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Sangra por la herida: El premio que me otorgaron

Rodolfo Alpízar Castillo, 06 de octubre de 2011

Quise comenzar afirmando que Mirta Yáñez se cuenta, desde hace mucho, entre las narradoras cubanas más destacadas, pero noté que la expresión califica como «simpleza», porque enuncia, cual si fuera algo novedoso, lo que cualquiera sabe. Es  también una afirmación injusta, nacida de la obligación de diferenciar géneros que nos imponen concepciones lingüístico-feministas de uso corriente. El género femenino, al ser positivo, marcado, no abarca el masculino, lo excluye. Por eso, al decir, «una de las narradoras», excluyo el hecho cierto de que ella no solo brilla entre las mujeres que escriben narrativa, sino también entre los hombres que lo hacen. De manera que acudo a una expresión seguramente sexista y políticamente incorrecta, empleo el género masculino, negativo, no marcado (por lo que no excluye el femenino), y declaro, si bien la frase continúa siendo algo que todo el mundo sabe: Mirta Yáñez se cuenta hace mucho entre los narradores cubanos más destacados. Del sexo que sean.

A Mirta, pues, no le hacía falta escribir Sangra por la herida (Letras Cubanas, 2010) para ocupar un puesto de relevancia en nuestro Olimpo nacional de las letras (¿o será provinciano?), que no es tan grande como solemos creernos, y como pudiera alguien imaginar en vista del amplio repertorio de autores con que contamos, pero ese es otro tema.

No le hacía falta escribirla, ¡pero lo hizo!

Rítzar, personaje de Bailar contigo el último cuplé (Rogelio Riverón, Ediciones Unión, 2008), novela que no en balde ganó el premio Ítalo Calvino, afirma en cierto momento que «Hay cosas que simplemente necesitan ser escritas», de manera que si no es uno es otro, pero alguien debe hacerlo. Pienso que algo así ha sucedido en este caso: Sangra por la herida estaba exigiendo ser escrita desde siempre; sin embargo, no quería ser escrita por cualquiera, de modo que aquí no valía el «si no es uno es otro». La obra exigía alguien maduro como escritor, por tanto con absoluto dominio de las técnicas narrativas, experiencia y, sobre todo (¿cómo decirlo sin sentir resonar en los oídos la segura trompetilla y el abucheo de la crítica literaria de base científica?), con un corazón dispuesto a desgarrarse y sangrar en el proceso creativo. Porque esta novela, para realizarse, exigía corazón, eso que no existe como categoría, pero acompaña a todas las grandes obras.

No me considero crítico literario ni mucho menos, carezco del instrumental teórico para ello y me pierdo en el bosque de conceptos y léxico narratológicos. Por ello, mis análisis, cuando los hago, se limitan a unos pocos puntos bien banales, tales como «esto está bien escrito en español» o no (no siempre nuestros autores escriben en buen español), y «esto está bien contado y me resultó interesante», o no (a veces lo bien escrito no pasa de ser «un clavo»). En suma, mi crítica se reduce a «me gustó o no me gustó». A ello añado un tercer elemento, más impresionista todavía: «esto me estremeció» (o me sacó el aliento, o me llegó al alma; en fin, esas subjetividades sin valor para el análisis). Por este motivo, no pretendo ahora realizar la disección narratológica de Sangra por la herida, tarea que con gusto realizarán, seguramente, quienes tienen conocimientos, instrumentos y experiencia en ese campo. Me interesa mucho, en cambio, dejar constancia de mi impresión como lector.

Aclaro, ante todo, que al enunciar que esta obra reclamaba ser escrita no niego que el tema haya sido tratado con anterioridad en nuestro medio. Claro que sí, del mismo modo que se han tratado tantos otros considerados «escabrosos», como marginalismo, homosexualidad, emigración y algunos más que atañen a la cotidianidad cubana. Pero todos sabemos que hay muchos modos de colocar un tema, y también muchos motivos para hacerlo, entre ellos la moda, el deseo de llamar la atención hacia la persona de quien escribe, o el simple interés comercial (se sabe que hay un público asegurado para los temas «irreverentes»).

