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Poesía de Alejandro Meléndez

Roberto Manzano, 30 de diciembre de 2018

La poesía se amasa con la vivencia. Nace de la misma vida, tal como se ha vivido, y en la dirección que se quiso vivir, y con los adarmes de sabiduría y testimonio que cada uno le puede extraer en la marcha. Aunque todos los poetas levantan sus poemas desde estas veloces y oscuras cepas, algunos insisten mucho más que otros en el manantial directo de la experiencia biográfica. Acuden siempre a ese sustrato, de ahí erigen sus plasmaciones, se acompasen más hacia la crónica o hacia el delirio según sus propios nortes íntimos y horizontes estéticos. Hay trayectorias artísticas que son murales encarnados, episodios de un gran frontispicio vital.

El poeta camagüeyano Alejandro Meléndez no ha olvidado su ciudad natal, desde donde se marchó hacia el exterior desde la mitad de los noventa. Sabe que allí esta la cepa de su destino, aunque levante en cualquier sitio su fronda y esperanza. Lo verá el lector en los poemas suyos que hoy tenemos el gusto y honor de presentar. A veces la nostalgia se vuelve, en el discurso de algunos poetas, como un lenguaje aprendido, aunque sus sentimientos sean fuertes y válidos. Sucede que el lenguaje poético de la nostalgia es casi todo el lenguaje de la poesía personal, pues todo ser humano es alguien que falta a algún lugar donde pudo ser feliz, y por eso mismo componer poemas que entronquen o rocen con la nostalgia esencial es siempre tarea grande, de difícil realización, donde muchos plasmadores fracasan. Pero el lector verá que ese sentimiento universal está sensiblemente inscrito en los versos que reproducimos, y que el poeta logra trazar con dominio sus representaciones del pasado y el porvenir.

Hay una evidente riqueza psicológica, pues los versos están compuestos con sabias introspecciones y gran ductilidad expresiva. El poeta entra en su alma, capta lo que adentro está sucediendo, lo exterioriza verbalmente a través de palabras que trabajan para las imágenes. Y como esas imágenes están en el principio mismo del proceso creador la comunicación adquiere una esfericidad natural, y se siente la autenticidad de la comunicación. Sólo entrando con vigor y honradez en la entraña de uno mismo se pueden tocar las entrañas ajenas. Los poetas pueden verter porque ahondan. Aquí en estos textos lo verá el lector, que quedará agradablemente conjurado para la comprensión inconsciente, para la solidaridad entre las esencias que no se muestran con frecuencia, por la escindida existencia que vivimos, y que la poesía plasma como ninguna otra manifestación. El poeta Alejandro Meléndez alcanza trasmitir sus experiencias y estimativas del mundo.

 


FUGACIDAD


Diría que el tiempo vuela,
se precipita de golpe
y no me deja ver.
Sólo anuncia que llegan los días,
y el verano permanece en la memoria
del patio, y hay retoños deshechos
en cumplidos.
Hoy no sé, 
pero mañana pintaré el recuerdo
y las calles tomarán su propia luz;
será de noche, como siempre sucede.
Quizás este día
nos envuelva y el adiós cruja en el pecho
para decirnos cosas
en silencio.
El tiempo improvisa esta tarde
y nos volvemos al mar
que tendrá mañanas como estas
y noches para amarnos en lo oscuro de las olas.
Tengo que apurarme,
el tiempo ágil se precipita.
Vuela.

 

EPÍSTOLA DEL SUEÑO


En un mapa antiguo vislumbré la ciudad,
insólita señal, respuesta a mi nostalgia.
Era mi casa un punto diminuto,
y su larga calle en línea desde el parque
hacia un dulce reposo en el camposanto.

Mi calle tiene otro nombre, otro jardín mi casa
y en mis cartas hablo de tardes sin sol,
pájaros, lagos, árboles, tormentas,
pero también comento un pedazo de las noches
cuando el amor se oculta
y sigo pensando que todo es un sueño.

 

LA SENCILLA PERMANENCIA


¿Para quién he de escribir?
Ni siquiera el viento o la memoria lo saben
y nuestra ausencia flotará como humo de tu lámpara
en la soledad de nuestros cuerpos.
Nadie
ni un solo habitante de este reino
apagará el grito resonante
que penetra el espanto de esta isla.

Ahora se hacen los poetas.
Mañana nadie sabrá que existí
y que me fui a navegar en la noche oscura.

Tu mirada es exilio de mi cuerpo
que se impone a la dicha de tenerte.
Hurgando en los recuerdos,
fui necio en creer
que la lluvia desplazaba el horizonte.

Ellos, los poetas,
serán los que llamen sin pudor
a mi puerta
porque todo se olvida
y nunca sabrán de este deseo
cuando veo en tus ojos
lo sencillo que es amar en cualquier parte.

