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Por Lina de Feria

Alberto Garrandés, 25 de abril de 2016

Como la mayoría de los buenos poetas, o simplemente de los poetas, Lina de Feria va de la testificación del instante más efable, más descriptible, al símbolo que se llena de misterios, o de cosas que no pueden expresarse porque el lenguaje aún no ha llegado ahí, por así decir. Y viceversa: del símbolo que suele teñirse de alegorías, de llamadas, de pulsiones y señales, al momento de todos los días, el momento en que algo destella y nos transforma un poco. La poesía que relata, que cuenta, posee un prestigio, y ese prestigio acaso sobrevive o se materializa en la nueva y distinta comprensión que una poesía como la de ella trae a lo largo de los años, desde Casa que no existía hasta hoy. Me refiero a un entendimiento libre, pleno, de este mundo, del mundo que los esoteristas y amantes de la cábala llaman mundo de la manifestación, un espacio-tiempo que no por cotidiano deja de ser recóndito.

Desde hace casi treinta años, a saltos, sin disciplina, con fervores de intensidad tornadiza, he venido leyendo la poesía de Lina de Feria. Su nombre es uno de esos que en la literatura cubana identifican una suerte de mitología discontinua. Una mitología alimentada de diversas cosas: versos, emblemas, tragedias, injusticias, amores extremados, oscuridades luminosas, libros persistentes. La sobrevida es también la poesía, eso nos enseña ella como si tal cosa. Porque en verdad no se propone enseñar nada. La imagino escribiendo cobijada en esos instantes en que la poesía permite que la visiten. La imagino así, sin esforzarse por sobresalir. Ella es, acaso, una mujer desconcertada por delirios y exaltaciones que podrían ser agridulces, pero que la atan a una obsesión tras la cual vive un conocimiento dable tan sólo por medio del entusiasmo de y por la metáfora. El entusiasmo por la metáfora, que al cabo no es sino descubrimiento y explicación de cómo se mueve y cambia el universo, representa algo contra lo cual no pueden ni los opresores, ni los terremotos, ni las plagas bíblicas.

La verdad es que no sé cómo verán los críticos de hoy, los que ahora mismo leen su poesía, a Lina de Feria. Para mí, que no tengo autoridad para hablar de poemas ni de poesía, lo que ella escribe es una especie de continuum gobernado por los descubrimientos. Y lo hace por medio de una voz fuerte, en ocasiones casi estentórea, que construye precisiones sobre el paisaje interior, que muestra correlaciones entre fenómenos dispares, y que testimonia lo vital en distintos niveles: la inmediatez, las realidades de la mente y la imaginación, los sueños, la historia, el ensueño, el contexto del amor, y la arborescencia fecundadora de sus tradiciones literarias. De ahí que, en su vehemente diálogo con el mundo, lo que sobresalga sea la pureza y el milagro del vivir.

Cuando vi entrar a Lina de Feria como la mujer que siempre vuelve y se impone, incluso, en los predios de lo institucional —pero, lo aclaro, sin haberse movido de su sitio: la poesía—, sentí una enorme curiosidad. ¿Ella es Lina de Feria?, le pregunté a Beatriz Maggi, que estaba a mi derecha. Ella misma, me respondió con emoción. Estábamos en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC. Ezequiel Vieta también se encontraba allí y me hizo reparar en un detalle: Lina de Feria vestía de blanco. Era 1991 y CintioVitier, junto a la poeta, presentaba esa tarde A mansalva de los años.

El destino en la poesía y para la poesía, si es genuino, no riñe ni con la vida ni con las figuraciones de la escritura. De modo que ese día asistíamos, en una sala repleta, a una especie de regreso reiterado, enérgico y amable, un regreso que demostraba cómo un poeta puede representar, si tiene fuerza suficiente, a la poesía toda. Recuerden ustedes aquello que sucedió cuando el “descubrimiento”, en los años 80, de Dulce María Loynaz. Y ella dijo: Yo siempre estuve aquí.

Lina de Feria, como ella misma escribe en un texto de Los poemas de la alquimia, escudriña a lo largo de su obra “el fondo enigmático de las cosas”.Pero su sabiduría, que brota de la sangre, es humilde, no pacta con la soberbia, no se viste de esplendores ni se corrompe, como le decía aquel profeta a Lucifer, el desterrado de Dios.

La obra de Lina de Feria constituye una resistencia insobornable en la raíz de la metáfora y el poema.Pero una resistencia cuyos ejes no nacen en la angustia —todos tenemos angustias, claro, y más en un contexto donde muchas veces la amenaza proviene de la duda y la incomprensión acerca de qué significa ser un escritor—, sino en la sensualidad, el goce y el asombro ante el espectáculo, visible e invisible, de la existencia. Que Lina de Feria esté ahí, aquí, y que, en lo personal, haya tenido yo la oportunidad y el privilegio de saberla una persona cercana, una persona de la proximidad en la literatura y el humanismo, son, creo, motivos de gratitud que guardo con esmero.