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La sinceridad es la ética

Ricardo Riverón Rojas, 11 de julio de 2019

«La sinceridad es la ética de la poesía», afirma Edelmis Anoceto en la página 55 de su libro El Partenón sin Fidias (Ensayos sobre poesía y ética). Se trata de un conjunto reflexivo de ambicioso presupuesto, donde el analista se empeña en develar el permeable diafragma que separa a la militancia lírica de sus implicaciones éticas.

El premio literario Fundación de la Ciudad de Santa Clara (trigésima convocatoria, 2018) con el otorgamiento del galardón a este volumen abrió las puertas de la bibliografía nacional a un título que, por su calidad —si la justicia literaria existe– pudiera ingresar a corto o mediano plazo en su catálogo de excelencia.

La autonomía de los universos poéticos en convivencia con cualquier actividad humana, programática o pragmática, se valida en este cuerpo textual, sobre todo en su primer bloque, de especulaciones teóricas más expeditas y atractivas. No obstante, una de sus más gratificantes riquezas se consigue con la ejemplificación puntual, tanto de la poesía y el pensamiento universal, como del cubano.

Para apoyar la afirmación anterior, aviso que el segundo bloque redondea el proyecto con análisis específicos (Allen Ginsberg, Samuel Feijóo, Carlos Galindo) donde se corporizan textualmente, de manera más evidente o tangencial, las formulaciones expresadas en la primera mitad. Poesía y ética se hacen casi sinónimos, poco importa si las semejanzas se conciben en alas del respeto a una tradición o en la asunción de la irreverencia vanguardista en pos de incorporar otros modos de asumir la vida desde su dimensión poética.

Uno de los méritos de este libro de Edelmis es abrirnos los ojos ante el hecho de que, pese a operar con normas muy específicas, la poesía creada en nuestro país no anda muy lejos de los ejes estéticos que se imponen en el discurso global. Se habla aquí de una tradición que recorre un amplio espectro de tiempo y espacio, desde los griegos hasta la actualidad; desaparece el complejo de semisueño aldeano, de ínsula líricamente autoconsumida por el mar que la rodea. Son tantos los rumbos, las provocaciones a que nos enfrentan estos textos que cada uno de sus segmentos abre un abanico de interrogantes tras las cuales podríamos levantar nuevas y más inquietantes tesis.

No procede reincidir demasiado, entonces, en observaciones puntuales donde se desdibuje la complementariedad. No tendría caso mostrar los costados reductores que pretenden maniatar a la poesía para servirla solo en el convite de los sibaritas. Menos aún ceñirla a sus límites regionales, o de intenciones temáticas, pues de lo que se trata es de dejar testimonio de que en torno a la poesía, donde quiera que se escriba, se pueden hilvanar los más complejos sistemas de ideas para la comprensión y transformación del mundo. Según los razonamientos de estos ensayos, la poesía capitaliza, resemantiza, advierte y subvierte las grandezas y caídas del relato humano.

El pragmatismo, el utilitarismo, el espejismo de confundir conocimiento con cultura son también algunas de las convenciones sobre las cuales Anoceto Vega razona y expone su aguda visión. «El conocimiento no humaniza, lo que humaniza es la cultura. Podemos crear una generación de másteres y doctores, verdaderas enciclopedias andantes, pero las enciclopedias quedan reducidas a bases de datos si no tienen siquiera conciencia de sí mismas»; con afirmaciones como esta (página 67) queda desarticulada la falacia que pone a convivir como fenómeno único esferas que solo se integrarían en caso de concretar una ósmosis de propósitos y resultados, tan eficaz como escasa.

Algunas resonancias nietzscheanas (como también orteguianas o unamunescas) se pueden identificar en no pocos razonamientos: «la humanidad es el fracaso de la ética», dice en la página 80, pero el voto a favor de la poesía como ente estructurador de una norma de vida abre puertas para continuar la búsqueda y la brega.

Una de las zonas donde Anoceto se mueve a contracorriente es la que expone su tesis sobre la popularidad del reguetón en nuestra actualidad, al que califica, en su relación con los patrones éticos al uso, como la expresión poética que se corresponde con las circunstancias que vivimos.

Constituye esta una de las zonas en que con mayor claridad nos conmina a percatarnos de la diferencia, cada vez más profunda y en apariencia irreversible, entre el patrón humanista alrededor del cual se integra nuestro proyecto político-social y los elementos superestructurales que definen normas de conducta. En el trasfondo se aprecia el cuestionamiento a un devenir signado por tensiones crecientes entre doctrina y cotidianeidad. El enfoque antropológico le aporta volumen a una nueva forma de mirar al fenómeno poético como termómetro de un momento histórico.

Estamos ante un libro de grata lectura, de hondas y muy bien enunciadas especulaciones, sin aparatajes teóricos aplastantes (esa especie de esperanto academiófilo); un proyecto que nos conduce, de mano de la poesía, por ese otro derrotero que permite asumir la historia humana desde una perspectiva más íntima, paralela a la lectura épica, factual, que ha caracterizado a las valoraciones históricas cocidas de manera exclusiva en el horno de las políticas.

Por último insisto en que El Partenón sin Fidias... –si la siempre azarosa y desventajosa distribución de las ediciones territoriales lo permiten– acabará ocupando un espacio entre las obras ensayísticas más agudas de estos tiempos en nuestro país. Quizá estemos también –al menos yo lo creo– ante un proyecto de pensamiento que podría clasificar para empeños mayores, y que merece un público lector más allá de las fronteras conceptuales y territoriales que a veces nosotros mismos nos inventamos.

(Santa Clara, 9 de julio de 2019)
 

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