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Del cuaderno de apuntes 3

Roberto Manzano, 02 de abril de 2018

I

Saber escoger proporciona unidad al flujo


Nada puede impedir el cambio, porque la vida es flujo; pero tampoco nada puede impedir la coherencia que la vida se desea para sí misma, porque todo lo que existe lucha por conservar la vida para su existencia. Entregarse absolutamente al flujo es hacer dejación de la unidad. Es como morir. Pero lo más interesante de todo es que hay que morir para ganar la vida. Sólo que hay que saber morir. Importa mucho conservar la identidad, pero también importa transformarla. En abundantísimas ocasiones la única oportunidad de conservarla consiste en transformarla.

La batalla es entre Parménides y Heráclito. Una militancia incondicional en las tropas de Parménides genera rigidez y extinción. Pero una militancia incondicional en las tropas de Heráclito genera dejación y disolvencia. Como en todo, simplificar y unilateralizar es falsear de inmediato: la vida siempre va de camino, y su extraordinaria condición dinámica crea de continuo bucles y espumas. Los bucles y las espumas no son fenómenos desdeñables, sino manifestaciones de la vida en camino. Y si para comprender hay que abstraerse de los bucles y las espumas falseamos la naturaleza misma del curso real.

Entre los principios organizativos de la vida y los principios organizativos del pensar existe una viva y permanente correspondencia. Como todo es análogo, todo también es contrastivo. Lo análogo preserva y es el reino invisible de Parménides. Lo contrastivo disipa y es el reino invisible de Heráclito. Pero lo análogo que no tiene en cuenta lo contrastivo falsea y unilateraliza. Así, de igual modo, el contraste que no analogiza. Se dirá que no se puede ser habitante cómodo de los dos extremos. Pero la comodidad de uno solo de los extremos siempre satura la existencia de residuos violentos. Se dirá que hay que escoger. En efecto: pero sólo escoge bien quien deja la menor cantidad de residuos.

II

Complejidad de la poesía



Lo simple no existe. Lo simple es una construcción del sujeto solo, para operar con alguna hipótesis dentro del turbión decisorio de lo real, o de los sujetos reunidos, para establecer algún punto válido de intersección. Está basado en la supresión, y en la abundancia de residuos. Lo simple puede ser muy productivo, pero sólo por un período.

En un número alto de las exploraciones hegemónicas de la cultura lo simple adoctrina y moviliza con cierta eficacia. Conquista mucho éxito todo aquello que, sustentado por las leyes de lo simple, elaborado para ser repetido con la menor pérdida de información posible, impacta sostenidamente las inquietudes de los sujetos solos o los reunidos.

Domina el que logra generalizar su perspectiva. Lo primero es sujetar la mirada a un horizonte. Nosotros, que somos terrícolas, deberíamos saber que las perspectivas pueden ser ilusorias, pero que son atractivas, y que realmente existe una gran riqueza de ángulos ópticos. Nuestro planeta es una esfera muy especial, de compleja visualidad.

Lo simple es enemigo declarado de lo esférico. O es un punto, o una línea, o un mero círculo. Pero no puede ser esférico. Si es puntual, apela a una identidad; si es lineal, a un devenir dicotómico; si es circular, a un centro que delimita sus periferias. Pero lo simple no soporta las tres dimensiones, pues está asentado sólo sobre uno o dos vértices.

Hay que reconocer que lo simple no produce el vértigo que produce lo complejo. Sólo en la comunicación poética, de todas las ejercidas por la naturaleza humana, lo desenfocado enfoca, un pie puede estar en la tierra y el otro en el cielo en una extraña sensación de equilibrio recuperado, y entra lo óptimo en lo mínimo con una alegre readecuación.
 

III

Molestia de la poesía



Hoy día se odia el esfuerzo que no conduce directamente al placer. Un gran número de las instancias visuales de nuestra vida pública insisten en que la meta es el placer. Y que el placer puede ser alcanzado y puede ser ilímite. Se da por supuesto que en la búsqueda del placer reina una gran democracia y una infinita libertad.

Las estrategias de las industrias, que no han dejado sin ocupar rescoldo o socavón de las psiquis, conocen al dedillo nuestros mecanismos instintivos. Jamás época alguna de la historia humana alcanzó tal dominio de los individuos. Cada día acicalan más las pinzas con que oclusionan cualquier germen de soberanía.

Mucho talento humano se ha puesto al servicio de la servidumbre, y mucho recurso del planeta. De todas partes van las materias primas y los grandes cerebros corriendo a ponerse a las órdenes de Plutón. Y hay en todo como un entusiasmo arrasador por lo último, y una fosforescencia tóxica muy bien coloreada.

Una psiquis en suspenso puede ser rápidamente aventada. Todo se desterritorializa, y es ocupado por un extraño vértigo compulsivo. Una prisa que no sabe a dónde quiere llegar sacude las almas de hoy, y donde antes se oía el latido del corazón meditando ahora sólo se oye un cliqueo abocinado en el silencio de las cervices dobladas.

Ahora anda mucha juventud con la cerviz doblada, y ya hay poca gente que mire las estrellas. Ya interesan poco Ovidio y Casiopea, y abundan los doctores de los espectáculos banales. Y la poesía se ha contraído como una obligada desmemoria, como un esperanto superfluo, como un agujero difícil, de una aburrida gravitación oscura.

Sin embargo, si hay algún porvenir para la humanidad está en la poesía. Dada la naturaleza pendular del ser humano, si la carencia de hoy no se convierte mañana en presencia, no habrá cuerpos en el aire, ni habrá aire para alojar ningún cuerpo. Quien purifica el metabolismo de los cuerpos y del aire es el alma, y sin poesía no hay alma.

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