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Atento a Eliécer Almaguer

Virgilio López Lemus, 05 de junio de 2017

Cuando decidí que debía incluir al poeta Eliécer Almaguer (Holguín, 1982) en un ciclo sobre creadores de su generación, me cuestioné si no estaba yo «holguinizando» en exceso mis apreciaciones sobre una nueva promoción de poetas, que me parece nacida entre 1980 y quizás hasta el año 2000. Pero no me detuve, porque más bien debo llamar la atención sobre el muy interesante brote de poetas en esa región cubana, que se ha dado al comienzo del siglo XXI.

Almaguer me dejó interesado en su obra cuando lo escuché leer entre otros cinco colegas suyos en la ciudad de Holguín. Se distinguió mucho entre ellos. El libro de la ocasión era La flauta del solitario (2013), que parece ser el segundo suyo. No he tenido en manos el anterior, titulado Canción para despertar al forastero (2011). La muestra del primero mencionado es suficiente para advertir en Almaguer un poeta que trae en sus versos una mirada muy comprometida y notable sobre el mundo y su circunstancia. Él ha preferido alternar prosa lírica con versos libres, y logró la armonía del conjunto a fuerza de talento expresivo. Esa armonía se debe al tono confidencial y a veces metafísico que impulsa la escritura. Sus temas son «universales», amor, muerte, sexualidad, vida fluyente, la propia poesía. Y es esta última la que centra el conjunto: la creación poética.

Sobre este último asunto, leo el anti poema que es «Disección de la poesía», suerte de boutade en la que el poeta enuncia que «La poesía no está en ninguna parte», a contrapelo de la idea generalizada que excluye el «no» y sustituye el «ninguna» por «todas». Por suerte, el autor logró sostener una dilatada conversación con la «materia lírica», al grado de que unos poemas adelante, en «Infancia de la poesía», el enunciado es otro: «Hasta la poesía se ha vuelto cotidiana». Comprendo que Almaguer busca cierto grado de efectismo para, tras enunciar algo que pudiera resultar «chocante» o sorprendente (hallazgo de los surrealistas), introducirnos en su modo de advertir la realidad: la poesía es un roce infantil, un recuerdo de infancia, «la poesía era una niña ciega», y luego va entregándose al poeta, ya no niño, desde el gusto o el dolor por las palabras, por las sílabas e incluso los fonemas representados por letras, vocales y consonantes que traen el desasosiego de la escritura: «mi relación con las palabras / equivale a la de un eunuco / con las damas del rey».

Si el poemario se hubiese quedado en ese placer metapoético, sería una interesante pieza reflexiva acerca del hecho creativo, de la poesía como creación. Pero Almaguer se interna en dos conceptos: Dios y la muerte: «la muerte me excita», «¿quién pudiera ser Dios…?»; avanza hacia lo sublime de la aprehensión y la eternidad, como «posteridad», y se detiene en el dolor humano, en el dolor del «yo» más que romántico, transido, que no sabe por qué lo siente. Sin embargo, todo el libro vuelve sobre el asunto poético, Dios puede ser el poeta, la muerte sella el saber de lo posterior, la poesía aturde cuando se trata de convertir en vocablos. «Carreristas de fondo» se arma como un texto central en el conjunto, porque allí el poeta se enfrenta a la frustración de la saciedad, de no alcanzar el anhelo sublime: «deseo algo descomunal que me arrastre a la plenitud». Poesía, Dios, Amor, Muerte, ¿qué puede ser esa plenitud?

Hay que ver a cuáles poetas convoca Almaguer en su libro: Pessoa, Rimbaud, Li Tai Po, Blake, Borges, Vallejo y el también peruano Watanabe, Dante… y solo un pintor: el Bosco. Todos conforman un «alimento» que debe ser difícil de digerir. Tal conciliábulo emplaza al poeta: «Estoy guerreando conmigo. De esta contienda saldré vigorizado o abatido para siempre». Pareciera una frase de Kafka, evocado al principio del poemario.

Entonces, ¿Eliécer Almaguer nos habla en verdad de la poesía o del acto de vivirla y expresarla, o de la existencia del ser que la capta y la articula en el poema? ¿Es una poesía en verdad existencial, metafísica, desbordada en dudas, como es propio de un poeta de tal estirpe? Será imprescindible seguir sus huellas en otros poemarios, pero el impulso expresivo de La flauta del solitario (más que flauta, gaita, oboe, instrumento para un eremita en la selva) conduce a una angustia vital extraña: «Para escribir necesito agonía», «He venido a perdonarlo todo por vía de la escritura», «escribo para reunirme, para convocar algo disperso», «Jamás hago el amor con mis palabras, / hacemos el dolor, / hacemos el dolor hasta el orgasmo».

Casi habría que desplegar las campanas de aviso: «siento que estoy finalizando…», frase extraña para un poeta nacido en 1982 y que a la altura de la edición del poemario andaba por los treinta años de edad.

En la tradición poética cubana solo Julián del Casal (extrañamente no mencionado) cantaría de ese modo. O el Emilio Ballagas de sus grandes elegías. Almaguer no está solo en el concierto lírico, sino en la soledad existencial, esa soledad no escarba en los por qué, sino en sus resultados agónicos. Otra alarma suena al final de su libro, la poesía es mensajera de lo absurdo, del dolor; el poeta no puede siquiera asirse a las palabras, que se prostituyen con solo ser, con solo connotar:


Tal vez necesite una virgen
una doncella de himen delicadísimo.
Mis palabras ya no tienen himen
he tenido que violarlas
amordazarlas porque querían gritar sílabas
que yo no deseaba que gritasen.
He tenido que arrastrarlas hasta la cuneta
como un ebrio por las greñas a una puta.
Arrodillarme en oscuras cunetas a esperarlas,
como un sacerdote a la víctima señalada para el sacrificio.

Raro Almaguer. Una voz así no se escuchaba en décadas de poesía cubana. Extraño impulso suyo casi destructivo que, sin embargo, es cuidadoso de la forma, de la escritura, fuerte en el vocablo, incluso esteticista en la fruición de las palabras… Frente a la numerosa concurrencia de poetas en la Isla, la suya es «entre las voces una», al decir de Antonio Machado. Quien ha cantado al dolor existencial con tanta valentía no puede ser ave aislada, poeta de paso. La flauta del solitario es uno de los mejores libros de poesía, no solo cubana, que yo haya leído en los últimos diez años. Sería largo explicar por qué, pero solo basta leerlo para conmovernos.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas
 

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