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La Riso, diez años después (Parte I)
Ricardo Riverón Rojas , 04 de diciembre de 2009
Los procesos que a finales de la década de los ochentas e inicios de los noventas hicieron posible el nacimiento de casas editoras en las provincias cubanas, tuvieron un momento de replanteo estructural profundo en el año 2000. Fue entonces cuando, en reunión con los directores municipales de Cultura de todo el país, la máxima dirección de la Revolución decidió articular una red de equipamiento tecnológico para esos proyectos, a los que se les orientó además enfatizar en la captación de originales redactados en los municipios.

Al respecto se ha escrito (y publicado) bastante. Yo mismo he dado a distintas publicaciones, antes de este, varios artículos con enfoque polémico sobre las interpretaciones, virtudes, defectos, derivaciones indeseables y logros concretos del programa que casi nadie en la vida literaria (fuera de los marcos institucionales) conoce por su nombre oficial de «Ediciones Territoriales», sino con el de «los libros de la Riso».

El próximo año se cumplirán los diez primeros de gestión de este programa, y la redondez de la fecha recomienda detenerse a pensar cuánto ha aportado, beneficiado, enrarecido o distorsionado en el empeño por nutrir, con el rigor que merece, el inventario de lo que llamo «nuestros libros reales». Pasaron ya los momentos iniciales y debe cesar el pronunciamiento enfático triunfalista o crítico a ultranza, se impone el balance, sobre todo para recolocar, o colocar por primera vez en el sitio que tal vez le corresponda, el tema de las jóvenes editoriales.

¿Componente material versus esencia cultural?

Cualquier proyecto cultural que aspire a no sumirse en el marasmo de la autocomplacencia, o en el de la usurpación de un mérito histórico que no le corresponde, debe autoexaminarse constantemente. En el caso de este programa las pasiones guiaron con demasiada ansiedad los primeros razonamientos, en un sentido u otro, de forma tal que la mayoría de los análisis bordean con peligro el atrincheramiento en los extremos.

Reconozcamos, en primer lugar, la inversión de notable magnitud ejecutada por el estado en pos de un objetivo cultural ambicioso y altruista. A las duplicadoras digitales Riso, junto con las computadoras, presilladoras y guillotinas adquiridas para dar servicio de impresión, encuadernación y acabado a las jóvenes editoriales se les deben sumar, año tras año: el papel, la tinta, los másteres, las presillas, la cartulina, así como los desembolsos por salarios y derechos de autor de todos los trabajadores y artistas involucrados en el proceso; el resultado de tan significativo esfuerzo se identifica con varios centenares de títulos producidos y promovidos, también anualmente, a lo largo del país. Se trata de una experiencia sociocultural prácticamente inédita que, no obstante su noble médula, sometió a una tensión aún no superada a la mayoría de los elementos de la cadena autor-editor-promotor-lector-crítica-academia.

De alguna manera, según opino, se sobredimensionó en la mayoría de los informes y reseñas el valor del componente material en la concepción y articulación de una vida literaria que, sin renunciar al propósito de igualar las posibilidades de cada autor para publicar, partió del principio errado de que existían, en todos los territorios, libros publicables en una dimensión muy superior a la real. Y al amparo de ese supuesto, el mínimo de calidad antes exigido, que ya portaba la generosidad de la política cultural de la Revolución desde sus días iniciales, distendió la vigilancia en la cota inferior de su frontera. La oferta editorial superó en buena medida, según lo observado tras diez años de producción, las demandas del supuesto colchón de originales de calidad no publicados antes por falta de una infraestructura material reproductora tan prolija.

¿Autor publicado = Escritor?

En consonancia con lo antes dicho, el elemento «autor» de la referida cadena recibió ipso facto el efecto de la rápida aplicación del programa. Cuantitativamente, casi se cuadruplicó la cantidad de personas que vieron impresos sus originales, y no cabe duda de que algunos de estos textos, de valor, accedieron a la vida pública mucho más rápido que si hubieran tenido que esperar por la vías operantes en el momento inaugural —que me niego a llamar «tradicionales», atendiendo a que a lo largo de más de cuarenta años esas «vías operantes» no cesaron de evolucionar y crecer—. Igual consideración merecería la distribución territorial de los autores publicados, pues se logró que muchos residentes en las periferias municipales, y en poblados que ni esta categoría político-administrativa ostentan, alcanzaran a publicar sus obras, hasta entonces casi invisibles para las casas editoras en activo. Los libros de la Riso profundizaron y radicalizaron el viaje cultural del centro a la periferia, en correspondencia con la óptica inclusiva de la política cultural revolucionaria. No obstante, una de las características que cabría elogiar del período previo a la Riso pudiera ser la cautela, tal vez mayor que lo deseada, pero justa, pues impuso un límite de indudable rigor para el libro cubano en lo tocante a la revelación de nuevas firmas.

La ampliación del abanico temático de lo publicado en un decenio a expensas de la nueva política merece, con escasas manchas, consideraciones elogiosas, aun cuando los textos históricos y de otras esferas del pensamiento continúen siendo minoría en los catálogos de las editoriales con sede en provincia. Estos temas, a mi modo de ver, pueden considerarse los más importantes beneficiarios del programa, pues revelan su costado más renovador. Por tal razón pudiera resultar juicioso cargar un poco más la mano en la publicación de libros de Historia, Pensamiento Filosófico, Divulgación Científica, Deportes, Periodismo y otros, esferas donde existen, en provincia, más redactores de investigaciones que escritores, pero también notables potencialidades.

