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Poesía y reciclaje

Ricardo Riverón Rojas, 29 de julio de 2019

La poesía es reciclaje crónico. Los astros que, para Neruda, tiritaban azules a lo lejos, se configuraron con materia cósmica, tal como lo hicieron  aquellas constelaciones que —según Serafina Núñez— nos humillan.1 Son lo mismo, pero otra cosa: los nerudianos acompañaban a unos versos tristes; aquellas a unos «pájaros terrestres» y a un niño puro jugando entre relámpagos. La paloma equivocada de Rafael Alberti tampoco es la de vuelo popular de Nicolás Guillén, aunque ambas simbolicen la paz, la pureza, la ingenuidad, la concordia y estén hechas también de pluma y carne.
 
Lo connotativo —brújula nutriente— expande al mundo, le insufla otredades, concilia antagonismos, reconstruye, vocal a vocal, consonante a consonante, cada sema para pluralizarlo exponencialmente. Cada palabra puede, al convivir con otras, iluminar (o iluminarse con) un contexto, parir un nuevo andamiaje simbólico que, en alas de la isotopía distribuye, equilibrada o torrencialmente, colores, sonidos, sabores, espíritus y esencias diseñados por el infinito cantábile.

La comodidad interpretativa, sumada a los prejuicios, desecha lo no convencional, se atiene a lo obvio, de ahí que impida captar las vibraciones subterráneas que hacen, de cada vocablo, soporte de una otredad sin barreras. El arte más auténtico lo retoma todo: lo de ayer, lo de antier y lo de mañana. Y recompone utilidades.

El surrealismo contribuyó enormemente a desautomatizar nuestra relación con los objetos y su representación lingüística. Con el paso de los años y los movimientos artísticos lo recóndito se fue haciendo habitual, y nacieron, entre otros, el realismo mágico, lo real maravilloso, la antipoesía, el estructuralismo, la escritura automática... Sincronía y diacronía intercambian valores en pos de la pluralidad integradora. Las imágenes se superponen y discuten hasta la ruptura, aunque al final todo acabe en consenso cuando se le reconoce valor agregado a lo experimental.

Lo connotativo no se relaciona, en pauta exclusiva, solo con las vanguardias, pues en lo más tradicional podemos identificarlo. Si la poesía es suma de sentidos también puede ser contracción por síntesis, y en ese proceso de concentración, lejos de difuminar, reforzamos el volumen epistémico, reconvertimos con artificios tropológicos, cubrimos con más capas intercambiables al objeto (o sujeto) lírico.

Dentro de una norma estrictamente tradicional, en el soneto La rosa blanca de Carilda Oliver Labra podemos apreciar claramente el trabajo de traslación de cualidades, para culminar, invirtiendo el proceso, con una afirmación de ingeniosa síntesis. El arsenal tropológico, traído del romanticismo, se recicla en el ímpetu coloquial, pese al respetuoso modo imperativo:

Vedla como sostiene esa hermosura
en maroma de luz sobre la rama;
apenas el temblor que hace una llama
cuando termina en humo su ternura.

Vedla con ese estilo de la dama
que ya no sueña pero en nieve dura;
de pétalos y albores amalgama,
de nube que bajó casi figura.

Vedla en su eternidad: pálida, sola.
Ya no sabemos si acabando empieza
a ser todo lo blanco que tremola.

Tal vez por no quitarse la corola
así quedó pasmada de pureza.
¡Ay, más que flor parece una tristeza!
2

Frente a un paisaje rural que se estandariza en grandes extensiones de cultivos y uno urbano que se diversifica en estructuras vanguardistas, la poesía se fue alejando de la arcadia frutal para concentrarse en fundir y reconstruir, con los mismos elementos y casi las mismas palabras, un nuevo patrón simbólico: las tecnologías sustituyen rumores y acuarelas para desembocar en un lenguaje casi fáctico, menos calificador, más centrado en las equivalencias de orden molecular. La meta de la poesía sigue siendo la estancia paradisiaca, la plenitud humana, aun cuando trate de denunciar; de esa forma los componentes de la vida citadina son cotejados con los que constituyen patrimonio de la naturaleza, donde se concentra la mayor cantidad de bienes palpables.

Alguna de esas certezas debe haber llevado a Carlos Drumond de Andrade a escribir: No cantes a tu ciudad, déjala en paz. / El canto no es el movimiento de las máquinas ni el secreto de las casas. / No es la música oída de paso; rumor del mar en las calles junto a la línea de espuma.3

Las flores de los románticos no son las que, en abril, alguna dama derramó en la camisa de Nicolás Guillén, pero siempre serán flores. El cisne de Darío, pese a ser el mismo cisne salvaje de Luis Rogelio Nogueras, es otro, quizá menos humano, más ornamental. El mundo es uno solo y cada cosa son muchas a la vez, lo que cambia es la forma en que lo interpretamos y lo reproducimos en sintonía con los tiempos.

En La condición postmoderna Jean-François Lyotard aporta visión sobre las luchas que el lenguaje establece consigo mismo en el proceso evolutivo de los discursos. La permanente tensión entre literatura y lenguaje popular, cada uno tributándole al otro, propicia numerosos reciclajes y vigorosos préstamos que acaban en donaciones. De lo aportado por el francés podemos también extraer que cualquier reciclaje lingüístico se cocina en los hornos de la conflictividad poética. Por eso propone:

...(debemos) admitir un primer principio que subtiende todo nuestro método: hablar es combatir, en el sentido de jugar, y que los actos de lenguaje se derivan de una agonística general. Eso no significa necesariamente que se juegue para ganar. Se puede hacer una jugada por el placer de inventarla: ¿qué otra cosa existe en el trabajo de hostigamiento de la lengua que llevan a cabo el habla popular o la literatura? La invención continua de giros, de palabras y de sentidos que, en el plano del habla, es lo que hace evolucionar la lengua, procura grandes alegrías. Pero, sin duda, hasta ese placer no es independiente de un sentimiento de triunfo, conseguido al menos sobre un adversario, pero de talla, la lengua establecida, la connotación.4

No creo que exista disciplina más subversiva que la poesía en lo tocante al reciclaje de sensaciones. En sus dominios se acomodan —con mayor intensidad en la época postmoderna— lo cursi, lo baladí, el kitsch, lo light presentes en la plástica, la música, los espectáculos actuales, solo que el mensaje poético, además del costado lúdico agrega, con asociaciones insólitas, matices ontológicos y hasta especulaciones filosóficas sobre el destino de la creación humana.

La poesía nunca parará de reinventarse, con las mismas palabras y con sensaciones nuevas. Cada palabra, que pudiera terminar siendo otra, volverá una y otra vez para insertarse en el engranaje de la comunicación profunda de las almas.

(Santa Clara, 25 de julio de 2019)

Notas

1 Serafina Núñez: «Interrogación», En las serenas márgenes, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, ISBN 959-10-0437-0, p. 49. Todas las citas de esta autora corresponde a esta fuente.
2 Carilda Oliver: Error de magia, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2000, ISBN 959-10-0579-2, p. 325.
3 Carlos Drumond de Andrade: «Procura de Poesía», disponible en: http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/poesia-moderna/16-poesia-moderna-cat/107-045-carlos-drummond-de-andrade?showall=&start=13, fecha de consulta 25-07-2019.
4 Jean-François Lyotard: La condición postmoderna, Editions de Minuit, Ediciones Cátedra, Madrid, 1987, ISBN.; 84-376-0466-4. Traducción de Mariano Antolín Rato, p, 12.