Onelio Jorge Cardoso, los espejuelos y "algunos días recorridos"
Emilio Comas Paret, 25 de agosto de 2010
No encuentro otra manera de decir que la virtud fundamental de Cardoso es que, en verdad, no hay una sola mentira. Él dice exactamente lo que considera que es la verdad, y eso es lo que dice él.
Gabriel García Márquez
El narrador Onelio Jorge Cardoso ha sido considerado desde siempre como el Cuentero Mayor de Cuba y uno de los más importantes narradores de América.
Nació en Calabazar de Sagua el 11 de mayo de 1914. Por dificultades económicas solo pudo terminar el bachillerato, en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara.
Su primer cuento lo escribió siendo un niño, con el fin de participar en un concurso literario convocado por una revista de la época. El tema, según contaba el propio Onelio, tenía que ver con un anciano que de tanto caminar había gastado “en el camino de los días y las noches sin parar”, ocho bastones de hierro. Desde entonces dos cualidades florecieron en el oficio de Onelio, la síntesis y la sugerencia, porque el propio hecho de que el personaje gastara ocho bastones de hierro caminando, exponía, con síntesis el inacabable caminar del anciano y a la vez sugería su trastornado andar. Decía también que este había sido su primer gran fracaso literario, porque después de enviar el cuento, recibió a vuelta de correos una carta que decía: “al niño fulano, que vaya a la escuela y aprenda ortografía”, así, a lo brusco, sin una sola palabra de estímulo.
No obstante siguió intentándolo y en 1936 ganó un concurso de cuentos de la Revista Social.
No es hasta la década de los 40 que empieza a darse a conocer, cuando logra menciones en el entonces prestigioso Concurso Alfonso Hernández Catá, y obtiene finalmente el primer premio, en 1945, con su magnífica obra "Los carboneros”.
En ese propio año publican en México su primer libro, Taita, diga usted cómo.
Como que desde hace mucho tiempo “nadie vive del cuento” en Cuba, tiene que realizar diversas labores, entre ellas la de vendedor ambulante, viajante de medicina y maestro rural, labor que desempeña, junto a Raúl Ferrer, en una pequeña escuela del Central Narcisa en el municipio de Yaguajay de la provincia de Sancti Spiritus.
En 1948 se instala en La Habana. En ella trabajó, como redactor de noticiero en la Emisora Mil Diez; escribió además libretos para la radio como la famosa radionovela “Montejíbaro” y fue Jefe de Redacción del noticiario cinematográfico Cine-Revista.
En 1952 obtuvo el Premio Nacional de la Paz, por su cuento “Hierro viejo”, el primer cuento antibelicista que leí en mi vida.
No es hasta 1958 que aparece su segundo libro, El cuentero, editado por la Universidad Central de Las Villas.
Después del triunfo de la Revolución Cubana, desempeñó varias responsabilidades: dirigió el Instituto de Derechos Musicales, fue jefe de reportajes especiales en el periódico Granma, jefe de redacción de Pueblo y Cultura y del Semanario Pionero. También trabajó como guionista de documentales en el ICAIC y en la Sección Fílmica del Ejército Rebelde. Desde 1961 perteneció al Ejecutivo de la Sección de Literatura de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y luego fue presidente de la Asociación de Escritores de la propia institución por varios años.
Su tercer libro fue El caballo de coral, título que toma de uno de sus mejores cuentos, y que salió publicado en 1960.
Los Cuentos completos del autor fueron publicados en 1962 y ambientados con dibujos de René Portocarrero.
Ese mismo año publica Gente de pueblo, una colección de reportajes con fotos de José Tabío, y prólogo de Samuel Feijóo.
En 1964 aparece un nuevo libro de cuentos, La otra muerte del gato y obtiene el Premio 26 de julio por su reportaje “Santiago antes del 26”, que fuera publicado en la revista Pueblo y Cultura, en octubre de ese año.
