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El peremne adolescente fuma aún en la eternidad

Ciro Bianchi Ross, 04 de julio de 2019

A Félix Pita Rodríguez lo vi siempre con un cigarrillo entre los labios, el proyecto de un libro entre las manos y las maletas a medio hacer entre el periplo anterior y el próximo. “Donde manda viaje −me decía en una carta− no manda Félix Pita”. Conoció  Hanoi bajo las bombas, como en los años 30 había conocido a la España de la Guerra Civil, y todo su existir no fue más que, así lo definió, “una doble aventura, la de las letras y la de la vida”, aunque prefiriera siempre la última sobre la primera. Por eso decir ahora que su obra lo sobrevivió, es una verdad a medias. El hombre tierno e irónico que fue, cordial y peleón, amigo hasta las últimas consecuencias, injusto a veces en su apasionamiento, capaz de beberse una destilería, mientras descubría y alentaba a un joven poeta o atendía a un visitante, murió sin remedio, en tanto que su obra va siendo, lamentablemente, cada vez más olvidada.
 
Le llamaron, hace ya muchos años, el eterno adolescente. Y lo fue en su alegría de vivir, la manera siempre renovada de ver el mundo, la lectura que de él hacían los más jóvenes. La crítica lo considera uno de nuestros cuentistas más vigorosos y personales. San Abulde Montecallado, Tobías, Esta larga tarea de aprender a morir, Aquiles Sedán 18… son algunos de sus títulos en esa línea.  Su Elogio de Marco Polo (1974) más allá de cualquier intento de clasificación, es en su delicada sencillez y en el encanto de la fábula, una pequeña obra maestra.

Pita pagó tributo al surrealismo, un movimiento que conoció y vivió en París cuando se encontraba en lo mejor de su curva. Parte de sus poemas de entonces los recogió tardíamente en Corcel de fuego (1948). Años después publicaría Las crónicas; poesía bajo consigna, que escribió ya bajo el influjo de la triunfante Revolución Cubana. Lo mejor de su poesía hay que buscarlo en Las noches (1964) Historia tan natural (1971) y Tarot de la poesía (1976).

Publicó además Viet Nam; notas de un diario (1968) y Niños de Viet Nam (1974). Artículos y ensayos suyos aparecieron en De sueños y memorias (1985) y sus prosas juveniles en La pipa de cerezo (1986). Escribió para la radio y la televisión y fue un agudo crítico de arte. Mereció el Premio Nacional de Literatura. Dejó inéditos el poemario El velero en la botella,  y el libro de relatos Mi familia y yo, en torno a una parentela que quiso inventarse para sí, desde que en la década del 30, en el Mercado de las Pulgas de París, descubriera, en compañía de su amigo Pablo Neruda, una antiquísima colección de retratos. Aquellos seres cuyas imágenes veía por primera vez pasaron a ser desde entonces su familia. Su obra completa apareció en dos gruesos volúmenes que algún día habrá que actualizar. 

Esa es, a grandes rasgos, la obra de Félix Pita Rodríguez. Trabajó en ella casi hasta el final. Apenas dos semanas antes de su muerte —octubre de 1990— un periódico habanero daba a conocer la  que sería su última crónica.

El eterno adolescente estaba ya muy pasado de edad. En los últimos años enviudó, sus pulmones funcionaban a medias, perdió la visión. Hizo lo posible por chapistearse, hasta cierto punto. Fueron inútiles los consejos de los médicos para que dejara de fumar, ya ¿para qué? Contra la ceguera luchó cuanto pudo. Jamás expresó temor o tristeza a medida que el mal se hacía irreversible. Un día me dijo que estaba a punto de declararse “ciego por decreto” y que entonces decidiría qué haría: si dictaba a una secretaria o utilizaba la grabadora.

Ángela sería una tabla de salvación. Joven, inteligente, bella, sensible —quizás le recordara a aquella muchacha maravillosa con la que el poeta quiso establecerse en una isla del Pacífico— se consagraría a él por entero durante los últimos años para trasmitirle el calor y el júbilo de su edad. Pita hizo caso omiso a los que censuraban la diferencia abismal de edades en la pareja y volvió a escribir, o a dictar. No ya los viejos proyectos, sino los nuevos. El eterno adolescente quería seguir siéndolo.

En una ocasión, en un poema, luego de reafirmar su alegría de estar vivo: “de aquí no me quiero ir”,  ratificó su certeza de que esa historia, que uno escucha solo una vez, se la contarían  de noche. Coincidentemente la muerte sorprendió en ese horario a Félix Pita Rodríguez. Y solo ella pudo arrebatarle sus sueños y memorias y arrancarle el cigarrillo de los labios. El eterno adolescente sueña y fuma ahora en la eternidad. 

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