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Estética, cultura y contemporaneidad

Luis Álvarez, 05 de marzo de 2019

Nunca como en el presente se puede considerar como de absoluta necesidad la construcción de una verdadera cultura estética, tanto en las carreras humanísticas en general, como en las especialidades destinadas a la formación de artistas. Se trata, claro está, de un tipo específico dentro de los sistemas culturales, pero que, en última instancia, responde a los criterios más generales que definen la cultura en su sentido lato. Desde luego, hay que recordar que este concepto, que tiene sus raíces históricas en la Antigüedad clásica, pero que solo comienza a adquirir un estatus de concepto científico en el s. XVIII —a partir de obras de Giambattista Vico, como Ciencia nueva y de los trabajos de Herder—, cuenta hoy con más de doscientas definiciones diferentes. De ellas elijo la que fue gestada en la Escuela de Tartü, a partir de trabajos fundamentales de Iuri Lotman. Me refiero a la definición semiótica de la cultura como macrosistema de comunicación de valores que distinguen a una sociedad o grupo específico. Esta conceptualización está claramente cercana a la que se emitiera por la UNESCO en la declaración final de la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales realizada en Ciudad México entre el 26 de julio y el 6 de agosto de 1982. En ese documento se señalaba que, en su sentido más lato, la cultura puede ser considerada como el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o a un grupo social. La cultura engloba, pues, según esa declaración de la UNESCO, las artes, la literatura y las ciencias, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias. 

Ahora bien, en el seno de la cultura general de una sociedad, se distinguen áreas específicas de aquella, de modo que puede hablarse de cultura jurídica, cultura culinaria, cultura deportiva, etc. La cultura estética es uno de esos terrenos particulares de los que depende, para volver a la perspectiva de la semiótica cultural fundada por Lotman, la comunicación relacionada específicamente con el estudio y conceptualización de la percepción sensible —y no estrictamente racional—, idea que estaba ya perfilada en Crítica de la razón pura, de Emmanuel Kant. En su evolución, esta disciplina esencialmente filosófica ha concentrado un interés mayor en una perspectiva específicamente filosófica del arte. Disciplina axiológica, pues, la estética, en tanto rama de la filosofía, se encuentra hoy a la vez responsabilizada de una buena parte de la formación más profunda y exigente de los estudiantes en las instituciones educacionales en general, y en las humanísticas y artísticas en particular. Pero también comparten una serie de situaciones complejas con la filosofía en general.

El destacado teórico británico Terry Eagleton dedicó uno de sus libros más influyentes, La estética como ideología, al examen del carácter filosófico de la reflexión estética, pero también a su creciente importancia en el pensamiento contemporáneo. Allí señala: 

Cualquiera que eche un vistazo a la historia de la filosofía europeadesde la Ilustración no puede por menos de sorprenderse por lacuriosa prioridad asignada a las cuestiones estéticas. Para Kant, loestético encierra una promesa de reconciliación entre la Naturaleza y la humanidad. Pese a conceder al arte un estatuto inferior en el marco de su sistema teórico, Hegel desarrolló todo un gigantesco tratado sobre dicha cuestión. Lo estético, según Kierkegaard, debe estar bajo el yugo de las verdades superiores de la ética y de la fe religiosa, perono por ello deja de ser una preocupación recurrente de su pensamiento.Para Schopenhauer y Nietzsche, desde caminos muy distintos,la experiencia estética representa una forma suprema de valor.Las sorprendentes alusiones eruditas de Marx a la literatura mundial pueden muy bien relacionarse con la modesta confesión de Freud de que los poetas ya lo habían dicho todo antes que él. En nuestro propio siglo, mientras las meditaciones esotéricas de Heidegger culminanen una suerte de ontología esteticista, el legado de la tradición marxista de Lukács a Adorno confiere al arte un sorprendente privilegio teórico que, aparentemente, contrasta con su pensamiento de cuño materialista. En los debates contemporáneos en torno a la Modernidad,el modernismo y la posmodernidad, el concepto de cultura parece asimismo una categoría clave para el análisis y la comprensiónde la sociedad del capitalismo tardío.1  

