Apariencias |
  en  
Hoy es miércoles, 23 de abril de 2014; 10:20 AM | Actualizado: 23 de abril de 2014
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 132 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

El librero secreto y otros momentos*

Alberto Garrandés, 15 de abril de 2014

Cero

Hay un tipo de experiencia vital, de la compañía humana y del diálogo sobre la existencia, la escritura y los libros, que, al sublimarse luego del paso del tiempo, al depurarse, empieza a ocupar una estancia donde ni la objetividad ni lo subjetivo importan ya. A esa estancia entro de vez en vez para conversar con Ezequiel Vieta de la misma manera en que lo hacíamos a inicios de los años ochenta —poco antes de que yo terminara mis estudios en la Facultad de Artes y Letras— y a lo largo de esa década, hasta los primeros años noventa. En esa estancia estoy ahora mismo, con ustedes, y todo lo que yo diga sobre esas conversaciones con él, puede estar acariciado por el mito, por el rigor de la descripción de los hechos, o por ambos, pero en ningún caso podría yo faltar a la verdad. La verdad tiene que ver, claro, con lo objetivo y con trazos cabales donde la memoria pervive, pero a veces, muchas veces, la memoria es la huella de las hojas en el viento, y entonces uno debe entrecerrar los ojos, o cerrarlos del todo, para que ciertos gestos reaparezcan, o brillen, reencontrados, como harían ciertos objetos preciosos en una habitación llena de polvo y sombras.

Uno

Cuando entré en la sala-comedor mi mirada se enredó en dos enormes libreros y casi no pude salir de ellos, pero la figura amable de Ezequiel Vieta estaba allí, delante de mí, y me invitó a sentarme y me habló de lo que estaba haciendo. Quería terminar su novela Pailock y tengo la impresión de que por aquellos días escribía a gran velocidad, de acuerdo con un plan (y un plano) que se encontraba laberínticamente diseñado y pegado a un mural. Allí no había nada del “sutil frenesí” ni de la “intuición extática”, como decía Edgar Allan Poe al desconfiar y burlarse de las Musas. Recuerdo haber visto el riguroso tablero (alucinante, además), y recuerdo que hacía mucho calor y que días después iba a recibirme Vieta a unos pasos de la bañadera donde se sumergía, para refrescarse, con una tabla delante de él, una tabla donde había lápices, un cenicero con un montón de colillas y algunas hojas que él procuraba mantener secas. Allí, alguna vez, hicimos ejercicios de traducción a primera vista, con un volumen de relatos de O’Henry y con un texto de Sherwood Anderson. Allí me dijo que el problema del estilo se solucionaba si un escritor sabía no cuál era su estilo, sino el estilo posible de cada una de sus obras, de acuerdo con la índole exclusiva, única, de una trama, de un personaje, de una atmósfera. Esta enseñanza me pareció tan lógica y razonable que desde entonces la asumí de modo visceral.

Dos

Me acuerdo de Vieta leyendo en voz alta algunos fragmentos de La filosofía de la composición, de Edgar Allan Poe, marcados por él con lápiz rojo o azul —solía usar ese lápiz bicolor, tan útil, que ahora casi no existe, pues ha sido sustituido por el marcador de tinta traslúcida e iridiscente—, y recuerdo que esa lectura, pautada por su voz lenta, a ratos laberíntica —a causa de un hilo de Ariadna que marcaba ires y venires de todo tipo—, se hizo en un pequeño cuarto al lado de la sala-comedor. En esa sala-comedor estaban los enormes libreros de donde, tiempo después, saqué la edición de Al revés, de Huysmans, que leí sin pausas, entre otros libros. Pero esa era, lástima, una edición censurada. Faltaba, me di cuenta después, el que se conoce como capítulo 6, y lo único que lamento hoy es que el ensayo que escribí sobre Al revés, publicado luego en Los dientes del dragón junto a otro texto donde me referí al diálogo de la obra de Vieta con la obra de Miguel de Unamuno, tenía como referencia esa edición mutilada. Si Vieta lo hubiera sabido —el libro se publicó en 1999, cuatro años después de su muerte—, creo que me habría dicho que no importaba, o eso anhelo creer, porque las cosas ocurren de un modo preciso para que otras lleguen, o se ausenten, y uno pueda avanzar no hacia adelante, sino hacia el interior de la conciencia creativa.

