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Cierta crónica costumbre

Ricardo Riverón Rojas, 14 de mayo de 2018

Como cualquier otro género, la crónica debe sortear vericuetos y emboscadas, tanto lingüísticas como temáticas. En ambos puede perderse o perecer. Basta la rotura del equilibrio para que el texto devenga loa meliflua o denotativo berrinche.

En su artículo “La crisis de las costumbres”, de 1932, Jorge Mañach aportó reflexiones de alto valor sobre el costumbrismo. Dijo que “era un modo literario rápido, directo y poco riesgoso de cubanizar, de crear conciencia crítica cubana mediante [una] combinación de loa y vejamen¨. También que: “es una sátira leve, que no quiere lastimar el retoño [porque] los costumbristas dan siempre la sensación de que están a un tiempo enemistados con su ambiente y enamorados”.

Buena parte del espíritu de estas afirmaciones sobre el costumbrismo se le puede atribuir a la crónica, quizá el género del que más se sirve. Contar una historia cronológicamente hilvanada, sin mucho despliegue de técnicas narrativas de vanguardia, tal vez sea el modo más eficiente de componer crónicas amenas y de buen acabado. Aunque –me curo en salud– no pretendo cerrar ninguna puerta, sino visibilizar a mi modo la fórmula compositiva donde más valores percibo.

En una cuota quizás desmesurada, la mayor parte de las crónicas que vemos publicadas hoy en los medios cubanos se centran en el elogio, razón por la cual, siempre en la búsqueda de “poetizar” a ultranza, esos cronistas acuden a un lenguaje dulzón, sentimentaloide, descriptivo de epifanías y enfocado a fenómenos inefables. Existe una tendencia, no orientada por ninguna política informativa, de evadir la conflictividad en el ejercicio cronístico.

Tal proliferación ha generado en algunos escritores y periodistas de talento una especie de actitud alternativa que se empeña en testimoniar, sin matices de otro corte, desencuentros y desaguisados con instituciones, figuras, procesos. Constituye la imagen inversa de la aberración antes descrita.

Ninguno de los dos extremos (me arriesgo a afirmarlo) expresa auténticamente la realidad en amplitud de matices. Pero no cabe duda de que, en el lector cubano, cansado de reafirmaciones enfáticas o complacientes, existe una marcada avidez por la más irreverente de las variantes.

Los textos de esta segunda corriente a veces caen –desde mi punto de vista– en el contrasentido de extrapolar la crónica al terreno del artículo, el comentario o el reportaje. Y conste que no clamo por una pureza genérica con el acento puesto en la forma, sino en la materialización de esencias.

El canal más indicado para que la crónica movilice la sensibilidad de los lectores pudiera concretarse en las páginas o emisiones de los medios masivos, pues debían constituir su primera tribuna natural.

Si, por otra parte, sostenemos que estamos ante una modalidad donde el valor literario marca el compás, y a ello le sumamos la indiferencia de no pocas publicaciones, nos encontraremos con mayor frecuencia de lo aconsejable cronistas que escriben pensando en el libro, no en la publicación periódica.

Es cierto que el libro permite apreciar, en toda su gama y complejidad, el universo referencial y la coherencia del pensamiento del autor, pero en su sosegado espíritu se pierde el elemento inmediatez, de altísimo valor en el proceso de comunicación de todas las épocas.

Considero una disfunción informativa que, ante el poco interés de muchos medios por incorporar firmas de escritores a su dinámica, una buena parte de los intelectuales publiquen sus crónicas en medios de menor impacto, o en libros. Si los medios masivos las acogieran con más generosidad, se beneficiarían notablemente su prestigio comunicacional y el intercambio generalizado de ideas.

La crónica constituye un modelo de texto propicio para la oralidad. En Villa Clara, mediante un movimiento que hemos denominado "Cronistas crónicos", hemos podido verificarlo. En 2017 hicimos el evento, con la participación de algunos de los más prolijos y populares cronistas cubanos; en la recién concluida edición de la Feria del Libro retomamos el espacio, y más recientemente aún, en el homenaje organizado en Quemado de Güines a Enrique Núñez Rodríguez, en el marco del 95 aniversario de su natalicio, continuamos la promoción. En cada uno de esos espacios se pusieron de manifiesto las bondades de la crónica para establecer empatía con el público.

La mayor parte de las crónicas leídas provienen de proyectos de libros, o de la publicación en revistas y sitios web que no integran el repertorio tradicional de nuestros medios.

Ser cronista en estos tiempos, en Cuba, atento a los pequeños y grandes latidos de la historia y la cotidianeidad, nos permite, entre otras cosas, dar testimonio de sucesos que, distantes de los espacios canónicos, corren el peligro de no ser inscritos en el inventario de los bienes que definen la identidad de la nación.

José Alejandro Rodríguez, uno de los más populares periodistas cubanos, con la intención de caracterizar de un plumazo el género declaró en ocasión del evento de 2017, al ser entrevistado para la televisión del territorio: “la crónica es un susurro”. Y me gustó la definición. Sigamos entonces, enemistados o enamorados de lo que nos rodea, susurrando en el oído de los lectores palabras que enfoquen, desde el humanismo socialista que nos sustenta, los diversos costados sorprendentes de nuestra vida nacional.

(Santa Clara, 11 de mayo de 2018)

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