Por esta causa, varían también los grados de sinceridad (o insinceridad) con que se tratan esos asuntos en nuestra literatura.

No es el caso de Mirta y Sangra por la herida. No hay que ser un lector especialmente espabilado para sentir que en esta obra, la dosis de sinceridad es elevada, y que el dolor de los personajes, la sangre de sus heridas, son el dolor y la sangre de la autora. La credibilidad y la condición humana de aquellos son también la credibilidad y la condición humana de ella. Están tan logrados los personajes, que por momentos nos parece verlos vivir ante nuestros ojos, como en una pantalla cinematográfica, y llegamos a estar convencidos de que los hemos conocido, han sido nuestros compañeros y con ellos hemos convivido y sufrido. Lo mismo sucede con las subtramas principales y secundarias que se entretejen para construir en nuestra mente la gran novela: al llegar al último renglón, nos damos cuenta de que hemos leído. Por eso también, sangramos un poco mientras leemos. Absurdo, dolor, esperanzas y vidas truncas, algunas físicamente, desfilan por las páginas de esta obra, trayendo ante el lector una parte importante de la verdad de una época que todavía está presente en el recuerdo de quienes la vivieron y que reclamaba, como antes dije, ser reflejada en la literatura de una manera convincente.

Las palabras no hacen trampas, es uno quien las hace al usarlas ambiguamente o llenarlas de contenidos que no tienen. Oyendo o leyendo lo dicho sobre aquella época, se nos hace distante, y cabe la posibilidad de pensar, «Bueno, esas cosas ocurrieron, fueron tiempos difíciles y no éramos suficientemente maduros, pero ya no es así». Cierto que el pasado es pasado, mas a veces uno tiene la duda de si realmente «ya pasó». Sangra por la herida no hace trampas, por eso nos obliga no solo a pensar sobre el pasado, sino también sobre repercusión en el presente y el futuro.

¿Está ciertamente cerrada toda posibilidad de que hechos como los vividos por los personajes de la novela vuelvan a ocurrir? ¿Es seguro que solo ocurrieron entonces, que ya no ocurren o no han vuelto a ocurrir? La obra de Mirta nos invita a observar a nuestro alrededor y a mirarnos por dentro antes de respondernos.

La imaginación de la autora hizo lo suyo, no en balde es una novela y no un testimonio, pero es evidente que la vida real puso mucho en su concepción. Mirta habla con conocimiento de causa, pues, de una manera u otra, con matices más o menos trágicos o —¿por qué no?— divertidos, mucho de lo narrado por ella ocurrió en la realidad, pero lo que otorga permanencia a la obra es la comprobación de que en generaciones académicas posteriores, se conocieron situaciones en algún sentido similares, que no solo entonces hubo seres humanos que sufrieron y sangraron como aquellos personajes de ficción. Filiberto, Jorge, Francisco, Homero y Daniel, por ejemplo, son nombres de excluidos, con un pretexto u otro, de de la promoción 1970-1974 de la Escuela de Letras. A otro grupo ni siquiera se les permitió entrar, por el «delito» de ser manifiestamente homosexuales. Muchos de ellos eran estudiantes brillantes y prometedores, y todos eran excelentes personas, buenos compañeros.

Vargas Llosa afirmó en cierta ocasión que «Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y con la persona». Quizás por haber conocido experiencias similares a las de Sangra por la herida se convirtió en parte de mi vida, me hizo sentir que ahí se hablaba también de mi vida.

En mi criterio, además, Mirta no se limita a exponer una época, sus contradicciones y su incidencia sobre quienes la vivieron, va más allá y nos alerta sobre la posibilidad de que la historia se repita, no como farsa, sino otra vez como tragedia.

