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El sol  cuadrado: un libro para los niños y también para los padres
 

Marilyn Bobes, 04 de abril de 2019

Se trata de un álbum ilustrado para niños, pero por sus metafóricas implicaciones polisémicas bien puede ser leído también por los mayores, como siempre sucede con la buena literatura dirigida al público infantil. Publicado por la editorial Abril en 2018 y de la autoría de Olga Marta Pérez e Iridanis Fundora en el arte visual.

Los textos, escritos con precisión y belleza, están muy a tono con las excelentes imágenes que ocupan gran espacio porque ellas también completan una exquisita narración en la que subyace ese respeto por las diferencias que debe permitirnos aceptar lo inusual siempre que se mantengan las esencias sin importar la forma en que el contenido llega hasta nosotros.

Rebosante de imaginación El sol cuadrado es un valioso ejemplo de literatura no didáctica en la que, sin embargo, hay una enseñanza implícita que nos hace ver en la naturaleza transformaciones que muy bien pudieran remitirse a los cambios que experimenta nuestra vida cotidiana.

Iridanis Fundora ha hecho de sus ilustraciones una obra de arte. Los colores, la composición, las muchísimas sugerencias, acaban por devolvernos un libro pletórico de buenas maneras de hacer cuando se trabaja con la convicción de que los niños están aptos para recibir los mensajes también por intermedio de una visualidad que no repara en complejidades y que es imaginativa y original.

El texto es un minicuento plagado de situaciones insólitas y que refleja la aceptación por difrentes miembros de la sociedad de un sol que ha cambiado su forma pero que sigue ejerciendo su función de alumbrar y calentar la tierra.

La única condición que los personajes exigen es que siga siendo de todos. Los artistas se acercan a él con amplia visión que les permite otorgar a sus obras un hálito de creatividad, mientras los músicos se apremian a esconder sus tradicionales claves de sol.

La tentación de ese bello objeto que es el libro El sol cuadrado seduce a los públicos desde la bella portada hasta los contenidos interiores.

La alianza entre escritora e ilustradora funciona de manera excelente, demostrándonos como se concibe con corrección un álbum ilustrado donde la parte visual debe ser no una reiteración sino una apertura al completamiento del texto, como sucede en la obra que estamos comentando.

Ya este binomio Pérez-Fundora se ha fusionado en obras anteriores con idénticos resultados pero en este libro ha llegado, en mi opinión, a resultados muy superiores tal vez porque las dos partes colaboran al unísono en la confección del libro como objeto portador de belleza.

Tanto los textos como las imágenes contribuyen a crear en el lector un lugar para la fantasía pero las lecturas implícitas en ambos contribuyen a desarrollar el gusto por dos manifestaciones que, unidas, provocan una explosión de buen gusto y amenidad.

Saludamos pues esta iniciativa de Olga Marta y de Iridanis, como también el concurso de la editorial Abril, en un pequeño cuaderno que no es uno más entre los muchos que dedica nuestro sistema editorial al público infantil sino una agradable demostración de talento de la que, ya lo he dicho, pueden disfrutar no solo los pequeños sino también aquellos que valoran la ética de la imaginación.

 

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