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Un nuevo acercamiento a Celestino antes del alba

Luis Álvarez, 28 de enero de 2017

El ensayo Celestino antes del alba, la mirada del ingenuo (Ed. La Luz, Holguín, 2015), de Yailén Campaña nos enfrenta a una de las novelas fundamentales de Reinaldo Arenas, uno de los más estremecidos exponentes del neobarroco narrativo en Cuba. Tiene razón la autora al subrayar, en las primeras páginas de su libro, que la literatura cubana de la década del sesenta, en lo mejor de su producción, tendió a una transformación de su modos expresivos, pero sobre todo a una reformulación de la identidad nacional cubana.

Como se sabe, la década del sesenta impulsó un verdadero punto de giro en la expresión artística cubana. La fundación de una serie de instituciones  culturales —en particular el Instituto del Libro (luego Instituto Cubano del Libro), la UNEAC, el ICAIC, la Casa de las Américas, entre otras—; el renacimiento de otras, como el Ballet Nacional de Cuba, antes Ballet de Alicia Alonso; la reconfiguración de otras, que condujeron a la remodelación del Dpto. de Etnología y Folclor y también del Dpto. de Teatro, ambos dentro del Teatro Nacional; la Biblioteca Nacional y sus redes nacionales; etc. contribuyó, entre otros factores, a la dinamización de la vida de la cultura nacional. Asimismo, los procesos de alfabetización del país y de conformación de redes diversas de educación especializada en distintas ramas del saber y los oficios estimularon transformaciones significativas en la vida de un país que, sumergido en una sinnúmero de cambios sociales en general —económicos, políticos, ideológicos, culturales—, veía transformarse diversas estructuras de su vida cotidiana. Es en este torbellino de cambios, polémicas, conflictos y proyectos de toda índole donde se inscribe la trayectoria de formación de Reinaldo Arenas.

Más allá de las fronteras estrictamente insulares, la década del sesenta constituía un dramático punto de giro para el planeta, donde la guerra fría llegaba a su punto más intenso y conflictivo —materializado en una serie de escenarios aparentemente particulares, como Argelia, Cuba, Viet-Nam, el Congo, pero también la Primavera de Praga, la Revolución de Mayo en París, los hechos de Tlatelolco y Tianamén, por citar apenas algunos de los más relevantes— en terreno de lo político. Mientras, el mundo del arte experimentaba una sacudida insondable, que —hoy lo sabemos— conducía hasta las puertas de la crisis posmoderna y, en América Latina, en particular a la redefinición de la tónica neobarroca en particular en la literatura. Yailén Campaña tiene razón al señalar la explosión de una necesidad de cambio que iba más allá de las fronteras y las ideologías, para convertirse en un desafío estético general:

A partir de los años sesenta, el discurso narrativo en el mundo euroccidental se plantea el desafío estético entre una perspectiva renovadora y la adopción de formas cuyo lenguaje garantice una comunicación eficaz, pero en el contexto literario cubano la preocupación radicaba en cómo narrar el proceso revolucionario.

Tales consideraciones de la ensayista son muy esclarecedoras: Celestino antes del alba, libro primero de un joven provinciano que, en muchos aspectos, proyectaba su breve y personal experiencia vital en el perfil de su personaje central. Yailén Montaña subraya con  razón que, a pesar de la calidad de esta novela —reconocida por el jurado del Premio UNEAC de 1965—, ha permanecido lejos del interés de la crítica literaria nacional —con excepciones que la ensayista se encarga de mencionar, entre otros Lourdes Arencibia, Enmanuel Tornés o Alberto Garrandés—. De modo que este ensayo se suma a esos pocos calados en esta novela en particular y en la obra de Arenas en general.

