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¿Una sobrevivencia deseable?

Basilia Papastamatíu, 13 de abril de 2010

Desde su aparición en  el año 2006, la novela de José Saramago Las intermitencias de la muerte, publicada ahora en Cuba por la Editorial Arte y Literatura, suscitó críticas marcadamente contradictorias, unas la ensalzaron y otras manifestaban algún grado de decepción. Pero sí ha predominado el criterio de que aún sin ser una de sus obras mayores, no desmerecía la calidad habitual del autor.

Y como comparto este último criterio, después de leerla, pienso igualmente que reúne los suficientes valores como para recomendar su lectura, del mismo modo que todas las demás obras de Saramago, por las que este escritor portugués obtuvo con justicia el Premio Nobel en 1998.

Aunque Saramago publicó su primera novela Tierra de pecado en 1947, el éxito literario le llegó recién en 1980 con la publicación de su primera gran novela, Levantado do chão.

Nacido en Azinhaga, en 1922, de familia campesina y de escasos recursos, Saramago no pudo acceder a la educación superior y durante su juventud ejerció oficios diversos; pero por su capacidad autodidacta y su talento se convirtió en uno de los mayores escritores no sólo de Portugal, sino también del mundo. Además de narrador es periodista y dramaturgo. Sus preocupaciones políticas y sociales lo conducen a militar en el Partido Comunista. Sufrió censura y persecución durante los años de la dictadura de Salazar. Entre sus novelas más reconocidas y leídas figuran, recordemos: Memorial del convento, 1982; Historia del cerco de Lisboa, 1989; El Evangelio según Jesucristo, 1991 y Ensayo sobre la ceguera, 1996.

Las intermitencias…tiene como  principal mérito el haber logrado algo muy difícil: convertir en protagonista absoluta a la muerte, que como temido e irremediable destino final nos aguarda a todos, a pesar de todos los mecanismos de defensa que empleamos para ignorar su existencia. Saramago hace de una muerte antropormorfoseada y omnipresente, una realidad que no podemos eludir en ningún momento. Nos obliga a pensar en ella a través de una elucubración fantástica que funciona como una sucesión de hipótesis en las que debemos reflexionar para aceptarlas o desecharlas.

Esta novela, parte del supuesto de que la muerte deja de pronto de desempeñar su labor aniquiladora  en un país que nunca se nombra, y esto hace que la vida se eternice sin remedio. A partir de allí se desencadenan los más imprevisibles e inimaginables problemas, algunos de gravedad catastrófica e imposibles de evitar, frente a los cuales el estado y la misma población del país buscan infinidad de soluciones, generalmente  inoperantes y patéticas, porque al aplicarse desencadenan, a su vez, situaciones peores.

Y cuando ya se llega a un irrisorio status quo que permitiría  soportar la fatalidad de una sobrevivencia peor que la misma muerte, de súbito todo se revierte, la parca reaparece sorpresivamente para desempeñar de nuevo su función destructora de la vida.

Pero comienza a aplicar un sistema de pre-aviso, supuestamente para que los sucesivos elegidos  tengan un tiempo para arreglar sus asuntos en la tierra antes de perecer; pero esto, como un mecanismo perverso, volverá a complicar seriamente las cosas. Por otra parte, a medida que la imagen de la muerte va adquiriendo, cada vez más, atributos humanos contradictorios con su verdadera misión en el mundo, deberá pagar también el precio de esta excesiva humanización.

Es así que a partir de la segunda mitad del libro, la muerte experimenta insólitamente una reacción sentimental, inconciliable con su razón de ser, haciendo que el relato enrumbe hacia un final totalmente inesperado, que por supuesto no debemos contar, pero que no es tampoco un verdadero final, sino otra vuelta de tuerca del imparable desencadenamiento de sucesos de ningún modo predecibles.

Al mérito de esta singular trama habría que agregar el de la multiplicidad de pensamientos, conductas y acciones que, a causa de este vaivén entre mortalidad e inmortalidad, se manifiestan y aplican tanto a nivel político como social, y la forma descarnada en que nos revelan hasta qué extremos de vileza, complacencia o degradación moral, pueden caer los hombres ante situaciones límites que le son intolerables y bajo el imperativo de la propia sobrevivencia.

Saramago persiste también, en esta novela, en su acostumbrado discurso de largas tiradas con un buscado efecto monocorde, como si quisiera evitar recursos y efectos llamativos del lenguaje que puedan distraer la atención del lector, y le impidan concentrarse en lo principal para él: el  vigoroso flujo conceptual en el que las ideas se desencadenan y encadenan al infinito. No se trata pues de un recorrido agradable por un discurso atractivo, colorido y simpático, sino obstinada y densamente reflexivo. El único pero salvador y esencial respiro que nos ofrece este maestro de la narrativa, es el humor que, con irónico e implacable  cinismo, va acentuando la secuencia de miserias humanas que los acontecimientos suscitan, sin indulgencia alguna, pero con la suficiente distancia como para que el lector elija a quién aborrecer o con quién identificarse y solidarizarse, si con el autor, con la muerte o con los habitantes-víctimas  del país elegido por la muerte para su cruel experimento.

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