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Hoy con antier, sin ayer

Ricardo Riverón Rojas, 08 de agosto de 2018

Tenemos un sentido de lo histórico a veces demasiado estricto, otras totalmente festinado. Nadie pone en duda la historicidad de lo épico trepidante, pues somos hijos de un espacio humano que se esculpió a sí mismo sobre las armas, en más de una contienda, desde el siglo XIX hasta la segunda mitad del XX. Pero sucede que la cotidianeidad también es historia, pues en su devenir se registran, de manera ágrafa, sucesos de mayor o menor magnitud que configuran un relato dinámico gracias al cual también se puede leer el espíritu de una nación.

Por lo general, en nuestro discurso público, hacemos un uso abusivo de "lo histórico" al narrar lo cotidiano. Los grandes sucesos de antier, recubiertos por la pátina de la gloria guerrera, no ofrecen dudas y se reafirman constantemente con interpretaciones y reacomodos; gracias a estos germinan precisiones y matices, tanto en fechas y sitios como en actitudes, anécdotas y circunstancias. La reconstrucción constante de lo histórico añejo se configura cada día, en nuestra historiografía, con mayor exactitud, aunque persistan sin posible rescate enigmas cuyos protagonistas y testigos no dejaron registro alguno, gráfico o testimonial. Pensemos solo en la entrevista de La Mejorana entre Martí, Maceo y Gómez y especulemos dialécticamente sobre su temperatura y contenido, que otra cosa no parece posible.

Al reseñar lo que ahora mismo ocurre, con frecuencia el discurso mediático de nuestro entorno –responsable de corporizarlo– asegura que "estamos haciendo historia", aunque esa convicción apenas perdure para un hoy algo estrecho en días, pues lo más frecuente es que lo de ayer mismo se desdibuje, con inexplicable premura, aunque sus protagónicos y actores de reparto aún estén vivos y actuantes. La historicidad de lo ayer exaltado se reconstruye (o destruye) con una versión más cómoda para el tributo al deslumbrante hoy, perpetuo y entusiasta usurpador de la trascendencia, embebido en su propia excelsitud.

Existen cotidianeidades descollantes cuya magnitud histórica se atenúa hasta su casi desaparición por la superposición de discursos públicos novedosos: sucesos que en su momento fueron calificados como "históricos" devienen desleídas referencias lejanas; ejemplos: zafras del pueblo (incluyendo la de los ocho millones que debieron ser diez), las movilizaciones dominicales, o permanentes, para apoyo a la misma; los macheteros decimillonarios y brigadas trimillonarias, la heroicidad de quienes apenas cortábamos 80 arrobas por jornada, pero encallecíamos nuestras manos mocha mediante; la siembra gigante de café caturra en el Escambray, los módulos pecuarios, el programa alimentario, la siembra de pangola, la milagrosa zeolita, las asambleas de méritos y deméritos... más un sinfín de enormes actos pequeños que hoy apenas tienen un lugar en la vitrina expositiva de nuestra realidad.

Ese hoy que todo lo devora, salva a duras penas, del ayer, lo descomunal, sobre todo si es aupado por políticas exitosas. Y como esos sucesos son pan diario en nuestra realidad, cobra importancia capital que, sin el entusiasmo triunfalista que tanto vemos, los medios establezcan, y consoliden para un discurso futuro, la dimensión histórica de lo que, aun pareciendo escenografía, constituye trama.

La gratuidad con que se prodiga el contundente calificativo solo le resta alcance y contribuye al olvido de lo que, quizás en dimensión más modesta, merece recordación. La teoría del fin de la historia apuesta por disolverla en un azar no concurrente que aplana los sucesos –sean de la naturaleza que sean– hasta dejarlos todos de una misma altura. Por otra parte sitúa en el azar de una memoria colectiva, desautomatizadora por naturaleza y carente de profundidad, la magnitud histórica. De ello se deriva la ligereza enunciativa que vemos por todas partes, bien se trate del análisis de un filme, una pintura renacentista, o el discurso pseudofilantrópico con credencial de profundo que acompaña a la mayoría de los espectáculos concebidos con códigos globalizados, problemática de la cual no nos han salvado la política cultural ni el accionar de las instituciones.

Al menos en nuestro caso, lo épico impone su fuerza discursiva. Me tomo la libertad de suponer que los lúcidos liderazgos –que constituyen nuestro privilegio por su naturaleza intelectual, sumada a la política y militar– ha guiado a muchos comunicadores a montarse sobre la más profunda de las esencias, la política, para etiquetar como trascendente un alto por ciento de lances que no pasan del anhelo, generando con ello una confusión que en definitiva opera en detrimento de lo realmente histórico.

Etiquetar como trascendente un hecho que no lo es resulta tan dañino como obviar la grandeza de uno que sí posee esa cualidad. Las pequeñas historias también son historia, pero intuyo que su registro queda en manos de otras disciplinas, como el periodismo, o la literatura; y en ese eslabonar un algoritmo coherente sobre la base de las pequeñas historias está, a mi modo de ver, una de las más notables carencias de nuestro entorno comunicativo. Los historiadores, centrados en lo trascendente, vienen haciendo una loable labor de reconstrucción.

Sabemos que un concepto más amplio de lo épico supera a lo militar exclusivo. Con esa premisa resulta lógico que, en un proceso social como el que venimos viviendo desde hace casi 60 años, el rótulo de histórico lo lleven con gallardía muchos pequeños asuntos del devenir, pero lo que no tiene lógica es que pierdan su grandeza de un día para otro y el relato público los sepulte. Ese pequeño acontecimiento, convengamos que histórico, requiere una conciencia humanista de mayor amplitud, evaluadora silenciosa, que el que demandan los del relato mayor.

Varias veces he protestado, en mis textos, por determinadas manipulaciones que, desde posiciones de poder institucional, distorsionan el que llamaré "suceso histórico de baja densidad". Unos pocos ejemplos, referidos a la literatura: contar el ordinal de las ferias del libro, para todo el país, a partir del inicio de la versión internacional de la Feria de La Habana, cuando sabemos que, con similares características, ya desde mucho antes se desarrollaban en varias provincias; fijar fecha de nacimiento para el programa de ediciones territoriales en el año 2000, cuando sabemos que desde mediados de los 80 y principalmente a partir de 1990, ya el mismo existía, más modesto ciertamente, pero real y demostrable.

La más auténtica y creíble versión de nuestra historia, según creo, es la que se ocupa de los grandes acontecimientos de siempre, pero también de los de hoy, sin permitir que cuando ese hoy sea ayer se convierta en agujero negro al que nuevos acontecimientos, a veces signados por afanes de protagonismos no legítimos, le secuestren su masa molecular. Estos descargos no tiene pretensiones metodológicas, solo aspiran a proponer que advirtamos la indefensión "histórica" del ayer inmediato frente a la implacable noria de la exaltación del hoy.

                              Santa Clara, 6 de agosto de 2018.