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Estelas, distopías, postapocalipsis: crónicas de Rinaldo Acosta

Luis Álvarez Álvarez, 24 de octubre de 2011

En verdad, Crónicas de lo ajeno y lo lejano, de Rinaldo Acosta —libro inusitado en el magro panorama de la reflexión cubana sobre las corrientes de la literatura más allá de la isla—, me ha resultado por completo impactante desde que lo leí hace muchas semanas. No es condición suficiente el hecho de haber yo visto una treintena de veces el filme Solaris, de Tarkovski, y estar dispuesto a verlo otras tantas: al fin y al cabo, entre Fahrenheit 451 y El vino del estío, siempre me fue más grato releer el segundo, antes que el primero. No, no soy un fanático de la ciencia ficción, y la afinidad con el tema no explica para nada mi total entusiasmo frente al libro de Acosta.

En busca de razones para lo que, subrayo, es ante todo admiración cabal, la primera cuestión está ya esbozada antes: es uno de los poquísimos ensayos que, en las décadas últimas, se ocupa con absoluta seriedad intelectual de calibrar tendencias de la creación literaria fuera de Cuba —y de su entorno más inmediato, Latinoamérica—. Es un riesgo, en un planeta cada vez más pequeño, permanecer encuadrado en un perímetro demasiado local: esto impide no tanto comprender la amplitud de lo que nos rodea, cuanto penetrar en la propia identidad. Es, mal que les pese a algunos, una regla dorada del saber cultural. En tal sentido, Crónicas de lo ajeno y lo lejano nos abre un punto de mira hacia un sector de la creación literaria mundial, con muchos años de existencia además, que ha recibido muy poca atención crítica e investigativa en nuestro país, aun cuando, como Rinaldo Acosta recuerda a lo largo de su estudio, puede hablarse de una ciencia ficción cubana desde hace bastante tiempo. El libro, pues, en primera instancia, y particularmente en la sección “Todos los caminos conducen a Trántor”, realiza una valoración histórica de extraordinario valor acerca del surgimiento —y las polémicas al respecto—, fases del desarrollo y avatares generales de la literatura de ciencia ficción. Por ello, y porque el autor nos habla desde una capacidad integradora, una voluntad de investigación y una curiosidad impenitente y minuciosa, la ciencia ficción es presentada tanto en sus etapas cruciales como en sus modalidades más peraltadas, desde los pulps, la ópera espacial, la ciencia ficción blanda y la dura, el astro-futurismo, y otras modalidades históricas, caracterizadas y evaluadas con un conocimiento realmente erudito, pero desde una actitud valorativa marcada por el sentido humano y la sensibilidad.

Esta voluntad historiadora entrañaba ya una serie de riesgos, en particular porque Acosta debía enfrentar más bien la evolución específica ni siquiera de un género, sino de una zona de alta complejidad en la producción literaria de la Modernidad, considerada por él, además, no en los límites de una literatura nacional, sino en su más difícil dimensión de quehacer creativo de la etapa moderna de la cultura hasta el presente en curso. En una aspiración de tal magnitud, es inevitable que aparezca una interrogante crucial, que, a mi parecer, tiene su formulación más nítida en Henryk Markiewicz: «¿ha de concentrar el historiador literario toda su atención exclusivamente en los rasgos de literariedad de las obras investigadas, o ha de abarcar con ella también otros rasgos, por ejemplo, las características cognoscitivas o de ideas?».1 Estriba aquí uno de las cuestiones de mayor relevancia y seriedad intelectual en estas crónicas de Acosta: el panorama de desarrollo de la ciencia ficción, conformado con minuciosidad erudita y con máxima sustentación en autores, obras, revistas y polémicas, aparece jalonado una y otra vez con una meditación —por momentos de alto calibre— acerca de las relaciones múltiples entre la ciencia ficción y la cultura de la modernidad y la postmodernidad. Aunque podrían señalarse muy numerosos momentos de este proceder del ensayista, elijo uno que, en particular, me resulta brillante enlace entre la perspectiva necesaria para un estudio intra-genérico, y la meditación sobre el engarce de un tipo de producción artística en el marco mayor de la cultura. En la segunda parte del libro, titulada “«Posibilidades extrañas»: ciencia ficción o fantasía en la fantasía”, Acosta se extiende más en una perspectiva teórico-literaria —la cual, si bien recorre toda la primera sección del libro, en esta está mucho más inclinada hacia el punto de vista histórico-literario en sí—; de acuerdo con ello, dedica todo un epígrafe a la cuestión del extrañamiento, categoría que —derivada de la ostranienie de los formalistas rusos— se considera como una de las caracterizadoras de la ciencia ficción. Al detenerse en este punto, Acosta trasciende los límites de lo estrictamente literario para comprender su objeto de estudio desde una amplitud cultural tanto más reveladora, cuanto ha venido siendo preparada, gradualmente, desde la sección inicial del libro, en apariencia concentrada solo en los avatares de la evolución de la ciencia ficción. Señala el ensayista:

En la cf [Nota: es la abreviatura que emplea Acosta para referirse a ciencia ficción] son extremadamente frecuentes —tanto como para ver en esto un rasgo regular del género— los casos en que el autor recurre al procedimiento de describir lo habitual desde una perspectiva ajena, desde otro sistema, internamente coherente y dotado de sentido, de coordenadas culturales, de tal modo que lo familiar, lo que damos por sentado, resalte de pronto como un caso particular, como una elección cultural. Nuestra propia posición cultural queda así relativizada y lo habitual deviene «extraño».2
 
