XXIII
[…], en medio de las hamacas, apenas
hamacas —cunas de lianas, más bien—, donde
yacen y fornican y procesan, hay una forma de barro endurecida
al sol: una especie de jarra sin asas, con dos hoyos abiertos
lado a lado, en el borde superior, y un ombligo dibujado en
la parte convexa con la presión de un dedo apoyado
en la materia, cuando aun estuviese blanda. Este es Dios.
Más que Dios: es la Madre de Dios. Es la madre primordial
de todas las religiones. El principio hembra, genésico,
matriz, situado en el secreto prólogo de todas las
teogonías. La Madre, de vientre abultado, vientre que
es a la vez ubres, vaso y sexo, primera figura que modelaron
los hombres, cuando de las manos naciera la posibilidad del
Objeto. Tenía ante mí a la Madre de los Dioses
Niños, de los tótems dados a los hombres para
que fueran cobrando el hábito de tratar a la divinidad,
preparándose para el uso de los Dioses Mayores. La
Madre, «solitaria, fuera del espacio y más aún
del tiempo», de quien Fausto pronunciara el sólo
enunciado de Madre, por dos veces, con terror. Viendo ahora
que las ancianas de pubis arrugado, los trepadores de árboles
y las hembras empreñadas me miran, esbozo un torpe
gesto de reverencia hacia la vasija sagrada. Estoy en morada
de hombres y debo respetar a sus Dioses… Pero he aquí
que todos echan a correr. Detrás de mí, bajo
un amasijo de hojas colgadas de ramas que sirven de techo,
acaban de tender el cuerpo hinchado y negro de un cazador
mordido por un crótalo. Fray Pedro dice que ha muerto
hace varias horas. Sin embargo, el Hechicero comienza a sacudir
una calabaza llena de gravilla —único instrumento
que conoce esta gente— para tratar de ahuyentar a los
mandatarios de la Muerte. Hay un silencio ritual, preparador
del ensalmo, que lleva la expectación de los que esperan
a su colmo. Y en la gran selva que se llena de espantos nocturnos,
surge la Palabra. Una palabra que es ya más que palabra.
Una palabra que imita la voz de quien dice, y también
la que se atribuye al espíritu que posee el cadáver.
Una sale de la garganta del ensalmador; la otra, de su vientre.
Una es grave y confusa como un subterráneo hervor de
lava; la otra, de timbre mediano, es colérica y destemplada.
Se alternan. Se responden. Una increpa cuando la otra gime;
la del vientre se hace sarcasmo cuando la que surge del gaznate
parece apremiar. Hay como portamentos guturales, prolongados
en aullidos; sílabas que, de pronto, se repiten mucho,
llegando a crear un ritmo; hay trinos de súbito cortados
por cuatro notas que son el embrión de una melodía.
Pero luego es el vibrar de la lengua entre los labios, el
ronquido hacia adentro, el jadeo a contratiempo sobre la maraca.
Es algo situado mucho más allá del lenguaje,
y que, sin embargo, está muy lejos aún del canto.
Algo que ignora la vocalización, pero es ya algo más
que la palabra. A poco de prolongarse, resulta horrible, pavorosa,
esa grita sobre un cadáver rodeado de perros mudos.
Ahora, el Hechicero se le encara, vocifera, golpea con los
talones en el suelo, en lo más desgarrado de un furor
imprecatorio que es ya la verdad profunda de toda tragedia
—intento primordial de lucha contra las potencias de
aniquilamiento que se atraviesan en los cálculos del
hombre—. Trato de mantenerme fuera de esto, de guardar
distancias. Y, sin embargo, no puedo sustraerme a la horrenda
fascinación que esta ceremonia ejerce sobre mí…
Ante la terquedad de la Muerte, que se niega a soltar su presa,
la Palabra, de pronto, se ablanda y descorazona. En boca del
Hechicero, del órfico ensalmador, estertora y cae,
convulsivamente, el Treno —pues esto y no otra cosa
es un treno—, dejándome deslumbrado con la revelación
de que acabo de asistir al Nacimiento de la Música.
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