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Consideraciones sobre el libro Crónicas de un fracaso imperial de Carlos Alzugaray (II)

Jorge R Ibarra Guitart, 07 de octubre de 2019

Uno de los temas que me complace leer en este texto es el reconocimiento que hace Carlos Alzugaray al peso que tuvo la prensa liberal y algunos congresistas estadounidenses, en el cambio de perspectiva que experimentó el Departamento de Estado hacia los asuntos cubanos, entre 1957 y 1958. En los años 50 tuvo lugar una batalla de ideas impulsada por distintos sectores progresistas para conquistar la opinión pública internacional, particularmente la de Estados Unidos. A ello se llegó a partir del rechazo a la política represiva del régimen batistiano, la sangre derramada por el pueblo cubano impactó en el parecer de muchos estadounidenses.

Podemos decir que la autorización por Estados Unidos de una incautación parcial en la venta de armas a la dictadura, se logró por la movilización de la sociedad civil norteamericana ante la creciente resistencia popular de los cubanos contra la tiranía. El embargo en la venta de armas aunque se aprobó en el último año de la dictadura y no se cumplió estrictamente, en la práctica favoreció el avance de las fuerzas rebeldes, a pesar de que siempre tuvieron que enfrentar una correlación en hombres y armas que les fue adversa. En ese sentido resulta significativo que la dictadura cubana manifestara ansiedad y desesperación por lograr el armamento pactado con los Estados Unidos el cual nunca le llegó.

Una situación diferente se hubiera conformado en el caso de que la dictadura obtuviera un refuerzo bélico significativo de Washington o que Batista hubiera logrado involucrar a tropas estadounidenses en el conflicto interno. Por cierto, no faltaron las maniobras del dictador para implicar a ciudadanos estadounidenses en la guerra de liberación y hacer que su gobierno aprobase una intervención directa. Todos esos intentos fracasaron por la sabia conducción de las tropas rebeldes por parte de Fidel Castro. Los rebeldes no cayeron en las distintas celadas que les puso el dictador Batista, para que se enfrentasen a tiros con los militares estadounidenses de la base naval de Guantánamo.

Uno de los objetivos que perseguía el Departamento de Estado con el embargo de armas era presionar a Batista para que negociara unas elecciones con las que se pudiera evitar el triunfo del movimiento revolucionario en armas.  Washington a última hora apostaba por que pudiera emerger una tercera fuerza alternativa que permitiera recomponer el orden institucional neocolonial. No obstante la maniobra era tardía porque ya los partidos tradicionales de oposición se hallaban aquejados de una fuerte crisis, como resultado de la negativa continuada del régimen a negociar una salida pacífica a la inestabilidad nacional.

En su libro, Alzugaray afirma que el embargo en la venta de armas no impedía al gobierno de Batista adquirir armamento en otros países y que los Estados Unidos no hicieron gestión alguna para impedirlo. Al respecto quisiera precisar que existen documentos del Departamento de Estado donde se les hacen advertencias a terceros países para que no le vendieran armas a Batista pero estos son de una fecha cercana al fin de la dictadura. Antes  de eso el gobierno cubano había adquirido otras armas en diversos países para burlar el embargo estadounidense. No obstante, en esos momentos Estados Unidos insistía en presionar fuertemente a Batista para que accediera a una negociación con algunos partidos de la oposición lo que podría dar paso a una transición donde ellos mantendrían el control de la situación interna en Cuba. Batista estuvo al tanto de esas maniobras que le impedían actuar libremente para mantenerse en el poder y las denunció ante el embajador Smith quien lo seguía respaldando.

Por otro lado, debo reconocer el método acertado aplicado por Alzugaray para analizar las diferencias de criterio entre las instituciones estadounidenses encargadas del diseño de la política exterior. Me refiero, por una parte, al Departamento de Estado y la CIA que tomaron distancia de la dictadura y por la otra al Pentágono y el embajador Smith que decidieron apoyarla bajo cualquier circunstancia.

Al propio tiempo Alzugaray valora con efectividad la discusión que se llevó a efecto entre el Departamento de Estado y la dictadura batistiana a raíz de una denuncia que hizo el diario The Washington Post sobre la manipulación  que el gobierno cubano hacía del Programa de Asistencia Militar (MAP por sus siglas en inglés). Las armas otorgadas a Cuba por ese programa tenían un limitado empleo atendiendo tan solo a una eventual agresión extranjera pero la dictadura las estaba empleando en su ofensiva en la Sierra Maestra. Otro asunto que reclamó la atención detallada del autor fue la llamada “Operación antiaérea” ejecutada por los guerrilleros del Segundo Frente Oriental. La operación consistió en tomar como rehenes un grupo de ciudadanos estadounidenses para evitar los bombardeos indiscriminados de la aviación; de esa manera se llamaba la atención sobre los crímenes que se cometían. Además se aprovechó dicha situación para denunciar el uso de bombas estadounidenses por la aviación de la dictadura las que les fueron suministradas desde la base de Guantánamo.

En el libro Crónica de un fracaso imperial se demuestran fehacientemente las manipulaciones del embajador Smith para cambiar la política del Departamento de Estado, dirigida a  presionar a Batista y negociar una salida pacífica. Smith lo intentó de diversas maneras: ocultando o tergiversando información sensible a sus superiores y también presionándolos para que eliminaran el embargo a la venta de armas a la dictadura. De hecho se llegó a una transacción entre los Estados Unidos y el régimen castrense en el sentido de que a cambio de mantener la prohibición en el suministro de armas, Washington permitiría que la dictadura dispusiera de las tropas élites del Programa de Asistencia Militar (MAP) para emplearlas en la represión interna. Según ese acuerdo, estas tropas élites solo se podían destinar al enfrentamiento con una potencia extra continental dentro de la concepción de la Guerra Fría, o sea para enfrentar el peligro del comunismo.

Por otro lado resulta muy interesante lo que este texto expone sobre los pagos de impuestos que el Ejército Rebelde le exigía a las compañías estadounidenses que radicaban en sus territorios. Había tensión en las altas esferas del gobierno norteamericano, pues se temían represalias de parte de los rebeldes si no producían los pagos. En el Departamento de Estado se manifestaron dudas de cómo proceder porque también algunos partidos políticos habían solicitado dinero, finalmente se decidió rechazar las reclamaciones de pago de impuestos a cualquiera de las partes solicitantes.
 

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