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Málaga para los poetas
Virgilio López Lemus , 04 de febrero de 2009


Por la luz de los dioses tan querida…
Emilio Prados


Para Montserrat Ogalla y Juan Carlos Trigo, malagueños



Ciudades hay, y hermosas. Unas se abrazan al mar y son como extensiones de las aguas vivas, con fluyente ardor de gentes de todo tipo. Otras están ancladas en la tierra, telúricas como magma. Y las hay que se extienden entre las brisas del mar y de la montaña, como reinas de todos los elementos. De estas últimas es la mediterránea Málaga, que los dioses aman por su luz, según el poeta malagueño Emilio Prados, que vio su lírico resplandor como mismo hicieron en su momento Ortega y Gasset, quien la llamó “el imperio de la luz”, o Vicente Aleixandre, vislumbrándola “apenas detenida en su vertical caída a las ondas azules…”, o sea, como quien dice que Málaga es una suerte de balcón desde las bellas y suaves montañas de la Sierra de las Nieves hasta la Costa del Sol, llena de bellísimas playas del azulado gris del Mediterráneo.

En trescientos noventa y cinco kilómetros cuadrados viven unos setencientos mil malagueñas y malagueños, en tanto la ciudad corre rumbo al millón de habitantes y se amplía cada vez más hacia las colinas, entre otros rumbos, hacia la región donde se place la Universidad malagueña de ofrecer singulares edificios para el goce estético y el aprendizaje especializado. Quien haya visto la Colonia Santa Inés hasta 1990, y la vea veinte años después, no la reconocería: el verde de las colinas, la blanca roca, han ido desapareciendo, y son ahora cimientos de centenares de edificios multifamiliares, que en otros predios simularían una cercana “ciudad dormitorio”, pero no aquí, donde el bullicio, el entra y sale de vecinos, las llamadas a los niños a toda voz y el tránsito incesante, mostrarían más una ciudad del Caribe hispano que un sitio de la España profunda, aquella que tan bien advirtió la no menos honda María Zambrano, hembra mayor de la provincia malacitana.

Alegre por excelencia, Málaga es una ciudad de poetas: usted escucha cómo dulcemente canturrean al hablar, cómo se saludan como si hiciera centenares de años que no se ven, cómo hablan en francas metáforas, en ricos símiles, y cómo entablan conversación con cualquiera en plena calle o en los autobuses, todo lo cual perfila un ambiente poético, de poesía popular que vive en el día a día de la oralidad.

Pablo García Baena dijo que Málaga es una “…peremne invitación a la felicidad”, y todavía se detuvo a definirla: “Del mar le vino a Málaga la alegría de vivir, de ese mar nuestro que mira asombrado en esta noche con los ojos pintados […] hija del mar y de la luz, entre las quillas de las naves fenicias o griegas, desnuda y hermosa, la cabeza coronada por el sol genésico, deidad misteriosa y fascinante, diosa blanca Málaga…”, y aquí detengo la cita, porque nada podría calificarla mejor que comparala con la Diosa Blanca, lunar, creativa, llena del misterio de la Isis que llegó a estas costas solares entre egipcios, griegos y romanos. Esta ciudad-deidad creció luego en medio del ardor de los pueblos del Islam, que la poseyeron como a una princesa y construyeron ese enorme Gibralfaro, castillo-palacio que tiene siempre a la ciudad a sus pies, o el bello e imponente edificio de la Alcazaba. Ambos son como cabeza y corona de la villa esplendente. Málaga es una ciudad de luz, sin dudas, ya lo han visto los poetas, pero también lunar, con ese resplandor que hallaba Robert Graves en su evocación de la Diosa Blanca. Su carácter lunar quizás le viene de las mareas, de las artes nocturnas de la buena pesca, de ese fuego que ella misma irradia en sus noches inquietas, de linda movida, cuando los amigos y las amigas se abrazan en las aceras, en plena calle, o en los barcitos “chulos”, como aquel dedicado a Machín, cubano que en los años de 1940 era rey nocturno de la alegría de la ciudad.