 

LA NOCHE QUE SE ACERCA


Cuatro palabras me bastan
para salvar este poema
y las razones me sobran.
Con tan urgente señal
la noche vuelve a su sombra
y penetra con dolor
soportable
la memoria de todas las calles posibles,
reemplazando las horas.
Mi culpa solitaria se enreda
en umbrosos patios
y desando los portales
en busca del rayo
que se resiste a morir
aún cuando otra noche se acerca
y nos toca.

           Dover, marzo 1, 2002

 

REGRESO AL TIEMPO


Con el vino rancio,
nadie sobrepasa el umbral
y las sombras han guiado a los viajeros
por lugares remotos.
No hay más apuestas en la mesa
que los dados en suerte de conjuro
para saber de ti
y de los que no se han ido.

Tan pronto llegue la lluvia
los portales se llenarán de nombres
y habrá marejadas,
barcos,
salidas a escondidas.

Le pregunté a mi madre quién era
y tomados de la mano
derrumbamos paredes.

Hay saludos, abrazos desconocidos
y lujuria en mi brazo
por saber de aquel amigo triste.

¿Acaso envejecí y no me di cuenta?

 

CIUDAD DEL RETORNO


Es esta la ciudad de que te hablé, la misteriosa e ingrávida
que en las noches se reparte las sombras y se escucha
cada susurro de muchachos que se aman
hasta el amanecer, porque nada más elocuente y razonable
que hacer el amor en el oscuro rincón de una escalera.
Es esta la ciudad que me enamora
porque sueño con ella cada noche, y busco
una señal de que alguien también se postra a sus pies y la venera.
Mi ciudad es antigua como sus torres
que magníficas apuntan al cielo y se quiebran en lamentos de campanas,
es esta la ciudad donde nací un septiembre
y por sus calles grité nombres y consignas,
esta ciudad tiene el laberíntico hechizo de perderse
entre ruinas y angostas plazoletas,
que levantan un espacio infinito de las aguas.
Esta es la ciudad que me enloquece en el crepúsculo
porque su luz es de otro mundo y me penetra el alma.

En sus portales, musgo y helecho perpetúan el asombro
de quien ha hecho un largo viaje;
ese viajero que ve isla tan inmensa, 
perplejo queda ante fieros balcones que bordan las ventanas
abiertas a la tarde que alarga sombras con ligera brisa.

Mi delirio son las callejuelas del azar
que me devuelven la plaza con su iglesia
y la ceiba donde puedo encontrar
una mínima huella de mi padre
que vislumbré en señales prescindibles de la noche.

Hablo de ti con orgullo de amante,
sin culpa de ladrón quiero que seas mía por esta noche
y luego en la mañana despertar en los tejados
gritando de placer
tu nombre y tu recuerdo hasta cansarme.

Soy el bardo que no duerme,
el que se asoma en tu mirada y se promete
una elegía que se torne piedra y voz,
agua y remanso,
valle y pradera,
y toda la riqueza de esta tierra
que ocupa el espacio de mi canto
se vuelve transparente con el alba.

Esta es mi elegía, noble ciudad,
y dejo que la lluvia te reinvente en cada esquina.
Yo te descubro 
y mi pecho no se aguanta en su carrera
que surca el aire de la noche de San Juan.

 

SEDANO, MI CALLE


           1

Vuelvo a este lugar,
urgente recuerdo de la niñez
crecida en la piel
como brazo de agua.
Río de hondo cauce,
así en el recuerdo
es Sedano, mi calle,
donde pude nacer
y no lo hice por miedo a la lluvia.
Veo las casas sin portales,
con patios angostos
y el solitario balcón de entonces
que ahora es fuga
de sombras disipadas en las puertas.

Es la calle, nuevo soplo que llega con el alba;
corceles de noche son los gorriones
que en el día abruman con sus rabias de pájaros
y ese hombre tan alto y tan benigno
abre las puertas del bar,
y los tragos disipan el calor de la tarde
mientras la calle sigue intacta
con la ventana mas alta y la puerta en azul,
que ahora es vieja y gime de olvido
cuando ya son pocos los que la habitan.
La calle tiene un nombre que nadie conoce,
Sedano es luz;
un muro blanquísimo en la puerta que los vecinos adornan
con guirnaldas de papel y los colores dibujan esta senda
que callada se torna.

En esta calle quise nacer un lejano septiembre
y los vecinos colgaron de sus ventanas
esas guirnaldas que ahora ves marchitas
mientras la noche era una fiesta
y cada quien contaba la historia a su manera,
sabemos que Ana cuida de la acera como propia
comarca de labriegos que siguen su ruta
entre acera y zanja;
y la estrechez de la calle
rompe un equilibrio de estado,
inconfeso en las márgenes del río
donde el agua corre en profundos canales
para nombrar cada ráfaga que golpea sus muros.

