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Cultura y profusiones. Punto dos
Jorge Ángel Hernández , 04 de diciembre de 2009

Desde los puntos más alejados de la historia, el ser humano ha sentido que su existencia no gira únicamente alrededor de su ciclo vital, de sus necesidades reproductivas y de supervivencia. Las huellas dejadas en la piedra indican que, de algún modo definitivamente oscuro hasta este punto del conocimiento, asumía la transformación del medio también fuera del enfrentamiento directo con la bestia que habría de servirle de abrigo y de sustento, y además, que sus vínculos con el preciado y misterioso fuego iban más allá de la transformación del alimento, las armas o las pieles, para adentrarse en la búsqueda de objetos distintivos que le serían físicamente inútiles o acaso también de sensaciones que sólo ante él podían manifestarse. La condición humana requiere de un acto de contemplación interpretativa justo en los anales de su evolución y, aunque variando de acuerdo con las circunstancias sociales, siempre presente en tanto mecanismo. El “ocio” del hombre primitivo era también un contexto de transformación por el trabajo que habría de actuar, además de sobre la composición biológica del cerebro humano, sobre sus mecanismos para profundizar la inteligencia. En tanto las manadas animales desarrollan en ciclos cerrados su existencia, las manadas que van conquistando la hominización no sólo intuyen, por astucia azarosa, las soluciones culturales de sus bienes materiales, sino que además las experimentan y hasta las socializan.

Las sociedades posteriores, hasta llegar a esa fuente inagotable de los principios del saber occidental que es la cultura de la Grecia antigua, comprendieron que las bases de esas diferenciaciones —mágicas, pragmáticas o de apariencia— no sólo distinguían su condición como especie, sino también su rango y, con ello, las maneras de comportarse en relación con el lugar que ocupaban entre sus semejantes. El ser humano, en ese devenir de su conocimiento, halló la función básica del mito, conformó una estructura simbólica que iba a dejar de ser eje mediador entre la praxis inmediata, estrictamente elemental, y su idea de cómo dominarla mejor desde el abstracto mundo individual, para hacerse motivo de su mejoramiento y explicación de su propia condición humana. La necesidad de expresar el mito mismo, de interpretarlo y hasta de modificarlo, lo enfrentó al poderoso instrumento del lenguaje, a la imprescindible motivación de dominar la lengua y al hecho de que habría que saber cómo existía. La posibilidad de validar el mito, de vuelta ya de este proceso, lo colocó además ante las artes, ante sus normas de erigirse y, ya en el florecimiento de las civilizaciones clásicas, ante la sensación de que este conjunto de instrumentos también podía protegerlo, diferenciarlo y hasta colocarlo por encima del medio natural que lo forzaba a mejorarse incesantemente.

Por una parte, el mito, que actualiza el conjunto de relaciones hacia el conocimiento y el reconocimiento de los grupos sociales asociados por condiciones similares de existencia; junto con él, la lengua, que transforma en universo seguro de comunicación las relaciones sociales más allá de esos grupos estrechamente asociados; y en consecuencia, el arte, portador de la condición individual del ser humano que ha sabido ya socializarse a través de la lengua y de los mitos. Tres elementos que centran su accionar en los sistemas significativos, impensables, además, sin la pre-existencia de sistemas continuos de codificaciones que permitan su desenvolvimiento.

La especie humana se reconoce entonces como creadora exclusiva de cultura, y se distingue por ello esencialmente. Se sabe en un punto intermedio entre el mundo intocable, percibido tan solo en el imaginario y que, por tanto, acaso lo domina y presupone sus actos y sus formas, y el mundo material, inmediato, representado en objetos, alimentos, cuerpos, que cambia y se hace útil bajo su propia acción. Así, la identidad precisamente humana, ratificada por las transformaciones a las que el propio ser se enfrenta en su continuo intento por superar la naturaleza que puede sojuzgarlo, establece el acceso a un orden que hemos llamado cultural.

¿Sería la condición humana, per se, generadora de cultura? ¿Basta con nacer precisamente dentro de la especie para adquirir una expresión cultural? Si el ser humano necesita de su condición social para llegar a su momento de expresión cultural, ¿por qué nos fascina tanto una obra como El libro de la selva, de Kipling, estrictamente opuesta a tales concepciones?

Al legar los bienes materiales que le han permitido ir superando el mundo natural, el ser humano crea, con la comunicación, con la transmisión de los conocimientos que llevan a esos mismos bienes culturales, la herencia que lo caracteriza. No sólo formándose, distinguiéndose, identificándose entre las demás especies, sino también comunicando, transmitiendo los modos mediante los cuales ha conseguido, además de esos instrumentos, el mejor empleo de ellos para su propio beneficio. Por tanto, no basta con hallar la manera de crear los bienes culturales y de situarse ante las formas de existencia en sociedad, con su correspondiente nivel de transmisión de esos descubrimientos, sino que es necesario además un ejercicio de autocomprensión, de clasificación emergente cuyos grados de cambio no aparecen de forma predictiva, sino en virtud de asimilarla en inmediatas circunstancias.

