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Atento a Sergio García Zamora

Virgilio López Lemus, 21 de noviembre de 2017

La irrupción de Sergio García Zamora (Esperanza, Villa Clara, 1986) ha sido cuantitativa. Diez libros antes de sus treinta años de edad puede parecer una boutade, más porque casi todos están secundados por diversos premios que distintas provincias cubanas otorgan por lo común a poetas muy jóvenes, aunque Sergio ha ido más allá, divulgándose fuera del territorio cubano con buen apetito y fortuna de lauros. Yo tengo ocho delante de mí, y advierto unidad conceptual y formal en todos ellos que, reunidos, formarían un volumen de unos ciento cincuenta poemas, el promedio de textos es de unos treinta y seis por cuaderno.

En El valle de Acor (2012), de bello título, leo en la nota de contracubierta que García Zamora «ha llamado la atención» desde sus diecisiete años, según el poeta Arístides Vega Chapú: «a través de una escritura severa y prolija, comunicadora de un presupuesto vivencial que ha sido decodificado por una madurez inusual a tan temprana edad». La seria profesora y crítica Carmen Sotolongo Valiño hace la gala de un prólogo, en el que comienza manifestando que este es el quinto libro del poeta, quien debutó en 2003 con Autorretrato sin abejas, entregó dos poemarios en 2010: El afilador de tijeras y Poda, y otros como Tiempo de siega (2010) o Día mambí (2012) todos laureados. Con Pabellón de caza (2013) entró en el ámbito de los libros bilingües, por traducción, y continuó su fulgor de premios, uno tras otro, con Las espléndidas ciudades (2013), Animal político (2013), Caballería insurrecta (2013), La violencia de las horas (2013). Luego, García Zamora publicó otros dos cuadernos líricos: La condición inhumana (2016) y Estado de gracia (2016). Al concluir yo este listado de lecturas, el poeta tiene treinta y un años y, por supuesto, ya han salido nuevos libros suyos y su copiosa cosecha no se detendrá, lo cual será necesidad, sorpresa e intrepidez comunicativa.

Para un crítico tal fortuna puede parecerle apuro expresivo, como si la vida concluyera mañana, o necesidad propia de la personalidad del creador. Pero el crítico que se considere serio debe leer, enterarse, entrar en esta manera de hacer poesía que goza de dos virtudes: sencillez expresiva, cualidad comunicativa lírica, y una más: síntesis. Si para algunas personas cantidad es calidad, ante un poeta es mejor torcer la hoja cuantitativa y advertir el entramado de las calidades y cualidades de su obra, ya no en ciernes.

Con Las espléndidas ciudades, García Zamora se adentra en una añeja tradición de la lírica insular, el canto a la ciudad, que hace exactamente cien años hacía la mejor gala de poetas que abrían sus ojos a los logros vanguardistas, mientras se desprendían con cierto apuro de la gala modernista, todavía bajo influjos de Julián del Casal y sobre todo de Rubén Darío. La poesía citadina predominó en la corriente coloquialista de la poesía cubana, y de esta vertiente toma el poeta el efecto del tono conversacional y cierto interés en el poema-anécdota, atenuado por labor culturalista, plena de referencias en la historia y la literatura. Ya en este poemario se advierte mejor que en los anteriores un aspecto estilístico propio del poeta: no apela (demasiado) a las construcciones tropológicas). Sin que se note el franco conocimiento de la poética de la sencillez expresiva de un Antonio Machado, García Zamora se expresa mejor con las construcciones verbales tradicionales de la oración gramatical, sujeto-verbo-predicado, y un uso elegante del adjetivo. El poeta nos ha prevenido de sus lecturas de la lengua inglesa en unas palabras previas de Pabellón de caza, libro traducido al inglés por su propio hermano, y que muestra un ritmo expresivo similar al que he descrito, quizás porque él ha preferido las lecturas de Robert Frost, Ted Hughes y hasta del australiano menos conocido en Cuba, John Kinsella.