Me satisface particularmente el interés de la ensayista en valorar esta novela desde una perspectiva que va más allá de las indudables aportaciones estilísticas de Arenas a ese cambio profundo de la novelística cubana de que hemos venido hablando. Durante varias décadas, en particular después de los años ochenta, la crítica cubana concedió énfasis particular —y a veces excesivo— a la experimentación estructural en nuestra narrativa. Ciertamente Celestino antes del alba se inscribe en ese marco y muestra una serie de brillantes maniobras con el lenguaje narrativo, que Yailén Montaña se encarga también de examinar con muy buen acierto, en particular cuando señala:

La concepción del relato es novedosa por la desfiguración espacio-temporal: el espacio se reduce y comprime hasta ubicarse solo en la casa, mientras la historia carece de linealidad, esto se logra con el uso de varios métodos para fraccionar o recuperar el tiempo a través de las asociaciones casuales y la memoria, que se proyecta como un ejercicio de lucidez.

De aquí que su análisis de la construcción del narrador en la novela sea muy eficiente y esclarecedor, pues su estudio atiende con cuidado a los cimientos narratológicos de la novela. Pero la ensayista presta particular y más intensa atención a algo poco atendido por los escasos estudios precedentes sobre ese texto; me refiero a la integración de perspectivas de creación en la novela, cuestión más de estética general que de poética particular; me refiero a la confluencia de poesía y novela en sus páginas, en una orquestación de tesituras que ha venido jalonando históricamente, aquí y allá, a la narrativa insular —piénsese en Lucía Jerez, de Martí; en Jardín, de Dulce María Loynaz; en Un rey en el jardín, de Senel Paz; ciertos pasajes inolvidables de Paradiso, de Lezama Lima, de El pan dormido, de Soler Puig, o De Peña Pobre, de Cintio Vitier—. Esa recurrencia —a la que podría aplicarse el término de retombée (recaída, reiteración) aplicado por Severo Sarduy a ciertos elementos centrales del neobarroco latinoamericano— parece decirnos que hay una tendencia cubana —no general ni numéricamente prioritaria, pero sí tangible y de gran relieve literario— a buscar una concurrencia de lirismo y narrativa cuya importancia la ensayista holguinera ha sabido captar muy bien en este libro:

Celestino antes del alba recrea el enfrentamiento con su entorno de un niño de campo, cuya voz describe la realidad tal como se le presenta, matizada por las alucinaciones que toman vida en su imaginación. De su argumento poco convencional se desprende el tema de la eterna defensa de la belleza y la realización personal. Además de esta temática central, en la novela se abordan otras problemáticas testimoniales que ofrecen una interpretación general del campesino cubano de los años cincuenta. Entre ellas sobresalen el tratamiento de la superstición, la religiosidad y los convencionalismos sociales. No puede dejar de destacarse el manejo técnico de la mayor contribución artística de esta novela, la persona que enuncia el discurso desde un “yo” que la identifica como narrador-protagonista y que queda indisolublemente ligada al personaje de Celestino, quien asume la función de narratario, receptor del discurso. 

De gran finura perceptiva es esta afirmación de la autora. Pues en efecto el sello más personal de la novela del atormentado escritor holguinero tiene que ver no tanto con la osadía de las estructuras de narración, sino con la fundamental base temática sobre la cual se levantan las operaciones del novelar. Me refiero a la desgarradora defensa de la libertad de la expresión estética, así como a la búsqueda —por momentos trágica— del rostro de lo cubano esencial. Hay que agradecerle a Yailén Campaña una observación trascendente sobre el estilo de este gran escritor en cuanto a que varias veces: “[…] el autor afirmó que su mayor aspiración era ser recordado por la poesía implícita en sus novelas y relatos”. Otro momento del ensayo resulta una captación estremecida de la voluntad de percepción y definición de la experiencia estética como eje fundamental de la novela de Arenas. Yailén Campaña expresa, en cabal integración de su análisis narratológico y de su valoración estética del protagonista:

El innombrable niño que vive en espera del alba, habita un mundo de ensueños, mágico, abordado por duendes, brujas y animales a los que les han dado el don del habla. Imaginarias voces lo asaltan burlonas, autoritarias, recriminatorias o amenazantes: síntoma de una esquizofrenia que guía la entrecortada narración. Su núcleo se centra en los autodiálogos alucinantes y surrealistas de ese narrador niño que va conformando la diégesis a partir de asociaciones, de conexiones irracionales con que tiende un puente entre la rígida y racional realidad, que le ha dado un hogar inhóspito donde lo menos agresivo es la miseria, y la ficción, con que escapa en sorprendentes invenciones. De su mano recorre el fascinado lector el imaginario campesino rico en supersticiones. La sensibilidad e inquietud infantil quedan reflejadas en las poéticas intervenciones del personaje central, en la sucesión de cantos y juegos tradicionales, en el episodio dedicado al pacto de hermandad que lo une a Celestino y en la recreación de las inconexas imágenes –provocadas por la crueldad circunstancial– que solo encuentran su lógica en lo enrevesado del inconsciente.