En 1969 ve la luz el texto Abrir y cerrar los ojos que pone de manifiesto la injusticia de aquellos que lo tildaban de “folklorista” y “criollista”, según sus propias palabras. Este libro, desde mi punto de vista, marca una nueva manera de narrar de Onelio, va hacia una suerte de “realismo mágico cubano”, (estoy casi seguro de que cuando Onelio escribe este texto no ha leído la obra del entonces desconocido Gabriel García Márquez), donde echa a volar la imaginación de manera increíble y logra metáforas atrevidas, razonamientos hiperbólicos y sucesos desmesurados que el lector asume como verdaderos, gracias a la magia y la gran literatura que crea.
Luego quizás vuelva sobre este tema, ahora, para que no quede en el tintero, decirles a quienes no lo sepan, que cuentos suyos fueron también publicados en Rusia, Hungría, Rumania, Polonia, y algunos relatos se recogieron, además, en siete antologías editadas en Moscú, Sofía, México, D.F., etc., así como en otras siete publicadas en La Habana.
En 1974 se publica El hilo y la cuerda que posteriormente es traducido al francés y editado en París en 1982, y Caballito blanco, que recoge la mayoría de los cuentos para niños que previamente habían sido publicados en revistas o en otros libros. Este volumen se tradujo casi inmediatamente y apareció, en sus respectivos idiomas, en Praga, Bratislava y Riga.
La colección Letras Cubanas editó, en 1975, un nuevo volumen con toda su producción cuentística hasta ese año, bajo el título de Cuentos; luego fue traducido al polaco y publicado en Cracovia en 1980.
En los años siguientes fueron editadas selecciones de los cuentos de Onelio Jorge, en títulos como La melipona (1977), Crecimiento (1980), Cuentos escogidos (1981), entre otras, publicadas tanto en Cuba como en el extranjero.
En 1976, se desempeñó como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en Perú, y a su regreso fue elegido Presidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC, cargo que desempeñó hasta su muerte.
Una nueva colección de sus reportajes, esta vez de los realizados después de 1959, aparece en 1981 con el título de Gente de un nuevo pueblo.
En 1983 le fue conferida la condición de Doctor Honoris Causa por la Universidad Simón Bolívar, de Bogotá, Colombia; y recibió el mismo grado honorífico en la Universidad de La Habana en 1984.
Su último libro para adultos, La cabeza en la almohada fue publicado en 1983, y Negrita, una magnífica noveleta para niños, en 1984. Tuvo una segunda edición en 1985 en España.
Su último cuento para adultos, “La presea” que es poco conocido, fue publicado en la Revista UNION.
Onelio Jorge Cardoso falleció repentinamente en La Habana, con solo 72 años, el 29 de mayo de 1986 víctima de un accidente cerebro – vascular.
En el año 1992 la periodista Bárbara Doval me hizo una entrevista con la intención de conocer los lazos de amistad que tuvimos Onelio y yo. Aquí les paso unos fragmentos de la misma:
“Con su permiso Onelio”
B. Doval • La Habana
Recuerdo que comenzábamos hablando de aquella u otra referencia en los cuentos de su esposo, de cómo se comprometieron y compartieron sus vidas, cómo cuidaron de sus hijos y nietos, de ese padre fabulador, soldado de la guerra independentista que en sus últimos años identificaba el televisor con una ventana, y de pronto, nos sorprendíamos repasando la receta de un sabroso pastel o descifrando misterios de las plantas que adornaban la terraza de la casa. Así de vital me llegaba el hombre que una vez Benedetti calificara como “cronista de almas”. Entre charla y charla con Cuca, la viuda de Onelio también me hizo la anécdota acerca de unos espejuelos que me llevó a localizar a Emilio Comas Paret para esta entrevista.
