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Sobresaltos (nada leves) de un viajero cubano

Jorge Ángel Hernández, 04 de abril de 2019

Los leves sobresaltos, poemario de Geovannys Manso Sendán, obtuvo el XXXV Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, convocado por la Diputación de Huelva (España). En atinada decisión, lo reedita Capiro, prestigiando una vez más su Colección Faz.

Como si nos desplazáramos del desasosiego de Fernando Pessoa a la imaginación invertebrada de Ítalo Calvino, este cuaderno propone un viaje profundo, signado por la desgarradura y el asombro, a las ciudades emotivas del autor. Es raigalmente estructural que tres de sus cuatro secciones insistan en titularse bajo la palabra “víceras”. Para no ser Pessoa, sin embargo, Manso Sendán no se desdobla en heterónimos, sino en variables de sí mismo ante las circunstancias. Por otra parte, y para no imaginar las ciudades al modo de Calvino, prefiere desplazarse hacia escenarios que conforman entes y circunstancias familiares, o a aquellos otros a los que acude en calidad de viajero, cargando cuerpo y mochilas, pesadas por los libros. Ninguna de estas ciudades de desasosiego se corresponde con previas elecciones de esa persona que el sujeto lírico revela. Signa al conjunto de poemas una condición de autor que bebe, sobre todo, de una maniobra propia de Lezama Lima: reflexionar, poéticamente, sobre temas imprescindibles y obsesivos de la literatura. El hecho de que se apropie de la voz de Lezama para los nueve poemas de la sección que aporta el título del libro, indica hasta qué punto se compromete con el tópico. Una constante esencial que aporta Geovannis Manso a su poética en Los leves sobresaltos es la capacidad de desgarramiento ante las emociones, ante las circunstancias terribles e inevitables de la vida. De ella se derivan tanto la originalidad estilística como la intensidad expresiva de su poesía, que no elude confesiones incómodas ni revelaciones inquietantes.

El Jurado que le confiriera el premio, presidido por Rosa García Gutiérrez, profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Huelva, argumentó que se trata de una obra “muy completa y de un poemario arriesgado y personal, escrito desde un lirismo profundo y utilizando muchos registros del lenguaje poético”, de “exigencia estética e ideológica” y de “un uso muy pulcro y, en ocasiones, erudito y virtuoso del lenguaje poético y de todos sus recursos, sobre todo de la imagen.” Son justas sus afirmaciones, de ahí que valga la pena reiterarlas. El sello personal y el riesgo de criterio y experimentación estética son elementos visibles en cada uno de sus textos. La limpieza estilística, en medio de un sinnúmero de juegos de diversidad, y la preponderancia de la imagen como recurso jerárquico de la poetización, conducen la lectura.

Así, Los leves sobresaltos no repara en acudir a referencias, como la evocación de la obra de los pintores cubanos Fidelio Ponce y Servando Cabrera para definir, poéticamente, una pieza literaria de Reina María Rodríguez, o en espantarse ante diagnósticos médicos, con toda su terminología en sucesiva enunciación, para concluir con la anfibología atroz de la frase “han sentenciado”, con la cual define el más allá del autismo de su hijo. La implicación personal de este poema es tan intensa, que el médico de profesión se ve por completo camuflado ante la bruma de los términos y, ante todo, de la incertidumbre:

ESTA VERDAD QUE NOS ACOMPAÑA

A Dylan Humberto

Han dicho síndrome    fenotipo    proporción    diagnóstico conducta     expresión       estado       regresión       lenguaje        examen           rol silencio       levedad    rutina      electroencefalograma        cambio    distanciamiento soledad       camino        fase          coeficiente de inteligencia        raport         tardío epilepsia   audiometría      ahora      siempre        mañana        tal vez            duda inseguridad         tratamiento               ecolalia               pronóstico ansiedad;
autismo han dicho
autismo   han repetido
su hijo        han sentenciado.

El poema “Caracas/Atardecer”, perteneciente a la primera sección, Vísceras I, es sencillamente estremecedor, pues trasciende el sobresalto –nada leve– de contemplar un cadáver en plena calle e imaginarse en esa posible circunstancia. No es la ciudad imaginada, sino aquella que hasta ese instante no podía estar en la imaginación. Uno de sus pasajes, ligado una vez más a la familia, lo muestra de esta forma:

Es tan común atisbar un revólver    oler la pólvora
 mezclándose con el hedor de las manzanas
que jamás podré comprar.
 Si mastico la manzana
muerdo y digiero los zapatos de mis hijos.


 El aire lezamiano, elemento esencial en la obra de este autor, como ya he dicho, se advierte ejemplarmente en el poema “La quimera del oro”, al apropiarse del precepto “Nada es más eficaz que esta pobreza”. Evoca en su título, no baldíamente, al legado de Chaplin, con lo que aúna dos fuentes obsesivas de su estilo: el cine y la literatura. La decisión estilística impone un modelo autoral a los hablantes llanos de su cotidianeidad. Es un recurso que nos da la bienvenida desde el primer texto, “Última carta de Virginia Woolf”. Las dosis de cultura, o de sabiduría, o de reflexión emotiva, se suceden en este poemario con poca o ninguna restricción: se encadenan, se entrecruzan, e contaminan o se prestan recursos y elementos y, en ese tenso entramado, sacuden cualquier indiferencia complaciente, o incluso irónica, de las que marcan ciertos (y viciados) tópicos poéticos del post.

