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Atento a Laura Domingo

Virgilio López Lemus, 15 de marzo de 2017

Tan talentosa en variadas artes, Laura Domingo (La Habana, 1985) trae una sensibilidad notable, que ha expresado mediante el texto poético. Sus poemas son breves, como anotaciones rápidas al paso, como si prefiriese trabajar con la sentencia, pero tal brevedad es en verdad razón doble: sentido de la síntesis y nerviosa agilidad expresiva. Ella aporta a la poesía cubana una voz desde un yo expectante, que no se encierra en lo existencial, sino que más bien se abre a la maravilla de la vida, a su milagro cotidiano.

Expulsa el marcado lenguaje de género de otras poetas de su edad. Muy bien, no hay que exagerar sintiéndose varón o hembra o, en otros casos, delimitando preferencias sexuales que está bien que se ejerzan como identidad, pero que en poesía pueden convertirse en boutade, exageración o hasta mal gusto si se excede la expresión de la sexualidad con vocabulario demasiado procaz. Laura no se enfrenta a la necesidad de epatar, de gritar para que la vean, de llamar la atención a toda costa. Ella asume la sutileza y sus poemas danzan.

Esta es otra de sus aptitudes. Laura es una gran conocedora, ya en la flor de su edad, del mundo danzario, le viene por su madre. Pero es también una sagaz lectora: le viene por su padre. Trae genes para la poesía. La recuerdo muy intranquila desde niña. Laura tiene dos dones que debe aprovechar: apasionamiento y sutileza. Lo segundo, y su claro interés de síntesis, no le permiten desbocarse. Ella quiere ser dueña de su palabra, no poseída por los temas que la demuelan en largos textos palabreros. Así dice en el fragmento inicial de «Lápidas sin nombre»:


Presiento que el salto puede ser en vano.
No soy visionaria,
pero me preocupa el leve peso de las cosas,
que se diluya la memoria.
Un estallido remueve el deseo
de atrapar la imagen
que va a sobrevivir
a mis horas,
a la luz del adiós.
Seré incapaz de perpetuar aquel momento…

Tal vez Laura debe vigilar su inclinación hacia la sentencia, hacia el decir rotundo. En sus primeros libros aparece algo fundamental, no siempre advertible en poetas de su veinteañera edad: una personalidad poética propia, sin recoger demasiadas influencias visibles, pues muestra ya soterrada cultura, capacidad para trabajar lo connotación lexical, pero también el ritmo, la vibración que el conjunto de palabras debe poseer para armar poema. Quizás le viene este rasgo armonioso de su saber sobre música. Laura escuchó muy buena música desde la cuna. Cuando la persona que se formó así en su infancia, deviene poeta, no podrá menos que sentir el trasfondo rítmico de la materia expresiva.

De invocaciones y otros límites, su primer libro, muestra el derrotero lírico que quizás a la alarga se impondrá en su labor: intimidad vigilante. O sea, un yo, el suyo, se enfrenta a la otredad, al mundo. No es un enfrentamiento antagónico. Laura parece aspirar a que su poesía no se vuelva elegíaca, si habla de «muerte», es la del cisne del famoso ballet; si habla de vida, es la inmediata, no lucubración existencial. Como la mayoría de los poetas nacientes, de su edad, mira al mundo con relativo realismo y «materialidad», lo cual pudiera ser paradójico ante el hecho subjetivo que es la poesía.

Creo que a veces la joven mujer poeta reflexiona como una adulta muy experimentada. No está mal. Es riesgo, es osadía. Creo que un poeta debe lanzarse al ruedo con todo el temor del mundo, si lo tuviese, pero ser osado en sus búsquedas. Laura deja entrever en sus textos sus lecturas. En ella es asimilación y no ripio, no componenda en lugar de composición. Dialogar con otros poetas, como ella hace, enriquece la labor propia. No se ha de mirar con ojo de genio sobre el hombro de ninguno. Todo poeta posee una llama del fuego sagrado, del que nos llegó de manos de Prometeo.

No me atrevo (falta de osadía crítica) a entrar de lleno en otro conjunto lírico de Laura, que ella llama «El ácido de las fugas», debido a su ineditez, quizás sea prudencia de mi parte, pero lo que he leído allí me parece muy bueno, ya de rango estético suficiente como para que llegue a lectores de todos los tipos. Me parece que Laura puede enfrentar el peligro de la dispersión expresiva, en varias artes, en varias labores, y solo lo afrontará con disciplina escritural, más tesón; el tesón es muchas veces tan importante y hasta más que el talento. El talento mal dirigido se pierde. El tesón deja obra siempre.

Por ahora, el logro esencial de Laura Domingo es el de doblegar el pensamiento a la brevedad del enunciado poético, por ejemplo «Profecía de Orión»:


La fugacidad de los astros
que emigran
justifican el silencio.

Diez palabras, una idean y una sorpresa reflexiva que ofrece contraste entre emigrar y el silencio. Allí está el logro, en la capacidad de sorpresa, de darle una vuelta al término como un gesto de mano en la danza, y decir lo preciso. Ni más, ni menos. Uno puede predecir sin temor un destino poético que ya está cumpliéndose y que, ante la carrera con obstáculos que consiste en expresar poesía, no podrá rendirse sin defraudar su propio talento, evidenciado en De invocaciones y otros límites.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas
 

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