En su categoría, el ser humano se transmite a sí mismo el arsenal de sus conocimientos y la manera de continuar desarrollando su propia experiencia. ¿Cuál es, no obstante, el sistema de referencia que lo impulsa a ese esfuerzo consciente de autocomprenderse? ¿Por qué es capaz de dominar la naturaleza y de convertirse en otro que se ve superior a las demás especies?

Desarrollar la capacidad de trascender el mundo natural inmediato que limita sus actos y su vida, para expandirse después, portador de tal capacidad de dominio, al mundo circundante —el natural y el social— centra el porqué y el hacia dónde de su propia historia cultural. El acto constante de aprehender esa necesidad de relación transformadora, y de comunicar su propia experiencia como agente productor de innovaciones que permitan al receptor superar esos legados, define el devenir de la cultura. Ella, por tanto, depende de la eficacia que pueda conseguir el ser humano en su uso natural de los significados percibidos, en la transformación de los códigos vigentes, y en la praxis que le permita obtener nuevas significaciones. No basta con imponerse al medio natural, como ser físico generador de pensamiento simbólico, para acceder al mundo cultural; es necesario, además de captarlas, transmitir en los ámbitos comunicativos las maneras de las que se ha valido para tal transformación y, tan importante aun, socializarlas, de modo que no se separen irremediablemente del trabajo, crisol que concentra el núcleo vital de toda actividad humana. No es suficiente el proceso de diferenciación de la naturaleza para estar en el ámbito de la cultura. Ella se enmarca no solo en la capacidad transformadora del ser humano sobre la naturaleza, sino también en el proceso de transformación de la propia naturaleza humana.

Pero tal aserto, si bien despeja un tanto el horizonte, queda también a medias para obtener una definición en la cual se equilibren las búsquedas más abarcadoras con las más específicas señales; se convierte, en el mejor de los casos, en una especie de noción que, si bien se aproxima al objeto de estudio imprescindible, no alcanza para llenar los vacíos del concepto. Con frecuencia las definiciones de cultura se han conformado con parodiar la sintagmática del discurso social en su actividad transformadora, o se han refugiado en una extrema diferenciación simbólica de lo que constituye el devenir social. La producción de bienes y legados culturales se reduce así al empleo operativo de instrumentos o valores dentro del marco de las relaciones sociales o a bloques del saber y la exégesis que la sublimación a ultranza aísla, y hasta coloca como oposición, de ese mismo devenir.

La cultura sobrepasa, en sus diversos sistemas internos, el estudio de la especie humana según sus costumbres, sus rasgos étnicos y sus mecanismos de producción y consumo de bienes materiales. El propio testimonio del desarrollo social, en la especificidad de los contextos culturales, quiebra las fronteras tradicionalmente impuestas por el análisis filosófico debido a la diversidad de relaciones que él mismo pone en marcha. Las plenas posibilidades y la síntesis integral que el individuo en sí mismo constituye, implican un universo en el que las consecuencias específicamente culturales entran a jugar un papel tan importante como las condiciones sociales o los fenómenos relacionados con la conciencia social o con el subconsciente. Ese carácter multifacético de los vínculos del ser humano con sus semejantes y con los contextos que lo circundan reclama una multiplicidad de acercamientos analíticos y, si se quiere, un eclecticismo metodológico que se corresponda con la diversidad de las fuentes que deben integrarse al pensamiento que va en pos de las definiciones.

La humana capacidad de autocomprenderse, y de desarrollar los legados percibidos justamente como testimonio del desarrollo social, ha estado bajo el riesgo constante del reduccionismo en el análisis, unas veces por limitaciones de alcance teórico y otras por las barreras que imponen a la libertad analítica ciertos sistemas demasiado encerrados en sus propias presuposiciones. La mayoría de las veces, sin embargo, la coyunda está relacionada con la propia dirección que el analista emprende en el contexto sociocultural en que su ideología se define.

Lo específicamente cultural reclama una visión que se permita distanciarse de esos procesos sancionados dentro del marco de las relaciones productivas, no precisamente para obviarlos, sino para descomponerlos en sus perspectivas direccionales y, con ello, acceder a ese otro mundo de expresiones materiales con las que el ser humano se distingue de sus semejantes. Los determinismos filosóficos estrechos impiden que sus preceptos entren en los niveles de codificación que una semiótica de la cultura necesita para no limitarse a sentidos de aproximación o, peor aun, a asimilaciones de figuraciones de carácter acaso enciclopédico.

Independientemente de la visión con que se trate, la cultura, en su carácter de expresión inmediata, básica, nutriente, de la especie humana, ha continuado reclamando su lugar de la manera más eficaz posible: se reproduce en un ciclo perenne de autosatisfacción.

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