Tres

Lo que acabo de decir me coloca ante lo que Vieta consideraba su obra mayor: la construcción de su yo.  No es que él fuera un hombre hiperconsciente de su importancia o algo parecido. Le concedía mucha atención a su obra, ciertamente, pero más le preocupaba —y ahí están las interrupciones terribles de la escritura de Pailock— el destino y la configuración de la persona que él era o que él quería ser o creía ser. Esto, como es natural, no sólo influía en su escritura, sino que la moldeaba de mil maneras distintas. Y como se consideraba a sí mismo un pedagogo en el sentido cabal de ese encargo o cometido, no era extraño que el yo y la persona (o las personas) afloraran de continuo en esas conversaciones pedagógicas, por así llamarlas, que se ataviaban con té, con café y, en varias oportunidades, con aguardiente cazalla y, claro, con ajenjo. ¿Cómo era beber ajenjo con Vieta durante un intercambio que involucraba a William Blake, la ética del escritor, o el proyecto de escribir una historia ambientada en un manicomio, entre otros contenidos? Era como embriagarse con el alcohol y embriagarse (en la dilatación de la lucidez) con sus palabras.

Cuatro

La conversación sobre el estilo provenía de Edgar Allan Poe. Yo estaba sentado en un pequeño sillón, no podía ver bien los lomos de los libros que tenía a medio metro, y entonces el pedagogo sonrió y me dijo que girara el sillón. Me dio un poco de vergüenza. Pero igual lo hice y vi que se trataba de un librero secreto, lleno de ediciones de Kafka y Dostoievsky. No recuerdo si era allí donde también estaban las ediciones críticas de Shakespeare —de Hamlet y de Romeo y Julieta, que fueron las que pude hojear, fascinado por la densidad de las notas, más de mil en el caso de Hamlet—, sólo puedo verme allí, leyendo los títulos que aparecían en los lomos hasta detenerme en los Diarios de Kafka y en una edición de sus cartas. Allí, en ese pequeño cuarto, donde sólo había un par de sillones, una cama estrecha, algunos cuadros, un brevísimo balcón y ese librero, Vieta mencionó a Odradek, el personaje-objeto de Kafka —una criatura cubista—, y fue allí donde me dijo que sus maestros eran Dostoievsky, Strindberg y el autor de El castillo. La lógica realista es, al menos en términos de poética histórica, un grupo de convenciones perversas que comulgan con eso que se llama imagen comprensible de lo real. Vieta sabía que lo real y la realidad son gigantescos camelos, capaces de anegar el pensamiento del hombre común. Me refiero al subsuelo esencial del sujeto, en lo concerniente a Dostoievski; a la naturalidad enfermiza de la conducta en el trastorno, a juzgar por ciertas prosas de Kafka, y, en lo que toca a Strindberg, a un intercambio tenso del sujeto con el otro, donde la manera enmascarada de expresión es un signo también del sentido. Muchos de los personajes de estos escritores se apropian del sarcasmo y la bufonada, que marcan profundamente ese paroxismo, esa exacerbación del odio y el amor que sienten por sí mismos, y apenas nos dejan saber, en algunos pasajes de sus obras respectivas, si bromean o los embarga una rara emoción. El concepto de intimidad queda parcialmente abolido, y todo se impregna de una sustancia indecorosa, por así nombrarla. El yo abierto, casi impíamente diseccionado, es quizás el origen de esa condición verbosa, casi lenguaraz, de la obra toda de Vieta, donde lo confesional es el abismo.

Cinco


A inicios de enero de 1986, en medio de la proyección, en la Cinemateca, de una película española, Los santos inocentes, Ezequiel Vieta le preguntó a Beatriz Maggi algo relacionado con un poeta inglés. Mencionó a William Blake, y quería saber cuál era ese otro poeta con quien los editores de la Modern Library habían juntado a Blake. No recuerdo cómo fue la respuesta de Beatriz Maggi. A la salida del cine, ella, refiriéndose a la película, habló de la virilidad y la fiereza del gran arte. Sólo sé que unos días después ambos se presentaron en mi casa, en ocasión de mi cumpleaños 26, y me hicieron un regalo: las poesías completas de Donne y Blake en un solo volumen, en inglés, en una prestigiosa edición marcada por el lápiz bicolor de Vieta. Todavía hoy abro el volumen y leo algunos versos y distingo los subrayados y pienso en él, que había copiado en una tarjeta estas palabras de Blake, puestas bajo el cristal de su escritorio: El camino del Exceso conduce al palacio de la Sabiduría. Su vida ya era excesiva como saber, no como erudición. Su mente, incluso, se aproximaba al vaticinio, como ocurre en Pailock, si leemos esa novela en tanto paisaje físico y mental de nuestra época.

