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El supremo escritor de la República
Ernesto Sierra , 15 de enero de 2010

Mucho queda por decir de Augusto Roa Bastos y su obra. Continuarán sucediéndose los estudios, críticas, tesis, pero quizás lo más significativo que pueda afirmarse en la brevedad de estas páginas, es que nadie como él, ha comprendido el Paraguay, su multiculturalidad, plurilingüismo, su dolor y alegría.

La literatura cubana estuvo de fiesta: nos visitó, después de años de espera, el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, y lo hizo de una manera altamente simbólica —quizá azarosa, como su vida y obra. Vino en compañía de Fidel, el otro gran esperado ―en Paraguay, la isla rodeada de tierra―, a saludar a sus admiradores en ésta, la "isla" rodeada de agua. La América profunda, la que no ha renunciado a sus sueños de unidad y mejoramiento del género humano, se estremeció con el abrazo, en que se fundieron estos dos hijos suyos.

Nacido en 1917, Roa Bastos lleva consigo una larga y rica biografía transida por el doloroso rigor del exilio, la amargura de las terribles dictaduras militares sufridas por su país; matizada por su obra literaria, que lo ha hecho merecedor de un indiscutible prestigio entre los grandes escritores en lengua española.

Se dio a conocer como escritor en 1942, con el poemario El ruiseñor de la aurora y otros poemas, seguido de El naranjal ardiente (Nocturno paraguayo), entre otros. En 1953 aparece su primer libro de cuentos, El trueno entre las hojas; posteriormente publica El baldío (1966), Madera quemada (1967), Los pies sobre el agua (1967), Moriencia (1969), Cuerpo presente y otros cuentos (1971) y Lucha hasta el alba (1979). Para entonces ya había escrito teatro y letras de canciones, no obstante, no es hasta 1959, cuando gana el Premio de Novela de la editorial Losada con su ópera prima en este género, Hijo de hombre, que alcanza renombre continental y comienza un proceso creativo de madurez literaria, cuya cumbre, sin duda, es su más conocida novela, Yo, el Supremo, de 1979.  

Novela histórica, que toma como asunto el Paraguay de la dictadura de José Gaspar Rodríguez de Francia, Yo, el Supremo, es una complejísima recreación de la historia y la cultura paraguayas, construida a manera de una catedral barroca, en la cual la intertextualidad representa un papel fundamental para comprender la poética que propone Roa Bastos. La crítica ha dedicado enormes cantidades de tinta y papel para desentrañar las claves de la novela que, a pesar del paso del tiempo, gana cada vez más en modernidad. Protagonistas son Rodríguez de Francia, la historia paraguaya, el lenguaje, la variedad de estilos, la variedad discursiva (diálogo, pasquín, monólogo interior, notas al pie, citas), por ello recibe tantas clasificaciones como: «novela histórica»; «novela del dictador» (junto a El señor presidente, de Asturias; El Recurso del Método, de Alejo Carpentier o El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez); «novelística del posboom», ésta, fundamentada más en factores extraliterarios que estéticos, como lo demuestran los numerosos estudios que sobre el llamado boom de la novela latinoamericana se han escrito; «novela barroca»; «novela de lo real maravilloso», entre otras denominaciones.

Es cierto, que hay de todo ello en Yo, el Supremo pero sólo vista en su carácter de summa, es que puede llegar a ser más completa su intelección. Si algo tiene en común con el corpus novelesco de sus contemporáneos, con la llamada nueva narrativa latinoamericana, es su intencionalidad de novela omnisciente, de novela de tesis (Adán Buenosayres, El astillero, Rayuela, Cien años de soledad, El siglo de las luces, Sobre héroes y tumbas, Paradiso). Roa Bastos reconstruye la Historia —apoyado en los recursos antes mencionados— con una facilidad apenas perceptible, por el sutil manejo con que transita de la historia como factum, como tiempo lineal, a la historia como disciplina académica y a la historia como ficción. El procedimiento termina siendo magistral, pues la figura de el Supremo llegó al escritor mitificado por la tradición oral y la devuelve a la memoria histórica paraguaya y continental recontextualizada, la inserta en una profusa maraña de acontecimientos reales (con el juego intertextual) y la proyecta hacia el pasado y el futuro, advirtiéndonos de que la historia se reescribe constantemente y no que puede tener fin, como ha querido hacernos creer más de un trasnochado filósofo occidentalista.