Ahora bien, ese mismo carácter de disciplina filosófica ha hecho que la estética comparta en la actualidad algunos de los avatares más difíciles de la propia filosofía en la sociedad capitalista. Gianni Vattimo, en una entrevista concedida en Argentina, comentaba con pesimismo: 

El próximo año yo voy a ser profesor en la carrera de Ciencias de la Comunicación, ya no en la de Filosofía. Porque pasé todos estos años desde el comienzo de mi carrera enseñando en filosofía. Pero ahora empiezo a tener problemas en formar otros filósofos, porque no hay trabajo para los filósofos especialistas, tenemos muy poco trabajo en la escuela porque se redujeronlas clases, por cuestiones demográficas. Hay muchos alumnos en filosofía, pero después no saben qué hacer. Hasta ahora, como no existían cursos de comunicación u otros como de artes o espectáculos, la formación filosófica era la mejor para iniciar luego otras carreras de variostipos vinculadas a lo social. Pero ahora han empezado las especializaciones en las carreras, como es el caso de comunicación. [… ]Finalmente uno se cansa de tener muchos alumnos en filosofía, muy buenos, que preparan buenas tesis y después uno no tiene qué proponerles ni puede decirles qué pueden hacer. Es como tener una familia numerosa que no se sabe cómo alimentar […] Lo que me interesa también esenseñar filosofía como una disciplina de autoformación y no como una especialización. 2 

Me gustaría fijar la atención en una cuestión capital. Aunque esas palabras de Vattimo tienen un sentido pesimista en cuanto al adiestramiento académico de futuros filósofos —por lo exiguo del mercado de trabajo disponible para ellos—, lo cierto es que en sus declaraciones hay un punto de gran interés: la filosofía es vista por Vattimo como “disciplina de autoformación” de los estudiantes. En eso no puedo menos que estar de acuerdo con el relevante filósofo italiano. Sobre todo porque me permite extender esa consideración suya sobre la filosofía en general, a la función de la estética en los estudiantes de Arte.

Uno de los dilemas más agudos que hoy tenemos que enfrentar en la educación artística se relaciona con el hecho de que la Estética, en tanto asignatura, está obligada a fungir precisamente como una “disciplina de autoformación” y no como un listado de categorías que se memorizan sin predilección ni emoción sensible. De aquí que las instituciones educacionales centradas en el arte, y especialmente las de nivel universitario, necesitan reflexionar sobre el hecho de que la estética, más que una asignatura, tiene que desarrollarse como una autoconstrucción de la personalidad del futuro artista —el cual, en muchos casos, está ya aflorando en muchos estudiantes todavía por graduar—. Y esa misión de estimulación al desarrollo personal se relaciona, a mi modo de ver, con puntos de vista del filósofo francés Jacques Rancière, quien, en una entrevista para una revista anglosajona, señalaba: 

Yo uso la palabra “estética” en dos sentidos —uno amplio, otro más restringido—. En el sentido amplio, hablo de una “estética de la política”, para indicar que la política es ante todo un campo de batalla acerca de un determinado asunto material que es tanto perceptible como sensible. En el sentido más restringido, “estética” designa para mí un sistema específico de arte, opuesto al sistema representativo. El sistema representativo distingue, entre las diferentes artes (diferentes en el sentido de sus modos de creación), aquellas artes con un objetivo común —la imitación— y a partir de allí define los géneros, normas de “fabricación”, los criterios de valoración, etc. El sistema estético distingue el dominio artístico sobre la base de cómo las producciones artísticas son una unidad sensible/perceptible. El sistema estético transforma esto en las manifestaciones de un modo específico de pensamiento —un pensamiento que se ha convertido en proyección exterior de sí mismo—, en una sensibilidad que está en sí misma desarraigada del modo ordinario de lo sensible/perceptible.3 

