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Quino en la jungla del asfalto

Jorge Ángel Hernández, 06 de diciembre de 2017

El caricaturista argentino Joaquín Salvador Lavado, "Quino" (Mendoza, 17 de julio de 1932) legó una obra que trasciende la mayoría de los tópicos de inmediatez que el uso del humor pone en riesgo permanente. El disfrute de sus dibujos no solo nos traslada a la interpretación del mundo mediante la risa, sino a sistemas de análisis significantes que dan para amplias cosechas de investigación. Su mirada a lo urbano, bajo las consecuencias de la evolución humana en su proceso civilizatorio, es un punto importante de esa obra.

En su libro ¡Qué presente impresentable!, publicado por Ediciones La Flor en 1999 y reeditado en Cuba por la Editorial José Martí,1 hallamos un ejemplo apenas avanzamos hasta su tercera historieta. En tres cuadros pequeños, presenciamos cómo un señor se viste de traje, guantes y sombrero, siempre asistido por su mayordomo, hasta recibir de la mano del asistente las riendas de un chivo. El cuadro de cierre, que va a ocupar la mayor parte de la página, nos lo muestra cabalgando en el chivo por encima de los techos de los autos que congestionan todo el tráfico de la ciudad. El dibujo de Quino es puntilloso y exacto, por lo que abunda en figuras que se asombran y reaccionan ante la singular iniciativa del etiquetado señor. Numerosos detalles acompañan a los contrastes de significación que la risa requiere para su aparición: edificios de fondo con antenas de TV en las azoteas, humo de fábrica, luminarias públicas, un gran semáforo colgante y algunos árboles, mucho más deslavados en el dibujo que el resto de los elementos. La avenida por la que el chivo cabalga es de cinco vías y deja ver una expresión asociada, y diferente, en cada uno de los conductores de autos por sobre los cuales se impulsa. También los rostros de los peatones reaccionan, aunque en estos el modo de expresarse es mucho más uniforme que en el caso de los conductores.

¿Fue azar de dibujante? ¿Concesión al tedio?

Es difícil pensar que, al menos en la concepción del mundo de Quino no se hallara este entramado que denuncia no solo la invasión del espacio público por los autos, sino la opresión del individuo ante los adelantos que él mismo ha creado para seguir civilizándose. Un invento tan revolucionario como el automóvil, sin el cual no podemos existir, revela en esta historieta su contracara de opresión y dependencia. Si el objetivo común de transeúntes y viajeros es llegar a un punto deseado en el menor tiempo posible, parece apropiado pensar que lo más lógico es usar un medio de transporte tecnológicamente revolucionario. Sin embargo, la salida viable que el personaje de Quino nos presenta regresa al más elemental modo que la naturaleza puede darnos. Por entre la comicidad del chivo que va de techo en techo, superando el estancamiento del tráfico, se desliza el llamado a la cordura del comportamiento social.

Quino ha reiterado en varias entrevistas que apuntaba en la calle, observando la actitud de las personas, sobre todo en los Café. Dibujaba “figuritas”, asegura.2

La historieta siguiente (p. 12), compuesta por siete cuadros, tiene también su centro en un contexto invadido por el estancamiento de automóviles y ómnibus urbanos. No obstante, el humor que la define recae en un sentido semiósico contrario al de la antes reseñada: la trama nos lleva a sorprendernos con que el protagonista ejecuta manualmente, y desde la vía subterránea, el devenir del semáforo. O sea, que esta vez Quino parece reclamar el adelanto tecnológico para el adecuado funcionamiento de las normas de urbanismo. Las secuencias son claves para ello. Los tres cuadros primeros nos dejan ver al personaje entrando y saliendo de los servicios sanitarios de un Café; el dibujo sugiere andar pausado y calmo, aun mientras pasa junto a la congestión del tráfico, lo que se apoya con la sucesión de cuadros, hasta hacerlo llegar al subterráneo y presentarlo, mirando a su reloj, ejecutar manualmente la labor del semáforo que, por fin, descongestiona el tráfico.

