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Stephen Hawking desde la poesía (II)

Virgilio López Lemus, 21 de octubre de 2019

El universo en tu mano, del discípulo de Hawking, el francés Christophe Galfard, vuelve sobre el infinito pero añade la nada. Claro que no habla de la nada existencial de un Jean Paul Sartre, de un Albert Camus, sino de un campo cuántico desde el cual se forma (se formó) el universo. Editado por Blackie Books en 2015, tiene una edición española en 2017. Por ella me entero que nuestro universo es mucho más extenso que la idea que tenemos de infinito. Y ¿qué idea tendremos de infinito que podemos considerarlo más grande aún? Dice: «nuestro universo no solo es inimaginablemente más extenso de lo que creíamos, sino que también es inmensamente más hermoso de lo que ninguno de nuestros antepasados supuso jamás».

La frase añade una valoración estética: «hermoso», cambiable por «poético». Pero debe saberse que en el concepto de infinito no cabe solamente nuestro universo, sino la concepción de multiversos y de varias dimensiones. Añade un apocalipsis mayor que cualquiera de los conocidos: el sol se expandirá y se tragará a la Tierra (para entonces, la humanidad vivirá en torno de Júpiter o alrededor de otra estrella), Andrómeda chocará con la Vía Láctea, los agujeros negros se dilatarán y se fundirán unos con otros, el universo avanza hacia su paralización térmica.  Es la poesía catastrófica del cosmos, la epicidad del movimiento.

Claro, el asunto no será «mañana», sino millones y millones de años por delante. Si la especie humana sobrevive tantísimo tiempo (seguramente transformándose, evolucionando, siendo «otra» de lo que somos), habrá buscado sitio donde residir, nuevo hogar, patria nueva, ya no será terrícola. Seremos ET. Si es de lucubrar, quizás ya entonces sea una especie o varias robóticas. La poesía tiene derecho a meterse en estas entretelas, a especular más allá de la llamada ciencia ficción, pero también mediante ella, mediante el epos de una raza expandiéndose en el cosmos, ¿será ese nuestro real destino, expandir la vida inteligente por el cosmos? Ello era motivo de especulación también para Hawking. Como los judíos escribieron el Antiguo Testamento para historiar su génesis y desplazamientos, su historia y su sabiduría, ahora está por hacer o hemos comenzado a escribir ya la poesía de nuestras conquistas extraterrestres.

Nos enteramos por Galfard que incluso la llamada muerte térmica del universo no lo será del todo, puede «resucitar», dar lugar a la formación de uno o varios nuevos universos, universos surgiendo dentro de universos como pompas que se han de expandir, tal ya ocurrió con el nuestro y el lapso llamado Big Bang. ¿Qué finalidad tendrá la vida en ello? ¿Será la inteligencia la que sirva de partera a un cosmos-niño, nuevo, recién nacido, en creciente, espacio y tiempos nuevos para nuevas formas de vida? Son ideas apasionantes. Solo especulación, poesía del saber, poesía del ser investigando su génesis profunda y su destino, para remontar catástrofes y sobrevivir. Tales Apocalipsis no los soñó ni Juan el profeta ni Nostradamus. Quizás el cosmos nos necesita para «salvarse» o transformarse en vida, en inteligencia viva.

Estos caminos los tejió Hawking y su discípulo Galfard siguió ese camino especulativo, mientras explica el saber de la cosmología contemporánea. Alguien pragmático dirá que primero hay que asegurar la sobrevivencia de nuestra especie, acabar con las guerras, pensar en colectivo (inteligencia de colmena), derrotar el hambre, la explotación inmisericorde, las diferencias abismales entre los seres que vivimos en este planeta azul, viajero con su Sol por la inmensidad, por lo inconmensurable. Cierto. La poesía del cosmos nos pide sobrevivir, y mientras la depredación, el reparto del mundo y el prejuicio de los intereses nos coma la existencia, seremos una especie primitiva, incapaz de grandes saltos ahora increíbles que nos sitúen a nivel de la entera expansión productiva y pacífica del cosmos.

Por ahora sigue siendo un milagro vivir. Nuestra especie asombrosamente maravillosa, pese a todo, busca aún redentor, y quizás lo hallará en sí misma. Mientras tanto, arden allá arriba, abajo, a los lados, en lo profundo los soles y las galaxias, los sitios donde debe existir la vida, aquella que debemos descubrir ojalá cuando ya no seamos guerreros, violentos, marcadores de terreno como las fieras.

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