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La poesía del aire en Gastón Bachelard

Virgilio López Lemus, 13 de diciembre de 2019

En El aire y los sueños. Ensayo sobre la imaginación del movimiento (1943) editado por el Fondo de Cultura Económica de México en 1958, Gastón Bachelard trata, más que del viento terrestre, de la movilidad de la materia viva, y su metáfora es el aire. Cuando se refiere a la furia huracanada, estamos tentados a comparar su estudio con El huracán, de Fernando Ortiz, pero los caminos, incluso poéticos, son otros. El sabio cubano alcanzó a la disección de un fenómeno concreto de la naturaleza que mantiene en vilo a Cuba y al Caribe durante una temporada cada año, mientras que Bachelard avanza hacia el hallazgo de la poesía del aire en sus diversas manifestaciones, relacionados con mitos y realidades.

Para el gran epistemólogo francés lo estático no es imaginativo porque la imaginación es movimiento: «una imagen estable y acabada corta las alas de la imaginación». Incluso la escritura de la poesía se llena de esa movilidad, porque «el poema es esencialmente una aspiración de imágenes nuevas. Corresponde a esa necesidad esencial de novedad que caracteriza el psiquismo humano». Ese sentido de la imaginación es para él «sobre todo un tipo de movilidad espiritual». En tal sentido, la llamada inspiración es «aérea», audaz en el dinamismo inspirador, a modo diferente como se produciría desde sensibilidades más próximas al impulso creativo del fuego, del agua o de la tierra.

Nos dice: «un ser privado de la función de lo irreal es un ser tan neurótico como el hombre privado de la función de lo real». Para Bachelard, los cuatro «elementos» reconocidos por los griegos influyen en la «fisiología de la imaginación» y enfrentan al hombre a la idea de lo irreal o imaginado. Piensa que la imaginación más libre es la aérea, y dedica un espacio especial al vuelo: «esta juventud de la ingravidez ¿no es acaso el síntoma de esa fuerza confiada que va a hacernos abandonar la Tierra, que nos hace creer que vamos a subir naturalmente hacia el cielo, en el viento, con un soplo, arrebatados directamente por una impresión de dicha?». Véase que el sabio dice esto casi quince años antes de que Remedios la Bella remontara el cielo desde los aires de Macondo, lo que fue más allá de la idea de la levitación mística, la ruptura de la fuerza atractiva de la gravedad por cohetes que aún eran semipotentes de ello en ese año y hacían que la Luna quedase aún inasible. Bachelard abre su imaginación y advierte sucesos un tanto futuros. ¿Leyó Gabriel García Márquez esta frase?: «El realismo del devenir psíquico necesita lecciones etéreas».

Entrando en la cultura universal, Bachelard observa que el Prometeo liberado (Prometeo desencadenado) de Shelley es aéreo, pues: «En ciertas almas la imaginación es más cósmica que social». Su idea va más allá de tal concepto dirigido a un personaje, cuando dice con fuerza de sentencia: «La verdadera patria de la vida es el cielo azul; los alimentos del mundo son los soplos y los perfumes» (Con razón el perfumista Jean-Baptiste Grenouille de la novela de Patrick Süskind, quería dominar el mundo con su poder olfativo). No estaría mal la tal relación, si notamos que los puntos de referencia de Bachelard son casi todos centroeuropeos, a veces con extensión inglesa.

Su idea de hacer silencio para escuchar (incluso los espacios infinitos) redundaría en un clamor por suavizar la contaminación sonora de la Tierra, cada vez más circuida de todo tipo de vibraciones, quizás observable desde la lejanía cósmica como más irradiante que el propio Sol: «Para oír a los seres del espacio infinito, hay que acallar todos los demás ruidos de la tierra». Ese silencio primordial lo halla el francés en la poesía. Sabemos que Bachelard es un poeta de la imagen convertida en idea, un poeta del ensayismo, y nos dice: «Nacida del silencio y la soledad del ser, desprendida del oído y de la visión, la poesía nos parece, pues, el primer fenómeno de la voluntad estética humana». A veces siento que hace directamente poesía cuando afirma: «El silencio de la noche aumenta la "profundidad" de los cielos (…) La armonía visible de los signos del cielo acalla en nosotros unas voces terrestres que solo sabían quejarse y gemir».

Reúne en la música sonoridad y silencio, difundidos en el espacio por lo aéreo, porque el hombre es un «tubo sonoro» o mejor: «un junco parlante», expresión que deja ver detrás a los Pensamientos de Pascal: el hombre es un «junco que piensa». El aire es una suerte de espejo del sonido, se vitaliza en la voz humana, incapaz de expresarse sin el aire, pero que debe callar para escuchar el ritmo del cosmos.

El salto, como preámbulo del vuelo, es para Bachelard sustancial al hombre y lo que nos separa de la fija naturaleza vegetal, es como si quisiéramos «surgir del suelo». Sería lo que ocurre cuando un pensamiento humano se eleva desde lo material terrestre (alimento, cotidianidad) pues: «En cuanto un sentimiento se eleva en el corazón humano, la imaginación evoca el cielo y el pájaro». La idea aristotélica de que es el corazón quien siente y no el cerebro, no queda derrotada por la visión a veces romántica del sabio francés, que observa viajar a la poesía desde la luz hacia la opacidad, no hacia las tinieblas. Sin embargo, como si lo comentase el poeta cubano Eliseo Diego sobre la «demasiada luz» que no permite ver bien los perfiles, Bachelard afirma: «Pero en la claridad excesiva los espíritus del sueño se borran».

Parece decirnos que la llama que asciende quiere desprenderse de la tierra a través del aire. Es también una imagen de la energía, del pensamiento como energía. El ideal de ascender desde lo telúrico depende inevitablemente del aire, pero, dice: «el terror nos devuelve a la tierra». Cualquier ascenso puede darnos miedo, pero hay que tener la conciencia limpia para comprender que: «La alegría terrestre es riqueza y gravedad. –La alegría acuática es blandura y reposo. La alegría ígnea es amor y deseo. La alegría aérea es libertad», y en la libertad del aire «se inspira la vida, se expira el alma». Bella idea de Bachelard en que el conocimiento poético precede al conocimiento razonable de los objetos, y deduce: «El Narciso aéreo se contempla en el cielo azul». 

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