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Un Decamerón guajiro

Ricardo Riverón Rojas, 13 de marzo de 2017

Los esfuerzos creativos de René Batista Moreno (1941-2010) estuvieron siempre enfocados a descentralizar los protagonismos. Sus personajes más auténticos deambulan siempre por el espacio simbólico de algún pueblecillo (casi siempre Camajuaní) donde el manierismo convive con los acontecimientos que, al bulto, hilvanan el relato de la vida de gente sin historia, pero llena de historias.

A lo antes dicho se refiere Edelmis Anoceto Vega en el prólogo de El Decamerón cubano (Ediciones Matanzas, 2016):

Este libro tiene un solo protagonista, que (…) denominaremos Ser Cubano: chino, negro, isleño o criollo, campesino o poblano, erótico, bebedor, chulo, pícaro, buscavida, robador, peleador, viajero, trashumante, hijo de pobres, chistoso, malhablado, disparatero, supersticioso, alardoso, aventurero (…), el que tuvo la osadía de coger a la yegua de Valeriano Weyler (…) la desfachatez de gritarle una ofensa al general Machado, y en cuanto puso un pie en La Habana fue multado con diez, veinte, treinta, cuarenta y cincuenta pesos de una sola vez, (al que) se le ocurrió hermanar a Songo la Maya con Moscú; (el) que dice: “¡Yo me como ahora (lo) mismo un cocodrilo parao en dos patas, que ordeño a un toro!” A ese Ser Cubano la cosa se le puso fea en Camajuaní buscando mujeres malas, se fajó con un güije por la Siguanea y tocó un guaguancó en la entrada de una cueva para cazar a dos negros alzados en el Escambray, sacó candela en Playa Girón… En fin, se recogen aquí los avatares, dichas y desdichas (…) que solo pueden compendiarse en los individuos nacidos en la mayor de las Antillas, expuestos no a la manera de la alta literatura, sino a través de la palabra viva y picante de quienes constituyen la multiplicidad que se integra a ese Ser Cubano, apódese Pepe Juñi-juñi, Mangrino, Rolando la Ternera o Mandarria.

Prácticamente todas las historias que René recoge en este libro antes fueron oralidad, porque su método creativo –infalible a mi modo de ver– se apoyaba en esa metodología simple: solo escribía un relato tras haber validado su receptividad a través de la narración oral no escénica, con apoyo exclusivo en la palabra. Los sometía a prueba en intercambios que siempre buscó en las pequeñas locaciones, literarias o no, que frecuentaba. La explosión de risa constituía pasaporte directo para el traslado de la charla al papel.

René siempre fue figura central en los eventos literarios adonde concurrió, por la gran cantidad de historias archivadas en esa prodigiosa memoria afectiva que, sin esfuerzo ni costuras visibles, literaturizaba con notable fluidez, valiéndose de ardides comunicativos manejados magistralmente. Es muy difícil que se repita entre nosotros una figura capaz de contar, y luego escribir, con tanta lozanía y frescura, historias sacadas de la nada. Pero, para fortuna de la cultura popular cubana, escribió casi todo lo que contó. Y lo hizo bien.

Conocí a René a mediados de los setenta. Ya era el gran animador de todos los foros posibles. Su estirpe guajira, sazonada con la de habitante de un espacio urbano de fértil hibridez, le permitió hallar esencias donde solo eran visibles apariencias. En cada persona intuyó a un protagonista, solo tuvo que estructurarle el guion de su propia vida y hacerla actuar en el escenario de una época.

Nadie vive al margen de la fabulación, eso bien lo sabía Batista Moreno, y con una serie de libros fue dando testimonio de tal principio. Ahí están sus anteriores: Ese palo tiene jutía, Camajuaní folclórico, Fieras broncas entre Chivos y Sapos, Cuentos de guajiros para pasar la noche, Yo he visto un cangrejo arando, Los bueyes del tiempo ocre, Limendoux: leyenda y realidad, El vuelo de Andrés Labatúay, La fiesta del tocororo. En todos ellos respiran y hablan seres que, en sus pequeños destinos, supieron entrever y convocar, sin pretensiones, a la grandeza de una obra capaz de transfundirle sentido a su bitácora vital.

René es el inventor de un Camajuaní mítico, que como bahía generosa recibía las aguas finales de los numerosos poblados y bateyes circundantes, tal afluentes. En ese espacio reprodujo un microcosmos donde todas las pasiones y todos los acontecimientos del mundo tenían su parigual, casi siempre solidificado en una mimesis de pintorescos matices incorporados. Por eso en este libro se mezclan personajes (con más caras de ficticios que reales) con personalidades históricas. Y no resulta gratuito que siempre los de extracción popular dejen en una especie de ridículo a los históricos, como el ya citado cogedor de yeguas Alberto Moya. Pero en este libro ya su Camajuaní creció hasta tener el tamaño de Cuba, porque los testimonios fueron recopilados en muchos pueblos. Lección de madurez del incansable pensador folclórico, que acabó comprendiendo que su pequeño espacio (en sí mismo un todo) forma parte del todo mayor donde sus pequeñas historias, por amplificación diametral, se solidifican como historia común.

En la picaresca reside buena parte del encanto de este libro, como en esa deliciosa anécdota del cura que regaló dinero para que una señora se comprara blúmeres y, ante la proliferación de “desprotegidas” exhibicionistas terminó regalando 25 centavos per cápita para que se compraran cuchillas de afeitar. O la del majá que le tragó la mitad del rabo al negro Mandarria. O la de las morrongas de goma importadas que Pepín Puget empezó a vender en su farmacia, con tanto éxito que se formó tremenda matazón para comprarlas.

La habilidad narrativa de Batista Moreno está más que todo en la captación de la psicología de sus protagonistas, quienes hilvanan una especie de ética de la burla con la que se redondea el tono de farsa de la mayoría de sus parlamentos. El relato “Yo fui una máquina de coger” es quizás el mejor ejemplo de esa dudosa dignidad tras la cual un personaje se escuda para racionalizar y autojustificar sus procederes. Todo el tiempo se lo pasa este protagonista dándose lija con frases como esta: “Yo fui un bugarrón muy respetado por esa zona, tenía un nombre, había ganado mucho espacio en la bugarronería cubana”.

Cuando entramos a esta selección de relatos que felizmente Ediciones Matanzas acogió ya no nos importa si lo que nos contarán solo es verdad en la medida en que un buen producto artístico lo es, aunque no cuente hechos registrados en el acontecer fáctico. La imaginación del creador es también un espacio real, un horno para inventar la vida y hacerla más amable. Ese es el caso de El Decamerón Cubano, de René Batista Moreno. Gracias a René, que por suerte no descansa ni en la paz de la muerte. Gracias a Alejandro, el hijo, por su empeño en no dejar que se pierda la obra recopilada por su padre. Y gracias a Zaldívar, por comprender que en todas estas expresiones está también la poesía.

(Santa Clara, 4 de marzo de 2017)


Editado por: Nora Lelyen Fernández

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