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El poema y su historia

Ricardo Riverón Rojas, 12 de junio de 2019

Los poemas no tienen historia paralela, pero muchos se empeñan en fabricársela. Los abundantes recitales de poesía que se despliegan a lo largo de toda la Isla están llenos de cuentos edulcorados donde se narra el milagro que convocó a la inspiración. Vicio heredado de los cantantes; aporta lo espectacular, el lado histriónico, el melcochoso humanismo de quien leerá un texto que, por lo general, se queda por debajo, u oculto en la monserga.

Lo malo (malísimo) es que casi todas esas narraciones son historias pueriles, prescindibles. Cuando Joan Manuel Serrat, en su memorable recital de 1973 en el Amadeo Roldán hizo historias previas a sus canciones, como la del carrusel del furo, por citar solo una, la dramaturgia creció y el volumen emotivo de las canciones se hizo más visible. De entonces data la imitación. Pero la música es otro reino.

De aquellas alocuciones del autor de Tío Alberto a las largas parrafadas con que cada poeta hoy se siente conminado a introducir sus textos, se desprende sobre nosotros toda la nieve del Himalaya. Y nos aplasta.

Puesto ante la circunstancia de la orfandad de público de tanto recital poético que nos acosa, me pregunto: ¿tendrá que ver ese afán de filosofía a lo Paulo Coelho con el espanto del público? Eso, más la mala dicción, el nulo carisma y la falta de interiorización del texto son, a mi entender los peores enemigos de la aburrida oralidad poética que nos acompaña desde hace más de una década. Claro, sin olvidar la "desprofesionalización" de la literatura que se derivó de políticas en exceso democráticas en un terreno donde se debe imponer la excepcionalidad.

En cada recital el poeta que lee, si es un poeta de valía, tendría suficiente con una brevísima introducción general de lo que leerá. Mínimo parlamento, de intenciones estéticas, o que aporte algún dato editorial, no eso que en Cuba llamamos "sapinguería", consistente en dorar, con elementos anecdóticos, la lectura de cada texto. Tan prolijos son esos despliegues que en una buena parte de los casos nos da la impresión de que el poema viene sobrando.

Ningún texto poético de valor necesita de introducción en el simple acto comunicativo. Si en otra época la comunicación oral de la poesía contaba con el apoyo de la recitación, más o menos engolada, más o menos orgánicamente actuada; y también –cómo no– con la rima y la medida, casi ninguno de esos resortes opera hoy. Muchos recordamos cómo la complicidad del oyente se alcanzaba a golpes de pura poesía, pues entre el emisor y el receptor se establecía un código común y la narratividad, muchas veces subliminal, era captada fácilmente. El propio poema nos llevaba al contexto.

Si bien es cierto que en aquellos tiempos la poesía echaba mano a herramientas emotivas, lo cierto es que esa frialdad, más cercana al neoclasicismo, y hasta a la antipoesía, que al romanticismo o el modernismo, blindó los oídos a los posibles escuchas. Tampoco podemos olvidar que los hábitos de consumo cultural cambiaron, y lo espectacular, y lo audiovisual han impuesto su pegada, pero la falta de espectacularidad de la poesía no se debía suplantar con discursos melosos previos sino con buenos textos, buenas lecturas, buenas declamaciones.

Quien haya presenciado a José Antonio Rodríguez diciendo "Un padrenuestro latinoamericano", o cualquier otro texto; o a Carlos Ruíz de la Tejera en su precisa conjunción de humor, música y poesía, o a Eliseo Diego, Mario Benedetti, Roberto Fernández Retamar leyendo sus poemas, solo a golpe de palabras, puede dar fe de que el acto de la transmisión oral de la poesía no precisa de introducciones baladíes.

Soy de los que aún asiste a recitales de poesía, de los muchos –demasiados– que se dan en mi ciudad, y en un alto por ciento de las veces salgo apabullado. Abundan la mala poesía, la falta de singularidad, y, sobre todo, los discursitos introductorios. Cada vez que me convocan a leer trato de evadir los prólogos, y siempre llevo el susto de volar sobre la inercia auditiva de convidados de piedra, que asisten por solidaridad. Tan lejos estamos ya de los espectadores.

Que la oralidad poética esté en crisis es culpa nuestra. Debemos dosificar más las entregas, acompañarlas de elementos no tan repetitivos (como el inveterado trovador), quizás escénicos, audiovisuales, lúdicos, plásticos. Para recuperar al público, además, se impone volver a enamorarlo y desterrar de los escenarios a los que aún no merecen ascender a ellos.

El que se pague la comunicación oral de la obra literaria, fenómeno positivo para que los escritores se ganen el sustento, se ha convertido en un arma en contra de la propia literatura. Muchos de los que organizamos eventos –me cuento ahí– pensamos en repartir las cuotas a partes iguales, sin percatarnos de que la finca está plagada de malas hierbas, y de que el público no merece el castigo al que a veces lo sometemos.

Las historias son historias y los poemas, poemas; ambos se deben dar en un único cuerpo, y si no es así, la gaveta, y a veces la familia, siempre estarán dispuestos a guardar con cariño, en lo más recóndito de sus corazones, nuestros textos y nuestros comentarios explicativos.

(Santa Clara, 9 de junio de 2019)