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Luis Marré: los poemas en el fresco

Ricardo Riverón Rojas, 13 de mayo de 2019

Según consignan sus libros, y también las enciclopedias Ecured y Wikipedia, Luis Marré nació un 22 de agosto de 1929. Una simple operación aritmética nos ofrecería el resultado de que en breve deberemos conmemorar los 90 años de su nacimiento. Aunque, a decir verdad, tengo mi reserva sobre el tema, pues en una ocasión lo invité como jurado al premio literario Fundación de la Ciudad de Santa Clara y, a la hora de tomar su número de identidad del carné, este comenzaba con 28.

Pero más allá de la fecha de nacimiento de Marré, me parece importante recodar hoy un poco de su quehacer poético. No fue un autor muy prolijo, pero sí muy intenso, y con una poética centrada en lo lírico, que no era de naturaleza contemplativa sino reflexiva, conceptuosa, llena de referentes filosóficos y rica en situaciones.

De joven estudió Contabilidad, y se graduó en 1955. Luego cursó Periodismo e hizo una larga carrera como editor en la revista La Gaceta de Cuba, y en Ediciones Unión. Publicó los siguientes libros de poesía: Habaneras y otras letras (Ediciones Unión, 1970), Los ojos en el fresco (Ediciones R, 1963), Voy a hablar de la dicha (Ediciones Unión, 1977), Para mirar la tierra por tus ojos (Editorial Arte y Literatura, 1977), Canciones de los años de aprendizaje (Ediciones Extramuros, 1982), Nadie me vio partir (Ediciones Unión, 1990), A quien conmigo va (Ediciones Unión, 2001), Hojas de ruta (Ediciones Unión, 2006). También publicó dos breves volúmenes de narrativa: Crónica de tres días (Editorial Letras Cubanas, 1980) y Techo a cuatro aguas (Ediciones Unión, 1996).

No hay relumbres en la poesía de Marré sino esmero; su concepto de la poesía evidentemente se centraba en esos extraños vínculos de la cotidianeidad con la historia, así como en la trascendencia de los pequeños acontecimientos que rodean a una vida, siempre que, como apuntara Eliseo Diego, se tuviera «el don de atender».

Cuando en 2008 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura (en el umbral de sus ochenta años), contrario a lo que ha sucedido tantas veces, no recuerdo muchos reclamos en contra de la decisión. Con la lírica del guanabacoense se confirma una vez más que la grandeza de una obra no está relacionada directamente con la extensión sino con la carga simbólica y la excelencia estilística que la distinguen.

Algo de crónica hay también en las primeras creaciones de Luis Marré, de relatar los avatares de un sujeto lírico ceñido a la humildad antipoética. Eran días en que la visión antropológica de la poesía de la lengua magnificaba la existencia del ciudadano común por encima de las genialidades y los destellos arquetípicos: estar vivo y saber cómo estarlo era el acto poético supremo. El deleite por la belleza de la parquedad intensa marcó profundamente a la generación a la que perteneció Marré, esa que no sabemos si acertadamente llamaron «De los años cincuenta».

Prueba de la característica que arriba señalaba es este hermoso poema suyo escrito en enero de 1967:

EN EL PASEO DEL PRADO

Éramos cuatro jóvenes poetas
descontentos.
            En este mismo sitio,
bajo estos mismos álamos,
nos reuníamos.
            Uno
tenía vocación de médium
y soñaba con verle aquello a Isis
—su celestina era
Madame Blavatsky.
Otro miraba de manera que
no se notara
su ojo
estrábico.
        El tercero no sabía
si su voz era la de una flauta
náhuatl o árabe.
Y el cuarto era yo,
                 siempre en otra parte
rezagado y pendiente
del ómnibus de medianoche.
 
Hoy estamos
más o menos contentos.
                Uno
ya está muerto,
            es decir,
ya goza de la desnudez de Isis
–puro huesito.
Otro lleva espejuelos calobares.
El tercero trastea la bandurria
con gran éxito –hasta canta puntos.
Y el cuarto soy yo.
                  Me he quedado atrás.
En el mismo lugar
donde hace quince años nos reuníamos
un joven poeta
está leyéndome
sus versos.
Y esta vez he perdido
el ómnibus de medianoche.
1

Siempre le agradeceré a este poeta que asistiera al homenaje «El autor y su obra» que el ICL me dedicó en 2010. Ya tenía en su haber el Premio Nacional de Literatura y, de la mano de la amiga Juana García Abás, lo vi llegar. Creo que aquella tarde, con perdón de todos los asistentes, todo lo que dije o leí lo hice para dedicárselo a él. Cuando falleció en octubre de 2013 recién yo había regresado de una estancia de tres años en México, de donde llegué algo enfermo. Apenas ahora me percato de que ya casi pasaron seis años. A medida que transcurran las décadas, tengo la certeza de que su poesía crecerá hasta llegar a integrar, con plenos derechos, ese tiempo universal en que las fechas son solo un dato.

(Santa Clara 12 de mayo de 2019)

1 Luis Marré: Para mirar la tierra por tus ojos, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1977, pp. 21-22.