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La belleza moral de Satán1

Alberto Garrandés, 01 de junio de 2017

El Ambrose Bierce que empecé a conocer, cuando leí sus relatos por primera vez, hará más de treinta años, es el de ciertas metáforas narrativas de lo sobrenatural, lo fantástico y lo maravilloso. Recuerdo que mi maestro, Ezequiel Vieta, puso en mis manos un grueso volumen publicado en los años cuarenta, después de visitar yo, por mi cuenta, algunas antologías contemporáneas del cuento norteamericano. Mi Ambrose Bierce es, pues, el escritor que produce una historia tan rotunda como “Un habitante de Carcosa”, o la escalofriante y genial “La ventana tapiada”. En la primera, una voz desde la muerte se arma como un espacio elegíaco, salmódico, en el que el porvenir convive con el pretérito. En la segunda, glorificadora de la oscuridad física, creemos que estamos lidiando con una resucitada feroz, demoníaca, cuando en verdad lo que se impone es el lado verosímil y comprobable de lo bestial y lo horrible.

Bierce nació en Ohio, Estados Unidos, en 1842, y murió en México (unos dicen que en 1913, otros que en 1914), probablemente durante la batalla de Ojinaga. La Enciclopedia Británica, donde la verdad se alía con lo espectacular, la invención, el rigor y lo fidedigno, sugiere que también Bierce pudo haber sido fusilado en algún momento de aquellas intensas jornadas, y que sin dudas fue, con el general Pershing y John Reed, una de las personalidades extranjeras descollantes en aquel segmento de la historia de México.

Para esquematizarla con rapidez, la obra de Bierce es periodística y de ficción. Fue un crítico social lleno de esa indignación que corría por las venas (pondré ese ejemplo prominente) de un antepasado ilustre como Jonathan Swift. Sin embargo, en tanto narrador creó un mood de la acción, una tesitura del sucederse de los hechos en una trama basada, como suele ocurrir desde Homero, en la singularidad, pero también alimentada y entronizada por el efecto de intimidación que producen las situaciones extrañas y repentinas. Y todo esto en un estilo de enorme precisión lexical y salpicado por metáforas de una audacia majestuosa, capaces, a su vez, de mezclarse aquí y allá con expresiones humorísticas, de talante sarcástico, en una mordacidad vecina de la socarronería.

Lo más elevado de la obra de Bierce se halla en algunos relatos suyos y en su célebre Diccionario del diablo, una obra que fue aparejándose de manera casi espontánea, a lo largo de varios años, y que se dio a conocer, completa, en 1911. Fragmentos del libro ya se habían publicado desde fines de la década de los ochenta del siglo XIX, pero su contundencia y su popularidad más bien nacen después de aquella fecha, cuando los lectores y los críticos alcanzaron a percatarse de que estaban frente a una obra maestra del ingenio, la sinceridad y la cólera.

Aun así, las definiciones que Bierce ofrece, ordenadas alfabéticamente, no por establecer una clara vecindad con el desplante dejan de ser graves y hasta sensatas. Me refiero a enunciaciones muy serias. Ataviadas, incluso, por la madurez y la prudencia, pero capaces, al mismo tiempo, de envolver un arma que tiene filo, contrafilo y punta, además de puro veneno. Se trata de esclarecimientos de índole axiomática, donde predominan la franqueza y el buen juicio, pero convenientemente acidulados. Con esto quiero decir que, salvo algunas entradas (cuchufletas preñadas, empero, de lucidez) de este Diccionario del diablo, el fundamento que allí encontramos es el de la veracidad de la honradez.

Bierce nos dice que un arquitecto es “El que traza los planos de nuestra casa y planea el destrozo de nuestras finanzas”. Y una calamidad es ese “recordatorio evidente e inconfundible de que las cosas de esta vida no obedecen a nuestra voluntad. Hay dos clases de calamidades: las desgracias propias y la buena suerte ajena”. También aclara que el exceso de trabajo es una “peligrosa enfermedad que afecta a los altos funcionarios que quieren ir de pesca”. Y que lo que llamamos éxito sería “el único pecado imperdonable contra nuestros semejantes”. La impunidad es, para Bierce, sinónimo de riqueza. Por otra parte, un mulato sería “el hijo de dos razas, que se avergüenza de ambas”. Y nos persuade de que la paciencia es una “forma menor de la desesperación, disfrazada de virtud”. Y añade que un presidente es la “figura dominante en un grupito de hombres que son los únicos de los que se sabe con certeza que la mayoría de sus compatriotas no deseaba que llegaran a la presidencia”. Y, por último, nos habla de las virtudes, que constituyen, para él, “ciertas abstenciones”.

Bierce no escribió un libro bien intencionado. De hecho, ni siquiera tuvo el propósito de escribir un libro. Las diversas urgencias de su vida determinaron, como dije, que esta, su obra maestra, naciera y se expandiera, tras su sonora llegada a los lectores, como esa masa crítica que está a unos nanosegundos de transformarse en el hongo de una explosión atómica.

El capitalismo y su voracidad, la hipocresía, la disolución de la ética, el sinsentido del concepto de prójimo, la ausencia de libertad, la parálisis de la emoción estética, la quiebra del humanismo: he aquí el desastre del hombre en una época muy precisa. El diablo asciende desde su infierno presumible y se asoma al mundo, y comprueba que los seres humanos conforman otro infierno peor. Y ríe. Ríe infatigablemente. Y pone en práctica lo que podríamos llamar la belleza moral de Satán, que aparece cuando la falsedad esencial del hombre empieza a contrastar con la médula de sus prédicas.

Estas páginas son tan violentamente amargas y carcajeantes que ponen a la vista, de inmediato, un camino íntimo en cuya simple andadura ya existe una especie de redención. A la larga, y sin almidonarse dentro del mal gusto ni el aburrimiento, Ambrose Bierce deviene un moralista. A más de un siglo de su publicación, este libro se encuentra lejos, por fortuna, de parecerse a un manual, y es todavía inseminador, puede aleccionar, aconsejar.

Diccionario del diablo le habla al sujeto de todos los días, lo sacude, lo despierta, y propaga, como pocos libros lo hacen, una voz de alarma que se aposenta en el corazón y la conciencia.
 

Prólogo a Diccionario del diablo, que será publicado, próximamente, por la Editorial Arte y Literatura.

 

Editado por: Maytée García