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Frank Padrón: lúdico y auténtico
 

Marilyn Bobes  , 20 de junio de 2017

Todavía no tiene el reconocimiento que merece la poesía de Frank Padrón. Con tres títulos a su haber (Pura semejanza, Latidos en el espejo y Conversaciones en la luz) este autor es uno de los más creativos del actual panorama de la lírica en nuestro país.

Su singular erudición, su capacidad para fabular y esa tendencia de ocultarse a sí mismo con la utilización de heterónimos, lo distinguen. Pero al contrario de otros que han utilizado los mismos recursos, jugando con la atemporalidad y la intertextualidad, Padrón incorpora a lo que pudieran ser divertimentos, y no lo son, la experiencia del yo camuflajeada en esa suerte de distanciamiento que le permite moverse a sus anchas por toda la poesía universal.

Decía Rufo Caballero en el prólogo a Pura Semjanza que Frank Padrón es nuestro hombre del Renacimiento, tal vez por su versatilidad en la frecuentación de casi todos los géneros literarios y periodísticos. A ello habría que añadir un conocimiento de la historia universal y cubana sin el que no se pudiera entender del tono un arte poética abarcador, en el que lo temporal funciona siempre como intemporal, a pesar de los juegos apócrifos con que el autor pretende convencernos de la veracidad de sus tentativas supuestamente  epigonales.

En el prólogo citado, Rufo deja entrever que Frank Padrón es más un creador de ficciones que un ensayista, crítico e investigador. No estoy totalmente de acuerdo pero lo cierto es que en el campo de la poesía, la racionalidad que nunca se abandona, en su caso se conjuga muy armónicamente con las emociones, siempre eludiendo sensiblerías y tópicos, con la contención de un oficio que ha hecho de este autor uno de los más originales del panorama poético actual, en el que no siempre se le ha hecho la justicia necesaria.

Las relaciones de Frank-poeta con la cultura tienen una característica muy estimable que es la de frecuentar también los predios de lo llamado popular, demostrándonos que también esa esfera de nuestro ser nacional puede ser objeto de atención de un creador que no desecha lo que entiende afín con sus búsquedas, entremezclando canciones, autores menospreciados y otros recursos para elevarlos a la categoría de poemas en unos juegos intertextuales en los que predomina la identificación más que la sacralización.

En Los latidos del espejo se incluyen también textos que pertenecen a un yo sin referentes literarios o culturales. Creo que Frank es más él cuando se nos muestra a través de otros y que la multiplicidad de su voz es la que nos permite conocer mejor su autenticidad.

Como afirmó el ya mencionado Rufo Caballero, quien dicho sea de paso supo descubrir desde el primer momento las cualidades de una obra que se va haciendo más madura con el paso del tiempo: “la ductilidad de los apócrifos y las dotes para el desdoblamiento vocal nos colocan ante una escritura de inconfundible identidad temporal”.

Y he aquí una de las claves para entender que detrás  de la recurrencia a textos y autores de los tiempos más distantes, hay un sentido de actualidad en la poesía de Padrón que nos acerca a la trascendencia de sus referentes convirtiéndolos en autores vivos más allá de la época en que transcurren sus realizaciones.

Hay un trabajo de acumulación en este juego, que no lo es tanto con la literatura. Porque Frank Padrón posee el rigor necesario para expresarse con la supuesta voz de sus objetos, pero sabe autentificarlos hasta el punto de conseguir la más absoluta identificación con los lectores contemporáneos.

He dicho en alguna parte que, de todos los libros de poemas de Frank, es Conversaciones en la luz el que considero más logrado. En este volumen, que refuta un conocido verso del gran Eliseo Diego, hay una madurez en el decir que permite una comunicación más diáfana, a pesar de inscribirse en la misma línea de sus cuadernos anteriores.

La universalidad de esta poesía nos hace recorrer diferentes etapas, nombres y países que son sintetizados por una cubanía de pura esencia, al modo de los origenistas, que bebieron de todas las fuentes para entregarnos un mundo signado por un país capaz de asimilarlo todo y convertirlo en otra cosa: la transculturalización que tan bien definió Fernando Ortiz.

Por último, quisiera resaltar los vasos comunicantes existentes entre la prosa y los textos poéticos del autor de Pura Semejanza. Como si la poesía no le alcanzara, Frank Padrón apela con frecuencia a la biografía, la mayor parte de las veces apócrifas, de sus heterónimos para comunicar mejor sus intenciones y abrir paso a ese juego entre su yo y los otros que lo transforma en un digno heredero de Fernando Pessoa.

Al contrario de Rufo Caballero, no deseo poner a competir aquí a todas las facetas del escritor. Baste señalar que su poesía es quizás la zona menos divulgada de una obra que ya se vuelve imprescindible por sus aportes a la cultura cubana.

Y es esta manifestación la que resume toda esa obra crítica, ensayística e investigativa, que está muy lejos de lo arqueológico, porque este autor ha sabido encontrar en todas sus fuentes los puntos de conexión imprescindibles entre el pasado y la posmodernidad que padecemos.

Poesía para lectores cultos, pero también para aquellos que podrán disfrutarla, a medias, es verdad, sin necesitar de la erudición a la que nos conmina el autor de Pura Semejanza.

Editado por Heidy Bolaños