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La crisis en los partidos políticos cubanos. Estrategia y tácticas revolucionarias (1955-1958)

Jorge Renato Ibarra Guitart, 10 de enero de 2012

Los partidos políticos

El régimen de Fulgencio Batista dejó sin alternativas plausibles a los partidos tradicionales de oposición. Sus propuestas estuvieron dirigidas a asimilarlos a las prácticas fraudulentas del gobierno que presidía, esa intención los dejó sin opciones para dar continuidad al modelo de república neocolonial burguesa nacido en 1902. En esas circunstancias tan adversas los partidos tradicionales, ante el avance impetuoso de una revolución conducida por los líderes de las organizaciones radicales emergentes, no solo perdieron una parte importante de sus militantes y simpatizantes, también desperdiciaron el poco crédito que guardaban. Y peor aún, quedaron como suspendidos en el aire cuando no contaron con margen necesario para hacer efectivas sus demandas dentro de los marcos legales y pacíficos más adecuados.

Siguiendo un criterio gramsciano, en la Cuba de los años 50 los partidos tradicionales entraron en crisis porque no supieron adaptarse en profundidad a las nuevas épocas o fases históricas ni crecer a medida que se desarrollaban las relaciones globales de fuerza, dentro y fuera del país. Gramsci también indicaba que dentro de todo partido político se puede distinguir al grupo social, a la masa del partido y a la burocracia o estado mayor del partido. En el periodo crítico de los 50, el grupo o clase social que tenía la hegemonía en el conjunto de los partidos tradicionales no pudo canalizar con profundidad sus intereses, mientras que por otro lado, la masa de simpatizantes de esos partidos se diluyó ante los continuos fracasos de sus propuestas de salida negociada a la crisis política. Por último, la burocracia o estado mayor de esos partidos quedó aislada y anacronizada, sin poder hacer frente a una situación que los superaba en sus reales posibilidades de acción. Es ese el peor momento que pueden enfrentar los partidos políticos, según lo afirma el dirigente comunista italiano: «En cierto punto del desarrollo histórico, las clases se apartan de sus partidos tradicionales, o sea que los partidos tradicionales en aquella especial forma organizativa, con aquellos hombres determinados que los constituyen y los dirigen, no representan ya a su clase o fracción de clase».1

En la Cuba de los años 50, la clase que tenía representación en los partidos tradicionales, ante la crisis crónica de estos, apeló a las asociaciones constitutivas de la sociedad civil burguesa y a la iglesia católica para mantener vivo su proyecto dirigido a facilitar la conciliación entre las distintas fracciones de las clases dominantes. Por último, cuando estas maniobras tampoco arrojaron el resultado esperado, determinadas fracciones de la burguesía, recurrieron a la alianza con las organizaciones revolucionarias emergentes para resolver el agudo problema creado con el golpe de Estado del 10 de marzo.

Este tipo de alianza de último momento, en la que muchos de los actores políticos confluyen en un mismo proyecto social de unidad en busca de una salida de emergencia  a la crisis en marcha, también fue apreciado por Gramsci. El teórico italiano indicó que en situaciones de crisis de los partidos políticos tiene lugar el paso de los tropas de uno o varios partidos a uno que englobe mejor los intereses generales para resolver un problema dominante y existencial.2 En este orden el problema dominante y existencial que los agobiaba era la permanencia en el poder de una férrea dictadura.

En el caso cubano la dictadura de Batista instaló un modelo de «centralismo burocrático en el estado», según una clasificación gramsciana, que impidió una salida pacífica a la crisis nacional dirigida  a evitar la radicalización del proceso revolucionario en marcha. En este punto Gramsci indicaba que el grupo dirigente se encontraba saturado: «Se ha transformado en una camarilla estrecha que tiende a perpetuar mezquinos privilegios regulando o también sofocando el nacimiento de las fuerzas opositoras, aunque estas fuerzas sean análogas a los intereses dominantes fundamentales».3

La nueva vanguardia revolucionaria. Estrategia y Táctica

Esta coyuntura política incierta sirvió de punto de partida para que las organizaciones revolucionarias emergentes elaborasen una estrategia y tácticas que le permitieran captar el consenso de las grandes mayorías de los cubanos. En ese sentido cabe destacar que los dirigentes de la nueva generación no cayeron en  posiciones dogmáticas de izquierda y tampoco asumieron una táctica que pudiera absolverlos a las practicas de los partidos tradicionales de oposición y del gobierno. La estrategia de estas nuevas organizaciones las comprometía con producir transformaciones socioeconómicas de peso que constituían la antesala del socialismo.