Llegué a usted a través de la anécdota de unos espejuelos…
Fui compañero de trabajo de Onelio Jorge Cardoso durante muchos años. Fue un privilegio que tuve. Él tuvo muy buenos amigos en la UNEAC y yo, entre ellos. Un día con mi locura, dejé caer mis espejuelos al piso y yo los necesito mucho para leer, no así para ver de lejos. Los espejuelos se cayeron y se rompieron. Todo el mundo sabe que la reparación de los espejuelos demora y yo estaba como mutilado. Entonces Onelio me dijo que tenía un par de espejuelos en casa que ya no usaba porque le quedaban largos y fuimos a su casa para ver si me servían. Cuando los vi, me di cuenta de que esos espejuelos aparecen con él en muchas fotos, son unos espejuelos con el aro dorado o de oro, no sé bien. Era muy simpático porque eran bifocales y yo podía leer por la parte de arriba, es decir, lo que a él le servía para ver de lejos, a mí me servía para leer. Me quedé con los espejuelos, incluso después de que repararon los míos. En eso llegó el accidente de Onelio y al cabo de unos días, yo fui y se los llevé a Cuca, la viuda y ella me los regaló. Los atesoro como el recuerdo de un amigo entrañable.
Cuentan que en sus últimos días escribía “La presea”…
Sí, “La Presea” fue su último cuento, y a la vez, el primero después de un gran bache, o como se dice en el béisbol, un gran slum. Onelio quizá se pasó años sin escribir y eso lo atormentaba, a veces decía que ya estaba seco y nunca más volvería a escribir un cuento y así llega “La presea”. Una tarde me invitó a su casa diciéndome que me leería lo que tenía escrito, sacó una botella de ron muy vieja y llena hasta la mitad y sirvió dos tragos, uno para él y otro para mí. Onelio no bebía, bebía muy poco, a mí sí me gusta y él lo sabía. Entonces brindamos por aquel cuento y me lo leyó, aun sin terminarlo, y me contó como lo terminaría. Era un cuento muy simpático que ya tenía en la cabeza. Yo le dije -bueno por qué no te sientas y lo escribes, y ya sales de eso-, y me dijo que -no, estas cosas hay que hacerlas poco a poco, hay que medir muy bien las palabras que se ponen-. Eso para mí fue una experiencia, fue una lección tremenda, porque cuando uno lee profundamente a Onelio se da cuenta de que aquella simplicidad aparente en la forma de su literatura, tiene en el fondo un enorme trabajo de oficio de artesano, y no hay palabra que sobre ni que esté mal situada ni mal ubicada. Eso me demostró lo cuidadoso que era Onelio con la estructura de sus cuentos. “La presea”, por otra parte, no es un cuento que yo crea que sea de los mejores. Lo pensé y se lo dije. A veces me he puesto a pensar y creo que es un cuento de transición para iniciar una nueva línea en su cuentística, más relacionada con el humor, ya presente aunque de manera muy sesgada, en alguno de sus cuentos. Tenía que ver con un sarcasmo muy fino, con lo que llamaríamos chabacanamente, “la jodedera criolla”.
Creo que su cuento “El verano es así” donde pinta diferentes tipos humanos es clara evidencia de su gran poder de observación…
Yo considero que una de las mejores cualidades que tenía Onelio era, precisamente, el poder ver lo que los humanos comunes no vemos. Él era capaz de vislumbrarlo, tenía un sentido de la observación increíble y una facilidad para asimilar esas peculiaridades en el accionar de distintas personas. Y eso, uno lo observa no solo conociendo a Onelio, también a los personajes de sus cuentos que no son nada arquetípicos, están muy bien definidos, muy genuinos, tienen una forma muy particular de ser y hacer. En estos momentos me acuerdo de Moñigueso, por ponerte un ejemplo, un personaje tan bien definido al punto de que a mí me pasa algo curioso. Tal vez, a los lectores les suceda igual. Los personajes de Onelio viven delante de uno, adquieren forma, una manera de expresión, de caminar, una manera de mirar, que uno les reconoce fácilmente.
Usted habla de amistad entrañable,¿cómo debían ser los amigos de Onelio?