Por si no fuese suficiente, la impronta lezamiana se hace explícita cuando el sujeto lírico es el propio autor de Paradiso, en la sección homónima del libro. En ella, el intertexto se desplaza a plenitud, sin importarle las imprescindibles cartas de presentación que el lector pudiera requerir. La conciencia de apropiación está tan imbricada con el texto, que toda referencia parece remitida, por código simbólico, a un hipervínculo que pueda esclarecerla. Pero esta acción es parte de ese mismo método y, siguiendo la imagen que recibo, encuentro señales de vacío en la página llamada y tengo que buscar en la propia memoria de lectura. No se si Manso Sendán lo intentaba con propósito marcado –pudiera ser, pues el autor es también un agudo crítico y ensayista–, pero lo cierto es que lo logra y no es difícil advertirlo y, como tanto gusta al modelo académico, incluso el de Huelva, detenerse a enumerar las marcas evidentes. No lo haré, al menos esta vez, en homenaje al impulso emotivo que los versos arrastran.

El poema “1994. Crónica silente”, perteneciente a la tercera sección, Vísceras II, es también un ejemplo de aquello que llamó la atención de los miembros del Jurado como un acto de no eludir los compromisos sociales, sobre todo en ese final esperanzado que arroja una de las tantas y tan difíciles escaramuzas que vivimos los cubanos en ese año de 1994, el más crudo de todo el llamado Periodo Especial. Martianamente, sobre las circunstancias más terribles, la necesidad de seguir a la utopía se torna en alimento y hace, de paso, la analogía entre esperanza social y necesidad y valor de lo poético.

1994. CRÓNICA SILENTE

Aquel año conocí el silencio. No hables —decía mi madre. Toda conversación te hará recordar la miseria. Sujetando un hilo entre sus labios, solía recorrer la casa en penumbras, donde alguna vez la luz ofició sus tempestades. Para no hablar, leía gruesos volúmenes, añejos tratados del entendimiento humano, y no comprendía el por qué, ni el cuándo. No era el tiempo preciso de las filosofías. 1994. Crónica silente. En el umbral de un cine descubrí a mi prójimo. Por entonces estrenaban Madagascar, y envidié secretamente a los «comecoles» en la gran pantalla. La saliva se volcó en mi garganta en alud amargo. 1994. Crónica silente. Muerte predestinada de mi abuelo y de otros seres que hoy me abrazan, ocultos y sombríos. Descubrí el amor en una esquina. Intuí en el semen, el símbolo de la fecundidad. Luego regresaba a casa con lentitud, sujeto al temor de confundir a mi madre con su sombra, o viceversa. Preterida esquizofrenia del hambre. Todo entonces se reducía a la inmanente posibilidad de sobrevivir, lejos del odio y la intemperie. Mis libros sirvieron de alimento a un fuego promisorio. Gracias a ellos, la mesa fue servida a destiempo. Oficiaba un ritual anterior al sacrificio: conservaba una frase para no olvidar que alguna vez, en cierto tiempo, me pertenecieron. Luego era el crujir de páginas, y el silencio. 1994. Crónica silente. A la salida de un cine me creí el HÉROE, el ARTÍFICE, el CONQUISTADOR, y escribía, sobre páginas gastadas, toda eternidad posible, toda esperanza.
Abrazado, lo repito, a viejas utopías, aquellas que me hablaban, del entendimiento humano...


Sobrevivir, lejos del odio y la intemperie, no solo es un anhelo poético, uno de esos decires del desasosiego, sino además una necesidad humana simple, elemental, que el poeta recicla como un exorcismo.

No falta en el libro –más bien abunda– el poema que se detiene a reflexionar al modo de los clásicos, catalogando memorias y sucesos vividos al tiempo que se hacen conclusiones de vida y, sobre todo, de legado. Y en convergencia de trascendentes legados y austeras circunstancias, lo que aparece es el poema, aunque es cierto que no tanto el poema objeto, o la poética como norma de ver, definir y anunciar, como el poema imagen de la propia existencia. Los giros de la enunciación se dejan arredrar por el capricho de la imagen, como si el orden genérico se hallara de tal modo explícito que convierte en superflua toda marca.

Para un lector que no deslinde el placer de leer de la emoción de la lectura, ni del valor que esa lectura deja a la historia y la cultura de la patria y la lengua, Los leves sobresaltos se presenta como una de esas utopías a fragmentos que logramos en medio de un panorama poético de soso narcisismo. Cuando Geovannys Manso se detiene delante de la cámara, en ese selfie que nos deja insistente, toda banalidad se desvanece y es imposible no tomar partido, incluso en contra, aunque el mío lo comparto a su favor.

Si tenemos en cuenta que este premio recae en un autor al que apenas han incluido en nuestras listas de catálogos –no tanto editoriales como de juicios y prejuicios de la vida literaria–, el acto revela hasta qué punto puede estar desorientada nuestra crítica y, con ella, nuestro derrotero editorial. ¿Lo salva esta edición cubana? Y, parodiando al propio autor de Los leves sobresaltos: ¿A santo y seña de qué?

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