De hecho, se habían propuesto cambios sociales de tal magnitud que su propuesta los conduciría por una vía no capitalista de desarrollo. En ello radicaba la diferencia entre la praxis de los revolucionarios que militaban en organizaciones de nuevo tipo y  la de los reformistas que se agrupaban en los partidos tradicionales de oposición.

La vanguardia revolucionaria de los años 50 supo explotar al máximo los errores de las clases y fracciones dominantes; y logró validar sus aspiraciones de derrotar a una dictadura armada hasta los dientes, poniendo en crisis el viejo apotegma de que una revolución era posible «con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército». En ese sentido, Lenin supo advertir la necesidad que tienen los revolucionarios de abrirse paso entre las dudas y desacuerdos de las clases dominantes:

Solo se puede vencer a un enemigo más poderoso poniendo en tensión todas las fuerzas y aprovechando obligatoriamente con el mayor celo, minuciosidad, prudencia y habilidad la menor “grieta” entre los enemigos, toda contradicción de intereses entre la burguesía de los distintos países, entre los diferentes grupos o categorías de la burguesía en el interior de cada país, hay también que aprovechar asimismo las menores posibilidades de lograr un aliado de masas, aunque sea temporal, vacilante, inestable, poco seguro, condicional.4

Fidel Castro y José Antonio Echeverría, líderes de las dos organizaciones revolucionarias más prominentes de este periodo histórico, supieron diseñar una táctica política de unidad con el conjunto de la oposición. Esta postura de amplia flexibilidad no obstaculizó sus planes insurreccionales ni sus posiciones de ruptura y lucha frontal contra el régimen del 10 de marzo. Sencillamente propusieron para cada momento lo que cada momento político demandaba sin hacer concesiones de principios ni dejarse atrapar por componendas.

Cuando Fidel salió de presidio se pronunció a favor de unas elecciones generales sin Batista en el poder y posteriormente llegó a apoyar la candidatura de Cosme de la Torriente para presidente de la República. José Antonio Echeverría aprovechó la tribuna que le ofreció la Sociedad de Amigos de la República (SAR) en el mitin de Muelle de Luz para dar a conocer su programa revolucionario.

Fidel Castro, al mismo tiempo que aceptaba la fórmula de unas elecciones generales sin Batista, fue muy crítico con la actuación de los líderes de los partidos tradicionales a quienes les dirigió una interesante pregunta: «¿Qué harán si como es probable Batista se niega de plano a concederlas? Se cruzarán de brazos a llorar como magdalenos lo que no han tenido valor de exigir con decoro? Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan. El pueblo espera también la respuesta».5

En 1955, cuando los líderes de las organizaciones revolucionarias emergentes se pronunciaban por facilitar una salida pacífica a la crisis política cubana, estaban interesados en que el pueblo arribase a la conclusión definitiva de que la dictadura jamás proveería las garantías para ello. No estaban tan preocupados en convencer a sus militantes más activos de que la tiranía no facilitaría un arreglo negociado, como en lograr que el pueblo viviese la experiencia política del fracaso de las negociaciones en marcha para que pudiese asumir a plenitud el proyecto insurreccional de lucha armada. El propio Lenin hacía énfasis en la necesidad de que las masas vivieran su propia experiencia política:

Con la vanguardia sola es imposible triunfar (....)  para que realmente las grandes masas de trabajadores y oprimidos por el capital lleguen a ocupar esa posición, la propaganda y la agitación por sí solas, son insuficientes. Para ello se precisa la propia experiencia política de las masas. Tal es la ley fundamental de todas las grandes revoluciones.6

Sin embargo, después que la dictadura cerró toda posibilidad de un dialogo abierto y con ciertas garantías, Fidel y José Antonio decidieron que el país debía cesar en sus reclamos de un entendimiento pacífico con el régimen. Para ellos, ese momento coincidió con los resultados del Acto de Muelle de Luz cuando la dictadura calificó como «subversivas» las demandas de la oposición  allí expresadas.

