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Lisandro en la memoria
Ernesto Sierra , 11 de junio de 2008

El corazón, más que los pies, me llevaban camino al legendario edificio del que ahora, quién sabe por qué extraño capricho, no puedo recordar la fisonomía. Llegué temprano, acompañado por el aliento helado de esa mañana primaveral de 1993. Pregunté al celador vestido de uniforme y este, sin atender mi pregunta, me indicó la izquierda de su mesa. Caminé casi hasta el final del largo pasillo desierto y me senté en un banco de esos hechos para la espera. Debía entrevistarme con mi profesor de literatura náhualt, el poeta Natalio Hernández, quien me propondría después una beca para cursar estudios indígenas en México.

Pero todavía no sabía nada de eso. Me entretuve en mirar las paredes, pulcras, cubiertas en algunos sitios por carteles de temas culturales. A mi izquierda el pasillo culminaba en una doble puerta muy ancha, una de cuyas hojas estaba ligeramente abierta. Detrás de las puertas se adivinaba un comedor donde desayunaba un solo comensal. El hombre tenía encima de la mesa varios períodicos que supuse eran los del día. Al lado de los periódicos, un pozuelo lleno de biscochos y una taza de café con leche. Leía compulsivamente y solo interrumpía la lectura para renovar las provisiones del pozuelo y la taza. Comía con la misma fruición con que leía. Lo miraba y me parecía estar asistiendo a una escena novelesca. Estuve observando el ritual durante varios minutos hasta que me concentré en su figura que ya comenzaba a resultarme familiar. Era un hombre robusto, de edad indefinida, con el pelo corto, entrecano y usaba unos espejuelos de montura gruesa. Era Lisandro Otero a quien tenía enfrente esa mañana de primavera en el comedor de la mítica Residencia de Estudiantes de Madrid.

Varias veces pensé pararme a saludarlo, pero la timidez fue más fuerte que el deseo de saludar a un compatriota en tierra extranjera. Llegó mi profesor para sacarme de mis cavilaciones y, ahora sí, ofrecerme una beca del Consejo Nacional de Culturas Populares de México para cursar estudios indígenas en ese hermano país. Emocionado le agradecí el gesto y le expliqué que debía esperar respuesta de Cuba. Nunca más volví a verlo.

A Lisandro sí lo vería, pero muchos años después. Por el momento viviría la remembranza de mis años de estudiante de la Facultad de Artes y Letras. Allí era referencia habitual. Discutíamos acerca de su obra narrativa, de su quehacer como funcionario en la Unión de Escritores y como diplomático, de su labor como periodista, de sus inmersiones en la política. Mientras, los profesores nos orientaban lecturas de La situación, Temporada de Angeles y Bolero.

De esa época recuerdo a Guillermo Rodríguez Rivera tutoreando un trabajo de curso sobre Bolero a mi condiscípula Miladys. No sé qué extraña alquimia haya funcionado pero nunca antes un trabajo individual había despertado el interés de la mayor parte del grupo como entonces: - ¿Lisandro? ¿Bolero?...pero si él escribe de temas históricos, es muy barroco, se parece a Carpentier. Se nos fue revelando un Lisandro narrador distinto, ya soplaban los aires del traido y llevado posboom y algunos hablaban en atrevidos sintagmas como, la literatura de la música popular del Caribe hispano.

Concluidos los estudios el destino llevó mis pasos profesionales a la Casa de las Américas, donde tuve un reencuentro curioso con Lisandro. La biblioteca de Casa organizaba un café conversatorio dedicado a Bryce Echenique y Lisandro era uno de los invitados a hablar. Pero se encontraba en México y desde allí envió una hermosa crónica sobre el peruano. Para mi sorpresa e inquietud, alguien propuso que yo leyera aquel texto. No olvido que pasé días y días envuelto en el silencio cómplice de los almacenes de libros releyendo en alta voz la mencionada crónica. Hasta que llegó el día señalado y, como buen principiante, intenté leer el texto con correcta dicción castellana pero equivocando las de los profusos topónimos en inglés y francés, los cuales me fueron rectificados después, uno por uno, por mi eterna profesora Luisa Campuzano, mientras yo me consolaba pensando que Lisandro estaba lejos de allí.

