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Hamlet: un clásico del teatro universal

Jesús Dueñas Becerra, 07 de octubre de 2011

«Si alguna vez don Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare, en compañía de los personajes creados por su fecunda imaginación, tocaran a la puerta de mi casa, mandaría a pasar a los primeros, parlaría un buen rato con ellos y les brindaría una taza de café criollo, mientras que a los segundos les pediría que se marcharan de inmediato, o en su defecto, llamaría urgentemente a las autoridades, para evitar un conflicto —quizás con letales consecuencias— en el seno de mi hogar […]». Las palabras precedentes son del laureado novelista y periodista Alejo Carpentier (1904-1980), quien solía citarlas en los cenáculos literarios parisinos en los que participara.

No le faltaba razón a nuestro Premio Cervantes de Literatura 1977, ya que el genial dramaturgo inglés crea tipos psicológicos, que rayan en lo morboso o enfermizo, y cuya trayectoria en las tablas está marcada —desde el comienzo— por Tanatos (la muerte, en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo).

La puesta en escena de la obra Hamlet, de William Shakespeare, con versión y dirección de Giraldo Moisés Cárdenas fue llevada a las tablas de la capitalina sala El Sótano por la compañía teatral Rita Montaner, dirigida por el escritor Gerardo Fulleda León.

En el desarrollo de la acción dramática, Hamlet, el príncipe de Dinamarca, convincentemente interpretado por el actor Javier Casas, establece un diálogo con el espíritu de su padre, quien fuera asesinado por el hermano Claudio (Luis Ángel Lin), para asumir el trono, y poco tiempo después, contrae nupcias con la cuñada, la reina Gertrudis (Mireya Chapman).

Una vez que el alma en pena del fallecido monarca le narra al hijo cómo ocurrió su muerte, Hamlet urde la venganza que lavará con sangre la vil traición de que su progenitor fuera objeto por parte de Claudio.

Como parte del plan que ha diseñado para vengarse del asesino de su padre, Hamlet simula estar padeciendo un grave trastorno mental, y al parecer llega a darle tal verosimilitud al cuadro clínico-psiquiátrico que supuestamente padece, que llega a convencer a una buena parte de la corte, pero el rey —culpable al fin— sospecha del sobrino y ordena a su fiel Pojonjo (Jorge Luis de Cabo) que lo espíe y a los amigos de la infancia del príncipe, Rosencrantz (William Irsula) y Gujidentern (Esteban Iván León), que lo mantengan informado de cuanto hace o dice Hamlet.

Para lograr sus fines, Pojonjo utiliza como carnada a su hija Ofelia (Jenifer González), de quien —al parecer— el muchacho está enamorado, pero este descubre el plan de su maquiavélico tío; en una conversación a solas con la reina madre, sorprende al espía, lo ataca con una daga, y consecuentemente, le provoca la muerte.

En ese contexto luctuoso, regresa a escena Laertes (Eloy Ferrer), quien jura vengar el homicidio de que ha sido víctima su padre, así como la locura de su hermana Ofelia, quien acaba quitándose la vida.

El rey percibe en el hijo de Pojonjo a un aliado y planifica la desaparición física de Hamlet a través de un duelo a espada con Laertes, experto en esgrima, pero —además— prepara una dosis letal de veneno que vierte en una copa de vino para brindársela a Hamlet en caso de que fracase en su intento de atravesar con su espada —envenenada en la punta— al príncipe heredero.

Como en toda tragedia shakesperiana que se respete, todo acaba en confusión y muerte: la reina madre —sin sospechar siquiera el veneno mortal que había en la copa— ingiere el contenido, Hamlet obliga por la fuerza a su tío a beber el vino que queda en la copa, y finalmente, es tocado con la punta envenenada de la espada de Laertes antes de que este caiga abatido por él.

Antes de concluir, quisiera destacar la excelente actuación de los jóvenes Javier Casas y Eloy Ferrer, quienes abrieron de par en par la «Caja de Pandora», que yace oculta en el componente instintivo del inconsciente freudiano de los personajes creados por la ardiente imaginación de William Shakespeare, hasta los sentimientos de venganza que mediatizaran su comportamiento y destruyeran, finalmente, sus propias vidas.

Por otra parte, habría que señalar el loable desempeño interpretativo (¿cuándo no?) de los veteranos actores y actrices Jorge Luis de Cabo, Mireya Chapman y Luis Ángel Lin. El resto del elenco —con altas y bajas— supo adaptarse al papel que desempeñara en el seno de esa obra, que —para disminuir los efectos emocionales de la tragedia que se avecinaba— intercaló un bocadillo humorístico con el marcado objetivo de aliviar la tensión dramática que generara en el auditorio, y que fuera muy bien recibida por el público.

No sé por qué asociación de ideas, acude a mi memoria una frase paradigmática de Ítalo Calvino: «los clásicos nos enseñan a comprender quiénes somos y a dónde hemos llegado».
 

 
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