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Una habanera de ayer

Ciro Bianchi Ross, 09 de abril de 2019

Anda por las librerías un libro que especialistas no vacilan en calificar de “sin par”, es de autoría de la escritora y periodista francesa Sabine Faivre d’ Arcier y se titula Las tertulias de la Condesa de Merlin en Paris, una mujer nacida en La Habana y que brilló en las capitales de España y Francia por su belleza, su voz de soprano y su obra literaria que la convirtió en la primera escritora cubana de expresión francesa.

¿Quién fue esa mujer conceptuada como bella entre las más bellas de París y que supo rodearse siempre de los más importantes escritores y artistas de su tiempo? ¿Qué hay de su familia, de su matrimonio y amantes? Lo veremos enseguida.

La madre y la hija

¿Qué tal si le digo que María Teresa Montalvo y O’Farrill, Condesa de San Juan de Jaruco por más señas, una ilustre habanera, viuda y con cuatro hijos, pero todavía joven, apetecible y perfectamente encamable, fue amante del rey José I, aquel “Pepe Botella” elevado al trono de España por obra y gracia de su tierno hermano Napoleón; y que su hija María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, la muy célebre Condesa de Merlin, lo fue a su vez de Jerónimo Bonaparte, sobrino del emperador?

¿Verdad o mentira? ¿Rumores alentados por la envidia o la malquerencia? No se sabe. Al menos, es lo que se dice. Chismes de la historia. Pero lo cierto es que ambas dieron pábulo a los comentarios. Lady Holland, en su libro Mi viaje a España, retrata a la Condesa de Jaruco como una “hermosa habanera, en extremo voluptuosa, que vive entregada por completo a la pasión del amor”, en tanto que en un panfleto político de la época se la tacha de “disoluta y escandalosa”. Y en cuanto a la hija, sus biógrafos, siempre ansiosos de hurgar en las sábanas sucias, sobre todo por tratarse de las de una mujer, le atribuyen unos cuantos romances, entre ellos el del Príncipe Jerónimo, sin que a la vuelta del tiempo podamos saber ya cuáles fueron platónicos y cuáles aristotélicos.

Un conde iluso

La Condesa de Jaruco es figura principal de aquel Madrid de Carlos IV, primero, y luego de José Bonaparte. Su tío, Gonzalo O’Farrill, ocupa importantes cargos en la corte del rey Borbón y será ministro de hacienda del rey francés. En su  palacio de la calle madrileña de Clavel, donde habita María Teresa, son visitas frecuentes los poetas, Quintana y Moratín y también un pintor que responde al nombre de Francisco de Goya, personajes que agradan a la condesa tanto como exasperan a su marido, que prefiere recibir en sus predios a don Manuel Godoy, elevado a la condición de superministro y exaltado como Príncipe de la Paz gracias a los favores íntimos que tributa a la fea y desdentada reina María Luisa y a la paciente tolerancia del simple de Carlos IV.

Porque don Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, tercer Conde de San Juan de Jaruco y primer Conde de Mopox, no se anda por las ramas. No en balde fue en su tiempo (1769-1807) el hombre más rico de Cuba. Pero es iluso y poco práctico. Sueña con grandes empresas y casi todas fracasan; pese a que carece de escrúpulos, su capital decrece y las deudas aumentan. Cuando fallece, lega a su hijo la, para la época, inmensa fortuna de nueve millones de pesos, condicionada por una deuda de siete millones que en el testamento le obliga a honrar.

Don Joaquín ha sido designado en Madrid gentil hombre de cámara de Carlos IV y lo hacen Caballero de la Orden de Calatrava hasta que, un día de 1795, gracias a su amistad con Godoy y al empuje del habanero Francisco Arango y Parreño, el llamado “estadista sin Estado”, eminencia gris de la sacarocracia criolla, lo nombran subinspector general de las tropas españolas en Cuba y presidente de una comisión que elaboraría planes, casi todos ideados por el propio conde, para la transformación económica de la Isla.

Esos cargos le obligan a trasladarse a Cuba una y otra vez, y a medida que el conde se aleja de Madrid crecen los rumores malignos acerca de la conducta de su esposa. Cierto es que llevan ya muchos años de matrimonio; se casaron cuando él tenía quince  y ella, doce. En uno de esos viajes, enfermo de hidropesía como estaba, lo sorprende la muerte en La Habana, pero ya había llevado a España a la hija mayor, María de las Mercedes, que quedó aquí al cuidado de una bisabuela y después como pupila en el convento de Santa Clara, de donde, con diez u once años y con la ayuda de una monja, logró fugarse para no volver jamás.