Todo esto ocurría sin sospechar que una década después, en la ahora extinta Dirección de Literatura del Instituto Cubano del Libro, sería textigo excepcional del proceso que culminó con la entrega del Premio Nacional de Literatura a Lisandro, en 2002. Serias deliberaciones del jurado, consultas, fallo, comunicaciones con el escritor, preparación de documentos promocionales, hasta la entrega del Premio una tarde noche de 2003 en la sala Nicolás Guillén del recinto ferial de San Carlos de la Cabaña, con la inolvidable presencia de Fidel.

Esta vez sí hablaría con Lisandro y mucho. Fotos, recortes periodísticos, llamadas, sugerencias, todo lo necesario para su merecido premio. Era serio, pero comunicativo. Recuerdo ahora observaciones muy útiles de cómo trabajar, cómo hacer esta o aquella tarea, siempre con parquedad, pero sin altisonancia. En aquellos días llamó mi atención su consejo de que siempre llamara personalmente a los escritores, que no trasmitiera mis mensajes a través de la secretaria. Pensé que correspondía a algún protocolo suyo y seguí su sugerencia sin chistar, hasta que un día nuestra diligente secretaria nos comunicó con mucha ceremonia que se sentía desairada por algunos escritores que nunca respondían sus llamadas. No hubo comentarios en el departamento sino risas contenidas porque la nómina de los “informales” correspondía a personalidades fallecidas hacía bastante tiempo. Solo Lisandro sabe qué le habrá dicho aquella secretaria para que se motivara a aconsejarme de la manera en que lo hizo.

Luego comenzamos a coincidir en la siempre bullente vida cultural de La Habana y me distinguía con algunos apartes en los que hablábamos de literatura y periodismo. Una vez le pregunté cómo hacía para escribir un artículo diario y me respondió que con mucha voluntad y con un archivo que había organizado a lo largo de su vida donde podía encontrar casi cualquier tema; la constancia en el trabajo y las relaciones cultivadas a lo largo de los años le permitían publicar los artículos de manera simultánea en un mismo día, en poco más de sesenta periódicos del mundo. En otra ocasión lo entrevisté a propósito de un libro en el que me encontraba trabajando y me respondió que leyera Llover sobre mojado, sus conocidas memorias, que allí encontraría las respuestas que buscaba. La lectura del libro me motivó a escribirle una carta que, para mi sorpresa, respondió con generosidad y continuó luego en nuestros cada vez mas frecuentes encuentros.

Uno de ellos ocurrió a propósito del centenario de Sartre. Trabajaba yo en el Centro Hispano-Americano de Cultura y lo invité a un panel junto a Jaime Sarusky y Humberto Arenal. Todavía recordamos con asombro a prueba de incrédulos como los presentes en la sala Dulce María Loynaz sobrepasaban la cifra de doscientos, más apropiada, cierto, a un evento musical que a uno literario, pero los nombres invocados hicieron lo suyo y rompieron los falsos esquemas. Fue una tarde inolvidable en la cual los cubanos no fueron menos que su homenajeado escritor francés.

Me tocó corresponder en no pocas ocasiones invitaciones suyas, ya fuera al renacimiento de Pasión de Urbino, ilustrada por Fabelo, o a algunas ceremonias de la Academia Cubana de la Lengua, la cual dirigió desde 2004. A la Academia le imprimió Lisandro su amplia cultura, su erudición, y sobre todo, el dinamismo de su espíritu cosmopolita. Contento lo vi entrar a su sede en la antigua morada de los Loynaz, en compañía de Nara, lleno de planes. En esas labores lo sorprendió la muerte, como nos sorprendió a todos la noticia.

¡Lisandro e morte! ¡Lisandro e morte!, decían las voces. Y yo, como tantos otros, pasé la página e intenté olvidar mi poco de francés. Pero Lisandro no responde y me dedico ahora a dialogar con él en nuevas dimensiones, como en estas remembranzas, en los ratos de monólogo con su recuerdo donde reconstruyo retazos de palabras, sonoras carcajadas, páginas, sentencias inolvidables, notas musicales apiñadas en agitado reposo en el florido patio del convento de San Francisco de Asís, en el corazón de su Habana, rodeado de su mar y de su gente a los que seguirá dándole la luz de su palabra.

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