Bueno, el problema de la amistad es muy complejo. Hay un viejo proverbio que dice que el amigo es más que el pariente que se admite, pues el amigo se escoge. Yo tuve la suerte de ser amigo de Onelio, de muchas maneras me lo demostró siempre. Onelio era una gente encantadora, desprendida, te daba mucho espiritualmente, pero también exigía mucho, era celoso con la amistad, y resultaba muy simpático porque era muy susceptible, ofrecía tanta sensibilidad que sufría también sensibilidad. Tenía que sufrir por cualquier cosa porque era capaz de vibrar con cualquier cosa, y era así un amigo entrañable, excelente. Onelio me llevaba unos cuantos años, y nosotros nos llevábamos como si fuéramos compañeros de la misma generación, de la misma edad, nosotros disfrutábamos con él y él con nosotros a partir de una manera muy espontánea y cariñosa.
Entonces, ¿qué cualidades le gustaban de las personas y cuáles rechazaba?
Onelio justificaba mucho la honestidad y la sinceridad. A esas personas afectadas, que quieren tratar de demostrar lo que no son realmente, las que quieren pasar “gato por liebre”, que se venden de una forma y son de otra, no las podía ver, para él era gente deleznable. Aborrecía hasta el sufrimiento, la burocracia y los trámites burocráticos. Sin embargo, él se encontraba con una persona llana, una persona simple, franca y se veía que se trataba con esa persona como pez en el agua, como si estuviera en su elemento; se veía tranquilo, incluso risueño, porque Onelio era de muy buen carácter y prefería la honestidad, la sinceridad, la llaneza en la actuación, el no desdoblamiento de las personas.
A pesar de la diferencia de edades, no creo que usted lo vea como algo inalcanzable sino cercano, siento que conversa con él cuando se le antoja.
Martí decía que la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida, y Onelio es de esos hombres que cumplieron en su totalidad la obra de la vida. Su obra está ahí y está viva. Onelio para nosotros no ha muerto. Lo recordamos cada dos o tres días en muchas conversaciones, me parece que en cualquier momento (a mí al menos me da esa impresión) va a aparecer con una de las de él, a hacerme un cuento, a hacerme un comentario jocoso como él hacía. Realmente yo no lo siento como una pérdida absoluta, sino como una pérdida temporal.
A pesar de ser un gran observador cuentan que era un poco distraído.
Sí, era una de sus cualidades. Pero es que tenía que ser distraído, porque una gente tan atenta a una serie de cosas que solo él veía y que el ser humano común no ve, tenía que ser distraído con lo que comúnmente uno no se distrae. Yo recuerdo que el montarse en un auto con Onelio al timón era jugarse la vida, lo mismo se llevaba una roja, que una verde o una amarilla, y que paraba en el PARE o no paraba. Vivíamos relativamente cerca y me llevó varias veces a la casa en su auto. Cada vez, tenía que explicarle el camino, pues no se lo aprendió nunca. Él era así, con cosas que no te encuentras en una persona completamente normal, pues Onelio era “anormal” para bien.
Muchos hablan de su sencillez, y hasta timidez…
Yo no creo que fuera tímido, lo que tenía era una excesiva sencillez. Era tan sencillo que le molestaba cualquier tipo de lisonja, cualquier tipo de homenaje; eso lo destacaba en el medio donde nos movemos, donde la vanidad aflora con tanta frecuencia, sobre todo en la gente que no debiera, por la falta de talento que tienen.
Como crítico, ¿por qué piensa usted que la literatura de Onelio tiene tanto impacto?
Onelio tenía mucho que decir, había vivido mucho y había mirado el mundo por dentro y por fuera. Era alguien con un agudo sentido de la observación y con principios éticos muy definidos y limpios. Todo el mundo es capaz de entender a Onelio, por eso, él tiene un público lector tan amplio, no solo por la literatura de corte social que manejó con agudeza y limpieza, sino por la otra literatura, cuando la imaginación se soltaba al vuelo. Creo que el secreto está en la fuerza narrativa de su obra.
Aunque no lo reconocía, creo que en su obra constantemente aflora la poesía.
Decía que él no era poeta, me parece que eso era fruto de su modestia exagerada. Onelio fue un buen poeta aunque no sé, creo que nunca escribió un poema como tal, pero su prosa está llena de poesía, de belleza, esas metáforas que él lograba hacían de su prosa un gran poema. Recuerdo unos reportajes que publicó sobre el mar y los hombres del mar y recuerdo su periodismo literario con una fuerza y belleza tremendas y genuinas en cada género que escribiera.
