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Lectura de la Epopeya de Gilgamesh

Virgilio López Lemus, 06 de mayo de 2019

La lectura de los libros “sagrados” o clásicos universales reviste el interés del que lee poesía. Un buen lector de poesía sabe que no basta con leerla en renglones cortos, medidos o comedidos, bajo el género llamado así mismo, poesía. Pero la Epopeya de Gilgamesh es un poema por sí mismo, un poema épico, y está en el fundamento de la cultura mesopotámica, es una saga que narra sucesos y exalta a sus dioses, mira en el corazón del hombre y se aproxima a esa esencia del ser humano que resulta universal, en todas partes, en todos los tiempos.

La entrada lectora a la Epopeya de Gilgamesh abre puertas de comprensión de muchos otros libros posteriores, influyó sobre la Biblia, sobre el Corán y sobre numerosos otros libros que podríamos entender mejor, o incluso disfrutar con mayores plenitudes de sus lecturas, si conociéramos estas antiguas leyendas y canciones y relatos guerreros y de reyes y dinastías y de pueblo elevados y yacentes. El Sumer o Sumeria situaba entre el Tigris y el Éufrates, en su porción sur, ha sido considerada la primera civilización humana con dominio y organización de vida en un Estado formado sobre todo desde las conquistas de Sargón I y de sus herederos, entre 5000 y 2000 años antes de nuestra era. Las contradicciones con las tribus vecinas implicaron numerosas guerras sobre las ciudades sumerias, hasta que una, Ur, se adelantó en el dominio de la cultura acadia. Surgió el imperio sumer-acádico. Pero fue la dinastía de Sargón la que impulsó ese primer imperio humano, que se asentaba sobre una ya larga tradición de credos, religiones, dioses con características propias, y, por supuesto, guerras de conquista y contradicciones de todo tipo, bajo el dominio económico, político y religioso de sus reyes.

Es muy recomendable para leer este poema extraordinario, que conozcamos las generales de la cultura sumeria, su devenir histórico y la concepción del mundo que desarrollaron, en muchos sentidos pre helénica, pues existen no pocos puntos de contactos entre los credos fundamentales de las dos culturas humanas. Es natural que estando entre dos ríos inmensos, el Tigris y el Éufrates a sus vez rodeados por desiertos, frente a un océano lleno de misterios, desarrollasen unas ideas cósmicas relativas al agua: Apsu era el océano primordial, pero se divinizó también al mar, al oleaje y surgieron otras divinidades relativas al movimiento de las grandes extensiones acuáticas, que dieron lugar al cielo o Ansar, y poco a poco a todo lo existente. De ellos va a surgir un dios de enorme poder: Marduk, que luego será el gran dios de Babilonia, y cuya repercusión se ha de ver en la Biblia. Ha de surgir también la diosa poderosa, Ishtar, dominante por el amor, capaz de sojuzgar a quienes lo sienten por ella. Isthar, que viene de Innana, repercute en Isis, en Afrodita, en Venus, hasta en cierto modo llega su expansión significativa hasta la Virgen María. Es un enorme mito y un culto a diosa que se fue sucediendo con diferentes nombres.

En torno a la mitología y el surgimiento de las religiones locales, la concepción del mundo fue creciendo y explicando, a su manera, la existencia de la vida, las batallas entre los dioses por el predominio, las cuales reflejan las de los propios hombres con iguales fines. Frente a los grandes mitos de dioses ya creados, Gilgamesh es el héroe que parece surgir de ser común elevado a culto por sus hechos, su valentía y su sentido de procedencia del dios solar Shamash. Gilgamesh es el centro de la epopeya, junto a su amigo el héroe mítico Enkidu. Como Gilgamesh rechaza la oferta erótica de Ishtar, ella se venga mediante un toro al que vence el gran Enkidu, quien muere dejando profundamente desolado a su compañero Gilgamesh.

Aquí entra en juego uno de los grandes mitos humanos: la inmortalidad, que Gilgamesh se dedica a buscar, como si quisiera hallar la luego famosa leyenda del Santo Grial, hallar ese Grial para todo bien, y que es en el fondo una búsqueda de la fuente de la eterna juventud. No ha cesado la especie humana de buscarla, ahora a través de las ciencias, de la genética, por caminos diferentes a los que emprendió como héroe el legendario Gilgamesh, más importante para la leyenda por esa búsqueda que por sus mismas batallas sobrehumanas. La demanda de la plenitud humana resultó, de muchas maneras, diferente, pero en esencia se enfrenta a la resistencia, a la soledad y a la muerte. Venido del reino de los muertos, el leal Enkidu muestra a Gilgamesh el destino de la vida.