No obstante lo antes dicho, el rápido y relativamente fácil arribo de una masa importante de personas a la categoría de autor publicado, si bien pudo ser visto en el instante inicial como la respuesta válida a aquella pregunta de Fidel: «¿Qué puede hacer con su original una persona que escriba El Quijote en un municipio?»; o como la necesaria acumulación cuantitativa que derivaría en un nuevo estado cualitativo, el desmesurado salto dio origen a algunas deformaciones, entre las cuales la más indeseable para la cultura se localiza en cierta confusión en la escala jerárquica que la buena escritura debiera marcar. En los días que corren, sobre todo en muchos espacios del interior del país, esa escala jerárquica ha sido violentada con más frecuencia de lo deseado al conferir las instituciones el virtual título de escritor a quien es apenas autor de uno o dos cuadernos en la Riso, a la par que le conceden un trato igualitarista (y a veces privilegiado) frente a personas con currículos enriquecidos a lo largo de décadas de quehacer y validación en los espacios ampliamente competitivos de la vida literaria pre-risográfica. A estos últimos, para disponer de una tipología cómoda, es a quienes llamo escritores. Y a los estrenados (o atrincherados) en la Riso, de momento les llamaré autores, aunque las denominaciones pudieran parecer festinadas y no antónimas, y disten mucho de ser definitivas.

Tal ejecutoria igualitarista ha tenido expresiones, a veces aberrantes, en el acceso a espacios remunerados por la comunicación oral de la obra literaria, como sucedió en cierto momento en la provincia donde vivo. Tal vez la más lamentable deformación a la que condujo esa práctica fue la que propició la entrega en mayor medida, con perjuicio para los escritores, del espacio público a esas figuras emergentes. Tal proceder, sobre todo, enrareció apreciablemente la receptividad, y a su vera se desembocó en la confusión del lector o asistente habitual a las actividades de comunicación autor-público, las que para colmo crecieron en irracional progresión geométrica y aún hoy se ejecutan al amparo de una desgastada metodología —aunque no sea siempre el caso— consistente en leerle textos a un escuchante pasivo, con la intervención de un presentador y el uso de algún elemento musical de apoyo. Vale aclarar que se trata de un desaguisado más frecuente en territorios del interior que en la capital, donde la Riso, lejos de perjudicar a los escritores, les ha brindado un espacio alternativo. Pocos autores residentes en La Habana han podido escalar jerarquías solo a partir del aval que pudieran concederle los libros de la Riso.

No sería justo omitir lo que considero ganancias en la comprensión y conjuro de esta problemática referida a los autores emergentes, pues el Instituto Cubano del Libro, con la inauguración de la colección La Puerta de Papel, instauró una nueva instancia de validación de lo mejor publicado a través del programa que analizamos. Esperamos objetividad y rigor en la selección de los títulos a reeditar en La Puerta de Papel, de manera que la Riso se establezca como una real posibilidad de ascender, no solo a la categoría de autor, sino a la de escritor.

De igual forma celebro el que algunas editoriales, como acaba de hacer Capiro, conciban una colección jerárquica para distinguir de alguna manera, con el diseño y otros elementos, los libros de los escritores, para que así se diferencien, con la legitimidad que adjudica el currículo, de los que publican los que aún no lo son, aunque hayan publicado algún título. Iniciativas como las que acabo de enumerar corrigen en una medida no despreciable algunas de las deformaciones iniciales del justamente expansivo programa de la Riso, que sigo negándome a llamar «De ediciones territoriales».

Otras deformaciones pudieran reseñarse brevemente, como la del cazador de casas provinciales para publicar los libros-subproducto que las editoriales llamadas nacionales rechazarían o, solo por respeto a algún nombre, publicarían. Es una deformación que muestra muchos costados, y en ella se involucran autores de todo el país, incluyendo algunos escritores. En pos de esas uvas (que no están verdes) algunos, acaso con el elemento remunerativo en la mirilla, o compulsados por sumar cuentas al collar de sus currículos, han llegado hasta a concebir libros pensando en el producto menor que significa la cubierta en blanco y negro, la escasa paginación y la circulación circunscrita casi por completo al territorio donde el libro es editado. Aunque, en honor a la verdad, algunos escritores han entregado valiosos originales a estas casas.

Como mi propósito es analizar, lo más exhaustivamente posible, cómo influyó el fenómeno Riso en cada uno de los elementos involucrados en la cadena del proceso literario cubano, y en atención a que estos primeros razonamientos —donde solo toco el primero de ellos: el autor— ocupan ya un amplio espacio, cierro de momento el análisis hasta la próxima entrega, donde continuaré proponiendo miradas a los otros elementos, como la edición, la promoción (incluida la circulación), y el papel que han podido jugar, para la receptividad de esta literatura, la crítica y la academia. Intentaré además aportar puntos de vista para ofrecer posibles soluciones y mejoramientos a esta fructífera e inédita experiencia sociocultural, de la que —pese a sus posibles flaquezas— podemos sentirnos ya orgullosos los cubanos.

Santa Clara, 2 de diciembre de 2009

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