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Murió el poeta cubano Rafael Alcides

Roberto Manzano, 21 de junio de 2018

                                                                  

El martes 19 de junio, en horas de la tarde, murió en La Habana el notable poeta cubano Rafael Alcides. La cultura cubana ha sufrido una gran pérdida. Amó entrañablemente a su país. Toda su obra poética es un testimonio vivo de ese amor.

Cuando un poeta cumplido se marcha la construcción subjetiva que ha elaborado a través de su arco vital se clausura, y si el sistema de cultura a que pertenece no se ha encontrado atento puede ocurrir que no se calibre su auténtica estatura.

Si además de esa falta de atención necesaria, de apertura humanista amplia, se añaden otras desatenciones, llenas de desdén o suspicacia, el sistema de cultura que cree protegerse de ese modo merma ostensiblemente, en todos los sentidos.

Los que han leído su obra, y han estado atentos a su legítima configuración interior, mirándola con simpatía y desprejuicio, saben que la poesía de Rafael Alcides lo sobrevivirá con creces, y por encima de todos los contratiempos.

Rafael Alcides —del que ahora en adelante siempre hablaremos en presente, por la vigencia que tiene a bien incorporar la poesía después de la muerte— es uno de los más significativos poetas cubanos surgidos a partir de la década del cincuenta.

El coloquialismo cubano representa uno de los movimientos poéticos más singulares de nuestra cultura. Mucho más que un movimiento constituye un proceso estético, de estados consecutivos, impelidos por la dinámica histórica.

Ya desde principios del siglo XX había en Cuba buen coloquialismo, y a la mitad de la centuria fue corriente hegemónica. En pleno siglo XXI el coloquialismo se sigue cultivando por temperamentos que le son afines, como una apropiación definitiva.

La promoción coloquialista que publicó sus primeros conjuntos expresivos en la década del sesenta tuvo comienzos estéticos radicales dentro de la tendencia. Acentuó la búsqueda de lenguajes para la vida cotidiana y el hombre común.

Esa vida cotidiana y ese hombre común estaban inmersos en el torbellino de la historia, que durante esa década objetivó una capacidad de transformación sin precedentes inmediatos, que ningún espíritu sensible podía eludir impunemente.

La experiencia poética de Rafael Alcides transitó esa promoción coloquialista de los sesenta entregando textos altamente representativos. Se encontraban en su poesía vivamente plasmados los lenguajes de la vida cotidiana y el hombre común.

No fue el único, pues las huestes coloquialistas eran numerosas; pero logró ser de los poetas que ejercieron con mayor eficacia representativa esos desideratos expresivos. Todos los valores de la corriente se encontraban en sus versos.
 
Varios peligros esperaban a los coloquialistas en su aventura estética. El primero: por exteriorista que sea, la poesía es expresión del mundo interior: nunca es un verdadero lenguaje cotidiano, y mucho menos una realidad general sin individuos.

El segundo: como representación artística, la poesía necesita la concurrencia de dos mundos: el presentado y el evocado: si se adelgaza demasiado el mundo evocado, el poema se vuelve comprensible, pero se fuga rápidamente de la poesía.

El tercero: como había tenido delante movimientos profundos y cosmogónicos, los de la segunda vanguardia latinoamericana, podía acentuar por las leyes pendulares del arte que hemos vivido el facilismo, el prosaísmo, lo lexicalizado…

Todo esto podía ocurrir, y ocurrió: como es lógico cuando se avanza en arte no por síntesis, sino por empujes pendulares. A pesar de ello —sucede siempre en cualquier tendencia— nuestro coloquialismo puede exhibir resultados clásicos.

Rafael Alcides nos deja muchos resultados clásicos dentro de la mejor producción artística coloquialista. En un florilegio del coloquialismo que se respete, más allá de las diversas promociones que lo enhebran, su poesía es una altísima contribución.

En sus aspectos formales, pero sobre todo en sus aspectos enunciativos y existenciales. El coloquialismo de Rafael Alcides siempre tiene un enorme trasfondo existencial. Se satura de un sujeto que vive al pie de su propia vivencia.
 
Su discurso no interpreta la dirección ideológica de la historia: no sigue una marcha dicotómica entre lo individual y lo colectivo: no se abstrae del destino para una supuesta finalidad: la historia y lo colectivo palpitan en la existencia personal.

En mucho poeta coloquialista hay un salir de sí mismo hacia lo diario, pero en Rafael Alcides lo diario (con su objetualidad y fenomenología) es para entrar más poderosamente en la médula del sí mismo: es el milagro interior de lo cotidiano.

Sus poemas expresan con relieve la prosa de vivir: cuántas observaciones de la vida cotidiana, de las costumbres, de las interacciones íntimas y multitudinarias. Es un poeta torrencial que jamás olvida el arte curioso del detalle artístico.