Más allá de la irreverencia de su perspectiva novelística; más lejos aún de la crudeza por momentos muy marginal de su panorama de la isla; distante del sarcasmo y la desesperación que transpira por momentos en ciertas páginas de Antes que anochezca, la ensayista nos revela que la angustia mayor de Celestino antes del alba se proyecta hacia la angustiada percepción de qué significa ser cubano, en un tono de tragicidad que nos permite pensar en la posible y metafórica significación de la obra de un autor cuyo primer libro se titula precisamente así, Celestino antes del alba —siendo Celestino uno de los nombres de Júpiter, el dios supremo entre los romanos, cuyo atributo, entre otros, es el rayo—, mientras que la última novela —autobiográfica— se titula Antes que anochezca, como si tu obra toda se estructurara como una tragedia clásica que debía resolverse en el transcurso demoledor de un día. Yailén Campaña ha tenido una sensible iluminación cuando afirma:

El vocablo alba alude a la iniciación del día, al amanecer, la aurora, la primera luz antes de la salida del sol, pero además proviene del latín albus que significa blanco y es ese precisamente uno de los momentos más disfrutados por el niño protagonista de la novela, cuando la neblina cubre todo el campo con su espesa luz blanquecina. Pero el momento al que se refiere es al que le antecede, la noche, hora destinada al sueño, espacio que desarrolla la trama. Todas las acciones están condicionadas por los destellos de lúcida conciencia mental del estado de vigilia que alternativamente acompaña al sueño. 

El otro componente que Yailén Campaña ilumina con gran fuerza es la función de lo fantástico en Celestino antes del alba, en un criterio que se sintetiza en esta penetrante afirmación acerca de: “[…] una elevada capacidad imaginativa que conduce el pensamiento por un mundo donde la fantasía es asumida como única rectora mientras los límites de lo posible se disuelven”. De aquí que la ensayista nos convenza de que esta novela de iniciación de Arenas constituye una afirmación de la poesía como ruta de salvación ante el horror de una existencia asfixiante, pues, como afirma Campaña: “La poesía es la vía de salvación inicial ante la insulsa vida que le imponen, que encuentra su antagónico en la figura del abuelo que derriba con su hacha los troncos escritos. La escritura y la creatividad se defienden como una forma de rebelión”. La autora, pues, construye un discurso crítico no solo de afilada fuerza analítica, sino también de gran estatura reflexiva e incluso de personal belleza poética, en particular cuando defiende que “De su argumento poco convencional se desprende el tema de la eterna defensa de la belleza y la realización personal”. A partir de esta postura crítica alcanza la ensayista la altura mayor de su estudio, cuando afirma paladinamente:

El autor de Celestino antes del alba ambiciona para su novela más que la presentación de un niño de la Cuba de finales de los años cincuenta, campesino y pobre, con una visión parcial del mundo. Le destina a su personaje el maldito y divino don de la poesía, más que niño es voz, eco de un pensamiento provocador de imágenes continuas: símbolos en los que se le presiente; más que cuerpo, sensación: de agónica persecución, de hastío, de opresión, de lucha interna. No persigue que el lector se cree una idea física de él, no necesita materializarlo, es un poeta, la palabra le da forma y vida, de espectro, de ente ficcional y por ello eterno. La única descripción alusiva a un elemento físico del personaje que se permite su creador va dirigida al cabello, siempre tan revuelto que provoca la burla del abuelo al compararlo con una escoba al revés.

Penetrante como análisis textual, pulidamente organizado como valoración estética, este libro de Yailén Campaña nos aporta un nuevo modo de dialogar con uno de los más extraordinarios escritores de la isla.