El presidente de la FEU, José Antonio Echeverría, en carta al presidente de la SAR, Cosme de la Torriente, puso de manifiesto que la dictadura había demostrado con creces su postura intransigente, se confirmaban así sus previsiones de que esta no cedería en el ejercicio de sus prerrogativas: “A asumir las responsabilidades que cada momento reclama hemos dicho presente. Hora es ya de dar rienda suelta al espíritu patriótico de los cubanos( ...). El pasado día 19 de noviembre bajo la advocación de la Sociedad de Amigos de la República se celebró el gran acto de masas que ansiaba, demandaba y exigía la ciudadanía (....) sin embargo, de entre la multitud de cubanos surgieron voces que hoy resuenan a clarinada. La palabra revolución impregnó el acto de verdadero sentido popular”.7

Esta posición táctica común de José Antonio y Fidel se puso de manifiesto cuando, en agosto de 1956, firmaron la Carta de México en uno de cuyos artículos convocaban a la Sociedad de Amigos de la República a cesar en sus propósitos de lograr un entendimiento pacífico con el gobierno de Batista. Sin embargo, un nuevo ajuste en la táctica de las organizaciones revolucionarias fue preciso entre los años 1957 y 1958, cuando el conjunto de las Instituciones Cívicas Cubanas organizó una gran movilización ciudadana contra el régimen del 10 de marzo exigiendo que este pusiera fin a la represión que había desatado a lo largo del país. Entonces Fidel le solicitó a las instituciones cívicas, representantes de la sociedad civil burguesa, que dirigieran un nuevo gobierno de unidad nacional y que reclamasen el fin de la dictadura. Pero los dirigentes de las mismas no estaban preparados para dar ese paso, su propósito era de conciliación y continuidad, no de ruptura.

La dictadura no prestó atención a las demandas de la sociedad civil burguesa y continuó su cacería humana hasta dejar sin espacio para la libre expresión  a las instituciones cívicas y los partidos políticos de la oposición abstencionista, solo permitió que continuaran actuando los partidos electoralistas que habían aceptado participar en las elecciones de 1958. Así se conformó un frente amplio bajo el liderazgo del Movimiento 26 de Julio y su máximo dirigente, Fidel Castro, que posibilitó la unidad de fuerzas políticas heterogéneas con la finalidad de adelantar la caída del régimen marxista. En esas condiciones tiene lugar la firma del Manifiesto de la Sierra entre dirigentes del Movimiento 26 de Julio y el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), así como la gran concertación de fuerzas opositoras en el Pacto de Caracas donde participaron, entre otros, las instituciones cívicas, los partidos abstencionistas y  organizaciones revolucionarias como el M-26-7 y el Directorio Revolucionario.

Por eso, como bien afirmara Nicos Poulantzas, la estrategia debe tener su correlato más genuino en la táctica que los líderes revolucionarios sean capaces de elaborar, de acuerdo a las características de cada coyuntura histórica específica: «Solo puede haber estrategia allí donde, una cierta táctica, en vista de esta estrategia, es posible. Si  la estrategia debe ser, es que una táctica en función de esta estrategia puede ser».8

La vanguardia revolucionaria cubana pudo hacer los ajustes necesarios a su táctica política para lograr sus fines estratégicos cuando adoptó una posición flexible que le permitió llevar a cabo las maniobras precisas para ganar la hegemonía política en el periodo crítico de los años 50.También la vanguardia revolucionaria comunista que encabezó la revolución rusa de 1917 adoptó similar actitud, fueron esas lecciones las que sirvieron a Lenin para criticar a los revisionistas de izquierda:

El doctrinalismo de izquierda se obstina en rechazar incondicionalmente determinadas formas antiguas, sin ver que el nuevo contenido se abre paso a través de toda clase de formas y que nuestro deber de comunistas consiste en dominar todas, en aprender a completar unas con otras y a sustituir unas por otras, con la máxima rapidez, en adaptar nuestra táctica a todo cambio de este género, suscitado por una clase que no sea la nuestra o por unos esfuerzos que no sean los nuestros.9

 

Citas y Notas

1.    Gramsci y la filosofía de la praxis. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1997, pp.140-141.
2.    Ibidem p. 141.
3.    Ibidem p. 153.
4.    V.I Lenin: La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo. En: Obras Escogidas en 3 tomos, Tomo 3, Editorial Progreso, Moscú, pp. 393-394.
5.    Manifiesto No.1 del Movimiento 26 de Julio al pueblo de Cuba En: La Revolución cubana 1953-1980, pp. 315-316.
6.    Ibidem p. 412.
7.    Jorge Ibarra Guitart: Sociedad de Amigos de la República: Historia de una mediación, Editorial de Ciencias Sociales, 2003, p.76.
8.    Nicos Poulantzas: Ob. cit. p. 40.
9.    V.I Lenin: Ob. Cit. p.  421.