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Las palabras y el silencio 
Ernesto Sierra, 20 de mayo de 2010

Nunca conocí a Juan Rulfo, lo que es igual a decir que ya no lo conoceré jamás. Como tantos lectores, como tanto devorador de libros picado por el animal roñoso de la literatura, solo puedo acumular repetidas lecturas suyas y un desordenado y poco confiable anecdotario que me ayude a construir algunos párrafos ahora, justo cuando Pedro Páramo está cumpliendo cincuenta años de publicada. 

No lo conocí y no lo lamento. Dicen que era huraño, esquivo, de pocas palabras; que en los años setenta cuando un joven escritor le mostró unos textos en el Círculo Mexicano de Escritores le respondió: «—Usted ya escribe bien, pero le hace falta sufrir». No creo que me hubiera gustado frecuentarlo.
 
García Márquez no lo conocía aún cuando corrió una suerte distinta a la del joven escritor. Estaba recién llegado a México, con pocos amigos y la mala suerte de no ser todavía el escriba de Cien años de soledad. Un día lo visitó Alvaro Mutis, quien ya llevaba cinco años viviendo en tierra azteca, y Gabo le preguntó cuáles eran los autores y obras que había que leer en aquel país. Al poco tiempo Mutis regresó con un paquete de libros, separó los dos más delgados y le dijo: «—Léase esa vaina, y no joda, para que aprenda cómo se escribe». Eran El llano en llamas y Pedro Páramo. Cuentan que no durmió aquella noche hasta fatigar dos lecturas de Pedro Páramo y que al día siguiente agotó El llano en llamas. Dicen, también, que se aprendió a Rulfo de memoria, que confesó después no haber leído nada más aquel año, porque todo le resultaba inferior. 
 
Nos quedamos con la lectura y, de paso, entendemos mejor el silencio de Rulfo, su negativa a conceder entrevistas, su aversión por la publicidad, por el magisterio, su decisión de no escribir más. No llegaba a los cuarenta años cuando publicó su único libro de cuentos y su única novela. Y con tal suerte, que entregó dos obras maestras en sus respectivos géneros, reconocidas de manera unánime por sus contemporáneos y sucesores. Muchos afirmaron entonces, entre ellos con especial énfasis, Carlos Fuentes, que con la obra de Rulfo quedaba agotada una vertiente de la narrativa mexicana y latinoamericana. La novela realista de los primeros años del siglo XX, la llamada novela de la tierra, la novela rural habían conocido su cima ¿Qué hacer ante tal afirmación? Rulfo se cruzó de brazos; quizás atónito frente a su propia creación.
 
Pero no. Si había escrito aquellas obras maestras antes de los cuarenta años, sus contemporáneos querían más, esperaban la repetición del milagro o un tropezón ¿quién sabe? Pedían más y más se encaracolaba Rulfo.
 
Y bueno, llegó el boom y con este, la eclosión de los realismos imaginarios; otra vuelta de tuerca sobre El llano en llamas y Pedro Páramo. La maravilla y el éxito de Cien años de soledad  arrojaron nueva luz sobre los viejos maestros, Asturias, Carpentier, Rulfo. La antigua devoción de Gabo por el mexicano alumbró la cabeza de este, como una potente bombilla de feria. Ahora Rulfo, no solo era el autor de dos obras maestras, sino también protagonista y cofundador de una nueva corriente literaria, que reforzaba la identidad de todo un continente.
 
Y la gente volvió a pedir ¿Dónde está La cordillera? ¿Dónde están los nuevos textos de Rulfo? Pero esta vez el maestro sí tenía algo que decir y, en una de las contadas entrevistas que concedió reflexiona acerca del “realismo mágico”. Para él «la religión de los indios, que se manifiesta tanto durante la guerra, como a lo largo de toda su vida cotidiana, resulta sincrética (...) Los indios consideran la muerte como un retorno al pasado. Es por ello por lo que la muerte no es muerte. Y es por lo que el indio no le teme a la muerte (...) Alejo Carpentier encontró otro término al afirmar que nuestra literatura se ocupa de describir “lo real maravilloso”. A mi juicio, lo real maravilloso no existe; sólo puede hablarse del realismo mágico como un retroceso simbólico al pasado indígena (...) Todos los hombres vivimos un momento en nuestra vida en que un consuelo espiritual nos resulta necesario. Así pues, la religión proporciona el consuelo, en tanto que el retorno al pasado es fuente de felicidad». Otra vez es certero Rulfo en su laconismo como letal resulta la punta de flecha en su minúscula estatura.
 
Entre muchas otras virtudes, se han resaltado en los cuentos y la novela de Rulfo la originalidad del ambiente fantasmal que recrea, la síntesis del mundo dramático del campo mexicano, el manejo de un lenguaje que articula con singular maestría, los registros del habla popular mexicana y el lenguaje literario del narrador. En Pedro Páramo, continúa asombrando esa historia familiar, dramática, intensa, en que Juan Preciado regresa al pueblo de sus padres, en busca de su progenitor, Pedro Páramo, instigado por las palabras de Susana San Juan, su madre, para revelarnos a la mitad de la narración que todos los personajes están muertos. La historia está siendo contada por un muerto a otra muerta, Dorotea. Ambiente fantasmal, mortuorio, cadavérico que, paradójicamente refleja el drama de las pasiones humanas, de la venganza familiar que se teje en torno a los personajes, con una vitalidad asombrosa.
 
Rulfo nos ha dado las claves de su creación en las breves palabras ya citadas. El mundo indígena, al que se siente estrechamente ligado, le enseñó que la muerte es el retorno al pasado y que ese viaje de retorno es la fuente de la felicidad. Cuando resalta el carácter sincrético de la religión de los indios (para él, los de México y Guatemala), nos revela que no asume el legado de estas cultura en su estado más puro, por tanto no se identifica de manera directa con el indígena sino con el campesino mexicano, el resultado sincrético de las culturas fundacionales que cimientan “lo mexicano”: la indígena y la española. De esta última, asume y eleva a planos novedosos las posibilidades de su lengua. En este sentido traza, sin proponérselo, las fronteras y los puntos de contacto con Asturias y Carpentier. No hay antagonismos, solo matices que emanan de una matriz única. Asturias se asume como indio. Asimila y reelabora los ingredientes mágicos y míticos presentes en las Leyendas de Guatemala. Es el sobreviviente maya que vuelca el Popol Vuh al alfabeto castellano. Carpentier, hijo de un país del que solo quedaron vestigios de la original cultura indígena en la toponimia, se reconoce heredero del cronista de indias. Su punto de vista es el de Bernal Díaz del Castillo, el del europeo que se asombra ante la maravilla del Nuevo Mundo y lo asume como “real maravilloso”. Rulfo está más cerca de la visión de los vencidos, de Guamán Poma; es la amalgama, la distancia que hay entre el cuchillo de obsidiana y la espada, entre la pirámide y la catedral.
 
A pesar de los halagos de la nueva estética Rulfo siguió en su mutismo. En 1970 añadió dos cuentos a El llano en llamas. En 1980 dio a conocer El gallo de oro, un volumen que reúne varias fotografías y algunos textos, entre ellos, un guión para cine que da título al libro. Gabo, ya famoso, celebraba su silencio inteligente, mientras Tito Monterroso lo inmortalizaba en su fábula del Zorro escritor.
 
Juan Rulfo murió el siete de enero de 1986. Hacía tiempo que, como sus personajes, era un muerto vivo. Desde su mundo insonoro parecía gritar :« Déjenme tranquilo, solo lean lo que he escrito. Soy Quetzatcoatl con una cruz a cuestas»
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