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Elegía por el lector que fui

Ricardo Riverón Rojas, 10 de enero de 2019

Ya no soy el lector que fui, el que leía al bulto, por pasión, con desespero. Julio Verne, Emilio Salgari, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Robert Louis Stevenson, Jack London, Mark Twain y muchos más llenaron mis tardes y noches en el ingenuo portal de mi casa del batey del Central Carmita, antigua provincia de Las Villas.

Mientras las páginas se ensombrecían con la puesta de sol y el escaso wattaje de los bombillos de entonces, mi imaginación encendía escenarios donde me veía a mi mismo como un tigrecillo de la Malasia, un nuevo Phileas Fogg, un golfo a lo Huckleberry Finn o un mosquetero empeñado en mantener a salvo la honra de la reina de Francia.

A la par de aquellas incursiones, cuando no leía, acudía a la radio (otra forma de leer), que me sumergía en ignotos escenarios donde Leonardo Moncada, Kazán el cazador, Taguarí (el rey blanco del Amazonas), Tamkún (el vengador errante) y hasta Guaitabó  y Nguyen Sun (guerrillero vietnamita a quien Eliseo Iglesias puso a tumbar un helicóptero con una ballesta) me conminaban vivir biografías, reales e imaginarias, puntillosamente narradas por los hondos locutores de entonces.

Pasada la temprana adolescencia, con el goloso despertar del erotismo, mis afanes de lector derivaron hacia la poesía. José Ángel Buesa, Hilarión Cabrisas, Gustavo Adolfo Bécquer y, sobre todo, unos astros que tiritaban azules a lo lejos hicieron aterrizar mi corazón en un valle donde todo iba a ser, un día, bendecido por framboyanes en flor y besos perfumados por el ácido dulzor de la guayaba. Leer (y escuchar) era equivalente a vivir en todas partes y ser dueño de un sinfín de destinos. Siempre los buenos ganaríamos, porque el bien, bajo cualquier circunstancia, derrotaría al mal.

Ya más avanzados los años, el lector compulsivo en que me había convertido se consagró a productos más complejos, y así desemboqué en Vallejo, Dostoievski, Saint John Perse, Arthur Rimbaud, Günter Grass, Herman Hesse, Paul Éluard, Federico García Lorca, Luis Cernuda, José Agustín Goytisolo, Nicanor Parra, Vicente Huidobro y toda una legión más de dialogantes que pusieron nuevos colores y llevaron a mi espíritu el sentimiento trágico (a veces también festivo) de la existencia. Leer lo era todo: llenaba de ideas los entresijos del corazón para transmutar los sueños en hechos y actitudes. Escribir no era un propósito aún. Faltaban tiempo y madurez.

Tras consumir con los ojos toneladas de papel –inolvidables ediciones Huracán– un buen día de mis veinte años, finalmente, se me ocurrió escribir un poema cuya existencia solo revelo en ocasiones de chanza y autoburla, o en recuentos como este. Eran los años en que recién emergía del atracón filosófico: Sartre, Unamuno, Kierkegaard, Sócrates, Heráclito de Efeso, Marx, José Ingenieros pasaban por mis luces, no sé si alumbrando los mejores rincones. Aquel primer texto se titulaba "Unidad y lucha de contrarios", y además del interés conceptual, da fe de mi indigestión de antipoesía, con su desaliñada cuota de economía de recursos, desenfado y humor:

Me gusta vivir en mi casa,
comer en mi mesa,
dormir en mi cama
y pensar con mi cabeza.
Me gusta también
(siempre que vaya con una dama)
salir de mi casa,
comer en otra mesa,
dormir en otra cama
y no pensar
ni tener cabeza.

Aquel lector que un día fui, escritor nonato, comenzó a operar de otro modo, pues la prioridad era domar la palabra, ganar el oficio. Quedaron atrás los días del desdoblamiento y el deslumbramiento. El oficio beneficia a la lectura porque te permite disfrutar el estilo, los recursos, además de las historias, pero también te revela el artificio, la trampa, el ardid literario, y la sagacidad nos aparta del abandono y el éxtasis que sazonan la buena lectura virgen.

Confieso que muchas veces siento nostalgia por el lector que fui. Ahora mismo quisiera leer el Quijote y olvidarme de que en él podemos hallar la novela dentro de la novela, el ensayo dentro de la novela, la parodia, el reciclaje, el metarelato; leerlo de derecha a izquierda y reír o sufrir con los acontecimientos como si fueran, como son, la vida. Me gustaría asimismo leer sin distinciones, como si todo lo que cae en mis manos fuera una obra maestra, aunque al final deseche más de la mitad. Pero no tengo tiempo. Debo cumplir mis compromisos y entregar textos por los que esperan en las publicaciones donde soy colaborador. Debo ser, cada día más, un lector selectivo: ir a lo que tributa a mis proyectos de escritura, subrayar, fichar, citar, esclavizarme a las interpretaciones.

Quizás un día, cuando la literatura no sea para mí un modo de vida, ni una obsesión que me propongo construir, retorne a mí el ímpetu adolescente de asumir los textos como quien degusta un pastel. Es cierto, ya no tengo el portal, ni los atardeceres de la ciudad son iguales a los de aquel batey, preñado de coloridos aromas donde concreté mis gloriosas jornadas frente al libro. Ya tendría edad suficiente para declinar algunos apremios y dejarme arrastrar por el río de esos sueños ajenos que viven en las páginas. Y vivirlos como si fueran míos. Y leerlos en estado de levitación, o de distracción, o de abstención, como si solo existieran las frases con que se construyen.

Ojalá algún día me reencuentre con el lector que fui, porque aunque no desdeño el aprendizaje de las más de cuatro décadas dedicadas a pulir el oficio, diera cualquier cosa por recuperar la ingenuidad literaria, ponerme los zapatos y ayudar al coronel Aureliano Buendía a terminar aquella guerra de mierda.

(Santa Clara, 10 de enero de 2019)