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Los años 9
(ejercicio lúdico-numerológico)

Ricardo Riverón Rojas, 03 de septiembre de 2019

Nací en 1949. La Revolución triunfó en 1959. En 1969 me hice adulto definitivamente, zafra mediante. En 1979 nació mi hijo mayor, Carlos Enrique. En 1989 se publicó el que considero, en términos profesionales, mi primer libro: Y dulce era la luz como un venado. En abril —que nunca será, para mí, el mes más cruel— conocí a una persona que posee pasaporte de entradas infinitas a mi corazón, sin puerta para el regreso.

Aunque en 1999 el show se lo robó la víspera del nuevo milenio, ese año falleció mi padre, en Zulueta (mi madre se le adelantó un año y un mes). Escribí la mayor parte de los textos que después integrarían mi libro de testimonio Pasando sobre mis huellas, con el cual alcancé el Premio Uneac en 2001. En 2009 vino a Cuba, desde Maracaibo. Dayana López, quien me regaló un paseo por el malecón habanero, tan de la luz como si tripuláramos al viento. Escribí con devoción el prólogo de su poemario Iracunda.

Pero ese año también Mario Benedetti falleció, cumplí los 60, gané certeza de la vejez y le hallé sentidos, nunca antes advertidos por mí, al poema “Currículum”, del gran uruguayo:

El cuento es muy sencillo
usted nace
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
el torpe escarabajo
que su zapato aplastará
valiente
usted sufre
reclama por comida
y por costumbre
por obligación
llora limpio de culpas
extenuado
hasta que el sueño lo descalifica
usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo se le vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros
usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío
entonces
usted muere.

Mido mi vida de diez en diez, de un nueve al otro, no porque los demás años se vayan sin penas ni glorias, sino porque paso balance en los que cierran con ese dígito mostrenco. Todo lo que termina en nueve me parece inconcluso, promisorio, de ahí mi predilección Todo lo que ocurre en la vida de un hombre es fragmento con posibilidades de crecer. Solo la capacidad de incorporarle sentidos, del pecho hacia adentro, a lo fútil, lo vuelve trascendente. Contemplar al sol en el campo cubano a las nueve de la mañana, cuando se recuesta a los nudos de la ceiba, nos propone territorios espirituales que van de la fiereza a lo contemplativo, del éxtasis a la exaltación, embrujados por cualquiera de las musas clásicas que, para mi felicidad, suman nueve.

Todo lo que cierra con un cero está terminado; lo que finaliza con uno, en sus inicios; el cinco nos pone a medio camino de todas las verdades. El nueve, sin embargo, nos avisa de que estamos a punto de llegar, o de cerrar para siempre: dos maneras de adivinarle el sentido a lo dicho, lo visto, lo previsto, lo que es solo sueño, lo tirado al azar, lo cancelado. El nueve da la sensación de menos, por eso los capitalistas fijan sus precios en 49.99 u 89.99, siempre con cierre en 9. Restando un centavo, te secuestran 10 pesos.
   
 Este año 2019 tal vez sea bueno: nació mi primer nieto, a quien llamaron Noah; cumplo 70 (69 parece menos) y deben publicarse dos libros míos. También se graduó mi hija menor de la universidad. Pero, ni sé por qué, es un año que ya me duele. Miro a mi alrededor y quedan pocos de los de siempre: no veo a ninguno de los que en mi frutal infancia me inocularon la suspicacia ante los guarismos sin alma. Tampoco se me presentan muchos de aquellos con quienes compartí sueños y trabajos a lo largo de varias décadas. Busco a mi hermana, en el poyo de la casa, donde me hace una falta sin fondo y acabo llorando sobre un álbum de fotografías donde casi siempre la acompaña un perro.

En 2019, para luto permanente de la cultura cubana, falleció Roberto Fernández Retamar, un poeta que nos deja muchos vacíos y un millón de interrogantes sin respuesta fácil. Nació en un año cero: 1930, y falleció en uno nueve, para quedarse para siempre en los ochenta y tantos. Vivió, a lo ancho y largo de su sangre: la soledad de los adioses, la rotura del follaje, el chapisteo de lo imposible corroído, la epifanía del triunfo revolucionario. Aprender a vivir asumiendo lo que otros dejan en el nueve fue uno de los oficios de Retamar; lo que pudo lo elevó hasta la decena siguiente con el cero concluyente de quien lo otorga todo. Nos deja, para añadirle un uno, tareas que, sin él, nadie sabe de qué lado de la igualdad tendrán un ímpetu más fértil.

En su poema “Payaso al descubierto”, nos regaló un testimonio de esa angustia que nos invade cuando comprobamos que no somos más que uno, por muchos que seamos:

El payaso tiene pintarrajeada la larga cara soñolienta,
(...)
Se fueron los trapecistas y los elefantes, los caballos enjaezados de amazonas,
Los malabaristas orientales, los niños, los mayores, los osos con patines, los músicos, los dulces.
(...)
Porque el circo está apagado, y él, sin saberlo, se ha quedado dentro: lo han olvidado como a un bulto.
(...)
Se conforma con creer que hacía reír, o por lo menos sonreír,
(...)
Pero no: sobre su cabeza sigue el sombrero puntiagudo mal puesto,

Y a sus pies una pequeña luz que seguramente gente también seria ha dejado olvidada, por descuido, como a él.

Al nueve y al cero los separa un solo valor, sin embargo cuánta sutileza subjetiva: el vacío y la sobreabundancia; el primero satisfecho de su rotundez; la segunda desequilibrada, impar, ansiosa. Así ando yo por el mundo, que nací en un año 9 y espero cerrar mi lucidez con un 99 que ojalá sea víspera de los ceros la eternidad.

(Santa Clara, 1 del mes 9 de 2019)