La risa se encarga de resolver el contrapunteo de sentido entre ambas historietas, como también lo hace con las numerosas variables de su obra. El reír llama, justo, a la diversidad del sentido, a la profundidad que cada circunstancia social puede brindar. Con ella, además, el humorista salva cualquier estrecho marco de visión ética y hasta de juicio alrededor de la conducta humana.

En una secuencia de seis cuadros se desarrolla la singular historieta de la página 18 en ¡Qué presente impresentable! Una señora queda perpleja al no identificar el contenido de la lata de conserva que se dispone a abrir. Se desplaza de inmediato hasta el Banco de la ciudad, hasta depositar la lata en el escáner de seguridad, ante el asombro del custodio. El cuadro siguiente la presenta al otro lado del escáner, observando acuciosa e interesadamente la pantalla para descubrir al fin el contenido de la lata. La postura de acompañamiento del guardia de seguridad secunda la acción de la señora. El cuadro último la lleva de nuevo a su cocina, mientras abre satisfecha la lata de conserva.

Aunque el sentido del chiste que concluye la trama carga su peso en el devenir de la tecnología, de la existencia misma de la lata de conserva al uso el escáner en el Banco, la norma urbana de existencia permite que se codifiquen los significados. Es un chiste impensable en un contexto rural, e incluso suburbano. Segundo y tercer cuadros, como acostumbra a hacer Quino en la historieta, aportan los detalles precisos para dar fe de ese contexto.

La página 28 de esa misma obra no ofrece una historieta muy asociada a la anterior, aunque esta se resuelve en el sentido del texto más que en el golpe de la imagen. En nueve cuadros, cuenta la historia de un señor que llega ante una caja de tecnología avanzada que lo insta a depositar una moneda en la ranura. El resultado es que aparece una pistola, guiada por un brazo mecánico que lo obliga a depositar todo su dinero en un compartimento bajo de la caja. Luego premiará al timado con un regalo: ¡un chicle! El chiste se resuelve con un globo de pensamiento que se desplaza por encima del que el chicle forma mientras el personaje se aleja: “Hijo mío, en este país tenemos un material humano excelente, solo nos falta la técnica”, me decía, hace mucho, mi papá.

Un dibujo de una sola pieza reafirma la capacidad de contraste que nutre el humor de Quino. Un grupo de pasajeros de avión se agolpa junto a la esterilla que entrega el equipaje. La atención de todos se centra, sin embargo, en un mendigo que recibe su tacho de basura, perfectamente etiquetado. La oposición radical entre los universos a los que pertenecen los viajeros naturales de avión y la presencia del mendigo en ese sitio, codifica la pertinencia de la risa y extiende su sentido al universo de las diferencias clasistas. No podemos decir que sea una denuncia, a menos que forcemos bastante el sentido de las piezas, pero a la vez depende de que los códigos de diferenciación clasista se impliquen en el significado. Uno de los tantísimos actos maestros que el humorista argentino nos legó.

Estos ejemplos pueden servir de base clasificatoria para los contextos urbanos que más hallamos en la obra de Quino. En primer orden, y con mayor privilegio en cantidad e ingenio, los canales de desplazamiento urbano. En segundo, los absurdos humanos en contraste con la norma común del resto de la sociedad. En estos el sentido es diverso, impredecible a veces, por lo que rompe no pocos esquemas de juicio que el propio autor ha defendido fuera de su obra. El tercer tópico de urbanización en la obra de Quino se halla mejor codificado, pues atañe al uso indiscriminado e irresponsable de la tecnología. Se debate entre la poesía y lo didáctico y es, en el caso de sus incursiones urbanas, un complemento de un tópico mayor en el contexto general de su obra.

No hay detalles baldíos en esos puntillosos dibujos y sí, en cambio, un movimiento en la imagen que humaniza el suceso presentado mientras deshumaniza el contexto. Es, acaso, el modo mejor que fue encontrando para insertarse en la jungla del asfalto.