Pasado un tiempo de la primera lectura, hecha la necesaria «digestión» que nos permite asimilar lo esencial de una novela, me vinieron a la memoria las palabras finales de aquel Reportaje al pie de la horca, que Julius Fučik escribió poco antes de ser asesinado por los nazis: «Hombres, os he amado, estad alertas»; pareciera que, sin ponerlo en blanco y negro, Mirta nos dijera: «Hemos sangrado, estad alertas». Advertencia muy metida en razón, porque abundan indicios de que, si nos descuidamos, lo ocurrido puede volver a ser presente.

Un desprevenido pudiera pensar que esta aseveración es pura paranoia. Nada más lejos de la verdad. El repliegue táctico no significa la derrota definitiva del enemigo. Y, como advertía un anuncio muy repetido por aquellos tiempos, «El enemigo acecha.» Acecha ciertamente, y siempre que puede asesta un pequeño zarpazo, como para mantenerse en forma dentro de la inmovilidad a que se ve obligado. El zarpazo, por ejemplo, puede mostrar la forma de un premio importante, declarado desierto para no otorgarlo a una obra cuyo contenido resulte incómodo para el jurado o para una parte de él. Esto no es suposición, ha sucedido más de una vez y en años muy posteriores a la época retratada en Sangra por la herida.

Cuando los jurados, por razones extraliterarias, se declaran incompetentes para respaldar una obra excelente que merece ser premiada, cabe la pregunta: ¿será que, en el fondo, son remanentes de aquellas fuerzas retrógradas supuestamente derrotadas?

Quizás esos jurados sean buenas personas y distinguidos profesionales que se dejaron llevar por el miedo. Acaso hasta pensaron que actuaban bien, que más valía no destapar una caja de Pandora cuyas primeras víctimas serían ellos y el autor. No tomaron en cuenta que actitudes de ese género, dejan el camino expedito a los émulos de Torquemada, quienes, una vez nuevamente entronizados, no van a entender de clemencia, ni siquiera con aquellos que con sus flaquezas les permitieron regresar a posiciones de decisión.

Se puede pensar que se trata de casos aislados, pero no dejan de ser señales de un peligro que no se debe despreciar. Ante todo, significan que están aquí, hoy, con nosotros, son nuestros colegas, aquellos a quienes el miedo puede llegar a convertir en cómplices o aliados de los nuevos inquisidores, parametradores o como se les quiera llamar, que se escudarán nuevamente en frases y consignas para hacer daño.

Que no cerremos los ojos ante las señales de permanencia de quienes supuestamente ya no están en posibilidad de lastimar a otros, que no nos descuidemos, que, en fin, estemos alertas, parecen pedirnos los personajes que sangran por sus heridas en esta obra. Demos gracias a Mirta por darles voz y asumamos el compromiso.

Quiero terminar con una anécdota: Cuando comencé a leer Sangra por la herida me sucedió algo que no experimentaba desde mucho tiempo antes: No pude hacer ninguna otra cosa, ni siquiera dormir esa noche, hasta que terminé. Semanas después me encontré con Mirta en un Sábado del Libro y le dije «Por tu culpa me pasé una noche sin dormir.» Lo que nunca le he dicho es que la última vez que me había ocurrido algo similar fue en 1997, en Lisboa, cuando, entre un grupo de libros que me regalaron en la editorial Caminho, encontré y empecé a leer Ensaio sobre a cegueira, de Saramago. Comenzar a leer fue lo mismo que encerrarme en mi cuarto de hotel y no salir de allí hasta terminar, a riesgo de no conocer la ciudad adonde había llegado por primera vez.

Por eso, por esa relación anímica que se estableció entre el libro de Mirta y el lector que soy yo, cuando me enteré de que a Sangra por la herida le habían otorgado el premio de la crítica, exclamé: «Este premio me lo dieron a mí».

 

 
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