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Perseo y el espejo

Virgilio López Lemus, 06 de noviembre de 2018

El Perseo con la cabeza de Medusa me dejó maravillado en la Plaza de la Signoria, cuando pude contemplarlo, por primera vez, en una fría mañana de diciembre del año 1992. La obra del Perseo de bronce de Benevenuto Cellini es hermosa hasta vista en alguna reproducción fotográfica. Ante ella, uno querría olvidar el saber: que es labor manierista, que fue hecha en unos nueve años desde 1445, y otros datos fáciles de hallar. Lo que impacta es la mirada hacia abajo, la cabeza del monstruo en la mano, el arma blanca larga y dura sostenida por la derecha, y otros famosos detalles. De pronto se siente que falta allí el espejo.

Debe ser un signo del arte del gran Cellini: Perseo nos mira como si nosotros fuésemos su imagen, él sigue mirando al espejo. Lo que ve (nosotros, cada uno de nosotros) es imagen reflejada, puede paralizar esa imagen mediante el espejo que usó para derrotar a Medusa, mediante su reflejo en un espejo, que le permitió no mirarla directamente y cortarle la cabeza antes de que ella lo convirtiera en piedra. Cellini convirtió a Perseo en bronce. El artista obtuvo el dominio de la imagen: tanto el semidiós y héroe como el monstruo, quedaron metalizados, igualmente rígidos como en piedra. El escultor captó la poesía del mito y la transformó en objeto de arte.

El héroe era hijo de la poesía: Zeus descendió sobre la apresada Dánae y la fecundó. Como en los buenos mitos, la criatura fue colocada (esta vez con su madre) en una pequeña nave y echada al mar. Se salvaron, creció el niño, se hizo hombre, prometió la cabeza de la Medusa a una mujer, se le ordenó que la trajese, el joven usó artimañas para hacerse de un manto que lo tornaba invisible y de unas sandalias que lo hacían volar. El obsequio de la hoz de Hermes y el escudo de Minerva fueron decisivos. Se enfrentó al monstruo, miró hacia su reflejo en el espejo y le cortó la cabeza. Invisibilizado, las hermanas monstruosas gorgonas no lo pudieron hallar. De la sangre de Medusa nació Pegaso. Perseo cabalgó en él (pero no lo necesitaba, porque podía volar por sí mismo con sus sandalias mágicas) y se convirtió en un héroe fabuloso, capaz de usar aquella cabeza cortada para petrificar enemigos, quién la tuviera, quién la tuviera.

Lo que me importa es el escudo. El espejo. Mediante la imagen, Perseo logró vencer el reto de no mirar a su enemiga, pero a través de la misma imagen, pudo cortarle la cabeza con la hoz de Hermes. Como en el mito de Narciso, en este la imagen es decisiva. Pero Perseo no está ante la imagen en actitud reflexiva, usa la imagen, usa el espejo. El punto de partida es otro, diferente. En él, se agolpan mitos y sueños como la quimera humana por excelencia: volar, y el mito de la invisibilidad: desaparecer.

Volar es como escapar de la imagen y del propio cuerpo, o llevárselo a lo ignoto. Ser invisible es refugiarse, esconderse delante mismo de los ojos ajenos. Volar es sintonía de velocidad, escape rápido y seguro, coronado por el manto que nos hace invisibles. El mito del hombre invisible es tan antiguo como el deseo humano de pasar inadvertido ante circunstancias que pueden serle infelices. Por eso Perseo usa, frente a la Medusa, el arte de volar y el de perderse, pero la efectividad está en hacerla chocar con su propia imagen, petrificarla en ella, es la Medusa la que ha de parecerse aquí a Narciso, ella se queda inactiva y él, el héroe, usa la hoz y le cercena la cabeza, la temible, la que petrifica con solo mirar.

Luego, ya Perseo no necesita ni las sandalias voladoras ni el manto de la invisibilidad, ¿para qué? Él atrapó mediante el espejo del escudo, a través la imagen allí reflejada, al enemigo que nos paraliza. Perseo no miró atrás, temió ser convertido en estatua. ¿Para qué seguir usando esa arma? No se quedó con el escudo de Minerva, tan pulido, que el mundo se refleja en él. El héroe pasó a adoptar su "yo" sin magia. Los enredos posteriores de su mito se suceden entre amores, violencia, poder y azar. La predicción primigenia: ha de matar a su abuelo, se cumplió por simple y veloz albur: tira un disco en un estadio deportivo concurrido, y el desviado instrumento de su fuerza fue a parar al pie de su abuelo, quien muere al instante.

"Ahora" ya Perseo fue un mortal que no se puede desligar de su destino. Antes, volador e invisible, supo usar la imagen en el espejo para derrotar al enemigo. Ahora es el azar quien lo conduce al desastre: mata al viejo rey, su abuelo, pero no reinará en su lugar. La poesía teje su propio manto que invisibiliza mediante las palabras. A la aparente predeterminación, responde el azar para que se cumpla lo que fijaba el oráculo. Perseo es el ser frente al libre albedrío: todo puede ser diferente, pero el resultado será el mismo.

En este mito, los mitemas son realmente fabulosos: el héroe necesita de lo sobrenatural: volar por sus pies alados, desaparecer bajo un manto que lo separe de los ojos ajenos, usar el espejo no para reflexionar ante su imagen, sino para darle uso en la batalla. Perseo usa el acto, la acción, enfrenta la poesía épica, pareciera una leyenda ligada a la suerte de Prometeo. Y cuando ya no se enfrenta a los azares de su destino, cuando pareciera que va a disfrutar de su libertad, renuncia a los atributos sobrenaturales, se hace hombre ante la realidad corriente, cotidiana, se va a un campo de juegos deportivos y cumple su profecía natal: mata al abuelo sin saberlo. La realidad no quería ser épica, sino de un realismo chato propio de un simple mortal, pero Perseo no lo es, es un distinto, e indistinto en su medio, cumple la predeterminación, aquella por la cual no debió haber nacido: matará al rey.

La poesía tiene en este azar el franco juego de la inevitabilidad. Se tejen epicidad (batalla contra Medusa) con el lirismo (el amor materno y el amor a una mujer). La acción surge de la conquista de una mujer. No hay guerra de Troya ni rapto de la bella, hay tareas, que se deben vencer. Es la raíz posterior, o coetánea y nórdica de los cuentos de hadas. El espejo y la imagen no son aquí incidentales, son la "puerta" del suceso, la canalización, el elemento catalizador.

Teje la poesía universal la explicación del ser en su aquí transitorio. Lo fabuloso se da la mano con lo real. La verdad está también entro del espejo, en la imagen. Perseo tiene la cabeza de la Gorgona en su mano mientras en la otra una hoz como una espada, metal bruñido, ayuda a expandir la imagen. Medusa ha sido derrotada, decapitada, pero su poder visual permanece, y el héroe usará de él, como usó el espejo, como usó la imagen.