Si me perdiera, búsquenme en Málaga. Con ello parafraseo al García Lorca perdido en La Habana de 1930, andaluz de una de las más bellas ciudades españolas, Granada. No por gusto dos de las más brillantes canciones latinoamericanas están dedicadas a estas ciudades, “Granada” y “Malagueña”, de los maestros cubano y mexicano Ernesto Lecuona y Agustín Lara. Con Sevilla y Cádiz, toda la gracia andaluza crece en tales cuatro ciudades creadas por encantamiento, quijotescas, maravillosas, surgidas sabe Dios de qué sombrero de mago, de cuál hechizo.

¿Quién no sabe que en Málaga nació Salvador Rueda? Gran poeta empolvado, olvidado, dejado a un lado, cuyos versos deberían leerse más. ¿Se recordará que casi dedicó un libro de entusiasmo poético a su estancia cubana? Su patria natal fue asimimo el sitio de la muerte de otro grande de España: Jorge Guillén, quien reposa debajo de una lápida de mármol blanco, sencilla y sin epitafio alguno, sólo bajo el recuerdo de que había nacido en 1893 en Valladolid y que murió en Málaga en 1984. Los libros de turismo dicen que en el pequeño y conmovedor Cementerio Inglés, Guillén fue sepultado bajo el epitafio: “Aquí yace un enamorado de la vida”, pero quizás pueda conjeturarse que a la muerte de la esposa del poeta en 2004, ya nonagenaria, la lápida original pudo haber sido cambiada para poner el nombre de ella: Mochi Sismondi, nacida en Roma… Dejo para otra ocasión el asunto del epitafio perdido de Jorge Guillén, porque Málaga, ciudad para poetas, es sitio más bien de alegre y profunda greguería, nunca lugar elegíaco sino espacio a lo Ovidio, llena del arte de amar.

Y volviendo a Rueda, en el mismo largo parque llamado asimismo Paseo del Parque, lleno de árboles exóticos y sitios de recogimiento, hay una estatua al poeta, no distante de donde se halla un busto a Rubén Darío mirando hacia La Malagueta. Le hubiese encantado al bardo barroco y borracho de versos de la Nicaragua modernista, estar situado allí, con vistas a la playa y al Paseo Marítimo Pablo Ruiz Picasso, aunque un poco inclinado más bien hacia la breve y limpia Plaza de Toros. No lejos, otra estatua recuerda a Platero, el hijo literario de Juan Ramón Jiménez, otro andaluz, que amó mucho a Darío y casi nada a Ruenda, del que dijo que cantaba como un grillo monocorde. Quizás por ahí naciera el olvido que se cierne aún injustamente sobre el malagueño de fácil verso, que reclamarían para sí movimientos románticos, modernistas o neorrománticos.

Y el mencionado Paseo Marítimo nos recuerda que en Málaga tuvo su cuna el genio de Picasso. Hay un Museo Picasso y una Casa Natal Picasso y tantos sitios allí se llaman Picasso, que solo Martí en Cuba puede hacer competencia a esta proliferación nominativa en homenaje a la grandeza. ¿Se llama Picasso el aeropuerto de Málaga? ¿No? -- Pues vaya, debería... No hay gente de Málaga que no se sienta orgullosa de su Picasso. ¿Y quién nos viene a decir que no fue un gran poeta este grandísimo pintor? Pero no hay que esforzarse por hallarle poetas a Málaga, cuna del cubano-mexicano y español de pura cepa Manuel Altolaguirre, creador con Emilio Prados de una de las más famosas revistas de poesía de la lengua española: Litoral. Si usted quisiera una lista de poetas malagueños, o relacionados con Málaga, haríamos un listado tipo guía telefónica, pero dados a recordar, recuérdese a Pedro Luis de Gálvez, anarquista, fusilado, de vida surreal, listo para ser convertido en una novela, y siga en el listado: José María Souvirón, José María Hinojosa, José María Amado, Salvador López Becerra, Julio César Jiménez, María Victoria Atencia, y tras tantos nombres compuestos, menciónense a Tomás Hernández Molina, Francisco Ruiz, Antonio Banderas (poeta de las artes escénicas), Rafael León… Todos, nacidos o no en Málaga, han amado la ciudad como verso propio.

