Apariencias |
  en  
Hoy es viernes, 20 de abril de 2018; 12:39 AM | Actualizado: 19 de abril de 2018
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 10 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Ejercicio 10: Una rápida lectura a Ensayos de Dulce María Loynaz

Jesús David Curbelo, 05 de abril de 2018

Bastaría un simple vistazo a la bibliografía crítica sobre la obra de Dulce María Loynaz para verificar que sus estudiosos han preterido la parcela ensayística en beneficio de sus mucho mejor publicitadas facetas lírica y narrativa. No es de extrañarse: resulta tanta la fuerza renovadora y subversiva de sus tres mayores piezas de ficción (Jardín, Un verano en Tenerife y Fe de vida) y tanta la movilidad conceptual y formal de sus poemarios, desde Bestiarium hasta Poemas náufragos, que a quien mire de prisa pudiera parecerle esta la zona menos feraz de su arte. Y llevaría razón: Dulce María no fue una ensayista diligente al estilo de Lezama, Vitier o Fina García Marruz, quienes no solo enunciaron en sus textos ensayísticos las coordenadas de sus respectivas poéticas y lanzaron una serie de señales para ser leídos, sino que redibujaron en ellos los mapas de la literatura cubana del XIX y la primera mitad del XX y armaron unas propuestas canónicas que aún hoy gozan de relativa vigencia entre los historiadores y críticos literarios que investigan nuestras letras.

Los ensayos de Dulce María a veces son conferencias, a veces charlas, a veces intervenciones para un acto cívico-cultural, a veces notas necrológicas e, incluso, hasta respuestas a cuestionarios más colindantes con el testimonio. Pero eso no los minimiza. Precisamente porque el ensayo nació como un género heterodoxo, como un zurrón donde cabía cuanto pudiera facilitar el libre discurrir del pensamiento y de la prosa en pos de ejercer sobre el lector (oyente, interlocutor) la fascinación precisa para interesarlo en el diálogo, y solo bastante después los académicos hicieron maravillas para tratar de convertirlo en una proliferación de citas “respetables” (remontándose al viejo principio de autoridad medieval) engarzadas con unas oracioncitas aglutinantes que suelen decir poco.

En muchos de los pasajes recogidos en La palabra en el aire y en el volumen que presentamos hoy, existe esa contaminación genérica propia de las otras vertientes del quehacer literario de Dulce María, tan visible en Jardín o Fe de vida, por ejemplo. La prosista no vacila en salpimentar su escritura didascálica con fragmentos narrativos o líricos, en echar mano del humor, y mucho menos evita ir elaborando a través de su ensayística (dispersa, escasa, coyuntural en ocasiones) una imagen autoral que complementa la ofrecida en novelas y poemarios. Al igual que otros ilustres poetas-ensayistas extranjeros y cubanos, Dulce María nos dona en sus ensayos algunas de las claves esenciales de su labor artística. Y si bien es cierto que podemos disfrutar de esta sin habernos adentrado en aquellos, también lo es que una vez visitadas estas disquisiciones conseguimos abundante luz para mirar mejor en algunos rincones de su lírica y su novelística.

Hay en este compendio que hoy nos entrega Ediciones Loynaz una recopilación cronológica de la ensayística de Dulce María que aumenta el conocimiento de esta que hace unos años nos propusiera la misma casa editora con La palabra en el aire. Hasta donde logro colegir, solo se repite en ambas un texto: “Influencia de los poetas cubanos en el Modernismo”; aunque sí lo hacen determinados detalles temáticos inherentes a la autora. Esas constantes conceptuales guardan, me parece, el núcleo de este pensamiento, y son las siguientes: una clara conciencia estética enmascarada tras la presunta postura romántica de seguir la inspiración, una cubanía vibrante nutrida con lo mejor de nuestra herencia política y literaria, una preocupación latinoamericanista sólida y coherente, y un firme posicionamiento genérico que la lleva a observar desde un ángulo distinto, por poco frecuentado hasta entonces, la historia de nuestra cultura.

Ensayos contiene tres piezas capitales suficientes para defender la tesis de que Dulce María se mueve con alta solvencia en la prosa reflexiva: “Mi poesía: autocrítica”, “Poetisas de América” y la ya mencionada “Influencia de los poetas cubanos en el Modernismo”. En la primera, una charla pronunciada en la Universidad de La Habana por invitación de Raimundo Lazo, la autora aborda su concepción de la poesía y nos cuenta cómo ha intentado cultivarla. Siempre he tenido la sospecha de que en ese texto Dulce María, que ya ha escrito algunos de sus poemarios más reveladores (Juegos de agua y el por entonces inédito Poemas sin nombre), dice una serie de verdades atendibles, pero también manipula un poco su imagen y pretende vendernos la idea de que en su poesía no hay un profundo trabajo intelectivo y un diálogo con lo mejor de diversas tradiciones líricas, sino simple inspiración.

