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Discusiones arancelarias en el Congreso cubano en 1905 (II)

Jorge Renato Ibarra Guitart, 26 de diciembre de 2007

Otro asunto en la esfera de las relaciones internacionales objeto de análisis por el Congreso, fue la posición que debería adoptar Cuba ante la Convención de Bruselas. Como recordaremos, ese convenio fue provechoso para la mayor de las Antillas porque facilitó la venta de los azúcares cubanos en Europa toda vez que se eliminaron los subsidios al dulce de remolacha. El diario El Economista, de fecha 11 de febrero de 1905, señalaba que como resultado de los acuerdos de Bruselas el consumo de azúcar en el viejo continente había aumentado un 54 por ciento; además retrocedió el cultivo de remolacha y los precios del azúcar subieron.1 Ese conjunto de factores hacía atractivo el mercado europeo para nuestro azúcar, por ello no estaba de más enviar una señal positiva al polo de países importadores del dulce en Europa. Debido a eso, el presidente Tomás Estrada Palma, en su mensaje al Congreso de la República de 3 de abril de 1905, expresaba lo siguiente:

El Consulado de la República en Liverpool ha comenzado la instalación de un Museo Comercial, donde los expositores cubanos, además de exhibir de una manera adecuada sus mercancías, podrán obtener cuantos informes y referencias consideren provechosas para la mejor colocación de los productos de Cuba.

Me permito recordar la alusión hecha en mis mensajes de abril y noviembre del año anterior, relativa a la Convención azucarera de Bruselas y la indicación que hice [...] sobre la conveniencia de que se autorice al Ejecutivo para modificar las partidas 293 y 294 del Arancel de Aduana, reforma con la cual tendremos abierto para nuestros azúcares el mercado inglés, ya nos adhiramos o no a la expresada Convención.2

La modificación de las partidas arancelarias 293 y 294, referidas al azúcar crudo y refino que entraba a Cuba, era precisa para evitar represalias de los países integrados a la Convención de Bruselas, quienes exigían la reducción de las barreras arancelarias al dulce. De esa manera Cuba podía beneficiarse de los cambios en el mercado de Londres, colocando su azúcar a un precio ventajoso. La convocatoria de Estrada Palma se abrió paso en el Congreso; el 28 de abril de 1905 se discutió en la Cámara de Representantes un proyecto de ley propuesto por la Comisión de Aranceles e Impuestos basada en dos artículos:

1. Las partidas 293 y 294 de los actuales aranceles se reducirían a 5 francos por 100 kilogramos de azúcar crudo y a 6 francos por los refinados.
2. Se autoriza al Ejecutivo para pactar a nombre del gobierno de Cuba, si lo estimase conveniente, el ingreso de esta en la Convención de Bruselas.3

En el debate que motivó la propuesta se destacó la posición de Rafael Martínez Ortiz, Presidente de la Comisión de Aranceles e Impuestos, favorable a la medida:

El mercado inglés, hoy abierto a los azúcares cubanos, se cerraría inmediatamente. Es verdad que la casi totalidad de nuestros azúcares la vendemos a los americanos; pero la posibilidad de mandarla al mercado inglés hace que los compradores americanos no puedan deprimir nuestros precios y que nos la paguen al mismo tipo que rige en Europa. Si no rebajásemos nuestras tarifas y se acordasen derechos de represalia perderíamos el mercado inglés e inmediatamente los compradores americanos harían una reducción en sus ofertas por nuestro azúcar. Entonces estaríamos sometidos a ese solo comprador, a ese solo mercado.4

Este intento de transformar el modelo de mono-mercado para nuestro principal producto de exportación requería de la colaboración de Gran Bretaña, la gran potencia europea bajo cuyos designios se encontraba el importante mercado de Londres. De esa manera se buscaba un mecanismo para impedir ser absorbidos por el coloso del Norte. La entrada de Cuba al Convenio de Bruselas podía significar una alternativa beneficiosa que serviría de contrapeso a las desventajas del Tratado de Reciprocidad Comercial, el cual permitía establecer precios monopólicos a Washington, especialmente en los momentos en que el azúcar cubano tomaba mayor valor en las plazas europeas.

Finalmente, la Cámara de Representantes aprobó el proyecto de ley, pero cuando este se elevó a la Comisión de Relaciones Exteriores, presidida por Antonio Sánchez de Bustamante, surgieron problemas para su ratificación. Un informe de esta al Senado señalaba: “La Comisión de Relaciones Exteriores ha acordado proponer al Senado que no concurra con la Cámara de Representantes a la aprobación del Proyecto de Ley”.5

Las razones que alegaban los miembros de la Comisión de Relaciones Exteriores era que hasta ese momento no habían necesitado perentoriamente del mercado de Londres porque el beneficio del 20 por ciento otorgado al azúcar cubano por el Tratado de Reciprocidad Comercial había sido bien aprovechado por Cuba. Además, señalaban que todavía no se había adoptado ninguna represalia contra la isla en el mercado de Londres, a lo que agregaban: “Si el peligro llega, podemos reformar inmediatamente nuestro arancel”. Pero más adelante utilizaban el “fantasma del Tratado de Reciprocidad Comercial” como lo llamara Martín Morúa. Se basaban en el artículo Octavo de la Convención de Bruselas que establecía que las partes contratantes admitirían los azúcares según el tipo más reducido de su tarifa de importación por lo que planteaban:

