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A la luz de hoy: nuestras ferias del libro

Ricardo Riverón Rojas, 05 de abril de 2017

A principios de marzo asistí a la feria del libro de Matanzas, la bella ciudad atenea que nunca me deja indiferente. Allí presenté dos de mis tres libros, publicados como parte del plan 2016, uno de ellos procesado por la casa editorial de esa provincia.

Además de disfrutar con las actividades, me llamó la atención que una numerosa delegación de autores residentes en los municipios nos acompañó todo el tiempo, con facilidades incluidas. Ese último detalle me impulsa a escribir nuevos descargos sobre nuestras elogiadas (loables y también criticables) ferias del libro, aún en desarrollo.

Posiblemente sea una práctica ya abandonada la de atender como merece a los autores que residen en espacios más periféricos que el que ocupa quien organiza los eventos. No soy categórico. Pero me consta que en la feria habanera sí se sigue esa lógica. Lo lamentable es que, en determinado momento de inicios del presente siglo, con el fervor de las políticas inclusivas que conocimos como «masificación», sucedía lo contrario.

En aquellos inicios de los 2000, si un autor tenía un libro incluido en el programa de presentaciones, se le aseguraba hospedaje, alimentación y pasaje de regreso, además de transportación interna de la villa a la sede, y viceversa. Quedaba como única insatisfacción el escamoteo de la retribución de acuerdo con lo legislado en la Resolución 35/96. Los músicos, diseñadores y otros oficios artísticos sí cobraban por su trabajo, en cantidades muy superiores a las que hubieran devengado los escritores. Pero, total, los escritores lo aguantamos todo, y si protestábamos, pues no tenía importancia, nada cambiaría.

Pero las cosas sí han cambiado, para mal. Si me guío por mi propia experiencia atendiendo a que de mis tres libros publicados solo uno (el procesado por Letras Cubanas) estaba en el programa de la feria capitalina, y a ello le sumo que nunca recibí aviso para esa presentación, ni el programa del evento, de donde deduje que no disponía de hospedaje, alimentación, ni pasaje de regreso, contrasto esa «atención» con la que acabo de recibir en Matanzas y concluyo que marchamos peligrosamente hacia la legitimación culposa (¿o dolosa?) del ninguneo como política de un habanocentrismo reactivado sin mucho miramiento.

Contrario al panorama antes descrito, las provincias son un ejemplo, pues en ellas se les continúa dando a los autores invitados el tratamiento respetuoso que les corresponde, y si lo de Matanzas es general (que hasta donde conozco es así), los residentes en municipios cuentan con las facilidades lógicas que la distancia impone.

Distingue también a nuestras ferias del interior que se pagan puntillosamente los derechos por la oralidad, a todos los invitados. Muchos autores con residencia en la capital del país acuden a las provincias pensando tanto en la promoción como en las retribuciones, pues en el que debía ser principal polo cultural de la isla opera una especie de ley no escrita que frecuentemente priva a los escritores de sus honorarios por la comunicación oral de la obra literaria.

Otros sinsentidos les veo a las ferias del libro, en general. Por ejemplo, ignoro por qué las de provincias se siguen acogiendo al ordinal que en 2002 les endilgó, por ucase, el ICL. Fue en ese año que, con un brochazo, se hicieron desaparecer del recuento las que antes de esa fecha se realizaron en provincias. En el caso de Villa Clara, por ejemplo, las ferias del libro comenzaron a organizarse en 1981, por lo que, en consecuencia, la actual sería la 37, no la 26, como consta en todos los programas que ahora mismo circulan.

Las ferias celebradas entre 1981 y 1989 afrontaron el reto, en nuestro caso, de que se desarrollaban en todos los municipios de manera simultánea, radio de acción reducido a la capital provincial entre 1990 y 2001 por las duras condiciones que marcaron al Período Especial. No dejó de celebrarse ninguna, y siempre con intensos programas de intercambio con el público.

Me pregunto insistentemente: ¿Por qué, si contienen una épica de resistencia superior a las actuales, borrar de la historia aquellas ferias desarrolladas con menos recursos y menos libros que hoy? La respuesta que obtengo me remite a la tozudez de quienes dispusieron el borrón. Y conste que no es la primera vez que me quejo, públicamente, de ese descarte al relato total de la cultura del período revolucionario.