El ensayo comienza con el aserto de que la poesía es tránsito hacia una verdadera meta desconocida, que debe ser alta y sencilla. Aquí me resulta inevitable evocar al Duque de Rivas y su “pensar alto, sentir hondo y hablar claro”. Luego viene la noción, a mi juicio esencial para aplicarla a toda su obra, de que la poesía es un viraje, un vuelco, que precisa de las mutaciones por mínimas que sean. Una aseveración de este tipo solo puede cimentarse en años de lectura y de reflexión y aplicando una cultivada inteligencia; lo mismo que cuando, unos párrafos más tarde, discurre acerca del poema en prosa (al que ya había arribado en su praxis poética y escrito con él uno de los libros más sorprendentes de la poesía española del siglo XX: Poemas sin nombre); o cuando insiste en la poda del verso y el empleo preferente de sustantivos y verbos que le dan espacio y movimiento al idioma. Por eso dudo de su confesión modosa acerca de cómo “rellenó” Juegos de agua con platos de color rosa que no iban a tono con el resto azul de la vajilla.

De la misma manera discrepo de sus afirmaciones en “Poetisas de América” cuando afirma que “la poesía no es estudio, sino inspiración; no es técnica, sino estado anímico”, porque si bien es cierto que nadie llega a ser un gran poeta –y ni siquiera uno mediano— gracias al estudio sin talento, igual ese talento hay que alimentarlo con mucha observación y rumia de la vida y de la literatura (es decir, con estudio) para hacerlo florecer en su máxima expresión.

Estudio y no inspiración indica el riguroso inventario de poetisas tanto europeas como americanas con que Dulce María intenta probar su hipótesis de que la poesía escrita por mujeres solo podía florecer en el Nuevo Mundo. Bella teoría. Y audaz, porque habla de la superación de una cultura importada e impuesta, y del surgimiento de un nuevo tipo de sensibilidad que la autora achaca a la majestuosidad y a la agreste belleza del paisaje. Luego viene el gran hallazgo: la mujer será la más capaz de captar la buena nueva gracias a dos atributos que enseña desde la Biblia: la desobediencia y la curiosidad. Sor Juana, la Avellaneda, Cecilia Meireles, María Eugenia Vaz Ferreira, Juana Borrero, María Monvel, Salomé Ureña, Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral le sirven de ejemplo para contrastar con algunas flores aisladas de la lírica femenina europea (Ana de Noailles, Ricarda Huch, Rosalía de Castro, Elizabeth Barret Browning o Marceline Desbordes-Valmore), y refrendar su punto de vista sobre la preponderancia de la escrita en este lado del océano. En esta lista nada más falta Emily Dickinson, pero la obra de la genial dama de Amherst solo apareció de manera coherente en inglés (o sea, en una edición fiel a los originales, organizada y bien difundida) en el año 1955 y “Poetisas de América” data de 1951. Dulce María no debía de conocerla, pues no hubiera pasado jamás por alto a esa peculiar mujer americana con la que, sin saberlo, tenía cierta similitud.

“Influencia de los poeta cubanos en el Modernismo” es una auténtica joya. Defiende la idea de que la grandeza de Darío no hay que buscarla solo en los poetas europeos que devoró (Gautier, D’Annunzio, Verlaine, Verhaeren), sino en algunos genios americanos que acumularon notables aciertos líricos que más tarde el nicaragüense refundió con los suyos propios para erigirse en la figura por excelencia del movimiento. Esa nómina de americanos la encabezan Poe y Whitman, con quienes junta a Olavo Bilac (otro detalle que apunta hacia la exquisitez lectora de Dulce María). Y le siguen Martí, Casal, Nájera, Díaz Mirón y Asunción Silva. Cualquiera mínimamente al tanto de los derroteros de la crítica literaria hispanoamericana ha de coincidir en que esas son, en efecto, las influencias que esta ha señalado, lo cual deja claro que la Loynaz había leído con atención no solo la poesía americana anterior y coetánea con la de Darío, sino la exégesis de esta, al extremo de moverse con soltura en sus principales descubrimientos y relecturas del canon.

Cuando entra de lleno en el tema del ensayo, es deslumbrante su análisis del Ismaelillo, su esclarecimiento de las puertas abiertas por Martí para la poesía americana: una nueva imaginería, un sentido renovador de la métrica, el uso de neologismos y la readecuación del castellano a las necesidades expresivas de un poeta de América que escribe en un medio lingüístico hostil. De Casal señala el que pudiera ser su rasgo principal de modernidad: el abandono de la naturaleza y la predilección por el entorno urbano. Y aparenta terminar con la precocidad de Juana Borrero y su soneto al marmóreo Apolo y con la fugaz belleza de los poemas de Carlos Pío Uhrbach; pero todavía guarda una sorpresa y es la admiración de Darío por Juan Clemente Zenea, una voz oscura entonces y después, al decir de la autora.

Los demás ensayos del libro insisten en otros temas cruciales: la necesidad civil de apreciar el arte y el derecho (y casi el deber) de desarrollar la educación estética en sus receptores; la relevancia de la Avellaneda como dramaturga y la justicia de haberle puesto su nombre el Teatro Nacional; las personalidades de dos mujeres destacadas en la Cuba republicana (la feminista Bertha Arocena y la escritora María Villar Buceta); la desconocida valía del lingüista Esteban Rodríguez Herrera; la relevancia de Félix Varela para el pensamiento cubano; y la presencia de Lorca en La Habana y su interacción con la familia Loynaz.

Como dije antes, esta colección de ensayos es una lección ejemplar de cubanía y de americanismo dictada por una mujer orgullosa de su género y dispuesta a usar sus mejores armas (un pensamiento incisivo y educado y un idioma elegante y claro, fruto de ese mismo pensamiento) para ayudar a poner algunas cosas en su sitio: el diálogo sin tapujos con la historia y la política desde el lenguaje de la poesía.