Algunos críticos, de enfoque estructuralista, han afirmado que la novela «ha sido leída primero y escrita después». La afirmación me parece muy oportuna para señalar otro rasgo esencial del texto y de la obra completa de Roa Bastos: su raíz oral, su carácter primigenio de oralitura. Paraguay es el único país americano que se reconoce como bilingüe; más de la mitad de su población habla guaraní y español, su cultura no está hecha, por tanto, de una sola pieza:

En el momento de escribir en castellano (el escritor) siente que está realizando una parcial traducción del escindido contexto lingüístico, en el cual se escinde él mismo por el hecho de esta opción. Siente que le quedará siempre algo sin expresar. Pero, además, hay una desconfianza instintiva en los guaraní-hablantes contra los textos escritos, una falta de costumbre, mejor dicho una imposibilidad real de leer, en la inmemorial tradición de hablar y escuchar, de la tradición oral. Esto lleva, inevitablemente, al escritor paraguayo a la necesidad de hacer una literatura, que no quede en la literatura; de hablar contra la palabra; de escribir contra la escritura, que exprese en suma, un amplio despliegue de posibilidades de lenguaje y de escritura basados en la conjunción semántica de los módulos lingüísticos del castellano y del guaraní [...]

Otra de las claves de la complejidad de la escritura de Roa Bastos es que está pensada en guaraní y escrita en español, como afirma él mismo en la cita anterior, más allá de la profusión de mitos guaraníes, que permean el texto, y que pudieran llegar a ser conocidos, dominados, por un lector universal.

Aquí se inserta la literatura de Roa Bastos en un corpus mucho más amplio, que cualquiera de las clasificaciones que mencioné al principio. Cambiando las alusiones al contexto lingüístico y cultural paraguayo, lo afirmado en la cita podía haber sido escrito, con igual validez, por Jorge Icaza, Miguel Ángel Asturias, José María Arguedas o Juan Rulfo, por sólo mencionar algunos ejemplos.

Luego de casi dieciocho años de silencio por la cumbre alcanzada por el éxito de Yo, el supremo, Roa Bastos retorna a la novela en 1992 con Vigilia del Almirante, nuevo texto histórico en torno a la figura de Colón; El Fiscal (1993), cuya historia transcurre durante la dictadura de Stroessner, y con la cual conforma el autor una trilogía de novelas históricas, junto a Hijo de hombre y Yo, el Supremo, que refuerza su idea sobre historia y ficción esbozada en párrafos anteriores. Aquí establece vasos comunicantes entre los diferentes períodos históricos: dictadura de Francia; rebelión de 1911, hasta la guerra del Chaco (1932-1935); dictadura de Stroessner, en una suerte de anacronismos deliberados, que entroncan directamente con la conciencia del origen oral de su literatura. Si el oralitor, el cuentero, transforma su historia cada vez, el escritor debe hacer lo mismo; es lo que el propio Roa Bastos ha llamado «poética de las variaciones» y bajo esa certeza ha reescrito más de un texto ya publicado, como hizo con la versión original de Hijo de hombre, modificada 23 años después. A El fiscal siguieron Contravida (1994), Madama Sui (1995) y otros textos antológicos, que muestran al escritor en activo y con una vocación irrenunciable a sus ochenta y seis años.

Roa Bastos es de los que aman y construyen, ni dictaduras militares ni el amargo exilio lograron doblegarlo. En su zambullida sin fin en el amor por su tierra ha terminado por ser su mejor cantor; el supremo escritor de la República.

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