos que me golpean
las entrañas, ahora que estoy mejor; aquel que pega
sobre sus calderos, pegándome, cada vez, en medio del
pecho; esos de arriba, que tanto suenan hacia mí, con
esas voces que le salen de hoyos negros; esos violines que
parecen aserrar las cuerdas, desgarrando, rechinando en mis
nervios; esto crece, haciéndome daño; suenan
dos mazazos; otro más y gritaría; pero todo
terminó; ahora hay que aplaudir… Todos se vuelven,
me miran, sisean, llevándose el índice a los
labios; sólo yo he aplaudido; sólo yo; de todas
partes me miran; de los balcones, de los palcos; el teatro
entero parece volcarse sobre mí. «¡Estúpido!»
La mujer del gorro también dice «estúpido»;
el hombre de más allá; todos repiten «estúpido,
estúpido»; todos hablan de mí; todos me
señalan con el dedo; siento esos dedos clavados en
mi nuca, en mis espaldas; yo no sabía que aplaudir
aquí estaba prohibido; llamarán al acomodador:
«Sáquenlo de aquí; está enfermo,
huele mal; mire cómo suda…» La orquesta
vuelve a tocar; algo grave, triste, lento. Y es, la extraña,
sorprendente, inexplicable sensación de conocer eso
que están tocando. No comprendo cómo puedo conocerlo;
nunca he escuchado una orquesta de estas, ni entiendo de músicas
que se escuchan así —como aquel, de los ojos
cerrados; como aquellos, de las manos cogidas— como
si se estuviera en algo sagrado; pro casi podría tararear
esa melodía que ahora se levanta, y marcar el compás
de ese detenerse y adelantar un pie y otro pie, lentamente,
como si fuera caminando, y entrar en algo donde domina aquel
canto de sonido ácido, y luego la flauta, y después
esos golpes tan fuertes, como si todo hubiera acabado para
volver a empezar. «¡Qué bella es esta marcha
fúnebre!» —dice la mujer del zorro al hombre
de más allá. Nada sé de marchas fúnebres;
ni puede ser bella ni agradable una marcha fúnebre;
tal vez haya oído alguna, allá, cerca de la
sastrería, cuando enterraron al negro veterano y la
banda escoltaba el armón de artillería, con
el tambor mayor andando de espaldas: ¿y se visten,
se adornan, sacan sus joyas, para venir a escuchar marchas
fúnebres…? Pero ahora recuerdo; sí, recuerdo;
recuerdo. Durante días he escuchado esta marcha fúnebre,
sin saber que era una marcha fúnebre; durante día
y días la he tenido al lado, envolviéndome,
sonando en mi sueño, poblando mis vigilias, contemplando
mis terrores; durante días y días ha volado
sobre mí, como sombra de mala sombra, actuando en el
aire que respiraba, pesando sobre mi cuerpo cuando me desplomaba
al pie del muro, vomitando el agua bebida. No pudo ser una
casualidad; estaba eso en la casa de al lado, porque Dios
quiso que así fuera; no eran manos de hombre, las que
ponían ahí, tan cerca, esa música de
cortejo al paso, de tambores sordos, de figuras veladas; era
Dios en lo después, como en la leña sin prender
está el fuego antes de ser fuego; Dios, que no perdonaba,
que no quería más plegarias, que me volvía
las espaldas cuando en mi boca sonaban las palabras aprendidas
en el libro de la Cruz de Calatrava; Dios, que me arrojó
a la calle y puso a ladrar un perro entre los escombros; Dios,
que puso aquí, tan cerca de mi rostro, el cuello con
las horribles marcas; el cuello que no debe mirarse. Y ahora
se encarna en los instrumentos que me obligó a escuchar,
esta noche, conducido por los truenos de su Ira. Comparezco
ante el Señor manifiesto en un canto, como pudo estarlo
en la zarza ardiente; como lo vislumbré, alumbrado,
deslumbrado, en aquella brasa que la vieja elevaba a su cara.
Sé ahora que nunca ofensor alguno pudo ser más
observado, mejor puesto en el fiel de la Divina Mira, que
quien cayó en el encierro, en la suprema trampa —traído
por la inexorable Voluntad a donde un lenguaje sin palabras
acaba de revelarle el sentido expiatorio de los últimos
tiempos: Repartidos están los papeles en este Teatro,
y el desenlace está ya establecido en el después
—hoc erat in votis!—, como está la ceniza
en la leña por prender… No mirar ese cuello;
no mirarlo; fijar la vista en un punto del piso; en una mancha
de la alfombra; en el pandero que adorna, arriba, el marco
del escenario; Dios Padre, Creador de los Cielos, ten misericordia
de mí; no te he invocado en vano; sabes como yo te
pensaba en mis clamores; aún confío en tu Misericordia,
aún confío en tu infinita Misericordia; he estado
demasiado lejos de ti, pero sé que a menudo ha bastado
un segundo de arrepentimiento —el segundo de nombrarte—
para merecer un gesto de tu mano, aplacamiento de tormentas,
confusión de jaurías… Ha concluido la
marcha fúnebre, repentinamente, como quien, luego de
recibir un ruego, una imploración, responde con un
simple «Sí», que hace inútiles otras
palabras. Y esto fue cuando decía que confiaba en su
Misericordia. Silencio. Tiempo de aplacamiento, de reposo.
Silencio que el director alarga, con la cabeza gacha, caídos
los brazos, para que algo perdure de lo transcurrido. Ya no
laten tanto mis venas, ni mi respiración es dolor.
Esta vez no se me ocurrió aplaudir… «A
ver cómo suena el…» (¿qué?)
—dice la mujer del zorro, sin mirar siquiera el programa.
Una palabra que no oí bien. Comprendo ahora por qué
los de la fila no miran sus programas; comprendo por qué
no aplauden entre los trozos; se tiene que tocar en su orden,
como en la misa se coloca el Evangelio antes del Credo, y
el Credo antes del Orfertorio; ahora habrá algo como
una danza; luego, la música a saltos, alegre, con un
final de largas trompetas como las que embocaban a los ángeles
del órgano de la catedral de mi primera comunión;
serán quince, acaso veinte minutos; luego aplaudirán
todos y se encenderán las luces. (Todas las luces.)
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