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La casa de Martí

Ciro Bianchi Ross, 25 de enero de 2019

La casa natal de José Martí, en la calle de Paula número 41 (hoy, Leonor Pérez, 314) pasó a ser museo en 1925. Hasta entonces ese inmueble recorrió un azaroso camino y otro no menos incierto, le tocaría conocer durante varios años más.
    
Don Mariano Martí y doña Leonor Pérez fueron a vivir a esa casa tras haber contraído matrimonio, el 7 de febrero de 1852. Es una casa modesta, de dos plantas, que la familia Martí-Pérez no ocupó completa; vivió solo en la planta alta. La abandonaron, cuando el primogénito de la familia y futuro Apóstol de la Independencia de Cuba tenía unos tres años de edad.  

Por problemas económicos o por otros motivos, cambia el matrimonio de domicilio con frecuencia. De la calle Paula se traslada a la calle Merced, a Ángeles, a Industria, a Refugio, a Peñalver... Don Mariano, que ha venido a Cuba como sargento de artillería, pasa la mayor parte del tiempo buscando empleo o sin ocupación estable, lo que obliga a la familia a vivir de los pequeños trabajos de costura que encargan a doña Leonor. Vive la familia con estrecheces y carencias que aumentan no solo por el nacimiento de varias hijas, sino también por el carácter irascible de don Mariano y su honradez que le impiden mantener durante mucho tiempo los empleos que desempeña.

Ya muerto Martí, doña Leonor regresa a la casita de la calle Paula. Tiene unos 70 años de edad y vuelve viuda y casi ciega. En un retrato suyo de la época, que se conserva, la madre de Martí luce como una empleada que vive de su sueldo exiguo y no cuenta con nada más. Era una anciana de cabellos grises y ceñidos a la cabeza. Luce al cuello una randa sostenida con un broche común y se cubre con un vestido de paño de un frío que no es el nuestro. Hay en su rostro una pena lejana y no se sabe si está a punto de sonreír o de llorar. Tiene la mirada opaca, que el hijo le descubrió, de las madres "que pierden el brillo de sus ojos como tú lo perdiste". Hay sencillez, bondad, maternidad en esa foto y, al mismo tiempo, valor, mucho valor para afrontar la vida. Don Mariano ha muerto en 1887. Doña Leonor, en 1907. La acompañaba su hija Amelia que vivió sus últimos días en una casa que le donó el gobierno de Batista, muy pobre, paupérrima hasta su muerte en 1944.

No pocos cubanos, agrupados en la asociación Por Martí,  quisieron  adquirir la casa, pero tropezaron  con la negativa rotunda de los propietarios del inmueble. El interventor militar norteamericano Leonardo Wood se ofreció entonces para mediar en el asunto y comprarla, pero los de Por Martí rechazaron su propuesta y llamaron a una suscripción popular para la adquisición y procurar al mismo tiempo alguna ayuda material a doña Leonor que, pese a su edad y estado físico, había tenido que pedir y aceptar, para poder librar la subsistencia, un puesto de oficial de tercera en la Secretaría de Agricultura, Industrias, Comercio y Obras Públicas; puesto que había quedado vacante por no poder aceptarlo la madre del mayor general Calixto García, que era muy anciana. Un puesto modestísimo, con un haber anual de mil pesos oro americano, lo que equivalía a 83 pesos con 33 centavos mensuales.

Unos veinticinco años después de que la humilde casita de la calle Paula fuese adquirida por el pueblo de Cuba, abrió sus puertas en ella el Museo. No acabaron ahí las vicisitudes. Siempre corta de presupuesto, la instalación apenas contaba con los  fondos necesarios para pagar a sus empleados y mucho menos para su conservación y mantenimiento. La sentida colecta organizada entre los niños cubanos, que aportaron un centavo cada uno para la casa de Martí,  palió en un momento la situación, pero no resolvió el problema.

A fines del siglo XIX, cuando la casa natal no era aún patrimonio de la nación, la emigración cubana de Cayo Hueso colocó en su fachada una tarja conmemorativa que dejó constancia del nacimiento en el lugar del Héroe Nacional de Cuba. La develación de esa sencilla lápida fue el primer homenaje público que se rindió en Cuba a José Martí, y, supongo, el primer monumento con que contó en su tierra tras el cese de la dominación española. Aclaro esto porque el Apóstol tuvo su primer monumento en tierra cubana antes de que finalizara la Guerra de Independencia. Fue una iniciativa de Máximo Gómez. El 9 de agosto de 1896, el General en Jefe del Ejército Libertador, al frente de más de 300 soldados, volvió a Dos Ríos y dejó el vestigio de la visita cuando pidió a sus acompañantes que recogiesen una piedra del camino y la fueran depositando en el sitio exacto donde cayó Martí a fin de formar con ella una pirámide rústica.

Todos llevamos en el recuerdo la emoción  que experimentamos cuando, de niños, visitamos por primera vez la casita de Martí. Que esa emoción no muera nunca.