Ya de hecho, tales influjos son eslabones de continuidad en la poesía de Cuba, pues desde Juan Clemente Zenea hasta Eugenio Florit hay un crescendo aprehensivo de la poesía de lengua inglesa, en particular norteamericana, que tuvo un momento esencial en una zona de la poesía coloquialista. Es posible que el lenguaje directo, el verso libre y a veces el poema en prosa sean ganancias de este orbe de ascendentes en este poeta. Animal político ahondará ese camino, pero este cuaderno denota otro aspecto interesante: el autor prefiere armar sus conjuntos líricos bajo ciertas tesis de fondo, en este caso, el dominio social sobre la vida individual, de donde brota una suerte de «animal civil», que él interpreta como la «fiera» interna en el ser humano.

Va siendo una interesante huella de la promoción de poetas a la que García Zamora pertenece, preocuparse por temas sociales propios de la historia de Cuba. En él, tal asunto (más que «tema») se abre con naturalidad, porque los resortes expresivos antes descritos ayudan a ello, de manera que en Caballería insurrecta tenemos la sorpresa de retornar a la poesía mambisa, practicada en la década de 1890 y en la primera del siglo XX. Este redescubrimiento no lo hace en solitario, pero el poeta le saca un partido lírico extraordinario a la asunción épica cubana, sin limitarse a la gesta independentista del XIX, pues entra con buen sentido histórico a la epicidad revolucionaria de la década de 1950, y añade poemas que, sin ser de matiz épicos, traen correspondencias centradas en un verso capital en el libro: «la muerte de cada hombre resulta una fecha patria».

Esta valoración del ser individual en la resaca de la historia lleva al poeta a un libro también de trasfondo épico, pero solo de trasfondo: La violencia de las horas. Allí hay un poema que enlaza libros, es el caso de «Los reclutas», donde se advierte mejor la necesidad de García Zamora de contrastar al ser con sus circunstancias, al hombre solitario con el ser social, con el colectivo. El apuro de la vida trae la violencia del tiempo. De nuevo el poeta deja entrever tesis que le ayudan a armar el conjunto. Esta habilidad le permite también unir lirismo con epicidad, quizás porque él lleve un narrador dentro y termine algún día por escribir novela. Sin dudas, lo externo entra por su pupila y el destello es lírico, nunca cargado de metafísica, ni siquiera de tono elegíaco, puesto que siendo poesía de la circunstancia, muestra el reto de la realidad y a él responde el poema, franco, directo, sin intereses barrocos o manieristas o siquiera conceptualistas.

Estado de gracia da un paso diferente, va hacia la reflexión, quiere ser poesía reflexiva y el poeta se arma ahora de un lenguaje inevitablemente más sugerente, pero igual de comunicativo, lleno de esa sencillez compleja de que ya ha hecho gala. Creo que es su parada existencial, y para ello saca partido a los usos de referencias culturales ya frecuentes en él, especialmente en sus alusiones bíblicas, que pasan a tener peso compositivo en estos poemas breves, en prosa lírica, donde aparece cierto diálogo con lo divino o la presencia más decidida de Dios en su lucubración poética.

Repetirá forma y modos expresivos en La condición inhumana. Ahora apela a la repetición, la reiteración de ideas, de colores, de situaciones, su mundo referencial aumenta por las evidentes lecturas clásicas, bíblicas, del orbe poético occidental, sin llegar a construir palimpsestos o resolver sus poemas con la intertextualización, o la excesiva cita. Se llega a notar el deseo del autor de «subir su tono», salirse un poco del fuerte impulso conversacional y, sin abandonar la voluntaria llaneza expresiva, abunda un poco más en recursos tropológicos, en complejidad de las frases e imaginación menos realista de la formulación de pequeñas anécdotas, como en su bello poema «Mandolina».

Un poeta tan prolífico en pleno estado creativo mantiene siempre detrás de sí a la resonancia crítica de su poesía, no deja mucho tiempo para el análisis de conjunto. Sergio García Zamora tiene más que demostrado que es un poeta, que trae modos más llanos y comunicativos a la poesía de Cuba, subsumida por décadas bajo la influencia lezamiana, lo cual claro que no es un baldón. Se anota con sus textos a la búsqueda esencial del placer de la lectura sin grandes tropiezos, y esa línea lírica es enriquecedora para el buen tiempo de la poesía nacional y del idioma.
 

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