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Los signos de Signos cincuenta años después

Ricardo Riverón Rojas, 15 de octubre de 2019

A punto de cumplir el medio siglo de su fundación, la revista Signos lucha por no abandonar la ruta que inventó para ella el descomunal Samuel Feijóo. En los 42 números sacados a la luz por los sucesivos continuadores se aprecia, siempre con distinto enfoque según los respectivos puntos de vista actuantes, la voluntad por buscar la cultura en los sitios y sujetos que, a causa del vertiginoso devenir, perdieron interés para una amplia zona de las expresiones culturales.

Signos siempre ha enfocado su teleobjetivo hacia las zonas donde la espontaneidad (e ingenuidad) de los planteamientos culturales reviste de frescura la oferta, aunque no por ello el ingenio popular, en sus modos enunciativos a veces sumamente sencillos, se aparte de esa alta poesía que remite a la comunión con la naturaleza –tan cara al fundador– y al complejo devenir cotidiano en regiones periféricas del pensar y el vivir.

El catálogo de costumbres, testimonios, performance, dibujo naíf, oralidad silvestre, rescate de tradiciones que Signos ha instalado en la cultura cubana constituye una de las tablas salvadoras (para la imprecisa posteridad) de expresiones que, a falta de otras plataformas institucionales, hubieran naufragado en un devenir demográfico que torna cada vez más escasas sus áreas de reproducción natural.

Al analizar la evolución del perfil de Signos lo primero que procede es celebrar la inteligencia con que sus gestores han trasladado el radio de acción de muchas de sus búsquedas, de las áreas rurales a las periferias citadinas, e incluso a los centros urbanos siempre con la perspectiva de captar la sensibilidad del hombre elemental y dejar con ello registro de sus expresiones.

Los tiempos son otros; los intereses de la masa humana han migrado hacia el imperio de las tecnologías, nadie lo cuestiona, pero el influjo de lo sofisticado aún no ha hecho desaparecer del todo el ímpetu agreste que como pueblo nos singularizó durante un larguísimo período. La revista en cuestión apuesta por la ubicuidad de su poética, fértil en todos los suelos. A quienes aún reverencian y asumen las prácticas y modos de vida desde estos paradigmas se les denomina en la actualidad «portadores», y la imprecisa etiqueta metodológica no consigue atrapar en toda su polifonía la grandeza y densidad de los mismos.

Resulta que esta Signos de 2019 se diferencia de la que en 1969 fundara el autodenominado «sensible zarapico», sobre todo porque el componente mágico-lúdico se presenta bastante atenuado, pese a que entre los personajes que desfilan por sus páginas todavía podemos hallar mentirosos geniales, relatos insólitos, pasajes pintorescos, geniecillos delirantes y un sinfín más de seres que, con su imaginería, incorporan matices insospechados a la planicie de la realidad monda y lironda.

No obstante, en esta revista de cinco décadas se mantienen principios fundacionales importantes: la redacción amena y rara vez teorizante, el predominio de la voz testimonial, una bolsa autoral ecléctica donde conviven autores y artistas de amplio currículo con otros que apenas balbucean sus primeras creaciones. El arte no académico resulta muy favorecido. El blanco y negro aporta una visualidad que la singulariza en el polícromo universo revistero cubano; y el diseño, aunque un poco más dentro de las normativas, mantiene algo de la irreverente heterodoxia que marcó la estética de Feijóo. La prevalencia del dibujo a línea es otra de las virtudes sostenidas hasta el día de hoy.

En estos días previos al cincuentenario (en noviembre), la revista Signos renueva completamente su equipo de dirección y edición, pues los titulares de los principales puestos, por jubilación o migración ventajosa hacia otras instituciones, fueron sustituidos por otros no menos competentes y comprometidos con su espíritu. Una característica de la provincia Villa Clara, sede del proyecto, es la existencia de personas calificadas para retomar cualquier báculo y mantener, en su plena sonoridad, la que sigue siendo, con sus diferencias y todo, la revista única que hizo nacer el gran folclorista villareño cuando, en 1968, debió apartarse de Islas, otra de sus hijas predilectas.

Nos corresponde, según creo, a todos los comprometidos con la cultura cubana, y en específico con la popular, seguir dando nuestro aporte para que Signos no se detenga en la exploración de ese universo inagotable que se manifiesta en los sueños, palabras, trazos y acordes de esas personas que desde la desventaja de una formación empírica, pero sumamente poderosa, la hacen vital y degustable.

Valga, entonces, la celebración. Que los signos de Signos sigan decodificando para nosotros esas recónditas costumbres que, aun lejanas, circulan por nuestra sangre para aportarle otro color y otro calor a la identidad que constantemente nos recuerda quienes somos.

(Santa Clara, 13 de octubre de 2019)

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