Y cómo no amarla. Desde la Alameda Principal doblamos por la calle Larios hacia la Plaza de la Constitución, y el breve paseo es a la vez infinito. Todo el lado izquierdo del río Guadalmedina bulle, resplandece, se sostiene como entre las manos de un ángel, cuyas plumas se esparcen por la Plaza de la Merced, y su gracia se alarga hasta la rara catedral de una sola torre, monolítica como el Poder. Este ángel malagueño y saleroso canta con voz de Amancio Prada, quien con gravedad dice canciones sobre ángeles y demonios.

El ángel de Málaga es lírico, sabe andar semidormido desde la Puerta de la Atarazana hasta la del Mar, perdido en el laberinto de callecitas nombradas con tantos apellidos que uno se equivocaría al transitarlas. Las breves calles del Málaga histórico quisieran homenajear a todo el mundo: Sagasta, Marín García, Salinas, Sánchez Pastor… A ver si un día, con una dosis de surrealismo mediterráneo, uno tropieza por allí con una callejuela llamada López Lemus… aunque sea por el barrio de la Trinidad, aunque sea por El Perchel.

¿Quién diría que esta ciudad juvenil, femenina, coqueta, melodiosa tiene como asentamiento urbano unos dos mil setencientos años de antigüedad? Fue fenicia más de mil años antes del espledor de Roma, que la convirtió en Malaka, poblado marino de la Bética, con anfiteatro cuyas ruinas se encuentran a la vista hoy mismo, bajando desde la Alcazaba. Moros y cristianos la exaltaron en los siglos siguientes, pero solo puede considerarse ciudad, con propiedad, más recientemente, cuando la visitó Felipe IV en 1624. Siempre fue famosa por la pesca del boquerón, la pescadilla y del singular chanquete, que aun se comen en sus playas, aunque el último se encuentra en veda. Son deliciosos su ajoblanco y el gazpachuelo, que la empresaria y artista Montse Ogalla realiza (más que cocina) como si fuesen manjares de ángeles.

Y volvemos con los ángeles, a los que tanto amó el gaditano Rafael Alberti, quien elogió a Málaga y a su Litoral, príncipe él entre poetas. Un ángel vi yo mismo pasar, sobrevolar, por la calle Granada, que es una callecita tan bella como para ser paseada por los ángeles. Málaga es una ciudad con ángel. Quizás su ángel baja de la cercana Axarquía y de sus pueblos blancos que son una maravilla, quizás descendió en el castillo de Teba, y como no queda lejos, se hospedó una noche en el Molino de las Pilas y luego se fue semidormido a bendecir la ciudad. Antes, habrá dado su paseo por los pueblos blancos que rodean a la capital provincial, desde Antequera, bellísima ciudad ella misma, hasta Marbella, cosmopolita o Vélez-Málaga, tierra del ángel filosófico Zambrano, o Benalmádena risueña besando el mar.

Y el mar... el mar de Málaga, Mediterráneo al fin, no tiene los goces de azules del Caribe, o de las playas atlánticas. Es perlado, en otoño deja de perfilarse bien el horizonte, las arenas grises de las playas no tienen el lujo de los blaquísimos arenales de Maspalomas o de Varadero, pero hay allí un encanto como misterioso, como si esas arenas tuviesen recuerdos de siglos de naves de todo calado. Eso es lo poético de Málaga, ese es parte de su encanto. No solo el ritmo tan diverso de sus edificaciones, incluso de las callecitas llenas de espacios en ruinas, o de las vastas y bellas iglesias que la pueblan. Málaga tiene un no sé qué que se queda enredado en nuestros ojos. No hablo de su Historia, que es hermosa y bien larga, sino de su poesía, aquella que solo viviéndola, respirándola, puede percibirse como maravilla. Pobre del malagueño que no sepa que vive en una de las ciudades más bellas, cálidas y disfrutables de toda España.