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Diario del buen recluso: libertad del buen verso

Ricardo Riverón Rojas, 11 de marzo de 2019

Con Diario del buen recluso el poeta villaclareño Sergio García Zamora ganó el Premio Internacional de poesía Gabriel Celaya correspondiente a 2018. Dicho resultado redondea un currículum que comenzó a fomentarse tempranamente, cuando solo contaba con 17 años, en 2003. En esa fecha la editorial Sed de belleza publicó su ópera prima: Autorretrato sin abejas.

Entre sus muchos premios sobresalen: el Rubén Darío, en 2015, y el Premio de la Fundación Loewe a la creación joven, en 2016. Otros de sus títulos significativos son: Tiempo de siega (2010), Poda (2011), Pabellón de caza (2013), Animal político (2014), Perro que aúlla (2015) y El frío de vivir (2016).

Desde sus primeras piezas Sergio dio muestras de dos cualidades fundamentales en un poeta: sentido de la versificación y capacidad de síntesis sin renunciar a la densidad tropológica. Con esos dos ingredientes consigue un grato equilibrio entre deslumbramiento y contención. El dominio del verso, en sus magnitudes armónicas y enchapadas al ritmo interior, constituye una ganancia del trabajo de sus inicios con las estrofas tradicionales. Su oído, entrenado en la eficacia que aquellos exigen, hace que nunca conceda lugar al ripio o a la metaforización gratuita.

Otra de las virtudes de la poesía de Sergio García Zamora está en que no concibe sus proyectos como simple suma de poemas. Todos se ciñen a un eje temático que los cimenta en un algoritmo argumental muy sólido. En sus libros los poemas dialogan unos con otros a través de diversos afluentes e isotopías, se complementan y discuten, aluden y se escapan, plantan bandera y regresan a la alusión generando una inquietud y pluralidad que desafían al lector.

En Diario del buen recluso se hacen evidentes, quizás con mayor fuerza, estas últimas cualidades, y además nos enfrentamos con una narratividad que permite extraer de cada texto una historia donde la magnitud simbólica, a través de pequeños sucesos, cobra visos universales de manera que se pueden asociar con un contexto específico. Pero no por ello podemos decir que se ciñan a límite alguno, pues su mensaje tiene lecturas para cualquier circunstancia social. Como se aclara en la nota de contracubierta: cada texto "ofrece una doble lectura".

La buena mano para la poesía se advierte también en la sencillez del entramado retórico, siempre subordinado a la intención parabólica, siempre en consonancia además con interrogantes existenciales donde se entremezclan vivencias y conceptos, acontecimientos trascendentes y sucesos cotidianos. Todo le confiere un vigoroso aliento vital a las prosas poéticas del conjunto, que lejos de resultar cargantemente sentencioso se nos torna cercano al discurso común, aunque el poeta siempre nos esté redirigiendo el norte para entregar, con naturalidad y entrelíneas, un final pleno de connotaciones.

El juego intertextual constituye una de las herramientas que con mayor pericia maneja Sergio: sus reiteradas "cartas" a poetas y artistas siempre se acogen a un ángulo que, a la vez que responde a las inquietudes de aquellos, remite a nuevos cuestionamientos. Por su brevedad, reproduzco a manera de ejemplo su "Carta a Vicente Aleixandre", que aprovecha las posibilidades de "Para quién escribo", uno de los grandes textos del gran poeta sevillano:

Tú que escribes acaso para quien no te lee, ya lo has conseguido. Nadie escribe para la posteridad; nadie escribe para el olvido. Uno calla su amor y permanece en el país como si todo fuese un mismo pecado, una misma cárcel. Nunca es segura la posteridad; nunca es seguro el olvido. Uno está solo como tu solo riñón. La posteridad será siempre la posteridad para alguien; el olvido será siempre el olvido para alguien. Uno debe ser Alguien para la Poesía. Tú que escribes, acaso para quien no te lee, ya lo has conseguido.

De Sergio García Zamora vale elogiar también el desmentido al fatalismo geográfico que su caso tipifica, pues primero desde su natal y periférico pueblo de Esperanza, y luego desde Santa Clara, ha logrado colocar sus cuidados libros en una cuerda ascendente que, alejada del confuso canon, le ha permitido traspasar fronteras y singularizarse sin que ello entrañe concesiones ni componendas.

Dentro de la que llamaron "Generación cero" nos situamos, con esta poética, en un decir que no propone revolucionar sino enaltecer una tradición. Su notable elocuencia simbólica le permite sumar aportes de experiencias y experimentos anteriores y generar, no obstante, un producto nuevo que cumple –empeño mayor de la poesía– con el propósito de razonar, con marcas de época, sobre la intimidad humana.

Celebro entonces la existencia de libros como Diario del buen recluso, y con ello celebro también las virtudes y contradicciones de un entorno social que hace posible que talentos notables como el de este poeta no naufraguen en las desérticas aguas del ninguneo y la falta de oportunidades.

Santa Clara, 9 de marzo de 2019

 

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