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Contra el olvido
Emilio Comas Paret , 15 de enero de 2009

No, realmente no voy a referirme a ese interesante programa televisivo dirigido por Raquel Mayedo y que casi siempre nos hace recordar, a nosotros los más viejos, olvidados programas televisivos y excelentes artistas ya desaparecidos, pero que matizaron de buen arte y alegría nuestra pasada juventud.

Quiero usar este sugestivo título para referirme a un hecho que desfavorece el verdadero balance que debe hacerse, de manera continua y sistemática, del desarrollo de la narrativa cubana, a fin de darnos cuenta, de cuánto le debemos los escritores de ahora a aquellos que nos antecedieron y que ya no están, que aunque dejaron su obra, que será imperecedera, a veces, como sucede en estos tiempos, se convierten en figuras borrosas en el recuerdo colectivo y siendo la política de reediciones, por razones obvias, muy limitada, y la promoción de libros es escasa, se pierden en los recovecos de los recuerdos determinados escritores que no debieran desaparecer nunca del imaginario popular de nuestros lectores.

Hace un tiempo atrás conversando con el narrador Alberto Guerra Naranjo le hablaba de esta situación (quizás alguien piense que porque yo ya estoy viejo pienso con nostalgia, que el tiempo pasado fue mejor, pero no es ese mi criterio, aunque si confieso que por mi condición de viejo escritor, intento dar luz en estas zonas de sombra que a veces la vida impone); y le decía a mi amigo Guerra que yo sentía que a un grupo de buenos escritores ya desaparecidos se les estaba recordando muy poco, a veces nada y me refería entre ellos al propio cuentero mayor, Onelio Jorge Cardoso, a Félix Pita, Gregorio Ortega, Miguel Collazo, Manuel Cofiño, Juan Leyva Guerra, entre otros.

Y como quiera que he de acercarme a algunos de estos colegas, que parafraseando la famosa frase: “están olvidados y muertos”, quiero empezar por un escritor con muchos méritos, lo que se llama un escritor de éxito, pero con muy poca publicidad y escasa crítica, por tanto, convertido en un desconocido en su propio país. Me refiero al amigo y prolífico escritor que fue Noel Navarro. El martes 12 de agosto del año 2003, un infarto cardiaco puso fin a su vida.

Había nacido en el poblado de Manacas, actual provincia de Villaclara y que fuera muy famoso en su tiempo por una “moderna” fábrica de cervezas. Vino al mundo casi finalizando el año de 1931, el 30 de diciembre fue su nacimiento. Hijo de una familia pobre, su infancia se destacó por haber tenido que vivir en más de veinte pueblos y ciudades cubanas.

Con el triunfo de la Revolución, que para muchos de nosotros constituyó un cataclismo formidable que abrió espacios cerrados y hasta blindados  propiciando posibilidades ni aún soñadas, Noel cumplió diversas tareas, porque ya desde la década del cincuenta se había vinculado al Movimiento 26 de Julio, por lo que el fin de la guerra de liberación lo encontró en un campamento rebelde en Camaguey.

Su obra literaria comenzó en el propio Camagüey, cuando publicó hacia 1955  en la revista Carteles, su cuento “El hombre y el perro” y después otras narraciones y crónicas en diarios y revistas locales. En 1960 fue uno de los organizadores del primer encuentro de intelectuales en apoyo a la Revolución que se efectuó en Camagüey y en 1961 participó en el Primer Congreso de Escritores y Artistas que trajo como consecuencia la constitución de la UNEAC, donde también participó. En ese mismo tiempo Ediciones R premió su novela Los días de nuestra angustia sobre el proceso insurreccional acabado de culminar.

Residiendo ya en La Habana, continuó trabajando en la prensa, sin abandonar su labor literaria, lo que le posibilitó alcanzar el premio de Ediciones Granma, en 1967, con su novela Los caminos de la noche. Ese mismo año recibió mención con una novela en el concurso Cirilo Villaverde de la UNEAC, cuyo título era El plano inclinado, y en 1970 conquistó el propio premio con  otro texto titulado Zona de silencio.

Dos años después alcanzó el premio Casa de las Américas con su conjunto de cuentos La huella del pulgar. En 1991 obtuvo el premio de narrativa Dolores Medio, de Asturias con El asedio, cuya edición cubana publicó Letras Cubanas en 1997.  Ya para este tiempo Noel había publicado una docena de novelas, dos tomos de cuentos, decenas de ensayos, estudios y prólogos. También centenares de artículos, crónicas y reseñas. Entre sus inéditos había al menos un poemario y en la década del setenta había escrito para el MINAZ ocho volúmenes sobre el proceso azucarero cubano, los cuales nunca se publicaron, pero le dio pie a escribir su libro de testimonio Vida de Marcial Ponce.

Publicó también sus obras en Europa oriental, Japón, China y los países árabes, la reconocida intelectual canadiense Margaret Atwood tradujo al inglés y publicó una selección de sus cuentos, y una de sus novelas breves, El sol del mediodía, le valió el Premio Andalucía en 1992. Otras dos obras terminadas a fines de los ochenta, La tierra prometida, y El Fausto y el Mambí aún no se han publicado en la Isla.

Noel Navarro fue además subdirector y director de la revista Revolución y Cultura, vicepresidente de la Asociación de Escritores  de la UNEAC de 1977 a 1988, trabajando a la sombra de ese otro grande que fue Onelio Jorge Cardoso. Ya jubilado continuó escribiendo, poniendo todo su talento y su experiencia en la obra, comprometida siempre con el ser humano y su historia y con la justicia social.