A pesar de la amistad que los unió, sé que nunca pudo compartir con él la pesquería, uno de sus entretenimientos, pero atesora anécdotas relacionadas con el tema.
Recuerdo que una vez le hicieron un homenaje en Cojímar y aunque me invitó, no pude estar, pero como parte del homenaje lo llevaron a pescar. Ese día pescó un pargo grandísimo y venía de lo más contento con su presa. Cuando nos vemos, me enseña el pez y enseguida se muestra desconfiado por si el pargo lo hubiera pescado realmente él, o se lo hubieran puesto en el anzuelo, cosa totalmente ilógica. Y es que a veces se comportaba como un muchacho y entonces, no sabías si lo decía en serio o también como parte de sus bromas.
¿Qué pudiera decirle a quien no se haya acercado a la obra de Onelio Jorge Cardoso?
Yo creo que para un cubano no conocer a Onelio Jorge Cardoso, es como para un español no conocer a Miguel de Cervantes y Saavedra, y no creo que exagero con la comparación, aunque no sean las comparaciones lo más aconsejable. Estoy seguro de que si estuviera vivo no le gustaría que yo estuviera hablando de él, pero le pido permiso para decir que si un escritor ha sido genuino con su país, con su gente y con sus costumbres ha sido Onelio y su literatura. Aun se debiera profundizar más en la obra de este hombre que fue tan sencillo y que no le interesó brillar. Fue profundamente revolucionario, muy vinculado a los principios de la Revolución Cubana, de una cubanía muy fuerte sin caer en posiciones folcloristas. De un gran humor y sabía detectar ese tipo de cosas dentro de la gente común, él sabía sustraer los mundos interiores de los seres humanos y hacerlo literatura. Tengo un amigo que me dice que en Cuba todo es barroco, hasta el cuerpo de las mujeres. Siguiendo ese criterio pienso que la prosa de Onelio es florida, y que como cubano al fin encierra barroquismo en la forma, lo que hacía preciosa la palabra en su pluma.
Fin de la entrevista.
Hoy si usted visita mi casa, se encuentra que en uno de mis libreros, está la foto clásica de Onelio con los espejuelos dorados, e inmediatamente debajo están los propios espejuelos.
En ocasiones su obra fue tildada de “criollista”.
El criollismo fue una tendencia de la cuentística cubana en las décadas de los 40 y los 50 del siglo XX, que se caracterizaba por hacer crítica social, partiendo de historias de personajes cotidianos y generalmente de pobladores de pequeñas localidades, manifestando además una crítica, velada o no, sugerida o precisa, a los desmanes de la seudo república de entonces.
Sin embargo con la aparición de Abrir y cerrar los ojos en1969, aflora una corriente imaginativa, fantástica en la narrativa de Onelio, que marca un punto de giro en su obra, al acercarse más al mundo interior del autor y a la experiencia acumulada, donde se reflexiona sobre temas como la propia vida vivida, la muerte, la misma literatura, etc.
Otra vertiente del Onelio abuelo es su literatura infantil.
En Tres cuentos para niños publicado en 1968 y Caballito blanco hecha a volar la imaginación y deja al final una enseñanza a través de la acción.
Nunca publicó una novela, pero en cierta ocasión escribió una, estando en Perú como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba. Me contaba que una tarde o noche mientras la revisaba, la encontró tan deficiente, (cosa común que nos pasa a casi todos los escritores cuando leemos nuestra obra terminada), que la tiró al fuego de la chimenea. Y nunca más pudo volver sobre ella. Sin embargo, a los niños les dejó el regalo de Negrita, una noveleta cuya protagonista es una pequeña perra. Recuerdo que cuando me dio el libro, que todavía conservo, con su letra de “escolar sencillo” me puso una increíble dedicatoria: “Comas, me hace falta que te leas esto y me des tu opinión. Onelio.” Era inaudito, un maremagnun de modestia, el maestro, pidiéndole criterios al alumno.