Igual discrepo del sobredimensionamiento del programa artístico, sobre todo porque implica un desembolso mayor, que atenta contra el que se podría hacer a favor de los escritores. Asimismo opino que, tratándose de un programa de apoyo, debía ser más discreto y prescindir (en el caso de las provincias) de las figuras de gran impacto mediático, mucho más costosas (con suficientes momentos en eventos musicales específicos) porque de esa forma se le roba protagonismos a la literatura. La animación podría concebirse a partir de los buenos artistas con que cuentan los territorios, frecuentemente ignorados, pese al legítimo derecho que les confiere el que se desarrolle la feria de su terruño.

Es pronunciamiento común en nuestro país que cuando una medida, o un estilo de trabajo, perjudican al que está más abajo se argumente que en el mundo entero las cosas suceden de esa forma. Al amparo de esa «lógica», entonces, deberíamos aceptar como justo que a los autores incluidos en los programas de una feria no se nos garanticen facilidades. Y puesto ante tal situación se me ocurre cuestionar si en realidad tenemos al resto del mundo como modelo. Y es que hay tantas cosas del mundo (ancho y ajeno, como dijera Ciro Alegría) que favorecen al ciudadano y nos abstenemos de disfrutarlas por la conciencia de que construimos una sociedad diferente, que tal argumentación la siento como pretexto vacío.

Mi opinión es que deberíamos seguir siendo diferentes, en todo, y en consecuencia con ello, en el terreno de la literatura correspondería retomar las prácticas antes citadas y ofrecer las facilidades que exige una realidad como la nuestra. Retribuir a los autores como marca la ley no puede depender de la buena o mala voluntad de algunos funcionarios, porque es un derecho legitimado legalmente, como lo es para cualquier otro oficio. ¿Acaso alguien en este país concibe contratar a un albañil, o a un músico, sin pagarle por su trabajo? Seguramente no, excepto que exista previo acuerdo, que no es nuestro caso.

Tengo la certeza de que si los ingresos de los autores, a tenor con lo que marca la ley, se triplicaran, ese exceso, además de no ser significativo, podría equilibrarse a nivel nacional extrayendo esos montos de lo mucho que se paga por dudosos espectáculos. Sabemos que estos se financian a partir de fuentes no dependientes del presupuesto estatal, pues los gobiernos disponen de otras alternativas que el estado facilita para apoyar la cultura (digamos la llamada Cuenta de Festejos). Pero esas jugosas partidas, concebidas para promover la cultura, por lo general las absorben y consumen despliegues escénicos ligeros, nunca la literatura.

Los argumentos económicos que se esgrimen para no concretar una debida atención a los escritores me resultan dudosos. Aceptamos tranquilamente que la economía del país no puede permitirse esos «lujos». ¿Acaso antes podía? Hoy estamos ante un país que en lo que va de siglo desactivó 71 centrales azucareras irrentables, dio en arrendamiento una buena parte de los servicios, suprimió un alto número de programas a los que les llamó «gratuidades» (sin que lo fueran), redujo plantillas, prestaciones sociales, orquestó un sector privado que sobrepasa el medio millón de trabajadores. Con tales políticas se deshizo de una descomunal carga financiera. Y si sabemos, gracias a lo informado por la Oficina Nacional de la Administración Tributaria (Onat), del crecimiento de los ingresos por impuestos y tributos hasta el orden de los 39 mil millones de pesos en 2015, nos volvemos a preguntar: ¿no estamos en mejores condiciones financieras que en aquellos momentos para que los autores asistentes a la feria del libro de La Habana reciban la atención y el pago que merecen?

No clamo por nuevas erogaciones, sino por urgentes redistribuciones. Y entre estas considero que una de las primeras cosas que se debe orquestar de distinta manera es el sistema de trabajo sobre el que descansa la promoción literaria, que sigue teniendo al gigantismo como su más cara divisa. Menos actividades mejor pagadas pudiera ser una variante de interés.

Soy un hombre convencido del poder movilizador de la literatura. Existe en Cuba una política cultural que protege y beneficia la expresión y difusión de la misma, pero es hora de que también se calce esa política con una logística más racional, supresora de injustas diferencias legitimadas por una práctica discriminatoria, y por tanto injusta, que venimos ejecutando y tolerando alegremente. Sé que es posible, porque existe registro de que en determinado momento se hizo de otra forma.

(Santa Clara, 22 de marzo de 2017)

Editado por: Nora Lelyen Fernández

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