El filósofo francés percibe dos funciones estéticas esenciales: la mayor, relacionada con el desarrollo de un pensamiento político, de una concepción del mundo; y la más estrecha, vinculada con el arte en sí. Pero no se trata de dos funciones divergentes, sino de una especie de esquema de vectores, del cual deriva una resultante: una percepción sensible que lo mismo se orienta sobre el entorno —sociopolítico—, que sobre un tipo de creación humana específica, el arte. Y en ambos casos se trata de una experiencia estética de la cual deriva una meditación orientada a comprender e interpretar tanto a lo observado como al observador mismo: conduce a un autodesarrollo tanto como a un ahondamiento del saber sobre el mundo. Para Rancière, la reflexión estética verdadera se encamina hacia una perspectiva democrática, que lleva implícito un disenso frente a la injusticia social, lo que Rancière llama una mésentente, un malentendido en relación con la realidad colectiva. De modo que la estética implica, en su criterio, un desarrollo del pensamiento político y artístico del individuo. Jean-Claude Lévêque, al analizar esta interesante concepción de la estética, señala: 

Rancière introduce […] su propia interpretación de lo estético:lo estético es lo que hace que regímenes distintos de expresión puedan comunicarseentre ellos. El ámbito de lo estético sería, de alguna manera, el queabre toda posibilidad de interlocución en la política. La política sería entoncesestética desde su principio.4
 

No es mi propósito analizar las ideas del filósofo francés, sino aludir al hecho de que no solo la estética ha incrementado su peso específico en el pensamiento contemporáneo, sino que también está siendo considerada de manera mucho más orgánica de lo que solemos hacer en nuestras aulas, programas y planes de estudio de las licenciaturas sobre diversas artes. Incluso una serie de ramificaciones de la estética se viene produciendo desde hace décadas. Desde la época de la Escuela de Frankfürt, Theodor Adorno afirmaba la necesidad de una renovación de la estética. De sus ideas y de otros filósofos de mediados del s. XX emanó luego lo que Henk Lagers —quien rechaza de plano que la estética pueda encerrarse en una condición de historia de sí misma, o, peor aún, de concebirse como un correlato de la historia del arte— ha denominado “neoestética”, en la cual integra su idea de una estética experimental: 

Las interactuaciones de la estética experimental están vinculadas con lo que puede llamarse un “dominio intersticial”: un campo entre la pura reflexión teórica, de una parte, y la práctica concreta del arte. Un encuentro de esta naturaleza no puede, definitivamente, ser caracterizado por una subordinación jerárquica, como por ejemplo una ciencia descriptiva del arte, en particular de las artes visuales lo hacen idolátricamente, lo cual conduce a un intento de emular modelos teóricos. 5 

Del mismo modo que se ha venido produciendo una exigencia de renovación de la estética como disciplina filosófica, también se viene llevando a cabo una integración entre ella y otras ciencias sociales; así, por ejemplo, puede hablarse de una apreciable relación entre la estética y los estudios culturales, los cuales, precisamente para efectuar exitosamente sus propósitos de investigación de las culturas, se ven obligados a apelar a consideraciones estéticas cada vez más numerosas y frecuentes, como ha venido señalando Jen Webb. El nuevo desarrollo de la semiótica y la hermenéutica a mediados del s. XX motivó a Pierre Bourdieu a sugerir la necesidad de trascender los modos tradicionales de considerar la obra de arte como simple compendio de las añejas y convencionales categorías estéticas, para asumir, en cambio, que la obra de arte exige ser considerada como un objeto cuyas peculiaridades tienen que ser descifradas, o, más bien, como en su momento estipuló Umberto Eco, “cocreadas”, dotadas de terminación por el receptor.