Seis


Ezequiel Vieta representó para mí, por su poderosa cercanía, la manera más radical posible de asumir la literatura y la existencia. En primer lugar, en él florecía la conciencia de que la vida propia es intransferible y no posee más oportunidades que las que llegan, se asientan (o no se asientan) y se esfuman. La irrepetibilidad de los momentos y de las personas. Los grandes trazos de la experiencia y los trazos mínimos y destellantes, pero sin jerarquías de valor, porque en lo mínimo de la vida él encontraba cosas tan importantes como en lo máximo. Y, en segundo lugar, la conciencia de que la literatura no podía ser más que un diálogo reparador del yo con el mundo, pero siempre desde la perspectiva de un sistema de elecciones casi inapelables. En relación con la vida literaria y sus miserias, tendría que decir que Vieta escapaba de ellas casi como un mago. Recuerdo que, cuando se iba a presentar su gran novela, Pailock, un libro esperado por muchas personas, a última hora renunció a asistir. Me dijo que no hacía falta, que ya el libro estaba ahí. Y me aseguró que él añadía muy poco a esa intensa y enérgica presencia.

Un escritor no suele hacer eso. Son muy pocos, o poquísimos, los que renuncian a la justificable vanidad de aparecer, figurar, dar la cara y entenderse con el público, firmar ejemplares, sonreír, agradecer, y, al final, como un actor, salir del lugar donde ocurrió aquella representación. Lo digo otra vez: son muy pocos. Y él lo hizo. ¿Quién lo hace hoy, ahora? Creo que nadie. Y, sin embargo, es lo que debería hacerse. Uno publica ciertos libros y ya. No hay que prodigarse. Ni siquiera hay que comparecer. En especial si uno tiene la idea —que no se impone a nadie, por supuesto— de que un escritor es o debería ser una persona con ciertos pudores, y la literatura, una actividad llena de discreción, incluso a pesar de ese entregarse potencialmente a todos que radica en los actos de publicar y ser leído.

Si algo aprendí fue que la decencia y la sinceridad del escritor son atributos incanjeables o invendibles si realmente han sido sólidos desde el principio. Y aprendí también que mantener esos atributos tiene un precio, que ese precio se relaciona con el concepto que uno tiene de la literatura, y que es muy difícil pagarlo, según sea ese concepto. Un escritor lo es —me parece que está diciéndomelo más o menos así, al oído— gracias a la compleja articulación que se produce entre su existencia y sus textos, sobre todo después que conoce que ninguna otra ocupación excepto esa —escribir bajo la inevitable pulsión de una verdad, de un sentimiento, una imagen, una duda tenaz— tiene tanta importancia en su vida. Y aunque lo que se origina allí nos confina a una sola pasión forzosa, resulta excepcional y sorprendente que las demás pasiones —el amor, el sexo, la familia, los libros que nos estremecen, la música que nos gusta, el cine que nos conmueve y los amigos auténticos— de repente se metamorfoseen para permanecer dentro y, a la vez, fuera de la literatura, mas no para desaparecer expatriadas por esa pasión hacia un territorio lejano, al que nos resultaría difícil acudir.

¿Cuánto de él hay en mí, ahora, a casi veinte años de su muerte? No lo sé. Estas cosas que les he contado a ustedes, y otras que guardo, forman parte de mi diálogo con él, que no ha cesado, porque él fue, ya lo he dicho, mi maestro, realmente el único que tuve. Después que murió, escribí varios ensayos más sobre su obra. Pero les aseguro que el misterio permanece intacto, y me acompaña como un reto, un sueño, o una advertencia.

* Palabras leídas en el Centro Dulce María Loynaz el 31 de marzo de 2014 en el espacio “Ciclos en movimiento”, cuyo panel fue dedicado a la vida y la obra de Ezequiel Vieta (1922-1995).

Alberto Garrandés, 2014-03-26
Alberto Garrandés, 2014-03-11
Alberto Garrandés, 2014-02-06
Alberto Garrandés, 2014-01-16
Alberto Garrandés, 2013-12-18
Alberto Garrandés, 2013-12-03