El mismo muro de consignas donde aprendí a leer
y a convertir los garabatos en mi eco, 
rompiente misma que llega con la tarde y ruge
como el mar asustado;
así llego con mi paso, precario equilibrio de mis huesos.
Mi padre consigue tomarme de la mano
y mi madre queda en silencio para verme marchar,
no importa lo tarde, ella siempre espera que las campanas digan
toda la verdad que supera esta isla
borrada por las aguas.

 

ESPERPENTOS


Estos, los rostros que te separan del bosque,
cortan las ramas y descubren la inmensidad del cielo.
Aquí las bestias se agazapan,
y esquivas,
permanecen en las sombras
como espectros
que merecen un lugar de mi cuerpo
engalanado
para ver las montañas
rasgar la violenta oscuridad de la noche.

Esta isla sucumbe
despedazada, y yo de vuelta
desfilando ante la chusma
que agita pañuelos tricolores
mientras los años felices están por venir.

 

LA NOCHE PERDURABLE


Perdura la noche
y en su egoísmo
hay quien sorprende
con su flauta
la perpetua rosa
y canta.
Del interior sacude
su nostalgia
con penosa virtud del que no vuela
y calla.
Hay quien promete con su noche
un beso
y la flauta silenciosa
se desgarra
en el tibio cuerpo de la rosa
y muere.

 

PRIMAVERA


La ventana cómplice
y un diminuto rayo de sol,
allí están los brotes
como manchas en las ramas desnudas.
Es abril de nuestro año
y el cerezo en flor, reposado
en espera de un pedazo de horizonte
para abrir cada retoño.
Ayer se cortaron las ramas,
hoy anuncian que vendrán
más flores
en infinito goce de colores,
con sus hojas desafiantes.
Y a la sombra de estos árboles
nadie podrá arrebatarme
esta dicha
efímera.

 

EL MEJOR REGALO


Ese mar que limita en abierta escapada de ángeles
tus carencias de viejo hacedor en las mañanas
es fuga de relámpagos
que nadie teme.
Tu huella
impulsa a que los hombres arriesguen sus remos
para morir en la otra orilla
y los peces socorren al marino en su hambre;
es como volver a traspasar el monte sin cuchillos.
Nadie vuelve;
todos conformes con la suerte que les toca
sueñan con salvar al pájaro que no cesa de aprender a volar
y en su huida
deja sólo una mueca.
En la proa de tu nave,
poderosa como el canto de los niños,
hay frutas, animales, ramas de árboles,
y los sacerdotes traen sus ofrendas
en palabra sabia,
desconocida.

Este es el regalo de mi nombre,
un salto de agua, la noche venturosa
y los huesos de aquel orador,
infatigable.
Era tu regalo de octubre
y las manos parecían decirte
hasta verte,
hasta nunca,
hasta pronto,
hasta que vuelvas.

Este es mi regalo, el que cada día ofrezco
al levantar el cristal de mi ventana
y veo el mundo, ese infinito jardín, casi perfecto
en el que llevo tiempo cultivando
tus recuerdos,
mis nostalgias,
nuestras vidas.
Errando en el camino de mi culpa
sólo prometí volver
alguna vez
y contemplar la luz.
Las nubes estarán agradecidas
por la lluvia que trae tu sombra
y allí estaré
esperándote en el mismo hotel de entonces,
con la piel rendiré culto al cuerpo y a la carne,
flotaremos de júbilo
por el tiempo perdido
y los años que nos tocarán vivir.

                          Bridgewater, NJ, 8/8/03

 

BAJO EL PUENTE


Beaucoup d’eau a passé sous le pont.
JACQUES PREVERT


Es como el agua que corre debajo del puente
y las olas que sucumben en su orilla,
sólo hay recuerdos y muchas huellas;
todas conducen al pozo de la noche
en que los hombres salen a pescar
con el viento y las redes a la espalda.
Y vuelve la corriente de este mar violento
y nuestra mirada
donde el faro
nos guiará en este viaje sin fin.

Hay tanta agua debajo de este puente
y tantas lágrimas
que nadie se acuerda del último destello
cuando el sol anunciaba su muerte
y un raro fulgor
despedazaba la noche infinita.

Aquí hay caracoles
y la corriente lleva tanta agua
que nadie se atreve a voltear la vista
mas allá de la espuma que salpica
los pilotes del puente.
Miro el cieloclaro,
y advierto nítidas las estrellas
y sé que alguien las contempla como yo.


ALEJANDRO MELÉNDEZ (Camagüey, 1958). Licenciado en Inglés por el Pedagógico José Martí (1982). Integró el elenco del Guiñol de Camagüey. Fue presidente de la Asociación Hermanos Saíz durante los años ochenta y participó en eventos literariosnacionales y provinciales obteniendo premios y menciones en concursos depoesía auspiciados por la UNEAC de Camagüey. Publicócríticas teatrales y literarias en el periódico Adelante. Actualmente reside en Miami, Florida.


 

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