Estas y otras transformaciones nos están indicando la necesidad de cambios esenciales en una serie de aspectos de la configuración de nuestros planes de estudio. En primer lugar, la estética necesita ser enfocada desde métodos educativos que, lamentablemente, no han sido incorporados a nuestra práctica universitaria, entre ellos, por ejemplo, el enfoque constructivista, basado sobre todo en la aspiración a aprender a aprender —que, por su lado, Eugenio Barba formuló también como principio en la formación del actor—. El constructivismo, con su aspiración a liberar al máximo al estudiante de una relación de dependencia respecto al profesor, es naturalmente un método plausible para una estética considerada no como una asignatura de pura teoría, sino como un campo de desarrollo orgánico del estudiante, en particular desde el punto de vista, apenas esbozado aquí, de Rancière, en cuanto a una estética de doble significado: una, de proyección ampliamente social y otra, referida a lo específico de la obra de arte. Tanto en su día uno de los antiguos patriarcas de la educación artística, Herbert Read —con su penetrante diferenciación entre la perspectiva estética y la meramente visual—, como el pedagogo mucho más moderno y también británico Dennis Atkinson, han subrayado la enorme importancia de un enfoque estético en la educación para lograr un desarrollo y consolidación de la identidad de educandos de edades tempranas.

Pero, como señala Atkinson,6  se requiere una modernización de la perspectiva estética, en su idea, sobre todo a partir de una incorporación eficiente de métodos semióticos y hermenéuticos, estos últimos en consonancia con la perspectiva del influyente pensador Paul Ricoeur, quien asumía el enfoque hermenéutico —de la literatura “pura” tanto como de la historia, por ejemplo— como una vía para la liberación del individuo, pero asimismo también defendía la incorporación a la estética de los métodos de la hermenéutica postestructural.

En Cuba apenas se cuenta con investigaciones sobre un tema que, en las últimas décadas, ha dado lugar a estudios de gran interés: me refiero a la cuestión de la experiencia estética, donde sicología, sociología y eventualmente antropología confluyen con la perspectiva estética específica, mediante lo cual se han obtenido iluminaciones muy valiosas. Como ya se señaló, existen nuevos instrumentos para la indagación de los vínculos entre estética y política, entre estética y vida cotidiana; asimismo, pesquisas sobre una estética de la violencia, que no es sino una especificación sobre un fenómeno social que ha ido creciendo en el planeta, pero sobre todo en América Latina. ¿Podemos estar seguros de que la formación estética en la Universidad de las Artes no necesita ninguna actualización? Estoy seguro de que convendrán en que no es así. En un momento en que se habla con determinadas razones de la crisis del autor, de la crisis de la recepción del arte, de devaluación estética, se precisa reconsiderar el modo en que nuestros estudiantes se asoman a la estética, de un modo que, por momentos, más parece la actitud de funcionarios de una institución que parece muy abstrusa, cuando no muy aburrida, que con la de artistas en formación.

El multiculturalismo, que cada vez se extiende más por el planeta —no confundir con globalización, por favor— y del que han hablado voces tan autorizadas como la del académico esloveno Slavoj Žižek, o el antropólogo hindú Arjun Appadurai, ha tenido consecuencias trascendentes para la estética. Necesitamos una modernización de una disciplina académica de la que, cuando está bien trabajada, depende mucho el desarrollo personal del estudiante, pero también su visión de la sociedad en la que vive y crea. En una época como la actual, en que la cultura está sometida a conmociones y agresiones sin precedentes, una formación estética en función de nuestra contemporaneidad es también un modo de resistencia y de desarrollo del arte como uno de los ejes de lo humano esencial.

 

Notas:

1 Terry Eagleton: La estética como ideología. Ed. Trotta, S. A., Madrid, 2006, pp. 51-52.
2 Acta resumida de la conversación entre Gianni Vattimo y Fortunato Mallimaci, decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires. Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2010, p. 1.
3 Jacques Rancière: “Literature, Politics, Aesthetics”, en: SubStance # 92, 2000. Entrevista realizada en la Universidad de Connecticut por Solange Guénoun and James H. Kavanagh, pp. 11-12.
4 Jean-Claude Lévêque: “Estética y política en Jacques Rancière”, en: Escritura e imagen, núm. 1 (2005), p. 182.
5 Henk Slager: “Newaesthetics”, en L&B, vol. 16, p. 14.
6 Cfr. Dennis Atkinson: Art in Education: Identity and Practice. Kluwer Academic Publishers, New York, 2002.


 

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