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Worpswede

Rainer María Rilke, 05 de abril de 2017

Estimado poeta Delfín Prats:

Qué grato resulta recibir poemarios desde Cuba. Su palabra en este que envía siempre se agradece, por el tono y la fuerza que cobra su obra. Ya le decía a Rodin que hay siempre una sabiduría en los poetas cubanos que desmarca las fronteras del poema. Así tengo a bien decirle que he leído “Para festejar el ascenso del Ícaro”  que me ha dejado varias noches sin dormir, pues he vuelto una y otra vez sobre sus páginas.

Hay incluso una renovación en ese sentido grandilocuente que justifica la anchura de sus versos. Así percibo cuando habla en el poema “Humanidad” de un paisaje devenido con toda cubanía un referente universal:

Hay un amor distinto un rostro que nos mira de cerca
Pregunta por la época nueva de la siembra
E inventa una estación distinta para el canto.

En esa búsqueda se renueva la imagen y el poema pórtico se abre una y otra vez en dimensiones personales para fustigar la realidad y embellecerla a la vez. El amor queda en la página y se hace cómplice de otros paisajes. La remembranza es también un símbolo como el amor dejado en una calle de Rusia o el gesto quedado  -in sito- entre la soledad y un trago en un bar que solo conocemos por tu testimonio.

Estamos demasiado distantes para hablar con palabras
Las manos de estrella a estrella trazando los signos.

Y son, infiero, estimado Delfín, otros signos. Aquí se agiganta la sed del escriba. La isla parece pequeña desde la inmensidad o la voluntad que se despierta con los años. De tal modo que en esa complicidad lo habitan las sombras, el animal sediento que no es otro que el ser que evade su fatiga:

Un animal extraño me visita
Sin anunciar su inesperado arribo
Abre la puerta callado se desliza
Por entre los objetos oscuros de mi cuarto.

Esa angustia, esa necesidad de sentir el corazón del otro, el aliento del que comparte el espacio no es otra cosa que la imagen atiborrada que quiere colapsar. Son tiempos de colapsar, estimado Delfín. Usted me conmueve y me asusta. Dónde estará ahora mismo en ese Holguín suyo; tal vez, alrededor de un pozo donde escapa de otras aguas. Aquí dejo mi apuesta por esa palabra viva que resume su poemario.

No hay otro animal sediento, es quizás la noche. No hay otra noche, es quizás la isla. Dejemos allí, en ese trazado insular, mis otras palabras. 

Su lector y amigo,

Rainer María Rilke
 

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