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Lectura del Tao Te Ching

Virgilio López Lemus, 17 de marzo de 2019

En busca de saber y de lecturas poéticas, hace cuánto tiempo he leído sucesivas versiones del Tao Te Ching (Dào Dé Jing o Tao Te King), el famoso libro de Lao-Tsé, también llamado Lao Tzu, Lao Zi, Laozi o Laocio, el "viejo maestro" o "anciano virtuoso". Por fortuna, ahora existe una traducción cubana, directamente del chino, y muy anotada (al final del libro), bajo el título de Tao Te Ching. Libro del Camino y su Virtud, realizada por José Adrián Vitier, con prólogo y notas de Gustavo Pita Céspedes. Es un libro-objeto precioso, ilustrado y encuadernado a mano, con ilustraciones de Ítalo René Expósito, edición de Maia Barreda, diseño de Vitier, grabados de Nara Miranda, encuadernación de Osmany Cuevas, todo dirigido por el propio traductor, como parte de la Colección La Isla Infinita, y editado por el Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano del Libro. De cincuenta ejemplares numerados, poseo el 28, fechado en 2018.

Me extiendo en los créditos de esta edición, porque resulta un acontecimiento para la cultura cubana que un libro de fama tal, base de taoísmo, alcance en Cuba tan hermosa edición, hecha con amor y cuidado. No es la primera vez que esto se hace, recuerdo un cuadernito de treinta y ocho páginas, editado por cuadernos La Puerta de Papel, del Centro Provincial del Libro y la Literatura de La Habana, de 1991-1994 (hoy sería la provincia de Artemisa, o a lo sumo Mayabeque), editado por Nivaldo Palacios Valdés, quien en su previa Nota no aclara de dónde tomó la versión entregada y preparada desde la Casa del Escritor Habanero de San Antonio de los Baños, que termina en el texto setenta y dos de un libro que se sabe posee ochenta y uno. Allí prefiere la grafía Tao Te King de Lao Tsé. Esta edición debe basarse quizás en la más conocida versión del sinólogo y tibetólogo español  Iñaki Preciado Idoeta (El libro del Tao), de 1978 y que tuvo nueve ediciones hasta 1996, aunque no puede dejarse de mencionar la labor del sinólogo erudito jesuita español Carmelo Elorduy, quien realizó la primera versión española directamente del chino, estudiándolo con detenimiento en La gnosis taoísta del Tao Te Ching (1961).

Como muy bien aclara José Adrián Vitier, respecto de las versiones que él debe haber consultado en otras lenguas, todas son diferentes, incluso asombrosamente distintas, de modo que ellas mismas acrecen la dificultad de traducir y ofrecer versión desde una lengua antigua, sobre la que han pasado más de dos mil años, pues la escritura del Tao data de unos cinco o seis siglos antes de Cristo.  Incluso sus posibles títulos desde el chino pueden variar como: El Libro del Camino y el Poder  o El Clásico de la Senda y las Virtudes, y hasta con conjunciones de Libro Clásico del Camino y la Virtud. Una traducción demasiado fiel o literal puede despojarlo de su alta poesía, o al menos de aristas de ella, por lo que se impondría la labor de un poeta en busca de sutilezas del idioma receptor.

Por tales motivos, cuando leí las versiones del Tao de Vitier, me quedé muy sorprendido, porque me pareció que leía otro libro muy distinto al de Iñaki Preciado. Quizás ello esté en el énfasis del traductor por la diversidad expresiva del Tao, ya sea filosófica, incluso metafísica, o su sentido didáctico (que ilustra a los gobernantes), o su valor práctico incluso como libro de auto-ayuda. ¿Quizás si la esencia inexpresable del Tao concuerde con la Ley de Leyes o unificación de leyes que los físicos y matemáticos buscan tras Einstein?, pues nada como el Tao para especular, para imaginar, para dar interpretaciones diversas a sus capítulos.

Entre los varios libros sagrados (la Biblia, El Corán, el Libro de los Muertos, los Vedas, los Upanishad, la Edda, las Analectas de Confucio, el I Ching, el Ramayana, el Maha Bharata, el Avesta, entre otros), tiene el Tao Te Ching un lugar preciso, preciso, por el alto valor poético de sus máximas, por la espiritualidad y el sentido práctico de la vida que, en él, no son contradictorios. Todos estos libros, imbuidos en la fe y bases de diversos credos y religiones, poseen cargas poéticas muy elevadas. Si la traducción quiere acercarse más a sus valores didácticos, el traductor ofrece una versión práctica, una suma de recomendaciones en las que la justicia, el deber-ser, lo normativo, y la enseñanza de interés pragmático puede ocultar el lirismo de los textos. Si la versión se inclina al ideario, el matiz filosófico predominará. José Adrián Vitier ha querido, desde la fuente china, hallar el punto medio, lo que hace "rara" la lectura de su versión, porque sin desdoblarse en credo, busca también la carga poética del añejo libro, uno de los más breves entre los "sagrados".  

El reto del cubano fue mayúsculo, porque se declara "lejos de un verdadero sinólogo" y añade: "solamente he hecho esta traducción directamente del chino por placer, por el placer de descubrir y compartir…"; ello se ve en la manera que elige, su interés lírico frente al libro de las mil posibilidades, de las infinitas probabilidades de versiones a otras lenguas, en especial al español. Cuando nos acercamos a las versiones que tienen trasfondo de fe, nos damos cuenta de que el Tao cumple roles, para el traductor, de enunciados que se parecen a dogmas de otros credos, o el propio traductor-versionista se deja influir por su propia fe, o quiere inclinar la balanza a ella. Entonces este sentido un poco "neutral" de Vitier, puede ser un fiel de báscula, una búsqueda de mejor acercamiento al original, sin prejuicios de otros credos, y en ello, claro está, el interés poético puede quedar ponderado.

Como alguna vez hice con la obra de Rainer Maria Rilke, trato de leer muchas versiones o traducciones literales, porque yo no conozco el idioma en que fuese escrita; así pienso que debe hacerse con un libro tan sumamente importante como el Tao Te Ching. Claro que la lectura tendrá siempre la marca que imprime el traductor, y la del interés lector, en mi caso, un interés claramente poético, ver poesía en el los entramados del contenido de la obra. En tal esfuerzo, la versión del Tao de José Adrián Vitier llega sumamente bienvenida, dichosa, bellamente encuadernada y dispuesta a competir con otras, cuyas lecturas múltiples y conjuntas pueden ayudarnos a hallar un sentido "fiel" del texto original para los que no sabemos chino. El Tao, el Camino "en el mundo / es como el fluir de los arroyos de los valles / hacia los grandes ríos y el océano". Con el Tao parece que se ha leído solo un resumen, irresumible. Con el Tao en la mano, parece que se toca la eternidad, si algo es eterno para la especie humana. "Los Sabios nacen del pueblo y en él desaparecen", bien dice Gustavo Pita Céspedes al final de su Presentación, y así es, porque: "El Tao del que podemos decir algo, / no es el Tao eterno". Al menos el Tao Te Ching de Vitier es un libro bello, secundado por las ricas ilustraciones (¿solo son ilustraciones?) de variada técnica de Expósito, exquisitamente montado con papel y tipos de letras, todo lo cual nos torna gratísimo el ejercicio lector, el arte de leer.