La bella cubana

Es muy linda María de las Mercedes, aunque no nos lo parezca ahora en los retratos. Ya se sabe que el concepto de lo bello muta con el tiempo. Ella misma, en su libro Mis doce primeros años (1832) dice que a los once ya había llegado a todo su tamaño y si bien muy delgada, estaba tan formada como cualquier muchacha de diez y ocho. Precisa:

Mi color de criolla, mis ojos negros y animados, mi pelo tan largo que costaba trabajo sujetarlo, me daban cierto aspecto salvaje, que se hallaba en relación con mis disposiciones morales… Viva y apasionada en exceso, no vislumbraba la necesidad de reprimir mis emociones y mucho menos de ocultarlas.

Apenas tiene trece años cuando llega a Madrid y la aristocracia española le rinde pleitesía. La asedian militares, políticos, escritores… Goya, un día, ve sus pinturas y, más que en los cuadros, repara en el destino de la adolescente. Le dice: “Como pintora no alcanzarás la gloria, pero llegarás lejos como mujer”.

Los acontecimientos políticos se precipitan. Napoleón, que quiere engullirse a toda Europa, invade a España. Carlos IV abdica y lo obligan a trasladarse a Francia, y Godoy es puesto preso, mientras que el pueblo español se alza en armas contra el extranjero y no cesará en su lucha hasta expulsarlo. Los nobles se acobardan; muchos huyen, otros se quedan y, pasado el desconcierto inicial, buscan acomodo al lado de los franceses. Entre ellos están Gonzalo O’Farrill, tío de la Condesa de Jaruco, y la propia condesa que, se dice, encontrará entonces consuelo a su viudez en los brazos del rey usurpador José I.

Fue una mala jugada. Cuando los Borbones recuperan el trono en la persona del nefasto Fernando VII, hijo de Carlos y María Luisa, ya la Condesa de Jaruco había muerto, pero el tío padecerá el exilio y la fortuna familiar será confiscada.

Para entonces María de las Mercedes está casada con Antonio Cristóbal Merlin, un general francés que recibe en España el título de conde. Cuando contraen matrimonio, ella tiene veinte años de edad y él, cuarenta. No se piense, sin embargo, en una  relación de conveniencia, por muy buen partido que el general pudiera ser en el país ocupado. Las cartas que le remite cuando él parte a la conquista de Andalucía evidencian a una mujer enamorada. Son, dice el profesor Salvador Bueno, misivas “escritas con cierta ingenuidad a veces, y otras con palabras apasionadas y referencias francamente eróticas”. Muy distintas a las que escribiría a Philaréte Chasles, un amante de pacotilla, literato e historiador fracasado, que se aprovecha del amor de la condesa ya viuda y en un etapa en que la belleza de la Merlin necesitaba de urgente chapistería y su economía se resquebrajaba.

El derrumbe

También debe salir de España la Condesa de Merlin ante la caída de José I. Y le tocará asistir, años después en París, al derrumbe de Napoleón. Aunque excluído de la nueva corte que encabeza otro Borbón, Luis XVIII, el matrimonio, que tiene tres hijos, mantiene una posición y su residencia es visitada por muchos famosos. Con María de las Mercedes alternan Víctor Hugo y Lamartine,  Musset y Rossini, María Malibrán, la celebérrima cantante, y Domingo del Monte y José Antonio Saco, sus compatriotas, en reuniones en que la condesa deja escuchar su bella voz de soprano.

Ese mundo empieza a resquebrajarse con la muerte de Antonio Merlin, en 1839. Viaja la condesa a Cuba y acopia datos para su obra más conocida, La Havane, que escribe por encargo de los hacendados esclavistas, que le retribuyen muy bien el servicio. Aparecerá también en español, abreviado y con prólogo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, bajo el título de Viaje a La Habana. En 1845 vuelve a España. Quiere recuperar lo que los Borbones confiscaron a los suyos. “Nunca pedigüeña  fue tan bien atendida”, escribe, pero nada logra, se va con las manos vacías.

Y sobreviene el final. Rodeada de sus hijos y olvidada por los que tanto la halagaron y brillaron en sus salones, ve llegar la muerte con resignación extraordinaria, el 31 de marzo de 1852, a los sesenta y tres años de edad. Un pequeño cortejo siguió sus restos hasta el cementerio parisino de Pére-Lachaise. Muchos años después, Domingo Figarola-Caneda, su  acucioso biógrafo, logró localizar su tumba. Estaba cubierta de  hierba y no había en ella un epitafio que recordase a esta bella cubana, apasionada en exceso y que jamás se cuidó mucho de reprimir sus sentimientos y emociones.