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Pailock el prestidigitador: una poética trascendente

Alberto Garrandés  , 16 de mayo de 2016

Pailock el prestidigitador, aquella extraña noveleta aparecida hace cincuenta años en la colección El Dragón, es la primera parte de Pailock, la novela que Ezequiel Vieta estuvo escribiendo desde inicios de los años cincuenta del pasado siglo y hasta fines de los ochenta. Si uno cuenta bien, serían como treinta años. Pero se sabe que Vieta interrumpió varias veces el crecimiento de su libro, una obra catedralicia y por completo inusitada que al fin vio la luz en 1991, tras un complicadísimo proceso de edición e impresión, en la Feria del Libro de ese año.

Tuve la suerte de ser el presentador, hace veinticinco años, de esa novela, que hizo de Vieta una especie de mito literario y un escritor de culto en la narrativa cubana contemporánea. Pero, de hecho, el prestidigitador había salido ya a escena:corría el año 1966 y las cosas eran muy distintas. Ese es, también, el año de El castigo, de Esther Díaz Llanillo; Paradiso, de José Lezama Lima; Los años duros, de Jesús Díaz; El libro fantástico de Oaj, de Miguel Collazo; Ponolani, de Dora Alonso, y Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet. Libros con poder, cada uno de ellos dotados de la capacidad de configurar, de manera muy activa, un micromundo. Lo que anhelo decir es que esos libros no han perdido su legibilidad. Son textos fundacionales que, sin embargo, dialogan con la tradición (es decir, determinadas tradiciones). Si uno se fija bien, el conjunto que acabo de referir es casi un núcleo donde podrían reunirse, en retrospectiva, las principales tendencias del cuento y la novela en Cuba.

Y fue en ese instante cuando aparece Pailock el prestidigitador, un aerolito. La narrativa que, en el contexto insular, no tenía nada que ver con los diversas prácticas del realismo —el citadino, o el rural—, privilegiaba lo prodigioso, la fantasía y las fracturas de la lógica. Sin embargo, en las quimeras, en lo fantástico, en lo maravilloso y en el absurdo cotidiano todavía quedaba justo eso, lo cotidiano, una suerte de inmediatez reconocible.

En esa obra de Vieta, que apuesta por una poética que siempre fue suya, lo inmediato-reconocible se ausenta de un modo radical. Vieta está describiendo la tragedia de un artista en un contexto universal, mítico, zafado de los referentes nacionales, y, claro está, no los necesita. Hay un Espectáculo de Variedades, una especie de circo paroxístico donde lo que cuenta es la visualidad extremada de un universo autosuficiente, y también hay una atmósfera donde cada quien exhibe mucho de sí mismo y sus máscaras. Con los números del Espectáculo de Variedades se hace visible, sin duda, un complejo simbolismo que hace que la metáfora del circo se articule —y esto es decisivo— con la metáfora del carnaval. Y cuando esto ocurre, resulta imposible ignorar un hecho: Vieta estaba haciendo suyas las formas de la novela mitopoética, un organismo que en su caso funciona bajo la influencia de un ingrediente básico: la parodia trágica. Algo de comicidad hay en los hechos de Pailock, un hombre que sueña con el éxito. Pero se trata de la comicidad que proviene de la risotada del destino, la carcajada de Ananké frente a un hombre que quiere hacer de su arte una manifestación de lo divino.

Porque Pailock, un prestidigitador, quiere hacer desaparecer (desmaterializar, escribe Vieta), ante los ojos del público, a su esposa y ayudante: Asmania. Y lo logra. (Yo les recomendaría a ustedes leer ese pasaje: es tenebroso. Y, habiendo sido escrito en fecha tan lejana, nada tiene que envidiarle a la literatura gore ni a esa modalidad donde la ciencia ficción se reúne con el horror.) Pero, tras un apagón, Asmania no retorna, y el número de Pailock falla, queda incompleto, desequilibrado, falto de simetría. Es una actuación asombrosa, espeluznante, aunque no deja de ser excéntrica. La desaparición es un milagro, pero la reaparición restauraría las proporciones y la mesura.

Quien lea Pailock el prestidigitador ahora, se dará cuenta de que continúa siendo una pieza excepcional, estilísticamente separada de todo, pues se aposenta en lo extraño con un vaivén tragicómico casi punzante al relatar una historia anómala, estrafalaria, y, al mismo tiempo, fundar un mundo casi tangible de tan preciso. 

Muchas cosas podrían decirse sobre lo que significó esta obra de Vieta. Fuimos amigos desde 1982 hasta 1995, el año de su muerte, y mucho conversamos sobre el significado de Pailock como personaje. Creo que dos ideas fuertes se relacionan con él. En primer lugar, la agonía cósmica de un tipo de artista que decide que su yo y su identidad terminen de fabricarse en la personalidad sorprendente de su obra, pues ella, la obra, es el sitio y el artefacto donde él adquiere un sentido y un peso para los demás. Y, en segundo lugar, que la literatura es el riesgo de la creación de mundos, de la interrogación del ser, de la desautomatización de la escritura y del intento de trascender las imposibilidades del lenguaje.

Esas ideas fuertes, como las he llamado, aluden a lo que significa escribir y lo que es la literatura. Si antes, en 1966, era importante en Cuba llamar la atención (sin Vieta proponérselo, por supuesto) sobre el acto de escribir y la naturaleza o la médula de la literatura, hoy no lo sería menos, pues estamos rodeados por muchas confusiones —apuntaladas por la vana confirmación de los premios— acerca del escritor y la escritura literaria. Por eso, y por otros motivos que no vendrían a cuento, me parece que conmemorar la salida a escena del ilusionista en 1966, no por sencilla deja de ser legítima, agradecible y significativa.