En fin, para terminar voy a contar una anécdota que nunca he contado. Sucedió que en aquel entonces un grupo de uruguayos ex – tupamaros que estaban exiliados en Suecia, hacían una revista literaria muy hermosa, titulada la Revista del Sur, que estaba dirigida por Federico Ferrando, sobrino de aquel Federico Ferrando que es ese otro grande de la literatura, Horacio Quiroga.
El caso es que mi amigo Pepe Viñoles, también uruguayo y del grupo fundacional de la revista, me escribe diciéndome que querían hacerle un homenaje a El cuentero mayor, y que para ello querían que Onelio les mandara un original, y como yo estaba tan cerca de él, debía conseguirlo.
Hablé con él y muy apesadumbrado me dijo que no tenía nada, que hacía años que no escribía, que estaba temeroso de haberse agotado para siempre, y así, enumeró todos esos miedos que siempre tenemos los creadores. Yo intenté decirle cuatro cosas que le levantaran el ánimo y no hablar más del tema, cuando los ojos se le iluminaron y me dijo: Mira, hace muchos años yo di una conferencia en la Biblioteca Nacional y tengo un texto que lo que tendríamos es que “convertirlo en literatura” para poder publicarlo, pero yo no tengo deseos, si tú lo enfrentas…
Como que siempre me consideré su alumno, supuse que no me sería difícil hacer lo que me indicaba, me entusiasmé y le dije que si, pero con la condición de que él lo revisara bien y lo cotejara a su manera antes de enviárselo a los uruguayos.
En eso quedamos. Entonces al otro día me trajo la conferencia en un original que aún conservo, que ahora mismo está aquí al lado de mi computadora. El trabajo se titula “Algunos días recorridos. Tiene un exergo de un cuento de La otra muerte del gato, dice encima, en manuscrito: Ciclo: “El autor cuenta su obra”, en un costado “Leído en la Biblioteca Nacional en septiembre de 1969” y en la esquina del extremo derecho, entre signos de admiración dice: “Comas”. Era como un mandato.
Yo empecé a hacer el trabajo, que me resultó más engorroso de lo que pensaba. También tenía algunos problemas laborales, cuando aquello era director de Ediciones UNION y todo esto me impidió avanzar más rápido. El asunto fue que cuando iba ya por la mitad, Onelio murió de repente.
No obstante terminé el trabajo, con él en la mano fui a ver a Cuca, le conté todo lo acontecido, me autorizó a publicarlo y salió publicado en la Revista del Sur junto a otros trabajos de varios intelectuales cubanos en el número de homenaje póstumo a Onelio.
Cuando se inició el Período Especial, que todo se complicó mucho, entre otras cosas se dejaron de imprimir libros, básicamente por falta de insumos, y un grupo de compañeros encabezados por Fayad Jamis, Pedro de Oraá y yo empezamos a hacer los plaquetts, de los cuales algunos autores hoy no quieren acordarse. Pero la vida es así, entonces, a sugerencia mía y con la anuencia de la presidencia de la UNEAC de aquel entonces, hicimos uno con el trabajo publicado en Suecia.
Por razones ajenas a mi voluntad y a la voluntad de la institución, ese trabajo no llegó al público lector, toda la tirada fue guardada en un almacén que a los pocos meses sufrió el derrumbe de su techo ante un temporal de los que suelen agredirnos, y todos los plaquetts se mojaron y fueron desahuciados.
Yo me quedé con uno y además, conservé un ejemplar de la Revista del Sur. Pero ahora no sé si fue en la última “organización” que hice de mis libreros, el caso es que ni el plaquet ni la revista aparecen.
No me desespero, quizás algún día los encuentre mal ubicados por ahí, o la persona a quien los presté me los devuelva, o mi amigo Pepe Viñoles me consiga un ejemplar de la revista y me lo mande por correo desde Suecia, en fin, no me gustaría morir sin dar a conocer este “concierto a dos manos” que ofrecí con ese grande de la literatura latinoamericana.