Hay que agradecerle siempre a Rafael Alcides cómo uno aprende a mirar lo cotidiano en sus versos: el lenguaje parece desaliñado, abandonado fraseológicamente, pero enseguida se advierte qué desautomatizadora es su vista.

En algunos abordajes la vista de Rafael Alcides, presente en su sabiduría vivencial, es en verdad única: piénsese en cómo plasma líricamente la relación amorosa, tanto en su plano sexual como psicológico, en la que fue maestro de humanismo.

Piénsese cómo aborda los grandes asuntos de la cultura o de la historia, desde qué exterioridad tan interiorizada, y con qué economía de asociaciones. Resulta ser de modo general un poeta mucho más proclive a la metonimia que a la metáfora.
 
Como él mismo aseguró, tenía tendencia expresiva al relato, pero al relato mítico, en el que detrás de la aprehensión descriptiva late un misterioso núcleo simbólico, que tiene mucho que ver con la memoria de la vida y de la muerte.

Y como llevó realmente una vida dura, cada una de sus colecciones de versos parece ser un golpe por decirlo todo, por si las oportunidades no se repiten, y, a la vez, una jáquima fuerte que aguarda una ocasión para más elevado pulimento.

Uno de sus rasgos más hermosos es su manera de enunciar: siempre parece brusco, pero siempre se resuelve en ternura. Línea a línea fluye con naturalidad su texto, y uno lo siente crecer frente a la vista. Se ve a todas luces que creía en lo sublime.

No escribió ni un solo texto sin emoción, pero hay que leerlo con mucha inteligencia. Su sencillez resulta de una enorme complejidad. En algunos aspectos, ha sido uno de los poetas cubanos de más abierta exploración psicológica.

Piénsese en cómo maneja el concepto de identidad, y el carácter panóptico de la autocontemplación, incluso en poliédricas combinaciones imaginales. Su manera de abordarse a sí mismo en el espacio o en el tiempo es penetrante.

Puede desdoblarse delante de sus ojos, como si intercambiase con una réplica; o alzar al que fue en una foto antigua a la imagen del que enuncia ahora el poema. Su memoria es proyectiva, y puede voltearla mágicamente como si fuese un espejo.

Donde su memoria alcanza una apoteosis conmovedora, que en las imágenes se advierte sacudía su vida entera, es en la representación afectiva de sus orígenes. A través de su familia siempre opta martianamente por los pobres de la tierra.

No puede con los poderosos: se le distancian enseguida, aunque hayan sido sus amigos con anterioridad. La filosofía profunda de la poesía, que por vocación se llega a convertir en un modo psíquico permanente, le ocupa íntegramente el alma.

Pero los hombres y mujeres de sus orígenes siempre le resultan entrañables hasta el estremecimiento. Su concepto de lealtad a las cepas es de una gran belleza, y le provee de continuo material para las imágenes, y es uno de sus grandes valores.

Hiperbolero se llama a sí mismo, en una ocasión de requiebro amoroso a su esposa. Toma conciencia de que por los suyos, los que siente entrañados, puede irse de linde, según las excesivas prudencias afectivas que reinan a veces en lo cotidiano.

Por sus ascendientes o descendientes escribe páginas saturadas de una poesía natural y una desnudez espiritual ejemplares. En el amor a la familia y a la pareja nos deja imágenes que deberíamos escoger y preservar como patrimoniales.

Por supuesto, los seres humanos son sus criaturas de expresión más abundantes. Pero el espacio le resulta enormemente atractivo. Aunque es un buen retratador de vida urbana, el dibujo de la vida rural de su infancia es de muy alta excelencia.

Los paisajes, las vegetaciones, las escenas primarias, los animales, las maneras de luchar por la existencia en esos lugares, las entradas y salidas de específicas regiones, le ocupan la revisitación minuciosa, la necesidad de resguardar lo vivido.

El tiempo se le convierte también en saga inagotable, tanto en su vertiente personal como colectiva. En sus versos adquiere el tiempo una melancólica condición líquida, que sólo la poesía alcanza a contornear en un tronante segundo.

Ama a su patria poderosamente, sobre todo a través de la poesía. Cuba es un país fundado por la poesía, en que el jolgorio y la hojarasca no son más que tristes máscaras. Siente como una agonía nuestra fricción frecuente entre lo real y lo ideal.

A través de la poesía aprendió a respetar a los poetas, y en su quehacer siempre tuvo tiempo para escucharlos y alentarlos. Cada vez que pudo, abrió camino a los jóvenes recién emergidos. Los poetas debemos recordarlo con gratitud.

Cuando un gran poeta se marcha hay un gran vaciamiento en cualquier nación, y se debe volver a sus páginas. Los poetas son los organizadores de las grandes emociones sociales. Sobreviven en la honda espiritualidad de los pueblos.
 

 

                                                              Párraga, 20 de junio de 2018

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