Este ensayo, por tanto, no queda encerrado en la temática de la ciencia ficción —por sí misma apasionante en tanto serie cultural evolutiva—, sino que acarrea una reflexión paralela de altos quilates: nos enfrenta al hecho de que la ciencia ficción también ha venido siendo, en las mejores de sus obras sobre todo, pero no solo en ellas, una manifestación de inquietudes, fantasmas y opresiones del hombre contemporáneo frente a la sombría realidad actual, donde el desarrollo tecnológico a ultranza hace mucho tiempo que ha perdido aquel relumbre de panacea universal de que el positivismo y otros discursos totalizadores triunfalistas lo dotaran desde la segunda mitad del siglo XIX. De aquí que Acosta subraye con énfasis lo que él denomina —en consonancia con otros autores como Rosemary Jackson— la naturaleza oximorónica3 de la ciencia ficción, que «nos está diciendo algo importante acerca de este género: su propensión a desafiar, cuestionar o subvertir las formas habituales, lógicas, de pensamiento».4 En efecto, una y otra vez, Acosta pone al lector sobre un hecho que trasciende lo estrictamente literario: la ciencia ficción, en las zonas de intensa calidad y cuestionamiento de la realidad que forman su médula reflexiva y artística más valiosa, tiene una consecuencia de vital importancia: por una parte, pone en crisis el cada vez más maltrecho pensamiento logicista de la modernidad, con su pretensión de verdades inefables y sistemas impertérritos, y por otra parte nos llama, con la intensidad de que solo son capaces el arte y la ciencia, a reactivar el pensamiento paradójico.5  De aquí, por ejemplo, el valor conceptual penetrante del epígrafe “El futuro como construcción simbólica”, en el cual Acosta analiza con percepción de largo alcance el significado último de ese futuro que, en general, constituye el ámbito temporal de buena parte de la ciencia ficción: es, en realidad, una dimensión simbólica en la cual se está representando una fractura profunda en la evolución misma de lo humano, una re-catalogación de las culturas de acuerdo con el significado posible que el futuro adquiere dentro de ellas. Pero, al mismo tiempo, el examen cuidadoso de Acosta nos revela, de manera tácita, pero demoledora, que el futuro diseñado en las culturas adoradoras del tiempo férreamente lineal como sendero prodigioso hacia la perfección total de la sociedad, es no un absoluto, sino una modelación simbólica que, en cuanto tal, resulta tan frágil y aterradoramente efímera como cualquier otra.

Crónicas de lo ajeno y lo lejano, pues, aborda mucho más allá que la ciencia ficción en sí misma: nos habla de nuestro tiempo, de vibraciones de la cultura actual que es imposible desconocer. No quiere ello decir que la ciencia ficción sea un mero pretexto en el libro: al contrario, este tema es abordado con un verdadero saber. Por ello mismo es inevitable pensar, pensar en paradoja y alternatividad. Acosta, por ejemplo, nos habla del slipstream, que alude a obras de arte que, sin ser propiamente ciencia ficción, están marcadas por ella, como por estelas. Pues bien, ¿ocurre esto solo en el arte actual? ¿No empezamos a ver nuestra cultura marcada también por estelas que, proviniendo de una forma relativamente reciente de arte, forman parte de una sensibilidad y una perspectiva que nos obliga a enfrentar la paradoja, el horror de la linealidad, la necesidad de una actitud más responsable ante un mundo en el cual ya no enfrentamos hechos estrictos, sino, también, anti-hechos —contrafactuales  me pediría  escribir Acosta— que penden cada vez más en un horizonte ambiguo? La ciencia ficción nos recuerda, a su modo artístico —cuando es su marca fundamental— o divulgativo, o incluso comercial y aventurero —en sus zonas de menor estatura, que existen en todas las formas de arte—, que el apocalipsis debe ser previsto y detenido, en vez de acomodarnos a la blanda y maligna miopía que impidió a muchos percibir las humaredas de Auschwitz o Treblinka. El apocalipsis, como en el texto bíblico, no se produce de golpe, sino por fases. La ciencia ficción, tal como nos es mostrada por un investigador y un hombre de cultura real como Acosta, nos alerta contra la ingenuidad de pensar que no han ocurrido ya algunas de sus fases, y es preciso pensar nuestro presente, en ciertas esferas, como post-apocalíptico. Pero ello exige una transformación cabal, a que el autor de Crónicas de lo ajeno y lo lejano nos convoca en tanto lectores: una vez más, hay que mirar estos textos tan marcados, claro que sí, de fantasía, aventura, prodigio, incertidumbre, tecnología y angustia, como mero entretenimiento vacío, narrativa de pésimo papel gaceta para pasar un breve rato. No, la ciencia ficción, síntoma de un tiempo en crisis profunda, es un reto y un alerta de cultura, para enfrentar nuestro presente como un sitio que debe ser cambiado, y que, distópico como es, no nos puede cegar ni convertirnos en autómatas sin posible destino. Es esta la médula de las crónicas de Acosta. Que haya obtenido el Premio de la Crítica Literaria en el 2011, es cosa accesora y de simple justicia. Lo esencial es su resonancia y su fuerza, como brillante ejercicio del saber, pero, sobre todo, como palabra responsable de cultura.

 

1Henryk Markiewicz: Los estudios literarios, conceptos, problemas, dilemas. Selección y trad. del polaco de Desiderio Navarro. Centro Teórico-Cultural Criterios. La Habana, 2010, p. 8216.
2Rinaldo Acosta: Crónicas de lo ajeno y lo lejano. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 2010, p. 335.
3El oxímoron es una integración, en una misma frase o estructura sintáctica, de dos palabras cuyo significado resultaría de otro modo incompatible y aun opuesto, tal como “silencio atronador”, y otras por el estilo. El oxímoron es una estructura tal —en su esencia semántica—, que la contradicción resulta reveladora.
4Rinaldo Acosta: ob. cit., p. 325.
5Cfr. ibídem.