“Como nosotros tenemos que hacer a los Estados Unidos, por el Tratado de Reciprocidad, un 20 por ciento de descuento preferente sobre nuestros tipos de importación, no podríamos cumplir con el Convenio de Bruselas para dar a las naciones que lo admiten, el tipo más reducido de la tarifa de importación”.6

El país estaba atrapado en el círculo vicioso de la dependencia al imperialismo norteamericano aún se tratase de un solo producto de muy escasa importación en Cuba como era el azúcar. Del azúcar crudo no se efectuaban compras en el extranjero y del refino, unas pocas en los Estados Unidos. Pero el azúcar refino norteamericano recibía primas por lo que si Cuba se integraba al Convenio de Bruselas debía adoptar represalias contra los Estados Unidos. Por otro lado agregaban que al declarar prácticamente libre la entrada de azúcares a Cuba estos se podían contrabandear hacia los Estados Unidos donde gozaban de ventaja arancelaria, por lo cual concluían: “Como no es dable concebir nada más opuesto al Tratado de Reciprocidad, es evidente que Cuba no debe adherirse por ahora al Convenio de Bruselas”.7

En el laberinto infernal de los mecanismos de dominio neocolonial era difícil sortear obstáculos para practicar la plena soberanía. Al imperialismo le bastaba con ejercer influencia sobre sus gendarmes en la elite política; de inmediato apelaban a las más diversas argucias y sofismas para impedir el fortalecimiento de nuestros intereses nacionales. En ese momento se paralizó la acción legislativa por recomendación expresa de la Comisión de Relaciones Exteriores al Senado. Sin embargo, el gobierno británico posteriormente intervino para que la Comisión Permanente de Bruselas, que había estudiado represalias contra Cuba, no las aplicase. En el Diario de La Marina de 5 de agosto de 1905 se señalaba que el delegado de Gran Bretaña, Sir Henry Beigre, indicó que las ventajas arancelarias que el azúcar cubano tenía en el mercado norteamericano no se podían comprender como primas a la producción azucarera. Además esta era una ventaja que le otorgaba otro país, no era resultado de la acción del gobierno cubano. El delegado británico, refiriéndose al señalamiento de que Cuba no había rebajado los derechos arancelarios al azúcar, logró posponer el castigo informando que próximamente el congreso cubano se pronunciaría al respecto por lo que el editor del Diario de La Marina señaló: “¿Se habría adoptado ese acuerdo si entonces hubiese sido conocido el dictamen de la Comisión del Senado Cubano oponiéndose a la reducción de los derechos sobre el azúcar? [...] Aún es hora de evitar un contratiempo puesto que está abierto el congreso”.8

Era esta una de las cuestiones candentes que preferían eludir los políticos cubanos, pues era mejor mantenerse al margen de las represalias, tanto de Estados Unidos como de Europa, todo el tiempo posible; por eso, las decisiones sobre estos asuntos se posponían por tiempo indefinido. Lo que sí estaba determinado era el status neocolonial de Cuba. El gobierno británico había sido tolerante con Cuba porque pretendía continuar influyendo en el futuro económico de la isla y sabía que no podía hacerlo enfrentando a esta con su metrópoli: Estados Unidos. Su labor de penetrar el mercado cubano debía ser paciente, teniendo en cuenta también las alianzas y compromisos que a escala internacional mantenía con Washington. Pero a la larga esta política no resultaría efectiva, ya que se requería de más energía para enfrentar las ambiciones de Washington.

Así las cosas, Cuba todavía podía balancearse en la cuerda floja que sostenían los dos imperios anglosajones, lo que destacó el Diario de La Marina:

“Ha quedado, por consiguiente, descartado todo temor de que el azúcar cubano quede excluido del mercado inglés —y de todo mercado donde rija el Convenio de Bruselas— a consecuencia del régimen diferencial concertado entre los Estados Unidos y Cuba”.9

Notas:

1 El Economista, 11 de febrero de 1905, pp. 114 y 115.
2 Diario de Sesiones. Cámara de Representantes, 1905, Volumen VIII, pp. 4-5.
3 Ibíd., pág. 6.
4 Ídem.
5 República de Cuba, Senado. Trabajos realizados por la Comisión de Relaciones Exteriores en la 7ma. Legislatura, 1era. de 1905, Habana, Imp. Rambla y Bauzá, 1905, pág. 13.
6 Ibíd., pp. 15-16.
7 Ibíd., pág. 16.
8 Diario de La Marina, 10 de agosto de 1905, sesión mañana, pág. 2, col. 2-3.
9 Diario de La Marina, 5 de agosto de 1905, sesión mañana, pág. 3, col. 1-2-3.

 

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