El mundo de ideas de la Epopeya de Gilgamesh no nos es ajeno, ni siquiera distante. Podemos leer el poema como algo pretérito, histórico, sujeto a la pátina del tiempo, sintiendo en él incluso el aire primitivo de la especie humana en su búsqueda eterna, pero ese anhelo de trascendencia de la vida nos acerca a su trama, no hace sentir que cinco mil años antes de nosotros mismos, ya el ser humano sobre la tierra sentía de manera desgarrante su propia batalla por vivir, su derrota ante la inevitable muerte, su verdadera trascendencia como especie que mira, admira y quiere asir la eternidad.

Pero la lectura no ha de ser hermosa si solo buscamos en ella moraleja o comparación de épocas modos de vida y credos, también hay allí un matiz pedagógico, enunciado en su comienzo: “Quien ha visto el fondo de las cosas y de la tierra, / y todo lo ha vivido para enseñarlo a otros, / propagará su experiencia para el bien de cada uno”. Y hay mucho más, como la calidad de la amistad, la cercanía con el amigo por el esfuerzo común, el sentido heroico de la vida misma, y en la Tablilla VI vamos a hallar al héroe resistiendo el embate de la diosa Ishtar, a la que agrede con su negativa: “¿A qué amante has sido fiel? / ¿Cuál de tus pastores te ha gustado siempre? […] ¡Tu amor haría conmigo lo que has hecho con ellos!”. El héroe se enfrenta a la furia de la diosa, a la vez que enfrenta su destino, el héroe siente su ser como propio, capaz de elevarse sobre la circunstancia que le impone la diosa. Ella solo quiere la carnalidad del héroe, y él siente en su ser una fuerza superior a esa mera carnalidad.

Si alguien piensa que la lectura de la Epopeya puede ser aburrida, véanse algunos de sus temas: el poder, la batalla y la conquista, la plenitud de la vida, la fuerza del amor y de la amistad, la resistencia vital, el destino consumado, la muerte, la eternidad. La presencia de los sueños acrecienta el interés, pues a veces sentimos que nuestros sueños pueden ser premonitorios, y advertimos en la Epopeya el papel que ellos adquieren en la figura de Enkidu. Tras su muerte, el dolor de Gilgamesh es un antecedente al de Aquiles por Patroclo, al de Alejandro ante Hefestion, pero el lector puede apreciar la legitimidad de ese dolor cuando: “mis lujosos vestidos no me causan ningún placer”, en una de los llantos por un amigo de los más hermosos de la estela funeraria humana. Luego, el héroe siente loa zozobra de su vida: “¿No moriré yo también como Enkidu? / El miedo se ha metido en mis entrañas”.

El humano miedo a la muerte posee al héroe, al adorado por multitudes, quien emprende una búsqueda de no sabe bien qué, una expedición en soledad, siempre advertido: “No alcanzarás la vida que persigues”. El héroe de la batalla, el de brazo fuerte, el del poder y la fuerza, ¿qué busca sino una eternidad viva, un imposible? Una mítica tabernera le aconseja la idea que luego ofrecerá Horacio: vive el día. Solo los dioses conservan la inmortalidad entre sus manos, el hombre debe comer y gozar en ello, parrandear “día y noche”, entregarse al placer “día y noche”, abrazar al hijo y a la esposa, ese es solo su destino, nada más. Tras la búsqueda de la gloria y de la inmortalidad, el héroe Ut-Napishtim le habló así: “¿Acaso construimos casas para siempre / y para siempre sellamos lo que nos pertenece? / ¿Acaso los hermanos comparten para siempre? / ¿Acaso para siempre divide el odio? / ¿Acaso la crecida del río es para siempre?”.

Pero no bastan a Gilgamesh las palabras de experiencia, hasta que al final del texto que conocemos, la sombra de Ekidu, como anticipo del Virgilio de la Divina Comedia, se le aparece al amigo para darle paz en su búsqueda frenética y a la larga infructuosa: el héroe ya desesperado, le dice: “--Dime, amigo mío, dime, amigo mío, / dime la ley del mundo subterráneo que conoces”. La dramática conclusión del amigo es la única eternidad que el héroe conquista: “todo eso está sumido en el polvo”.

¿Crees que va a leer en la Epopeya de Gilgamesh un libro aburrido, una historia de antaño, casi prehistórica? Sobre nuestra esencia humana has de leer. El héroe no lo es solo por la espada, sino también por su búsqueda en la vida, por su deseo de eternidad, por su inevitable condición humana. Tablillas de barro nos salvaron su existencia, sobre papel leemos, sobre la pantalla lo leemos, en cualquier soporte leamos una de las historias humanas más conmovedoras y eternas, si hay eternidad para ella. 

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