En el año 2003 Ediciones UNION de la UNEAC le publicó la novela Ceniza Ardiente, la cual aborda el tema de la venganza personal, un asesinato, una falsa acusación y alguien que trata de deshilvanar la verdad, es decir, utiliza recursos de la novela negra que antes no había usado nunca. Esto demuestra que hasta sus últimos momentos estuvo buscando y encontrando, buscándose y encontrándose para no repetirse y tratar de brindarle a sus lectores un producto de buena factura y cuidadoso acabado.

Este fue Noel Navarro. Este es y será Noel si sus contemporáneos, quienes lo leímos y aprendimos de él,  conocimos de su amable transitar por la vida y disfrutamos de su amistad, no lo olvidamos; y para no olvidarlo hay que seguir recordando su obra y darla a conocer a las nuevas generaciones de lectores cada vez más ávidos de buena literatura cubana.

Otro de los escritores desaparecidos y que también deja tras si una obra de consideración es Gregorio Ortega.

Ortega era habanero, nacido en 1926. En sus años mozos estuvo vinculado con el Partido Socialista Popular y luego con el 26 de julio, llegando a tomar parte en la lucha clandestina contra la tiranía batistiana.

Al triunfo de la Revolución y en su condición de periodista, fue presidente del Instituto Cubano de Radio y Televisión, luego corresponsal de prensa en Roma, Hong Kong, Vietnam,  Moscú y después embajador en Paris, Francia, por espacio de diez años.

Tiene varias obras literarias publicadas, entre ellas: Una de cal y otra de arena, Kappa 15, El bufón y otros relatos, Juego de Espejos.

Fue galardonado en dos ocasiones con el Premio de la Crítica, la primera en 1985 con la novela La red y el tridente y luego en 1986 por su libro de crónicas Del Guatao a Hong Kong.

Uno de sus últimos textos publicados, la novela Villa Adelaida le permite introducirse en los recovecos del nuevo mundo habanero que aparece en pleno Período Especial y después de la aparición del turismo, y junto con él, de personajes como la jinetera, el proxeneta, el drogadicto, el burgués medio venido a menos, un coronel del MININT ya jubilado y una estancia, la vieja casona Villa Adelaida, para alquilar al extranjero visitante. Es decir, vemos a un escritor ya maduro, introducido en el submundo de la marginalidad que a veces, por desgracia, no es tan marginal; buscando, indagando y sacando a flote las miserias humanas de una época.

Villa Adelaida, publicada por Ediciones UNION en su colección Contemporáneos está traspasada milímetro a milímetro por esa amalgama que a veces forman la nostalgia y el recuerdo y que se convierte en el hálito que anima toda la acción.

Situaciones enmarcadas en la cotidianidad de La Habana de ahora, y más aún, de El Vedado, se dan con una frescura y un desenfado agradable y aunque a veces puedan parecer situaciones límites, caben perfectamente dentro de la saga maravillosa de esta cada vez más loca y seductora ciudad, a pesar de sus desconchados y su falta de pintura, o quizás a consecuencia de ello.

Desde el punto de vista estructural, Gregorio hace una combinación en la narración de la tercera persona con la primera y lo hace de manera desenfadada, suelta; lo que le da un aire de renovación a la prosa. Prosa que a su vez y en algunas ocasiones se acerca en lo descriptivo a lo real maravilloso carpenteriano.

Los personajes que viven en el texto están bien diseñados, sus rasgos característicos determinan, sin muchas complicaciones, la personalidad de cada cual y con un poco de esfuerzo se puede adivinar el accionar futuro de cada uno de ellos.

Un viejo coronel jubilado, todavía con deseos de enfrentar los nuevos retos de la vida, es quien narra la novela, luego de que ha decidido insertarse en la historia de Doña Loreta, su familia y Villa Adelaida.

"La vida siempre es un fracaso”, dice el narrador. “Los seres humanos se diferencian por la forma que enfrentan el fracaso. No es el suicidio la más valiente. También la vida nos depara alegrías, aunque fugaces; cuando se presentan hay que saber apresarlas, agarrarlas al vuelo, y, sobre todo, hay que evitar hacerse preguntas que sabemos que nunca tendrán respuesta".

Y esta reflexión puede considerarse como basamento ético-filosófico de la obra y es en definitiva lo que quiere trasmitirnos Gregorio, lo que le interesa que pensemos y meditemos. Hay un abordaje de la nostalgia del exiliado cubano, un personaje bien contemporáneo y corpóreo, que tiene sus particularidades, y se debate entre conceptos como el dejar los sueños al pasado por el temor a que al volver a ellos solo encontrará ruinas, y el otro que esboza que solamente la distancia podrá mantener vivos los recuerdos.

El final de la novela es genial. Como en un filme de final abierto da margen a que las imaginaciones más audaces puedan diseñar las escenas que darán continuidad a la acción, que como la vida misma, no se detiene aunque cambien las circunstancias, los personajes, los ambientes.

En fin, El Vedado seguirá ahí, Villa Adelaida quizás tome otro nombre y otra imagen pero será trascendente al tiempo y otras historias saldrán, con nuevos contenidos, distintos, pero siempre hijos de ese devenir incierto al que llamamos futuro.

Como ya seguramente se habrán dado cuenta, Gregorio Ortega es un escritor que no puede ser olvidado, porque entre otras cosas, todavía tiene ideas que mostrarnos y sensaciones que motivarnos, y que los buenos lectores cubanos no debemos perdernos.

Por eso les aconsejo que revisen en las librerías de textos viejos, y hasta quizás deban hacerlo en algunas de textos nuevos, busquen, pregunten, indaguen por estos dos autores que les recomiendo, conózcanlos y aprecien cuanto de positivo muestran sus textos, cuanta maestría hay en ellos y las enseñanzas que presentan, las reflexiones en boca de los personajes que siempre nos ayudarán a entender mejor nuestra existencia y hacernos la vida más llevadera.

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