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La insoportable obscenidad del Decimerón

Jorge Ángel Hernández, 25 de abril de 2019

En el casi siempre encarnizado debate alrededor de la pertinencia del uso de palabras obscenas, suele obviarse algo esencial para su comprensión: esas “malas” palabras surgieron a modo de eufemismos a los que el habla acudía intentando evadir la “obscenidad” significada. O sea, y recurriendo al más elemental punto de partida semiológico, el hablante evade, mediante nuevos significantes, la problemática designación de los significados. Y en su inmensa mayoría, estos casos se relacionan con el sexo o, específicamente, con determinados usos de los genitales. Por tanto, la esencia del problema no radica en el habla, sino en la sociedad y los tabúes que arrastra a manera de códigos morales.

Si investigamos a fondo, comprobaremos que muchas de las actitudes que son objeto de sátira en la poesía folclórica de corte picaresco, han sido superadas por el ciclo evolutivo del comportamiento humano. No obstante, la relación institucional de la moral sigue objetando el uso de expresiones que, aunque en su origen fueron eufemísticas, de nuevo quedan resignificadas como obscenas, pues los tabúes persisten e influyen sobre la axiología del habla.

En esa vorágine de lodo acusatorio, lo más tabuado es justamente el sexo, con sus derivaciones naturales y míticas.

Asumir una compilación de décimas que incluyan en su estilística esos términos, implica, además de riesgo moral e intelectual, una actitud cuestionadora y un ejercicio de conceptualización que reconoce el firme papel de nuestra pícara sabiduría popular en el entramado de nuestra idiosincrasia. Y, sobre todo, un juicio de valor acerca del uso del humor para entender mejor la sociedad. Así lo ha hecho, contra vientos y mareas puristas, Yamil Díaz Gómez, para terminar compilando un Decimerón que se ganaría por propio derecho el Premio del lector 2017. De más está decir que se abarrotan sus presentaciones de esta segunda edición. Unir en un solo volumen piezas del folclor que él mismo llama de relajo, al más común modo popular, es un acto de justicia cultural que bien vale el esfuerzo y, más no faltaba, la posterior contienda de defensa y resistencia.

Acaso este bregar inevitable ha llevado a Díaz Gómez a asumir la estructura del Decamerón, de Giovanni Boccacio, cuestionado por purismos muy posteriores a su propia época. Devuelve así su garbo a lo paródico, también altamente discriminado por quienes camuflan sus falsas originalidades. Cada introducción le sirve para ir dejando marcas objetivas, acopiando saber y conocimiento alrededor del tema, mucho más allá de lo que reclamaría una compilación. Muestra también habilidad y sapiencia al comentar y hacerse acompañar por firmas y personalidades validadas en nuestro entorno cultural e, incluso, más allá de este.

Hallamos, pues, en el Decimerón, de Yamil Díaz Gómez, un acercamiento serio a esa zona vituperada del folclor cubano y, además, un amargo reconocimiento de la permanencia de códigos que aun hacen pertinente el humor a través del racismo, la homofobia, el machismo y las constantes burlas al guajiro por parte de nuestras urbanizadas manifestaciones culturales. Rompe además el autor con la tradición folclorística de parcelar los objetos de investigación, y expande su visión, dejando puertas y brechas a partir de sus propias reflexiones.

Jornada por jornada, las citas y breves introducciones discurren, vindican y cuestionan; más que mostrar, Díaz Gómez comparte su saber, sus percepciones socioculturales, su sentido del humor. Al sugerir, o simplemente aludir, nos reta a hallar información de campo que ayude a comprender por qué, por ejemplo, aquel que hace activismo y lucha contra la homofobia, transita con tranquilidad en otra norma discriminatoria, como si solo su parcela contara para las reivindicaciones sociales. O por qué quien bien se vale de la sátira política, reacciona con tenaz intolerancia a sus opositores. Tal vez por ello algunas de las piezas de sátira social contrarrevolucionaria que compila muestran también su apego a la sexualidad como obscena, por muy necesaria que se presente en la décima de confrontación abierta.

La insoportable obscenidad del Decimerón, de Yamil Díaz Gómez, es un llamado a conceder al humor su capacidad cuestionadora. Al divertirnos con sus versos, vamos pensando en cómo es que reímos aun con semejantes patrones de conducta. De revés, y no de otro modo, es el mundo que el humor folclórico presenta. Si de la risa pasamos al saber desprejuiciado, para volver luego a la risa, no sentiremos vergüenza pública –doble moral oculta– reconociendo cuánto pueden gustarnos los versos de relajo.

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